Recently updated on septiembre 7th, 2026 at 5:00 am
Este es el libro que explica de dónde sale el crecimiento. Si el Libro I explicaba cómo la división del trabajo multiplica la producción, el Libro II explica qué hace falta para que esa división sea posible: capital acumulado de antemano. Aquí Smith distingue el capital fijo del circulante, explica por qué el dinero no es riqueza sino la rueda que la hace circular, define el trabajo productivo y el improductivo (con el rey, el ejército y los abogados entre los improductivos) y sostiene que cada pródigo es «un enemigo público» y cada ahorrativo «un benefactor público». Es también el libro donde aparecen el papel moneda y los bancos escoceses, un tema en el que Smith sabía de lo que hablaba porque su país era el laboratorio.
Si llegaste directo a este libro, te conviene saber dos cosas que explico con más detalle en la introducción del Libro I: la famosa «mano invisible» aparece una sola vez en toda la obra, en el Libro IV, y la palabra «opresión» aparece cien veces. Tenerlo presente cambia bastante la lectura de lo que sigue.
«La Riqueza de las Naciones» consta de cinco libros. Los resumí capítulo por capítulo en cinco artículos independientes, y en 2026 los revisé y amplié de punta a punta, incluidos los libros IV y V completos, que son los que las ediciones en español suelen traer recortados. Puedes navegar entre ellos desde esta lista o desde los enlaces al pie de cada artículo:
- Libro I: De lo que tiene trascendencia a todas las fuentes de riqueza
- Libro II: De la naturaleza, acumulación y empleo del capital
- Libro III: De los diferentes progresos de la riqueza de las naciones
- Libro IV: De los sistemas de economía política (incluye el pasaje de la «mano invisible»)
- Libro V: De los ingresos del soberano o del Estado
Para leerla en español, la mejor edición, en mi opinión, es la de Carlos Rodríguez Braun de 1994, que contiene los libros I, II y III completos y una selección de los libros IV y V. Se puede encontrar en archive.org, la gran biblioteca de Internet, en este enlace.
La mejor versión en inglés, completa y comentada al detalle, es la de Edwin Cannan de 1904, disponible en Econlib en este enlace. El trabajo de Cannan es impecable, y es la edición que usé como base para estos resúmenes. Las ediciones en español no me terminan de convencer porque tienen una carga ideológica que matiza las palabras de Smith. Por ejemplo, mientras que en el original la palabra «opresión» aparece cien veces, en la edición de Rodríguez Braun aparece dieciséis (once «opresión», tres «oprimido» y dos «oprimidos»), en parte porque se suavizó el mensaje de Smith y en parte porque muchos de esos pasajes están en los libros IV y V, que esa edición trae resumidos.
A pesar de ser un resumen, este artículo es extenso. Si tienes una pregunta puntual, puedes usar el asistente «Preguntale a Economía.wiki», al comienzo de esta página: responde a partir de los artículos del blog y de mis dos libros, y te indica las fuentes para que puedas contrastarlas.
A continuación, el resumen capítulo por capítulo del Libro II de la obra de Adam Smith:
Libro II
Introducción: De la naturaleza, acumulación y empleo del capital
El Libro I explicó cómo la división del trabajo multiplica la producción y cómo se reparte el producto entre salarios, beneficios y renta. El Libro II retrocede un paso y pregunta qué hace falta para que la división del trabajo exista: la respuesta es el capital, y la introducción explica por qué.
En el estado rudo de la sociedad, sin división del trabajo y casi sin intercambios, nadie necesita acumular nada de antemano. Cada hombre atiende sus necesidades a medida que aparecen: cuando tiene hambre va al bosque a cazar, cuando se le gasta el abrigo se viste con la piel del primer animal grande que mata, y cuando su choza se cae la repara con los árboles y el césped más cercanos.
Pero una vez introducida la división del trabajo, el producto del propio trabajo cubre una parte mínima de las necesidades; el resto se compra con el producto propio, y esa compra no puede hacerse hasta que ese producto esté no solo terminado sino vendido. Tiene que haber, entonces, un acopio previo de bienes de distinto tipo, guardado en algún lado, suficiente para mantener al trabajador y proveerle materiales y herramientas hasta que ambas cosas ocurran. Un tejedor no puede dedicarse enteramente a su oficio a menos que antes exista, en su poder o en el de otro, un acopio que lo mantenga hasta que termine y venda su tela. La acumulación de capital es, en la naturaleza de las cosas, previa a la división del trabajo.
Y la relación funciona en los dos sentidos. El trabajo solo puede subdividirse más y más en la medida en que el capital se acumula más y más: a mayor subdivisión, la misma cantidad de gente trabaja muchos más materiales y necesita más máquinas, así que hay que tener acumulado de antemano un acopio igual de provisiones y uno mayor de materiales y herramientas. A su vez, la acumulación lleva naturalmente a la mejora: quien emplea su capital en mantener trabajo quiere obtener la mayor cantidad de obra posible, y por eso procura la mejor distribución de tareas y las mejores máquinas que pueda inventar o comprar, y su capacidad para ambas cosas es proporcional a su capital. La cantidad de industria de un país no solo crece con el capital que la emplea: por efecto de ese crecimiento, la misma cantidad de industria produce mucha más obra.
Smith anuncia el plan del libro en cinco capítulos: en qué partes se divide naturalmente el capital de un individuo o de una sociedad; el dinero como rama particular del capital general; cómo opera el capital cuando lo emplea su dueño y cuando se presta a otro (capítulos III y IV); y los distintos efectos de los distintos empleos del capital sobre la industria nacional y el producto anual.
Capítulo I: De la división del capital
Es un capítulo de definiciones, y conviene leerlo con atención porque las categorías que fija acá (capital fijo, capital circulante, fondo de consumo) se usan en todo el resto del libro. Smith parte del individuo y después extiende el mismo esquema a la sociedad entera.
Cuándo un acopio se convierte en capital
Cuando un hombre posee apenas lo suficiente para mantenerse unos días o unas semanas, rara vez piensa en sacarle un ingreso: lo consume con la mayor parsimonia posible y trata de reponerlo con su trabajo antes de que se agote. Su ingreso deriva solo de su trabajo. Ese es, dice Smith, el estado de la mayor parte de los trabajadores pobres en todos los países.
Pero cuando posee lo suficiente para mantenerse meses o años, naturalmente procura obtener un ingreso de la mayor parte, reservando para su consumo inmediato solo lo que lo mantenga hasta que ese ingreso empiece a llegar. Su acopio queda entonces dividido en dos: la parte de la que espera obtener un ingreso es su capital; la otra es la que provee su consumo inmediato, y consiste en lo reservado originalmente para ese fin, en el ingreso a medida que va llegando, y en las cosas compradas en años anteriores y no consumidas del todo, como ropa y muebles.
Capital circulante y capital fijo
Un capital puede emplearse de dos maneras para dar un beneficio. La primera es producir, fabricar o comprar bienes y volver a venderlos con ganancia. Ese capital no rinde nada mientras permanece en poder de su dueño o conserva la misma forma: las mercancías del comerciante no le dan beneficio hasta que las vende por dinero, y el dinero tampoco hasta que lo cambia otra vez por mercancías. Su capital se va continuamente de él en una forma y vuelve en otra, y solo por medio de esa circulación puede rendirle algo. Es el capital circulante. La segunda es emplearlo en mejorar tierras, en comprar máquinas e instrumentos, o en cosas semejantes que rinden un beneficio sin cambiar de dueño ni circular. Es el capital fijo.
Las ocupaciones exigen proporciones muy distintas entre ambos. El capital de un comerciante es enteramente circulante. El sastre no necesita más herramientas que un paquete de agujas, y la mayor parte del capital de los artesanos circula en salarios y materiales; en cambio una gran fundición o una mina de carbón, con la maquinaria para desagotar el agua, exigen un capital fijo enorme.
El ejemplo del granjero muestra que la distinción no está en la cosa sino en cómo produce el beneficio. Los instrumentos de labranza y el valor del ganado de labor son capital fijo; los salarios de los peones y la manutención del ganado, circulante: el granjero gana con lo primero conservándolo y con lo segundo desprendiéndose de él. El ganado comprado para engordar y vender es circulante; un rebaño comprado para vivir de su lana, su leche y sus crías es capital fijo. Hasta la semilla es capital fijo: aunque va y viene entre el granero y la tierra, nunca cambia de dueño, y el granjero gana con ella no por su venta sino por su multiplicación.
Las tres porciones del capital de una sociedad
El acopio general de un país es el de todos sus habitantes, y se divide naturalmente en las mismas tres porciones, cada una con una función distinta.
