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La Riqueza de las Naciones: resumen capítulo por capítulo de la obra de Adam Smith [Libro I de V]

La Riqueza de las Naciones: resumen capítulo por capítulo de la obra de Adam Smith [Libro I de V]. Sumérgete en el primer libro de "La Riqueza de las Naciones" de Adam Smith y descubre sus enseñanzas sobre la economía y la mano invisible.

La Riqueza de las Naciones: resumen capítulo por capítulo de la obra de Adam Smith [Libro I de V]

Recently updated on septiembre 7th, 2026 at 5:00 am

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En «La Riqueza de las Naciones», Adam Smith reúne una gran cantidad de conocimiento económico que se encontraba disperso y da vida a la obra fundacional del pensamiento económico moderno. El Libro I es el más famoso y el que casi todo el mundo cita sin haber pasado del primer capítulo: aquí están la fábrica de alfileres y la división del trabajo, la explicación de por qué el carnicero y el panadero nos dan de comer por interés propio y no por benevolencia, y la teoría de que el precio de todo se descompone en salarios, beneficios y renta. También está, y esto se cita mucho menos, la observación de que los patrones se combinan «siempre y en todas partes» para bajar los salarios, y de que la ley castiga la combinación de los obreros y nunca la de los patrones. Es el libro que más se usa para citar a Smith y el que menos se lee entero.

Es importante destacar el entorno en el cual Adam Smith escribió esta obra: las universidades de Glasgow y Edimburgo fueron centros neurálgicos de la Ilustración, y las características políticas de la Escocia del siglo XVIII favorecieron la proliferación de ideas revolucionarias e inventos decisivos. Desde David Hume hasta James Watt, la Escocia del siglo XVIII fue fundamental para sentar las bases del mundo moderno.

Para sorpresa de quienes se acercan a la obra de Adam Smith por primera vez, la famosa «mano invisible» aparece una sola vez en los cinco libros de esta obra enciclopédica. Uno de los conceptos más conocidos del mundo moderno se desprende de un pequeño pasaje, casi perdido en el interior del libro, en el capítulo II del Libro IV. Es difícil exagerar su trascendencia, ya que este solo concepto produce visiones políticas completamente enfrentadas. Me resulta extraño que otro concepto, que se repite exactamente cien veces (¿casualidad?), haya pasado desapercibido: «opresión».

La obra de Adam Smith surge en una época en la que Escocia se estaba liberando por fin de la opresión inglesa: el parlamento inglés otorgó a los escoceses, durante el siglo XVIII, mayor independencia política. Esto puede parecer contraintuitivo, dado que en 1707 se firmó el Acta de Unión, pero en la práctica los parlamentarios escoceses quedaron tan lejos y tan desconectados de sus territorios que Escocia obtuvo, de hecho, una singular autonomía. Además, el Acta de Unión representó el acceso al libre comercio con Inglaterra y sus colonias, circunstancia que favoreció un acelerado crecimiento económico del territorio del norte. También en esta época mermó la opresión de la Iglesia: la última ejecución por blasfemia en Escocia, la de Thomas Aikenhead, fue en 1697.

La obra entera de Adam Smith es una oda contra la opresión. Esto no es una interpretación ni mucho menos. Al finalizar el Libro IV sobre política económica, Adam Smith indica cuáles son, según él, las tres responsabilidades de los gobiernos. La segunda responsabilidad, nos dice, es

De acuerdo con el sistema de libertad, el soberano solo tiene tres deberes que cumplir; tres deberes de gran importancia, de hecho, pero claros e inteligibles para el entendimiento común: primero, el deber de proteger a la sociedad de la violencia e invasión de otras sociedades independientes; en segundo lugar, el deber de proteger, en la medida de lo posible, a cada miembro de la sociedad de la injusticia u opresión de cualquier otro miembro de la misma, o el deber de establecer una administración exacta de justicia; y, en tercer lugar, el deber de erigir y mantener ciertas obras públicas y ciertas instituciones públicas que nunca será de interés para ningún individuo, o pequeño número de individuos, erigir y mantener; porque la ganancia nunca podría compensar el gasto a ningún individuo o pequeño número de individuos, aunque frecuentemente pueda hacer mucho más que compensarlo a una gran sociedad.

