Adam Smith publicó La Riqueza de las Naciones en 1776, el mismo año en que las colonias norteamericanas declararon su independencia. Doscientos cincuenta años después, el gobierno de esas colonias aplica la política arancelaria más agresiva desde la década de 1930, y la justifica con argumentos que Smith conocía de memoria: que el déficit comercial empobrece al país, que hay que proteger la industria nacional, que los vecinos "se aprovechan" y que la única manera de negociar es con aranceles. El Libro IV de La Riqueza de las Naciones fue escrito, literalmente, contra esas ideas. Este artículo pone las dos cosas frente a frente.
Una aclaración antes de empezar. Smith no era un doctrinario del libre comercio absoluto: admitía excepciones, y algunas de ellas se parecen bastante a lo que la administración Trump invoca hoy. Ser justos con Smith exige tomar en serio esas excepciones, no solo sus frases más citadas. Por eso el artículo tiene dos mitades: primero dónde chocan, después dónde Smith le daría, al menos en parte, la razón.
Lo que hizo Estados Unidos, en pocas líneas

Vale la pena fijar los hechos, porque cambiaron varias veces. La tasa arancelaria promedio aplicada por Estados Unidos pasó del 1,5% en 2022 al 11,7% en 2026 según la Tax Foundation; la tasa ponderada por comercio saltó del 2,6% en enero de 2025 al 13,4% en enero de 2026, el mayor aumento en un solo año en décadas según Brookings. En 2025 la aduana recaudó 264.000 millones de dólares, el nivel más alto desde 1947 en proporción a las importaciones.
La herramienta principal del primer año fueron los aranceles "recíprocos" dictados bajo la ley de emergencias económicas (IEEPA), presentados en abril de 2025 como respuesta al déficit comercial con cada país. En febrero de 2026 la Corte Suprema, en Learning Resources v. Trump, los declaró ilegales por seis votos contra tres: la ley autoriza al presidente a "regular" importaciones en una emergencia, pero no a imponer impuestos "de monto, duración y alcance ilimitados". El gobierno los reemplazó por un arancel temporal del 10% bajo la Sección 122, una cláusula de balanza de pagos que vence a los 150 días, y cuando ese plazo se agotó en julio de 2026 pasó a apoyarse en aranceles sectoriales por "seguridad nacional" (Sección 232) sobre acero, aluminio, cobre, autos, muebles, madera, farmacéuticos y semiconductores, más aranceles por prácticas desleales (Sección 301) contra Brasil y contra bienes producidos con trabajo forzado, y un arancel del 50% a Canadá bajo una ley de 1930 que no se había usado nunca. Mientras tanto, la aduana devuelve a los importadores los 166.000 millones cobrados ilegalmente.
El costo para las familias norteamericanas se estima en unos 840 dólares por hogar en 2026, y el efecto de largo plazo sobre el PBI en una caída del 0,4%. Brookings resume que hay "poca evidencia hasta ahora de que los aranceles hayan reducido sustancialmente el déficit comercial o producido un resurgimiento amplio del empleo manufacturero". Sobre esos datos, y sobre las razones que el gobierno dio para cada medida, se puede leer a Smith.
Primer choque: el déficit comercial como pérdida
La idea que organiza toda la política arancelaria actual es que un déficit comercial es una pérdida. Cuando Estados Unidos compra a un país más de lo que le vende, ese país "le gana", y la cuenta de ese "robo" fue exactamente la fórmula con la que se calcularon los aranceles recíprocos de 2025: el déficit bilateral dividido por las importaciones. La Sección 122 que se usó después es, por definición legal, una herramienta de balanza de pagos.
Es difícil encontrar una doctrina que Smith haya atacado con más insistencia. Le dedica el capítulo III del Libro IV, y lo abre así: "Nada hay más absurdo que toda la doctrina de la balanza comercial, sobre la que se fundan no solo estas restricciones sino casi todas las demás regulaciones del comercio". La doctrina supone que si la balanza se inclina hacia un lado, uno pierde y el otro gana en proporción. Smith responde que las dos suposiciones son falsas: el comercio que se hace natural y regularmente entre dos plazas, sin fuerza ni coacción, "es siempre ventajoso para ambas, aunque no siempre por igual". Y explica por qué con un ejemplo que podría aplicarse hoy a China o a Vietnam: si cien mil libras de tabaco inglés compran en Francia vino que en Inglaterra vale ciento diez mil, Inglaterra ganó diez mil; si cien mil libras de oro compran el mismo vino, ganó exactamente lo mismo. El comerciante con vino en la bodega es más rico que el que tiene tabaco en el depósito, y también más rico que el que tiene oro en el cofre.