La primera es la reservada al consumo inmediato, cuya característica es que no da ingreso ni beneficio: la comida, la ropa y los muebles ya comprados pero no consumidos del todo, y también todas las casas de vivienda. Smith se detiene en esto porque va contra la intuición. La casa que habita su propietario deja desde ese momento de funcionar como capital; le es útil como le son útiles su ropa y sus muebles, que forman parte de su gasto y no de su ingreso. Si se alquila, como la casa en sí no produce nada, el inquilino paga el alquiler con algún otro ingreso de su trabajo, su capital o su tierra. Una casa puede ser capital para su dueño, pero no para la sociedad, cuyo ingreso total no aumenta ni en lo más mínimo por ella; lo mismo vale para los disfraces de baile de máscaras o el mobiliario de funeral que se alquilan. Las casas son lo que se consume más despacio, siglos contra décadas los muebles y años la ropa, pero no por eso dejan de ser consumo.
La segunda porción es el capital fijo, que rinde sin circular ni cambiar de dueño, y consta de cuatro artículos: las máquinas e instrumentos útiles que facilitan y abrevian el trabajo; los edificios rentables, como tiendas, depósitos, talleres, granjas y establos, que son una especie de instrumentos de trabajo y muy distintos de las simples viviendas; las mejoras de la tierra, lo gastado con provecho en desbrozar, drenar, cercar y abonar, que convierten una granja en algo tan ventajoso y más durable que cualquier máquina; y, cuarto, las capacidades adquiridas y útiles de todos los habitantes. Adquirir esos talentos, manteniendo a quien los adquiere durante su educación, estudio o aprendizaje, cuesta siempre un gasto real, que es un capital fijado y realizado, por así decirlo, en su persona.
Esos talentos, así como forman parte de la fortuna de esa persona, forman parte también de la fortuna de la sociedad a la que pertenece. La destreza mejorada de un trabajador puede considerarse del mismo modo que una máquina o instrumento de trabajo que facilita y abrevia el trabajo, y que, aunque cuesta cierto gasto, lo repaga con un beneficio.
La tercera porción es el capital circulante, que rinde solo circulando, y también consta de cuatro partes: el dinero, por medio del cual las otras tres circulan y se distribuyen a sus consumidores; las provisiones en poder del carnicero, el ganadero, el granjero, el comerciante de granos o el cervecero; los materiales, en bruto o más o menos elaborados, de ropa, muebles y edificios, que todavía están en manos de productores, fabricantes y comerciantes; y la obra terminada que sigue en manos del comerciante o el fabricante y aún no llegó al consumidor, como lo que se ve listo en la tienda del herrero, el ebanista o el joyero.
Cómo se alimentan unas a otras
Tres de esas cuatro partes (provisiones, materiales y obra terminada) se retiran regularmente del capital circulante para pasar al capital fijo o al fondo de consumo. Todo capital fijo deriva de un capital circulante y necesita ser sostenido por él: las máquinas se hacen y se reparan con materiales y con la manutención de los obreros. Y ningún capital fijo rinde nada sin un capital circulante: las máquinas más útiles no producen nada sin materiales ni sin quienes las manejan, y la tierra mejor cultivada no rinde sin un capital que mantenga a los que la trabajan.
El fin único de ambos capitales es mantener y aumentar el fondo reservado al consumo inmediato, que es el que alimenta, viste y aloja a la gente; la riqueza o pobreza de un pueblo depende de cuánto le proveen esos dos capitales a ese fondo. Como el capital circulante se vacía continuamente hacia los otros dos, necesita reposición continua, que viene de la tierra, las minas y las pesquerías. Todo se cierra en un intercambio anual entre dos órdenes: el granjero repone al fabricante las provisiones y los materiales del año anterior, y el fabricante repone al granjero la obra terminada que gastó, casi siempre por medio del dinero y no por trueque directo. La tierra repone incluso los capitales de las minas y las pesquerías: es el producto de la tierra el que saca los peces del agua y los minerales de sus entrañas.
El tesoro enterrado
Smith cierra con una observación sobre la seguridad. Donde hay una seguridad tolerable, cualquier hombre de entendimiento común emplea todo el acopio de que dispone en goce presente o en beneficio futuro, fijo o circulante; "tendría que estar perfectamente loco" quien no lo hiciera. Pero en los países desdichados donde los hombres temen continuamente la violencia de sus superiores, entierran y esconden gran parte de su acopio para poder huir con él: se dice que es práctica común en Turquía, en el Indostán y en la mayoría de los gobiernos de Asia, y lo fue en Europa bajo la violencia del régimen feudal, cuando el tesoro hallado era una parte nada despreciable del ingreso de los soberanos y se consideraba propiedad del rey, como las minas de oro y plata.
Lo que hay que llevarse de este capítulo
El capital no es una cosa sino una función: es la parte del acopio de la que se espera un ingreso, y se divide en fijo (rinde quedándose) y circulante (rinde cambiando de manos), con el ejemplo del granjero como prueba de que el mismo animal puede ser una cosa u otra según cómo se gane con él. Dos ideas del capítulo tuvieron una vida larga: que las casas de vivienda no son capital para la sociedad, por más que rindan alquiler a su dueño, y que las capacidades adquiridas de las personas sí lo son, lo que hace de Smith el primero en formular lo que hoy se llama capital humano. Y una tercera, política: la gente solo acumula donde hay seguridad; donde teme al poder, entierra.
Capítulo II: Del dinero considerado como una rama particular del capital general de la sociedad, o del costo de mantener el capital nacional
Es el capítulo más largo del Libro II y uno de los más influyentes de la obra: contiene la teoría del dinero como instrumento y no como riqueza, la defensa del papel moneda bancario, las reglas de prudencia bancaria que después se conocieron como la doctrina de las letras reales, y el relato de la primera crisis bancaria que Smith vio de cerca.
Ingreso bruto e ingreso neto
Así como en la renta de una finca se distingue la bruta, todo lo que paga el arrendatario, de la neta, lo que le queda libre al terrateniente después de deducir administración y reparaciones, así el ingreso bruto de un país comprende todo el producto anual de su tierra y su trabajo, y el ingreso neto lo que queda después de deducir el costo de mantener su capital fijo y su capital circulante; es decir, lo que puede consumirse sin comerse el capital. La riqueza real, de una finca o de un país, es proporcional al ingreso neto, no al bruto.
Todo el gasto de mantener el capital fijo se deduce del ingreso neto. Ese gasto se repaga con creces, porque el capital fijo existe para aumentar la productividad del trabajo, pero sigue desviando materiales y obreros que podrían haber ido directo a comida, ropa y vivienda; por eso toda mejora mecánica que abarata la maquinaria es ventajosa para la sociedad. Con el capital circulante es distinto: de sus cuatro partes (dinero, provisiones, materiales y obra terminada), las tres últimas se retiran regularmente para pasar al capital fijo o al consumo, así que mantenerlas no resta nada del ingreso neto. El dinero es la única parte del capital circulante cuyo mantenimiento disminuye el ingreso neto de la sociedad.
El dinero no es ingreso
De ahí sale el argumento central. El dinero se parece al capital fijo en tres cosas. Primero, como las máquinas, cuesta reunirlo y mantenerlo, y ambos gastos son deducciones del ingreso neto: una cantidad de materiales muy valiosos, oro y plata, y de trabajo muy curioso, en vez de aumentar el consumo de la gente, se emplea en sostener ese gran pero costoso instrumento de comercio. Segundo, como las máquinas, el dinero no forma parte del ingreso de la sociedad:
La gran rueda de la circulación es totalmente distinta de los bienes que circulan por medio de ella. El ingreso de la sociedad consiste enteramente en esos bienes, y no en la rueda que los hace circular.
Smith reconoce que la proposición suena paradójica, y lo atribuye a la ambigüedad del lenguaje. El ingreso de quien cobra una guinea por semana no es la guinea más lo que compra con ella, sino una sola de esas dos cosas, y más propiamente la segunda: el valor de la guinea antes que la guinea. Una guinea es una letra contra todos los comerciantes del vecindario por cierta cantidad de bienes; si no pudiera cambiarse por nada, valdría lo que una letra contra un quebrado. Y si esto es evidente para un individuo, lo es más para la sociedad: la misma guinea que paga hoy la pensión de un hombre paga mañana la de otro, así que las piezas que circulan en un país valen siempre mucho menos que el total de los ingresos que se pagan con ellas. El ingreso no consiste en las piezas sino en el poder de compra que van transmitiendo de mano en mano.