Nota que estas son las responsabilidades de los gobiernos, que no es lo mismo que «lo único que tiene que hacer un gobierno»; el propio Smith tiene en los Libros II y III pasajes sobre distintas actividades económicas que podrían regularse, siempre y cuando se regulen con un espíritu liberal. Porque la esencia de «La Riqueza de las Naciones» no es reivindicar, como muchos creen, el egoísmo (actitud que Smith critica fervientemente en el primer párrafo de su obra «Teoría de los Sentimientos Morales»), sino crear un sistema de política económica que permita reducir la pobreza, eliminar la opresión de los gobiernos y favorecer el desarrollo de las naciones.

«La Riqueza de las Naciones» consta de cinco libros. Los resumí capítulo por capítulo en cinco artículos independientes, y en 2026 los revisé y amplié de punta a punta, incluidos los libros IV y V completos, que son los que las ediciones en español suelen traer recortados. Puedes navegar entre ellos desde esta lista o desde los enlaces al pie de cada artículo:

Para leerla en español, la mejor edición, en mi opinión, es la de Carlos Rodríguez Braun de 1994, que contiene los libros I, II y III completos y una selección de los libros IV y V. Aun así pasa las ochocientas páginas, lo que supone un desafío para el lector. Se puede encontrar en archive.org, la gran biblioteca de Internet, en este enlace.

En la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, en Buenos Aires, se pueden encontrar también varios ejemplares de la excelente edición del Fondo de Cultura Económica, impresos en México. Creo que hay cuatro o cinco ejemplares del FCE; mi sugerencia es pedir el de la segunda edición, impreso en 2012, dado que los otros son un poco más antiguos y corresponden a la primera.

La mejor versión en inglés, completa y comentada al detalle, es la de Edwin Cannan de 1904, disponible en Econlib en este enlace. El trabajo de Cannan es impecable, y es la edición que usé como base para estos resúmenes. Las ediciones en español no me terminan de convencer porque tienen una carga ideológica que matiza las palabras de Smith. Por ejemplo, mientras que en el original la palabra «opresión» aparece cien veces, en la edición de Rodríguez Braun aparece dieciséis (once «opresión», tres «oprimido» y dos «oprimidos»), en parte porque se suavizó el mensaje de Smith y en parte porque muchos de esos pasajes están en los libros IV y V, que esa edición trae resumidos.

A pesar de ser un resumen, este artículo es extenso. Si tienes una pregunta puntual, puedes usar el asistente «Preguntale a Economía.wiki», al comienzo de esta página: responde a partir de los artículos del blog y de mis dos libros, y te indica las fuentes para que puedas contrastarlas.

Mi única sugerencia, antes de que te sumerjas en el libro, es que tengas en cuenta que fue escrito hace doscientos cincuenta años. Sin más preámbulos, a continuación el resumen capítulo por capítulo del Libro I de la obra de Adam Smith:

Libro I

Capítulo I: De la división del trabajo

Smith abre el libro con la tesis que sostiene todo lo que sigue: la mayor mejora en la capacidad productiva del trabajo, y buena parte de la destreza y el criterio con que se lo aplica, son efecto de la división del trabajo. No empieza por el dinero ni por el comercio. Empieza por cómo se organiza el trabajo humano, porque de ahí sale la riqueza.

La fábrica de alfileres

Para que el efecto se vea, Smith elige una manufactura chica, donde todos los operarios caben bajo el mismo techo. En las grandes la división es igual o mayor, pero nadie la ve entera.

Un obrero sin formación en el oficio y sin conocer las máquinas difícilmente haría un alfiler por día, y con seguridad no haría veinte. Pero el oficio está dividido en unas dieciocho operaciones: uno estira el alambre, otro lo endereza, un tercero lo corta, un cuarto lo afila, un quinto pule el extremo para recibir la cabeza; hacer la cabeza lleva dos o tres operaciones más; ponerla, blanquear los alfileres y hasta acomodarlos en el papel son oficios aparte.