Smith señala además algo que los negociadores de 2025 aprendieron a los golpes: que no hay ningún criterio seguro para saber de qué lado está la balanza entre dos países. Los libros de aduana son inexactos y el tipo de cambio no mide el comercio bilateral, porque las deudas entre dos países dependen de lo que cada uno hace con terceros. El déficit bilateral que sirvió de base a los aranceles recíprocos es una cifra que Smith habría considerado tan poco informativa como los libros de aduana del siglo XVIII.
La balanza que sí importa, dice Smith, es otra: la que hay entre lo que un país produce y lo que consume. Un país puede importar más de lo que exporta durante medio siglo, ver salir todo su oro y aumentar sus deudas con el exterior, y sin embargo enriquecerse mucho más rápido que sus vecinos. Su ejemplo de eso, en 1776, eran precisamente las colonias de América del Norte.
Segundo choque: proteger la industria nacional
El segundo argumento oficial es que los aranceles traen de vuelta la industria: fábricas, empleo manufacturero, cadenas de suministro. Es el objeto del capítulo II del Libro IV, el capítulo de la mano invisible, y la respuesta de Smith tiene dos partes.
La primera es contable. "La industria general de una sociedad nunca puede exceder lo que su capital puede emplear." Ninguna regulación del comercio aumenta la cantidad de industria de un país; solo desvía una parte hacia un rubro al que no habría ido sola, y "no es en absoluto seguro que esa dirección artificial sea más ventajosa que la que habría tomado por sí sola". Un arancel sobre el acero crea empleo en las acerías y lo destruye en todas las fábricas que usan acero. Brookings describe exactamente eso en las tarifas de la Sección 232: protegen a los productores de insumos y encarecen los costos de los fabricantes que los usan, con "reasignación de la producción antes que expansión neta".
La segunda es la máxima del padre de familia. "Es máxima de todo padre de familia prudente no intentar hacer en casa lo que le cuesta más hacer que comprar", y "lo que es prudencia en la conducta de toda familia privada difícilmente puede ser locura en la de un gran reino". Smith ilustra con un ejemplo que hoy suena a parodia y que no lo era: con invernaderos se pueden cultivar muy buenas uvas en Escocia y hacer buen vino, a treinta veces el costo del importado. ¿Sería razonable prohibir el vino francés para fomentar el borgoña escocés? Y agrega que si el absurdo es evidente a treinta veces, es exactamente de la misma clase, aunque menos llamativo, a una trigésima parte más.
Smith concede que con protección una industria puede adquirirse antes. Pero "de ahí no se sigue que la suma total de la industria o del ingreso de la sociedad aumente": la industria crece con el capital, el capital crece con lo que se ahorra del ingreso, y el efecto inmediato de toda regulación así es reducir el ingreso. Los 840 dólares por hogar son, en términos smithianos, la parte del ingreso que deja de ahorrarse.
Tercer choque: los vecinos como enemigos

El tercer argumento es el que más pesa en el discurso público: los otros países "se aprovechan" de Estados Unidos, y su prosperidad es la prueba. Aquí Smith no argumenta, denuncia. La riqueza de una nación vecina, escribe, "aunque peligrosa en la guerra y la política, es ciertamente ventajosa en el comercio". Un vecino rico es un buen cliente, como un hombre rico es mejor cliente para los comerciantes de su barrio que uno pobre; quien quiere hacer fortuna no se va a las provincias pobres sino a la capital, porque sabe que donde circula poca riqueza hay poco que ganar. Una nación debería mirar la riqueza de sus vecinos "como una causa probable de la suya".
Y sobre quién enseñó lo contrario, Smith es explícito. Fue el espíritu de monopolio el que inventó la doctrina de la balanza comercial, "y quienes primero la enseñaron no eran ni por asomo tan tontos como quienes la creyeron". Los comerciantes y fabricantes saben perfectamente cómo el comercio los enriquece a ellos, "porque es su negocio saberlo", pero saber cómo enriquece al país no es parte de su negocio; su interés es el monopolio del mercado interno, y es "directamente opuesto al del gran cuerpo del pueblo". El pasaje más citado del capítulo III merece ir entero:
El comercio, que naturalmente debería ser entre las naciones, como entre los individuos, un vínculo de unión y amistad, se ha convertido en la fuente más fecunda de discordia y animosidad. La ambición caprichosa de reyes y ministros no ha sido, durante este siglo y el anterior, más fatal para el reposo de Europa que la impertinente envidia de comerciantes y fabricantes.