Tercero, y esto abre el resto del capítulo, todo ahorro en el costo de reunir y mantener el dinero es una mejora del ingreso neto, como el ahorro en el mantenimiento de las máquinas. Y el ahorro posible es enorme: la sustitución del oro y la plata por papel moneda reemplaza un instrumento de comercio muy caro por otro mucho más barato y a veces igual de cómodo.
Cómo el papel libera oro y plata
Cuando la gente de un país confía en la fortuna, la probidad y la prudencia de un banquero al punto de creer que siempre estará listo para pagar a la vista sus billetes, esos billetes circulan como oro y plata. Un banquero presta entre sus clientes billetes propios por cien mil libras y cobra por ellos el mismo interés que por dinero; como la mayoría circula durante meses y años, veinte mil libras en metal suelen bastar como reserva. Veinte mil libras hacen el trabajo de cien mil, y ochenta mil en oro y plata quedan libres.
Smith lo ilustra con un país cuya circulación exige un millón. Los bancos emiten un millón en billetes reservando doscientas mil libras; quedan en circulación un millón ochocientas mil entre metal y papel, pero el producto anual sigue necesitando un millón. "El canal de la circulación" permanece igual; lo que se vierte de más tiene que desbordar. Ochocientas mil libras desbordan, y como el papel no puede ir al exterior, porque lejos de los bancos que lo emiten nadie lo acepta, lo que se va es el oro y la plata. Pero no se regalan: se cambian por bienes extranjeros, que pueden ser vinos y sedas para gente ociosa, lo que fomenta la prodigalidad, o materiales, herramientas y provisiones para emplear más gente laboriosa que reproduce con beneficio lo que consume. Smith sostiene que la mayor parte va necesariamente a lo segundo, porque el ingreso de los ociosos como clase no aumenta con las operaciones bancarias, y aunque la prudencia no gobierne a cada individuo, gobierna siempre a la mayoría de cada clase. El efecto neto es que el valor entero de la gran rueda de la circulación se añade a los bienes que circulan por ella. Eso es lo que hizo Escocia en los últimos veinticinco o treinta años, con bancos en casi todas las ciudades; Smith no garantiza que el comercio de Glasgow se haya duplicado en quince años, como le aseguraron, pero no duda de que creció mucho y de que los bancos contribuyeron: la circulación pasó de un millón en metal a más de dos millones con menos de medio millón en metal, sin que la riqueza real del país sufriera.
Las cuentas de caja escocesas
Los bancos emiten billetes sobre todo descontando letras de cambio. Pero los bancos escoceses inventaron otro método, las cuentas de caja: dan crédito hasta cierta suma a quien presente dos fiadores de crédito indudable, y aceptan devoluciones en pequeñas cuotas, descontando el interés desde el día de cada pago. Esa facilidad explica el enorme negocio de esos bancos y el beneficio que sacó el país. El comerciante de Edimburgo, comparado con uno de Londres con el mismo capital, no necesita tener quinientas libras ociosas en caja para los pagos que le vencen: los cubre con su cuenta de caja y la repone con lo que va vendiendo. Con el mismo capital tiene más mercadería en depósito, gana más y da empleo constante a más gente.
El límite del papel y el costo de excederlo
Hay un límite preciso. El papel que puede circular fácilmente en un país nunca puede exceder el valor del oro y la plata que reemplaza. Si lo excede, el sobrante vuelve de inmediato a los bancos para cambiarse por metal, y si los bancos muestran dificultad para pagar, la alarma agranda la corrida. Un banco que emite de más tiene que engrosar sus reservas en proporción mayor que el exceso y reponerlas continuamente a un costo creciente, porque el metal que sale se exporta: con cuatro mil libras de más no gana nada de interés y pierde todo el gasto de recolectar oro que sale tan rápido como entra. Si cada banco hubiera entendido su propio interés, la circulación nunca se habría sobrecargado de papel; pero no siempre lo entendió. El Banco de Inglaterra tuvo que acuñar durante años cerca de un millón anual, comprando lingotes a cuatro libras la onza para emitirlos a menos, y los bancos escoceses tuvieron agentes en Londres recolectando metal al dos por ciento y giraron letras que pagaban con otras letras. El Banco de Inglaterra pagó muy caro no solo su imprudencia sino la mucho mayor de casi todos los bancos escoceses.
Qué puede prestar un banco: la regla del estanque
La causa original fue el exceso de empresa de algunos proyectistas audaces. De ahí Smith deriva una regla que atravesó la teoría bancaria: lo que un banco puede adelantar con propiedad a un comerciante no es su capital, sino solo la parte que de otro modo tendría que guardar ociosa y en efectivo para atender demandas ocasionales. Cuando un banco descuenta una letra real, girada por un acreedor real contra un deudor real que la paga a su vencimiento, sus arcas se parecen a un estanque del que sale una corriente continua pero al que entra otra igual, y que sin más cuidado se mantiene siempre lleno. Con las cuentas de caja pasa lo mismo, siempre que el banco vigile que en períodos cortos las devoluciones de cada cliente igualen los adelantos; los bancos escoceses exigían "operaciones frecuentes y regulares", y con eso juzgaban por sus propios libros si sus deudores prosperaban y se aseguraban de no emitir más papel del que la circulación absorbe.
Más allá de eso el banco no puede ir. No puede adelantar la mayor parte del capital circulante de un comerciante, porque los retornos son demasiado lentos, y mucho menos capital fijo: la forja, la mina, los campos que se drenan y cercan, cuyos retornos tardan muchos años. Esos proyectos se financian con particulares que quieren vivir de su interés durante años, sobre bono o hipoteca. Un banco que presta sin gastos de escritura y acepta devoluciones cómodas sería un acreedor muy conveniente para esos empresarios; "pero esos empresarios serían, seguramente, deudores muy inconvenientes para ese banco".
Girar y regirar, y el banco de Ayr
Hacía más de veinticinco años que el papel de los bancos escoceses igualaba lo que la circulación podía absorber; ya habían dado toda la ayuda que un banco puede dar. Pero los empresarios querían más, creían que los bancos podían extender el crédito hasta cualquier suma "sin más gasto que unas resmas de papel", y se quejaban del espíritu estrecho y cobarde de sus directores. Cuando los bancos se negaron, recurrieron a girar y regirar: A en Edimburgo gira una letra a dos meses contra B en Londres, que no le debe nada pero acepta con la condición de regirar contra A por la misma suma más interés y comisión, y así durante meses o años, a un costo que superaba el ocho por ciento anual en un país donde el beneficio ordinario iba del seis al diez. "Los proyectistas, sin duda, tenían en sus sueños dorados la visión más clara de esa gran ganancia. Al despertar, sin embargo, rara vez tuvieron la fortuna de encontrarla." Como cada letra se pagaba descontando otra mayor, el pago era ficticio y la corriente que había salido de los bancos nunca volvía: los proyectistas les habían sacado un capital sin que lo supieran. Cuando los bancos empezaron a poner dificultades, los proyectistas llamaron a su propia angustia "la angustia del país" y culparon a la pusilanimidad de los banqueros.
En medio de ese clamor se fundó un nuevo banco para aliviar la angustia del país. Es el banco de Ayr, que Smith no nombra y describe con precisión porque su antiguo alumno el duque de Buccleuch era uno de sus principales accionistas. Su diseño era generoso y su ejecución imprudente: descontó letras reales y circulatorias sin distinción, se propuso adelantar el capital entero de mejoras de retorno lentísimo como las de la tierra, y sostuvo sus billetes girando sobre Londres letras que al quebrar, a los dos años, superaban las seiscientas mil libras, pagando más del ocho por ciento sobre tres cuartos de sus operaciones para cobrar el cinco. Sus efectos fueron los opuestos a los buscados: dio a los proyectistas dos años más para endeudarse, con lo que la ruina cayó más pesada, y alivió a los bancos rivales que quería suplantar, que descargaron en él a todos los giradores de letras. Reponer sus arcas pidiendo prestado a particulares habría sido como mantener lleno un estanque sin afluente mandando gente con baldes a un pozo a millas de distancia. Detrás de todo eso Smith ve la idea de John Law, que creyó que un banco podía emitir papel por el valor de todas las tierras del país: rechazada por el Parlamento de Escocia, adoptada por el regente de Francia y convertida en el esquema del Mississippi, "el proyecto más extravagante de banca y especulación que quizás haya visto el mundo".
El Banco de Inglaterra y la carretera por el aire
Smith repasa la historia del Banco de Inglaterra desde 1694, cuando prestó al gobierno recién salido de la Revolución al ocho por ciento, señal de lo bajo que estaba su crédito, hasta convertirse en el mayor banco de circulación de Europa y en "una gran máquina de Estado", cuya estabilidad es la del gobierno británico y que sostuvo en varias ocasiones el crédito de las principales casas de Inglaterra, Hamburgo y Holanda.
De ahí vuelve a la tesis, ahora con la metáfora más célebre del capítulo. La banca juiciosa no aumenta el capital del país sino que vuelve activa y productiva una parte mayor de él: el dinero ocioso que cada comerciante tiene en caja, y el oro y la plata que circulan en el país, son capital muerto, que no produce nada.
El oro y la plata que circulan en un país pueden compararse con una carretera que, mientras hace circular y lleva al mercado todo el pasto y el trigo del país, no produce por sí misma ni una brizna de uno ni un grano del otro. Las operaciones juiciosas de la banca, al proveer, si se me permite una metáfora tan violenta, una especie de carretera por el aire, permiten al país convertir una gran parte de sus carreteras en buenos pastos y campos de trigo.
Pero el comercio así "suspendido en las alas dedáleas del papel moneda" no puede estar tan seguro como cuando viaja "sobre el suelo sólido del oro y la plata". Una guerra perdida en la que el enemigo tomara la capital, y con ella el tesoro que respalda el papel, dejaría al príncipe sin con qué pagar sus tropas; por eso un príncipe prudente debe cuidarse no solo del exceso de papel que arruina a los bancos sino de que el papel llene la mayor parte de la circulación.
Regular sin sofocar
El cierre es un programa regulatorio. La circulación tiene dos ramas, entre comerciantes y entre comerciantes y consumidores. Donde no hay billetes de menos de diez libras, como en Londres, el papel se limita a la primera y siempre hay oro y plata; donde hay billetes de veinte chelines, como en Escocia, o de un chelín, como en Norteamérica, el papel invade la segunda, destierra el metal y "gente mezquina" se vuelve banquera emitiendo billetes de seis peniques cuyas quiebras arruinan a los pobres que los reciben. Smith propone que no se emitan billetes de menos de cinco libras, y anticipa la objeción liberal:
Restringir a los particulares de recibir en pago los billetes de un banquero, cualquiera sea la suma, cuando ellos mismos están dispuestos a recibirlos, es sin duda una violación de la libertad natural que es propio de la ley no infringir sino sostener. Pero esos ejercicios de la libertad natural de unos pocos individuos que pueden poner en peligro la seguridad de toda la sociedad son, y deben ser, restringidos por las leyes de todos los gobiernos, del más libre como del más despótico. La obligación de construir muros medianeros para impedir la propagación del fuego es una violación de la libertad natural exactamente del mismo tipo que las regulaciones de la banca que aquí se proponen.
Sobre el resto, su posición es clara. El papel pagadero a la vista y siempre pagado vale exactamente lo que el oro, y no encarece nada: contra la opinión de Hume, la multiplicación de bancos en Escocia no subió los precios, porque el metal que sale iguala al papel que entra. Lo que sí degrada el papel es cualquier condición sobre su pago: la "cláusula opcional" con que los bancos escoceses se reservaban pagar a seis meses hizo que Dumfries cotizara cuatro por ciento peor que Carlisle, a treinta millas, hasta que el Parlamento la prohibió; y el papel de las colonias americanas, emitido por los gobiernos sin interés, pagadero a quince años y de curso legal forzoso, fue "un acto de tan violenta injusticia como quizás no haya intentado el gobierno de ningún otro país que pretenda ser libre", un plan de deudores fraudulentos para estafar a sus acreedores. Y termina en defensa de la competencia: si los banqueros no pueden emitir billetes por debajo de cierta suma y están obligados a pagarlos de inmediato y sin condiciones, su comercio puede ser en todo lo demás perfectamente libre. La multiplicación de bancos que alarma a tanta gente aumenta la seguridad del público, porque obliga a todos a ser más circunspectos y reduce el daño de cualquier quiebra. "En general, si una rama del comercio o una división del trabajo es ventajosa para el público, cuanto más libre y general sea la competencia, más ventajosa será."
Lo que hay que llevarse de este capítulo
El dinero es una máquina, no un ingreso: cuesta mantenerla, no produce nada por sí misma, y todo lo que se ahorre en ella es riqueza ganada. El papel bancario convertible es el ahorro más grande posible, porque libera oro y plata para comprar materiales y trabajo, siempre dentro de un límite estricto: el papel no puede exceder el metal que reemplaza, y cuando lo excede vuelve a los bancos y los arruina. Un banco prudente presta solo la caja ociosa de sus clientes contra letras reales y vigila que lo que sale vuelva; presta capital fijo o a proyectistas que giran y regiran, y termina como el banco de Ayr. Y la libertad bancaria tiene dos condiciones que Smith defiende con la misma convicción con que defiende la competencia: billetes grandes y pago inmediato, porque la libertad de unos pocos no puede incendiar la casa de todos.
Capítulo III: De la acumulación del capital, o del trabajo productivo e improductivo
Es el capítulo más citado del Libro II y uno de los más polémicos de toda la obra, por la distinción entre trabajo productivo e improductivo que Marx tomaría y los economistas posteriores abandonarían. Pero su argumento central es otro, y más simple: los países se enriquecen ahorrando, y el ahorro es obra de los individuos a pesar de sus gobiernos.
Trabajo productivo e improductivo
Hay un tipo de trabajo que añade valor al objeto sobre el que se aplica y otro que no. El primero puede llamarse productivo; el segundo, improductivo. El trabajo de un obrero manufacturero añade a los materiales el valor de su propia manutención y del beneficio de su patrón: aunque el patrón le adelanta el salario, no le cuesta nada, porque ese valor vuelve con beneficio en el producto. El trabajo de un sirviente doméstico no añade valor a nada, y su manutención nunca se recupera. "Un hombre se enriquece empleando una multitud de obreros; se empobrece manteniendo una multitud de sirvientes." No es que el trabajo del sirviente no valga ni merezca su paga; la diferencia es que el del obrero se fija y realiza en un objeto vendible, que dura y que es como una cantidad de trabajo almacenada, capaz de poner en movimiento después una cantidad igual de trabajo, mientras que los servicios del sirviente perecen en el instante mismo de prestarse y no dejan huella.
Smith no se guarda la consecuencia incómoda. Son improductivos, en este sentido, algunos de los órdenes más respetables de la sociedad: el soberano con todos sus oficiales de justicia y de guerra, el ejército y la marina entera, que son sirvientes del público mantenidos con el producto de la industria de otros, y cuyo servicio, por honorable, útil y necesario que sea, no produce nada con que comprar después un servicio igual; la protección de este año no compra la del año que viene. En la misma clase van "algunas de las profesiones más graves e importantes y algunas de las más frívolas": clérigos, abogados, médicos, hombres de letras, actores, bufones, músicos, cantantes y bailarines de ópera. El trabajo del más noble de ellos, como la declamación del actor o la melodía del músico, perece en el instante de su producción.
Capital e ingreso
Productivos, improductivos y quienes no trabajan se mantienen todos del producto anual, que no es infinito. Según la proporción que en un año se destine a mantener manos improductivas, quedará más o menos para las productivas, y el producto del año siguiente será mayor o menor. Y el producto, apenas sale de la tierra o de las manos del trabajador, se divide en dos partes: una, con frecuencia la mayor, destinada a reponer un capital, y otra a constituir un ingreso, como beneficio o como renta. La primera parte solo mantiene manos productivas, porque quien emplea capital espera que le vuelva con beneficio; la segunda puede mantener indistintamente unas u otras, y los dueños de rentas y beneficios "parecen tener cierta predilección por las segundas": el gasto de un gran señor alimenta más ociosos que industriosos, y el comerciante rico, que con su capital solo emplea gente laboriosa, con su gasto alimenta la misma clase que el señor.
La proporción entre manos productivas e improductivas depende entonces de la proporción entre capital e ingreso, muy distinta en los países ricos y en los pobres. Bajo el feudalismo, una porción mínima del producto bastaba para reponer el capital de cultivo, unas pocas cabezas de ganado miserable, y todo el resto iba al señor; hoy la parte del terrateniente rara vez supera un tercio o un cuarto del producto, y el interés, que no bajaba del diez por ciento, está en seis, cuatro, tres y dos.