Hay un detalle más que Smith habría reconocido. Las restricciones más duras del sistema mercantil no eran las generales sino las dirigidas contra un país en particular, Francia en el caso inglés, "es decir, contra aquellos contra quienes la animosidad nacional resulta más violentamente inflamada". Smith calculaba que Francia, por su cercanía y su tamaño, sería para Inglaterra un mercado veinticuatro veces más ventajoso que las colonias americanas, y que las dos naciones se lo negaban por envidia mercantil. El arancel del 50% a Canadá, el país con el que Estados Unidos comparte la frontera comercial más activa del mundo, es el caso que Smith habría elegido como ejemplo.
Cuarto choque: quién decide

Hay un choque menos económico y más constitucional, y es el que terminó en la Corte Suprema. Smith escribió que el estadista que intentara dirigir a los particulares en el empleo de sus capitales asumiría "una autoridad que no podría confiarse con seguridad a ninguna persona ni a ningún consejo o senado, y que en ninguna parte sería tan peligrosa como en manos de un hombre con la locura y la presunción suficientes para imaginarse apto para ejercerla". Brookings describe el giro de 2025 como el paso de un régimen arancelario "basado en reglas" a uno "discrecional": tasas que cambian por decreto, exenciones negociadas empresa por empresa, aranceles condicionados a compromisos de inversión. La Corte Suprema no citó a Smith, pero su argumento fue el mismo trasladado al derecho: una autoridad para imponer impuestos "de monto, duración y alcance ilimitados" no puede residir en una sola persona.
Smith también previó por qué esas medidas son tan difíciles de deshacer. Los fabricantes protegidos, escribe, se vuelven "como un ejército permanente desmesurado", formidables para el gobierno, y el legislador que se les opone no está a salvo "del ultraje insolente de monopolistas furiosos y decepcionados". Los tres jueces conservadores que votaron contra los aranceles fueron llamados "desleales" y "antipatriotas" por el presidente al día siguiente del fallo.
Dónde Smith le daría parte de razón
Sería deshonesto terminar acá. Smith admitía que "en general será ventajoso" gravar la industria extranjera en dos casos, y que en otros dos la cuestión "puede ser materia de deliberación". Los cuatro tienen un eco directo en la política actual.
El primero es la defensa. Smith defendió el Acta de Navegación, que reservaba el comercio marítimo inglés a barcos ingleses, porque la seguridad de Gran Bretaña dependía de sus marineros y su flota. Reconoció que el Acta perjudicaba al comercio y a la riqueza, y aun así la llamó "quizá la más sabia de todas las regulaciones comerciales de Inglaterra", porque "la defensa es mucho más importante que la opulencia". Esa es, palabra por palabra, la lógica de la Sección 232: si la capacidad de producir acero, semiconductores o medicamentos es una cuestión de seguridad, la pérdida de opulencia puede valer la pena. Smith aceptaría el principio. Lo que probablemente no aceptaría es la extensión: Brookings anota que la "seguridad nacional" fue redefinida para abarcar capacidad industrial, resiliencia y liderazgo tecnológico en general, y la lista de sectores hoy incluye muebles, madera y encimeras de cuarzo. El argumento de la defensa es fuerte precisamente porque es estrecho; aplicado a todo, deja de distinguir nada.
El segundo caso es la represalia, y es el más interesante porque es el corazón del concepto de "reciprocidad". Smith escribe que cuando un país extranjero restringe nuestras manufacturas, "la venganza dicta naturalmente la represalia", y que "puede haber buena política" en ella cuando es probable que consiga la derogación de la restricción ajena, porque recuperar un gran mercado compensa pagar más caro por un tiempo. Es una defensa explícita del arancel como herramienta de negociación, y varios de los acuerdos de 2025 y 2026 pueden leerse así: países que bajaron sus barreras a cambio de una tasa menor. Pero Smith pone dos condiciones. Que la represalia sea transitoria y termine cuando se obtiene la concesión; cuando no hay probabilidad de derogación, "hacernos otro daño a nosotros mismos para compensar el que nos hicieron es un mal método", y cada arancel de represalia "impone un impuesto real a todo el país, no en favor de los perjudicados sino de alguna otra clase". Y una condición más incómoda: juzgar cuándo la represalia va a funcionar no pertenece "a la ciencia del legislador, cuyas deliberaciones deben regirse por principios generales", sino "a la habilidad de ese animal insidioso y astuto vulgarmente llamado estadista o político, cuyos consejos se dirigen por las fluctuaciones momentáneas de los asuntos". Smith admitía la táctica, pero no la confundía con una política económica.