De ahí sale una regla que Smith aplica con ejemplos que todavía se leen con gusto: la proporción entre capital e ingreso determina el carácter de los habitantes en cuanto a industria u ociosidad. Nuestros antepasados eran ociosos por falta de estímulo, y "vale más jugar por nada que trabajar por nada", dice el proverbio. En las ciudades comerciales y manufactureras, donde el pueblo vive del empleo de capital, es laborioso, sobrio y próspero, como en casi todas las holandesas; en las sostenidas por una corte, donde vive del gasto de ingresos, es ocioso, disoluto y pobre, como en Roma, Versalles, Compiègne y Fontainebleau. Edimburgo tenía poco comercio antes de la unión, adquirió algo cuando dejó de ser residencia obligada de la nobleza escocesa, y sigue muy por debajo de Glasgow, cuyos habitantes viven del empleo de capital. Y se ha visto a aldeas prósperas volverse ociosas y pobres porque un gran señor se instaló cerca.
Donde predomina el capital, prevalece la industria; donde predomina el ingreso, la ociosidad.
El ahorro, no la industria
Los capitales crecen por la parsimonia y disminuyen por la prodigalidad y la mala conducta. Lo que una persona ahorra de su ingreso lo añade a su capital, y o lo emplea ella misma en mantener más manos productivas o se lo presta a otro a cambio de un interés. El capital de una sociedad, que es el de todos sus individuos, solo puede crecer del mismo modo. "La parsimonia, y no la industria, es la causa inmediata del aumento del capital. La industria provee el objeto que la parsimonia acumula; pero por mucho que la industria adquiera, si la parsimonia no ahorra y almacena, el capital nunca será mayor."
Y acá Smith aclara un malentendido que persiste hasta hoy: lo que se ahorra se consume tan regularmente como lo que se gasta, y casi en el mismo tiempo, pero lo consume gente distinta. La parte del ingreso que un rico gasta la consumen huéspedes ociosos y sirvientes que no dejan nada a cambio; la parte que ahorra, como se emplea de inmediato como capital, la consumen obreros, artesanos y fabricantes que reproducen con beneficio el valor de lo que consumen. "El consumo es el mismo, pero los consumidores son distintos." Por eso el hombre frugal, con lo que ahorra cada año, no solo mantiene más manos productivas ese año sino que funda, como el fundador de un hospicio, un fondo perpetuo para mantener un número igual en todos los tiempos futuros, custodiado no por ninguna ley sino por el interés evidente de cada uno de sus futuros dueños. El pródigo pervierte ese fondo: como quien desvía las rentas de una fundación piadosa a fines profanos, paga el salario de la ociosidad con los fondos que la frugalidad de sus antepasados había consagrado al mantenimiento de la industria, y "alimentando a los ociosos con el pan de los laboriosos" no solo se empobrece a sí mismo sino a su país.
Da lo mismo que el pródigo gaste en bienes nacionales o extranjeros. Contra la objeción de que gastando en bienes nacionales el dinero se queda en el país, Smith responde que si esa comida hubiera ido a manos productivas habría "dos valores en vez de uno", y que el dinero no puede quedarse mucho tiempo en un país cuyo producto disminuye, porque su único uso es hacer circular bienes y el que sobra se va al exterior a pesar de todas las leyes. La exportación de oro y plata es el efecto de la decadencia, no su causa, y su aumento es el efecto de la prosperidad, no su causa. Sea que la riqueza consista en el producto anual, como dicta la razón, o en los metales preciosos, como supone el prejuicio vulgar, "todo pródigo aparece como un enemigo público y todo hombre frugal como un benefactor público".
El deseo de mejorar de condición
Sin embargo, rara vez las circunstancias de una gran nación se ven afectadas por la prodigalidad o la mala conducta de los individuos, porque la profusión de unos se compensa con la frugalidad de otros. Smith lo explica con una de las observaciones sobre la naturaleza humana que sostienen toda su obra:
El principio que impulsa al gasto es la pasión por el goce presente, que, aunque a veces violenta y muy difícil de refrenar, es en general solo momentánea y ocasional. Pero el principio que impulsa a ahorrar es el deseo de mejorar nuestra condición, un deseo que, aunque en general calmo y desapasionado, viene con nosotros desde el vientre y nunca nos abandona hasta que bajamos a la tumba.
En todo ese intervalo no hay quizás un solo instante en que un hombre esté tan satisfecho con su situación que no desee cambiarla o mejorarla, y el medio más vulgar y obvio de mejorarla es aumentar la fortuna ahorrando. Por eso, aunque el principio del gasto prevalezca en casi todos los hombres en algunas ocasiones y en algunos hombres en casi todas, en la mayoría, tomada la vida entera, la frugalidad predomina, y predomina mucho. Y las empresas prudentes superan con mucho a las imprudentes: por más que nos quejemos de las quiebras, los que caen en ellas no son más de uno en mil, porque la quiebra es "quizás la mayor y más humillante calamidad que puede caer sobre un hombre inocente" y la mayoría la evita, "como algunos no evitan la horca".
Las grandes naciones no se arruinan por la prodigalidad privada, pero a veces sí por la pública. Casi todo el ingreso público se emplea en mantener manos improductivas: una corte numerosa y espléndida, un gran establecimiento eclesiástico, flotas y ejércitos que en paz no producen nada y en guerra no adquieren nada que compense su costo. Multiplicados sin necesidad, pueden consumir en un año tanto del producto que no quede suficiente para los trabajadores productivos que deben reproducirlo al siguiente. Pero la experiencia muestra que la frugalidad privada suele bastar para compensar incluso la extravagancia de los gobiernos:
El esfuerzo uniforme, constante e ininterrumpido de cada hombre por mejorar su condición, el principio del que deriva originalmente la opulencia pública y nacional tanto como la privada, es con frecuencia lo bastante poderoso para mantener el progreso natural de las cosas hacia la mejora, a pesar tanto de la extravagancia del gobierno como de los mayores errores de administración. Como el principio desconocido de la vida animal, restaura con frecuencia la salud y el vigor de la constitución, a pesar no solo de la enfermedad sino de las absurdas prescripciones del médico.
La prueba es Inglaterra. Su producto anual es mucho mayor que en la Restauración de Carlos II, aunque en ese siglo no pasaron cinco años sin que se publicara algún folleto, muchos escritos por gente cándida e inteligente, demostrando que la nación se arruinaba. Y en ese período hubo el incendio y la peste de Londres, dos guerras con Holanda, la Revolución, cuatro guerras con Francia que dejaron más de ciento cuarenta y cinco millones de deuda y dos rebeliones jacobitas. Si ese capital se hubiera empleado en manos productivas, no es fácil imaginar a qué altura estaría la riqueza del país. Pero la profusión del gobierno, aunque retrasó el progreso, no pudo detenerlo: el capital se acumuló "silenciosa y gradualmente por la frugalidad privada y la buena conducta de los individuos", protegido por la ley y con libertad para ejercerse. De ahí la frase que cierra el argumento: es "la mayor impertinencia y presunción" que reyes y ministros pretendan vigilar la economía de los particulares con leyes suntuarias o prohibiciones de lujos extranjeros, siendo ellos mismos, siempre y sin excepción, los mayores derrochadores de la sociedad. "Que cuiden bien su propio gasto, y pueden confiar tranquilamente a los particulares el suyo. Si su propia extravagancia no arruina al Estado, la de sus súbditos nunca lo hará."
Gastar en cosas que duran
El capítulo cierra con una distinción entre modos de gastar. Un hombre de fortuna puede gastar su ingreso en una mesa suntuosa, muchos sirvientes, perros y caballos, o en adornar su casa, en edificios, muebles, libros, estatuas y cuadros, o en frivolidades como joyas y baratijas, "o, lo más trivial de todo, en amasar un gran guardarropa de ropa fina, como el favorito y ministro de un gran príncipe que murió hace pocos años". El que gasta en cosas durables ve su magnificencia crecer cada día y al final es el más rico de los dos, porque le queda un acopio que vale algo; del otro no queda ni rastro, "y los efectos de diez o veinte años de profusión quedan tan completamente aniquilados como si nunca hubieran existido".
Lo mismo vale para las naciones. Las casas, los muebles y la ropa de los ricos se vuelven al poco tiempo útiles para las clases medias y bajas, que los compran cuando sus superiores se cansan: lo que fue asiento de la familia Seymour es hoy una posada en el camino a Bath, y el lecho nupcial de Jacobo I, regalo de una soberana a un soberano, era hace pocos años el adorno de una taberna de Dunfermline. Versalles es un ornamento y un honor para Francia, Stowe y Wilton para Inglaterra, e Italia sigue inspirando veneración por sus monumentos aunque la riqueza que los produjo haya decaído. El gasto en bienes durables favorece además la frugalidad, porque quien se excedió en edificios o cuadros puede parar sin que nadie infiera imprudencia, mientras que reducir sirvientes o mesa es una confesión pública de mala conducta que pocos tienen el coraje de hacer hasta que la ruina los obliga. Y mantiene a más gente: de las provisiones de un gran festín la mitad va al estercolero, mientras que el mismo gasto en albañiles, carpinteros y tapiceros alimenta a más personas que las compran por peniques y no desperdician una onza, y son manos productivas.
Smith aclara, con su habitual cuidado, que no quiere decir que un modo de gasto revele un espíritu más liberal que el otro: el que gasta en hospitalidad comparte con amigos y compañeros, mientras que el que compra baratijas y adornos suele gastarlo todo en su propia persona, y esa clase de gasto "indica con frecuencia no solo una disposición trivial sino baja y egoísta". Solo dice que uno acumula y el otro no.
Lo que hay que llevarse de este capítulo
La distinción entre trabajo productivo e improductivo es discutible y Smith mismo la aplica con matices, pero sirve para el argumento que importa: el crecimiento depende de qué proporción del producto se reinvierte como capital y cuál se gasta como ingreso, y esa proporción la deciden millones de decisiones privadas de ahorro. El ahorro no es consumo que se pierde sino consumo que cambia de manos, de los ociosos a los laboriosos, y funda un fondo perpetuo. Y como el deseo de mejorar de condición acompaña al hombre "desde el vientre hasta la tumba", la frugalidad privada gana en el largo plazo hasta contra los gobiernos derrochadores, que son, sin excepción, los peores derrochadores de todos.
Capítulo IV: Del capital prestado a interés
Es el capítulo más corto del Libro II y uno de los más nítidos. Smith explica qué es realmente un préstamo, por qué baja la tasa de interés a medida que un país se enriquece, por qué es falso que la haya bajado el oro de América, y qué debe hacer la ley con la usura. Su posición sobre lo último, un tope legal apenas por encima de la tasa de mercado, es una de las pocas intervenciones estatales que defiende en todo el libro.
Qué se presta cuando se presta dinero
El capital prestado a interés es siempre un capital para el prestamista: espera que se le devuelva a su tiempo y que mientras tanto el prestatario le pague una renta anual por su uso. El prestatario puede usarlo como capital, empleándolo en mantener trabajadores productivos que reproducen el valor con beneficio, en cuyo caso puede devolverlo y pagar el interés sin tocar ningún otro ingreso; o como fondo de consumo, en cuyo caso actúa como un pródigo, disipa en el mantenimiento de los ociosos lo que estaba destinado a los laboriosos, y no puede devolver ni pagar sin enajenar alguna otra fuente de ingreso. Lo primero es mucho más frecuente. "El que pide prestado para gastar pronto estará arruinado, y el que le presta generalmente tendrá ocasión de arrepentirse de su locura." Preguntale a cualquier rico prudente a quién prestó la mayor parte de su capital, si a los que lo van a emplear con provecho o a los que lo van a gastar, y se reirá de la pregunta. Los únicos que suelen pedir prestado sin que se espere un uso productivo son los caballeros rurales que hipotecan, y ni siquiera ellos piden para gastar: lo que piden ya lo gastaron antes, en cuentas con tenderos y artesanos, y el préstamo repone el capital de esos comerciantes, que las rentas de la finca no alcanzaban a reponer.
Casi todos los préstamos se hacen en dinero, pero lo que el prestatario quiere y el prestamista provee no es el dinero sino su valor, los bienes que compra. Por medio del préstamo, el prestamista cede al prestatario su derecho a cierta porción del producto anual del país, para que la emplee como quiera. Por eso la cantidad de capital que puede prestarse a interés en un país no la regula la cantidad de dinero, papel o metal, sino el valor de la parte del producto anual destinada a reponer un capital que su dueño no quiere molestarse en emplear él mismo. Esos capitales, que se prestan y devuelven en dinero, constituyen lo que se llama el interés monetario, distinto del terrateniente, del comercial y del manufacturero, donde los dueños emplean su propio capital. Pero incluso ahí el dinero es solo "la escritura de cesión" que pasa los capitales de una mano a otra, y esos capitales pueden ser mucho mayores que el dinero que los transmite, porque las mismas piezas sirven sucesivamente para muchos préstamos y muchas compras: A presta mil libras a W, que compra bienes a B; B presta las mismas piezas a X, que compra a C; C se las presta a Y, que compra a D. Las mismas monedas sirvieron en pocos días de instrumento para tres préstamos y tres compras, cada uno por el valor entero de las piezas, y todos pueden estar perfectamente garantizados. Lo que los tres prestamistas ceden es el poder de hacer esas compras, y en ese poder consiste el valor del préstamo; el capital prestado es tres veces, o treinta veces, el dinero que lo transmite.
Por qué baja el interés cuando crece el capital
A medida que crece la parte del producto anual destinada a reponer capital, crece con ella el interés monetario: los capitales de cuyos dueños quieren un ingreso sin emplearlos ellos mismos aumentan junto con los capitales en general. Y a medida que hay más capital para prestar, su precio, el interés, baja, no solo por la causa general de que las cosas se abaratan cuando abundan, sino por otra propia de este caso. Cuando los capitales de un país aumentan, los beneficios que pueden obtenerse con ellos disminuyen, porque cada vez es más difícil encontrar dentro del país un empleo rentable para un capital nuevo. Surge una competencia entre capitales, y el dueño de uno solo puede desplazar al otro de su empleo ofreciendo condiciones más razonables: vendiendo más barato y, para conseguir qué vender, a veces comprando más caro. A la vez, la demanda de trabajo productivo crece con los fondos que la mantienen; los obreros encuentran empleo con facilidad y los dueños de capital encuentran obreros con dificultad, lo que sube los salarios y baja los beneficios. Disminuido el beneficio "en ambos extremos", el precio que puede pagarse por el uso del capital tiene que disminuir con él.
El error de Locke, Law y Montesquieu
Esos autores, y muchos otros, imaginaron que la causa de la baja del interés en Europa fue el aumento de oro y plata tras el descubrimiento de América: como los metales valían menos, el uso de una porción de ellos también valía menos. Hume ya había expuesto la falacia, pero Smith ofrece un argumento corto. Supongamos, en el caso más favorable a esa opinión, que la plata bajó de valor exactamente en la misma proporción que el interés, de modo que donde el interés pasó del diez al cinco por ciento, la misma plata compra ahora la mitad de bienes. Aun así es imposible que la baja de la plata haya bajado el interés. Si cien libras valen ahora lo que valían cincuenta, diez libras valen lo que valían cinco: lo que abarató el capital abarató el interés en la misma proporción, y la relación entre ambos habría quedado intacta. Al bajar la tasa del diez al cinco, en cambio, se da por el uso de un capital que vale la mitad un interés que vale un cuarto del anterior. La tasa expresa una proporción, y una proporción no cambia porque cambie la unidad.
Smith generaliza. Un aumento de plata con los mismos bienes solo baja el valor de la plata: los precios nominales suben, el valor real no cambia, el capital del país es el mismo aunque hagan falta más piezas para transmitirlo, "como las escrituras de un abogado verboso, más engorrosas, pero la cosa cedida exactamente la misma". Los salarios parecen subir porque se cuentan en plata; los beneficios no, porque se cuentan como proporción del capital, y como la competencia entre capitales es la misma, la proporción es la misma y el interés también. A la inversa, un aumento de bienes con la misma plata aumenta realmente el capital del país aunque nominalmente no cambie: emplea más trabajo, los salarios suben aunque parezcan bajar, y los beneficios bajan real y aparentemente porque la competencia entre capitales es mayor. El interés, que sigue siempre a los beneficios, puede bajar mucho mientras el valor del dinero sube mucho.
Usura y tope legal
En algunos países el interés está prohibido por ley. Pero como en todas partes puede ganarse algo con el uso del dinero, en todas partes debe pagarse algo por él, y la prohibición, lejos de evitar la usura, la aumenta: el deudor tiene que pagar no solo por el uso del dinero sino por el riesgo que corre el acreedor al aceptar una compensación, "tiene que asegurar a su acreedor contra las penas de la usura".