El tercer caso es el de los impuestos internos: si el producto nacional paga un impuesto, es razonable que el importado pague uno igual. Es un argumento por la neutralidad, no por la protección, y no tiene mucho que ver con el debate actual, salvo como recordatorio de que Smith aceptaba aranceles con fines de recaudación y rechazaba los que buscan impedir la importación, que son "tan destructivos de la renta de aduanas como de la libertad de comercio". Los 264.000 millones recaudados en 2025 muestran que los aranceles actuales recaudan mucho, lo que para Smith sería la prueba de que no están impidiendo importar, sino encareciendo lo que se importa igual.
El cuarto caso vale para los dos lados. Smith advierte que cuando una industria protegida emplea a mucha gente, "la humanidad puede exigir que la libertad se restaure solo por grados lentos y con mucha circunspección". El mismo principio, leído al revés, condena la brusquedad con que se impusieron los aranceles de 2025: tasas anunciadas, suspendidas, duplicadas y anuladas en cuestión de semanas. El respeto al capital fijo de los empresarios, dice Smith, "exige que esos cambios nunca se introduzcan de golpe sino despacio, gradualmente y con muy largo aviso". Smith era gradualista en ambas direcciones.
Lo que Smith no podía saber
Hay que reconocer también lo que Smith no vio ni podía ver. Escribía sobre un mundo de vino, lana y ferretería, sin cadenas de suministro globales, sin empresas estatales del tamaño de las chinas, sin semiconductores cuya producción se concentra en una isla en disputa. Los defensores de la política actual sostienen que el problema no es el comercio sino un competidor que no juega con las reglas del mercado, y que Smith, que dedicó páginas enteras a las compañías monopólicas de las Indias Orientales, habría entendido el argumento. Es una lectura posible. Lo que Smith habría respondido, con los propios datos de 2026 a la vista, es que la herramienta elegida no distingue: un arancel del 50% sobre el acero canadiense no castiga a China, castiga a las fábricas de Ohio que compran acero, y el vecino más rico y más cercano se convierte en el enemigo más conveniente. Eso es exactamente lo que le pasó a Inglaterra con Francia.
El caso argentino
Para un lector argentino hay una nota al pie que Smith habría disfrutado. En febrero de 2026 Argentina y Estados Unidos firmaron un acuerdo de comercio recíproco: Estados Unidos eliminó aranceles a 1.675 productos argentinos y le aplica a Argentina la tasa más baja de su esquema, un 10% contra el 12,5% de la Unión Europea o Japón, y Argentina bajó aranceles en 221 posiciones y abrió cuotas para vehículos y productos agrícolas. Es un caso de manual de la represalia que termina en concesión mutua, el único escenario en que Smith admitía la táctica. Pero también es la prueba de su tesis central: los dos países se enriquecen no por el saldo de la balanza entre ellos sino porque cada uno compra más barato lo que el otro hace mejor. Smith, que dedicó el Libro IV a explicar que el comercio debería ser "un vínculo de unión y amistad" entre las naciones, habría celebrado el acuerdo y habría preguntado por qué hacía falta un arancel para llegar a él.
En resumen
Si se pudiera sentar a Adam Smith frente a la política arancelaria de 2025 y 2026, el veredicto tendría dos partes. Sobre el diagnóstico, el déficit comercial como pérdida y los vecinos prósperos como amenaza, Smith no dejaría nada en pie: es la doctrina de la balanza comercial que él llamó "la más absurda", inventada por quienes ganan con el monopolio y creída por quienes lo pagan. Sobre las herramientas, sería más matizado: aceptaría aranceles por defensa si la defensa es real y acotada, aceptaría la represalia si es transitoria y consigue algo, y exigiría gradualismo en todo. Lo que no aceptaría es la idea de que un país se enriquece vendiendo más de lo que compra. En 1776 escribió que ningún país de Europa se había empobrecido nunca por una balanza desfavorable, y que todos los que abrieron sus puertos se enriquecieron. Doscientos cincuenta años de datos no lo desmintieron.
Los capítulos del Libro IV en los que se basa este artículo están resumidos, uno por uno, en el resumen del Libro IV de La Riqueza de las Naciones.
Fuentes
- Tax Foundation, Trump Tariffs Tracker: Rates, Revenue, and Impact, actualizado al 2 de septiembre de 2026.
- Brookings Institution, From rules to discretion: How Trump reconfigured US tariff policy, 9 de junio de 2026.
- Corte Suprema de Estados Unidos, Learning Resources, Inc. v. Trump, 20 de febrero de 2026 (resumen y cronología).
- Infobae, La alianza política entre Milei y Trump determinó que EEUU imponga el arancel más bajo a las exportaciones que recibe de la Argentina, 24 de julio de 2026.
- Adam Smith, An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, edición de Edwin Cannan (1904), Libro IV, capítulos I a III, texto completo en Econlib. Las citas son traducciones propias.