Donde el interés está permitido, la ley suele fijar la tasa máxima, y Smith da una regla precisa para fijarla. Debe estar algo por encima de la tasa más baja de mercado, la que pagan quienes ofrecen la garantía más indudable. Si se fija por debajo, el efecto es el de una prohibición total. Si se fija exactamente en esa tasa, arruina el crédito de todos los que no pueden dar la mejor garantía y los empuja a los usureros. En Gran Bretaña, donde el gobierno toma al tres y los particulares con buena garantía al cuatro o cuatro y medio, el cinco por ciento legal es tan adecuado como cualquiera. Pero tampoco debe estar mucho por encima:
Si la tasa legal de interés en Gran Bretaña se fijara tan alto como el ocho o el diez por ciento, la mayor parte del dinero que se presta se prestaría a pródigos y proyectistas, los únicos dispuestos a dar un interés tan alto. La gente sobria, que no da por el uso del dinero más que una parte de lo que probablemente gane con él, no se aventuraría a competir. Una gran parte del capital del país quedaría así fuera de las manos que con más probabilidad le darían un uso rentable y ventajoso, y arrojada a las que con más probabilidad lo malgastarían y destruirían.
Con un tope apenas por encima del mercado, en cambio, los prestamistas prefieren universalmente a la gente sobria, de la que obtienen casi tanto interés como el que se atreven a cobrar a los proyectistas, con el dinero mucho más seguro. Y ninguna ley puede reducir el interés por debajo de la tasa de mercado vigente: el edicto francés de 1766 que quiso bajarlo del cinco al cuatro no impidió que se siguiera prestando al cinco.
El precio de la tierra
El capítulo cierra con un corolario. El precio ordinario de la tierra depende en todas partes de la tasa de interés, porque quien tiene un capital del que quiere un ingreso sin emplearlo delibera entre comprar tierra o prestar a interés. La seguridad superior de la tierra y las demás ventajas de esa propiedad lo disponen a conformarse con un ingreso menor, pero compensan solo cierta diferencia: si la renta de la tierra quedara muy por debajo del interés nadie compraría tierra y su precio bajaría, y al revés. Cuando el interés era del diez por ciento, la tierra se vendía a diez o doce años de renta; al bajar al seis, cinco y cuatro, su precio subió a veinte, veinticinco y treinta años. El interés es más alto en Francia que en Inglaterra, y la tierra se vende a veinte años en una y a treinta en la otra.
Lo que hay que llevarse de este capítulo
Prestar dinero es ceder una porción del producto anual del país, y el dinero es solo la escritura que formaliza la cesión; por eso el volumen de crédito de un país no depende de cuánto dinero tiene sino de cuánto capital real hay disponible. El interés baja a medida que el capital se acumula, por la competencia entre capitales y la suba de los salarios, y no porque haya más oro, error que Smith desmonta con una cuenta de tres líneas. Y la usura no se combate prohibiendo el interés, que solo lo encarece, sino con un tope legal apenas por encima de la tasa de mercado, que dirige el capital hacia la gente sobria y lo aparta de los pródigos y proyectistas. Ese tope, que Bentham le reprocharía años después, muestra que el Smith de la libertad natural sabía dónde ponerle límites.
Capítulo V: De los distintos empleos del capital
El capítulo que cierra el Libro II es el puente hacia los Libros III y IV. Todos los capitales mantienen trabajo productivo, pero no todos mantienen la misma cantidad ni añaden el mismo valor al producto anual: eso depende de en qué se emplean. Smith ordena los empleos en una jerarquía, de la agricultura al comercio de tránsito, y de ahí saca dos conclusiones que van a organizar el resto de la obra: que el capital tiene un orden natural de empleo, y que la política de Europa lo ha invertido.
Los cuatro empleos del capital
Un capital puede emplearse de cuatro maneras: en obtener el producto bruto que la sociedad consume cada año (tierras, minas, pesquerías); en manufacturar y preparar ese producto para el uso; en transportarlo de donde abunda a donde se necesita (los comerciantes mayoristas); y en dividirlo en porciones pequeñas según la demanda ocasional de quien lo quiere (los minoristas). Es difícil imaginar un empleo que no entre en alguna de las cuatro, y cada una es necesaria para la existencia o la extensión de las otras tres. Sin capital en el producto bruto no habría manufacturas ni comercio; sin capital manufacturero, buena parte del producto bruto no se produciría o no valdría nada; sin capital comercial, no se produciría más de lo que consume el vecindario; y sin minoristas, cada uno tendría que comprar un buey o una oveja entera.
Ese último punto le da ocasión para defender a los tenderos. Si un obrero pobre tuviera que comprar provisiones para un mes o seis meses, gran parte del acopio que emplea como capital en sus herramientas tendría que pasarlo a consumo, donde no le rinde nada; poder comprar su subsistencia día a día, y hasta hora a hora, le permite emplear casi todo su acopio como capital, y el beneficio que saca de eso compensa con creces el sobreprecio del minorista. "Los prejuicios de algunos escritores políticos contra los tenderos y comerciantes carecen por completo de fundamento": no hace falta gravarlos ni limitar su número, porque nunca pueden multiplicarse hasta dañar al público, aunque sí hasta dañarse entre ellos. Si el capital que puede emplearse en el ramo de comestibles de una ciudad se reparte entre dos tenderos, la competencia los hará vender más barato que si estuviera en manos de uno; si entre veinte, la competencia será mayor y la posibilidad de que se combinen para subir precios menor. Que alguno arruine al otro es asunto de ellos. Y "no es la multitud de tabernas, para dar el ejemplo más sospechoso, lo que ocasiona la disposición general a la embriaguez entre el pueblo; es esa disposición, que surge de otras causas, la que necesariamente da empleo a una multitud de tabernas".
La jerarquía
Quienes emplean capital en cualquiera de las cuatro formas son ellos mismos trabajadores productivos, pero capitales iguales ponen en movimiento cantidades muy distintas de trabajo productivo. El capital del minorista repone con beneficio el del mayorista al que compra, y el único trabajador productivo que emplea directamente es el minorista mismo; el valor que añade es su beneficio. El del mayorista repone los capitales de granjeros y fabricantes a los que compra, permitiéndoles continuar, y emplea además a los marineros y carreteros que transportan sus mercancías; añade sus beneficios y los salarios de estos, bastante más que el minorista. El del fabricante tiene una parte fija en instrumentos y una parte circulante en materiales, que reponen los capitales de otros artesanos, granjeros y mineros, pero una gran parte se distribuye entre sus obreros y añade a los materiales sus salarios más el beneficio sobre todo el capital; mueve mucho más trabajo productivo que un capital igual en manos de un mayorista.
Y ningún capital igual mueve más trabajo productivo que el del granjero. No solo sus peones sino su ganado de labor son trabajadores productivos, y en la agricultura la naturaleza trabaja junto con el hombre:
Un campo cubierto de zarzas y malezas puede producir con frecuencia tanta vegetación como el mejor viñedo o el mejor campo de trigo. La plantación y la labranza con frecuencia regulan más que animan la fertilidad activa de la naturaleza, y después de todo su trabajo, una gran parte de la obra siempre queda por hacer para ella.
Por eso los trabajadores agrícolas no solo reproducen, como los de las manufacturas, un valor igual a su consumo y al capital que los emplea con su beneficio, sino un valor mucho mayor: reproducen además la renta del terrateniente, que puede considerarse el producto de esas fuerzas de la naturaleza cuyo uso el terrateniente presta al granjero, "la obra de la naturaleza que queda después de deducir todo lo que puede considerarse obra del hombre", rara vez menos de un cuarto y con frecuencia más de un tercio del producto. En las manufacturas la naturaleza no hace nada y el hombre lo hace todo. El capital agrícola mueve más trabajo productivo que cualquier otro y, en proporción a ese trabajo, añade mucho más valor: "de todas las formas en que puede emplearse un capital, es con mucho la más ventajosa para la sociedad".
Dónde reside el capital
La agricultura y el comercio minorista atan el capital a un lugar preciso, la granja y la tienda, y casi siempre a miembros residentes de la sociedad. El capital del mayorista, en cambio, "parece no tener residencia fija ni necesaria, sino vagar de lugar en lugar según pueda comprar barato o vender caro". El del fabricante reside donde está la manufactura, pero eso no está determinado: Lyon está lejos de donde crecen sus materiales y de donde se consumen sus sedas, la gente elegante de Sicilia viste sedas hechas en otros países con la seda que produce la suya, y parte de la lana de España se hila en Gran Bretaña y vuelve a España como paño.
Por eso importa poco que el comerciante que exporta el excedente de un país sea nativo o extranjero: si es extranjero, el país tiene un trabajador productivo menos, y su producto anual el beneficio de ese hombre menos, pero el capital extranjero da valor al excedente exactamente igual que uno nativo. Importa más que resida el capital del fabricante, aunque también puede ser útil sin residir: los fabricantes británicos que hilan el lino y el cáñamo del Báltico son muy útiles a los países que los producen, porque sin ellos ese excedente no tendría valor y dejaría de producirse.
Un país, como una persona, puede no tener capital suficiente para las tres cosas a la vez: cultivar toda su tierra, manufacturar todo su producto bruto y transportar el excedente a los mercados lejanos. Muchas partes de Gran Bretaña no tienen capital para cultivar todas sus tierras; la lana del sur de Escocia se manufactura en Yorkshire por falta de capital para hacerlo en casa; y muchas ciudades manufactureras chicas no tienen capital para exportar y dependen de agentes de comerciantes más ricos. Cuando el capital no alcanza para todo, cuanto mayor sea la parte empleada en agricultura, más trabajo productivo moverá y más valor añadirá; después la manufactura; y el comercio de exportación es el que menos efecto tiene. El país que no tiene capital para las tres cosas no llegó al grado de opulencia al que está destinado, pero intentar las tres prematuramente y con capital insuficiente no es el camino más corto para conseguirlo, ni para una nación ni para un individuo. El capital crece más rápido cuando se emplea de la forma que da el mayor ingreso a todos los habitantes, porque así pueden ahorrar más.
De ahí sale el ejemplo que Smith usa como prueba y como advertencia. La causa principal del rápido progreso de las colonias americanas hacia la riqueza es que casi todo su capital se ha empleado hasta ahora en agricultura; no tienen manufacturas salvo las domésticas, y su comercio de exportación y de cabotaje lo hacen capitales de comerciantes residentes en Gran Bretaña, hasta las tiendas de Virginia y Maryland. Si los americanos, "por combinación o por cualquier otra clase de violencia", detuvieran la importación de manufacturas europeas y desviaran su capital a fabricarlas, retrasarían en vez de acelerar el aumento de su producto anual. Ni China, ni el antiguo Egipto ni el Indostán, los países más ricos de la historia, sobresalieron en comercio exterior: su excedente lo exportaron siempre extranjeros, a cambio muchas veces de oro y plata.
Las tres clases de comercio mayorista
Dentro del comercio mayorista hay también una jerarquía. El comercio interior compra en una parte del país y vende en otra el producto de su industria; el comercio exterior de consumo compra bienes extranjeros para el consumo interno; el comercio de tránsito hace el comercio de países extranjeros, llevando el excedente de uno a otro.
El comercio interior repone en cada operación dos capitales distintos, ambos empleados en la agricultura o las manufacturas del país: el capital que lleva manufacturas escocesas a Londres y trae trigo inglés a Edimburgo repone dos capitales británicos. El comercio exterior de consumo repone también dos, pero uno solo es nacional: el que lleva bienes británicos a Portugal y trae bienes portugueses repone un capital británico y uno portugués, así que da la mitad de estímulo. Y sus retornos son mucho más lentos: los del comercio interior llegan antes de fin de año y a veces tres o cuatro veces al año; los del exterior rara vez antes del año y a veces a los dos o tres. Un capital en el comercio interior puede hacer doce operaciones antes de que uno en el exterior haga una, con lo que da veinticuatro veces más estímulo a la industria del país. El comercio exterior indirecto, que compra bienes extranjeros con otros bienes extranjeros (el lino de Riga con tabaco de Virginia comprado con manufacturas británicas), es igual al directo salvo que los retornos tardan aún más, porque dependen de dos o tres comercios distintos; da lo mismo que lo hagan uno o tres comerciantes, porque el país necesita tres veces más capital para el mismo intercambio. Y que se compre con oro de Brasil o plata de Perú no cambia nada: ese oro también se compró con producto nacional, y hasta tiene la ventaja de que se transporta más barato que cualquier otra mercancía.
El comercio de tránsito, por último, retira el capital del sostén del trabajo productivo del país para sostener el de países extranjeros. El comerciante holandés que lleva trigo de Polonia a Portugal y trae vinos de Portugal a Polonia repone dos capitales, ninguno holandés; solo los beneficios vuelven a Holanda. Se lo ha creído especialmente ventajoso para un país como Gran Bretaña, cuya defensa depende de sus marinos y sus barcos, pero el número de marinos que emplea un capital no depende de la clase de comercio sino del volumen de los bienes en relación a su valor: el comercio de carbón entre Newcastle y Londres emplea más barcos que todo el comercio de tránsito de Inglaterra. Forzar capital hacia el comercio de tránsito con estímulos extraordinarios no aumenta necesariamente la marina.
El orden natural y el orden de Europa
La conclusión es una regla de política económica. Como la riqueza, y en la medida en que el poder depende de ella el poder, de todo país es proporcional al valor de su producto anual, la economía política no debería dar preferencia ni estímulo especial al comercio exterior de consumo sobre el interior, ni al de tránsito sobre ninguno de los otros dos. "No debería ni forzar ni atraer hacia ninguno de esos dos canales una parte mayor del capital del país que la que naturalmente fluiría hacia ellos por sí sola." Eso no significa que el comercio exterior sea inútil: cuando el producto de una rama excede la demanda interna, el excedente tiene que exportarse a cambio de algo que se demande en casa, o una parte del trabajo productivo cesa; Gran Bretaña compra en Virginia y Maryland noventa y seis mil barricas de tabaco de las que consume catorce mil, y si las otras ochenta y dos mil no pudieran reexportarse, dejarían de producirse los bienes con que se compran. El comercio exterior más indirecto puede ser, en ocasiones, tan necesario como el más directo. Y el comercio de tránsito aparece naturalmente cuando el capital de un país crece tanto que no puede emplearse todo en casa y "se desborda" hacia el comercio de otros: es "el efecto natural y el síntoma de una gran riqueza nacional, pero no parece ser su causa natural", y los estadistas que lo favorecieron con estímulos particulares confundieron el síntoma con la causa. Holanda, el país más rico de Europa en proporción a su territorio, tiene la mayor parte de él; buena parte de lo que pasa por comercio de tránsito de Inglaterra es en realidad comercio exterior de consumo indirecto.
El párrafo final plantea el problema que ocupará los Libros III y IV. El único motivo del dueño de un capital para emplearlo en una cosa u otra es su propio beneficio; las cantidades de trabajo productivo que mueve y el valor que añade al producto anual "nunca entran en sus pensamientos". En un país donde la agricultura fuera el empleo más rentable, los capitales de los individuos se emplearían naturalmente de la forma más ventajosa para la sociedad. Pero los beneficios de la agricultura no parecen tener ninguna superioridad en ninguna parte de Europa, por más que los proyectistas publiquen cuentas magníficas sobre las ganancias de mejorar tierras: se ven todos los días fortunas espléndidas hechas en una sola vida en el comercio y las manufacturas, a menudo con un capital muy pequeño y a veces sin ninguno, y "un solo caso de una fortuna así adquirida en agricultura, en el mismo tiempo y con el mismo capital, quizás no haya ocurrido en Europa en todo este siglo". Y sin embargo en todos los grandes países de Europa queda mucha tierra buena sin cultivar y la mayor parte de la cultivada está lejos de su capacidad. Qué circunstancias de la política de Europa dieron a los oficios de las ciudades tanta ventaja sobre los del campo, al punto de que los particulares prefieren emplear su capital en los comercios de tránsito más lejanos de Asia y América antes que en mejorar los campos más fértiles de su propio vecindario, es lo que Smith promete explicar en los dos libros siguientes.
Lo que hay que llevarse de este capítulo
Capitales iguales rinden distinto según su empleo, y el orden es agricultura, manufactura, comercio interior, comercio exterior de consumo y comercio de tránsito, medido por cuánto trabajo productivo nacional mantiene cada uno y con qué rapidez vuelve. La agricultura encabeza porque en ella la naturaleza trabaja gratis y produce, además del beneficio, la renta. De eso Smith no deduce que el Estado deba empujar el capital hacia la agricultura, sino lo contrario: que deje de empujarlo hacia el comercio exterior y el de tránsito, síntomas de riqueza que los estadistas confunden con causas. El argumento tiene un problema que el propio Smith deja a la vista y Cannan subraya en nota: si los retornos rápidos son lo que hace superior al comercio interior sobre el exterior, el mismo criterio complicaría la superioridad de la agricultura, cuyos retornos son los más lentos. Pero el capítulo cumple su función: mostrar que el capital privado, guiado solo por el beneficio, coincidiría con el interés social si las leyes no hubieran torcido los beneficios, y dejar planteada la pregunta de por qué lo hicieron.
![La Riqueza de las Naciones: resumen capítulo por capítulo de la obra de Adam Smith [Libro II de V]](/wp-content/uploads/2023/05/da10vid_editorial-style_photo_of_Adam_Smith_in_his_50s_teaching_958b8f70-565e-4470-ac0f-17ee23772881-1080x675.jpg)