Smith cuenta que vio una fábrica de apenas diez hombres, pobres y mal equipados, que producían unas doce libras de alfileres por día. A más de cuatro mil alfileres por libra, son unos cuarenta y ocho mil diarios, cuatro mil ochocientos por persona. Trabajando cada uno por su cuenta y sin entrenamiento no habrían hecho ni veinte por cabeza, tal vez ni uno. La diferencia es de doscientas cuarenta veces, quizás de cuatro mil ochocientas.

Manufactura versus agricultura

Lo mismo pasa en todos los oficios, aunque no siempre se pueda subdividir tanto. De esta ventaja nace la separación de los oficios: lo que en una sociedad primitiva hace un solo hombre, en una avanzada lo hacen varios.

La agricultura, sin embargo, no admite una división tan completa como la manufactura. El herrero y el carpintero son oficios separados; el que ara, el que siembra y el que cosecha suelen ser la misma persona, porque esas tareas vuelven con las estaciones y nadie puede dedicarse todo el año a una sola. Por eso la productividad agrícola no avanza al ritmo de la industrial, y por eso los países ricos superan a los pobres en agricultura, pero la brecha es mucho mayor en manufactura. El trigo de Polonia es tan barato como el de Francia, y el de Francia cuesta casi lo mismo que el de Inglaterra, aunque Inglaterra cultiva mejor que Francia y Francia mejor que Polonia. En cambio, la ferretería y las lanas ordinarias inglesas son muy superiores y más baratas que las francesas, y en Polonia casi no hay manufacturas más allá de las domésticas.

Las tres causas del aumento de productividad

Smith atribuye el aumento de producción a tres circunstancias.

Primera: la destreza del trabajador. Al reducir la tarea de cada hombre a una sola operación simple y convertirla en la ocupación de toda su vida, la habilidad crece muchísimo. Un herrero común que nunca hizo clavos apenas produce doscientos o trescientos por día, y malos. Uno acostumbrado a hacerlos, pero que no se dedica solo a eso, llega a ochocientos o mil. Smith vio muchachos de menos de veinte años, que no habían hecho otra cosa en su vida, producir más de dos mil trescientos por día. Y en operaciones más simples que el clavo, como las del alfiler o el botón, la velocidad de la mano supera lo que uno creería posible.

Segunda: el tiempo que se pierde al pasar de una tarea a otra. Es mucho mayor de lo que parece. Un tejedor rural que además cultiva una parcela pierde tiempo yendo del telar al campo; pero incluso cuando los dos trabajos se hacen en el mismo taller, la pérdida es considerable, porque al cambiar de tarea el hombre se demora, arranca sin ganas y por un rato más bien juguetea que trabaja. Smith es duro con esto:

El hábito de la demora y de la aplicación indolente y descuidada, que adquiere natural o más bien necesariamente todo trabajador rural obligado a cambiar de trabajo y de herramientas cada media hora, lo vuelve casi siempre perezoso y holgazán, e incapaz de cualquier esfuerzo vigoroso incluso en las ocasiones más apremiantes.

Tercera: las máquinas. Todo el mundo sabe cuánto facilitan y abrevian el trabajo. Lo que a Smith le interesa señalar es que su invención parece deberse, en su origen, a la propia división del trabajo: es mucho más probable descubrir un método más fácil cuando toda la atención está puesta en un solo objeto. Buena parte de las máquinas de las industrias más subdivididas fueron inventadas por obreros comunes que buscaban hacer su operación más rápido. Lo ilustra con las primeras máquinas de vapor: un muchacho encargado de abrir y cerrar la válvula entre la caldera y el cilindro, que quería irse a jugar con sus compañeros, ató una cuerda de la manija a otra parte de la máquina, y la válvula empezó a moverse sola. Una de las mayores mejoras de esa máquina fue el hallazgo de un chico que quería ahorrarse trabajo.

No todas las mejoras vienen de quienes usan las máquinas: muchas provienen de los fabricantes de máquinas, ya convertido en oficio aparte, y otras de los filósofos, cuyo oficio no es hacer nada sino observarlo todo, y que por eso combinan propiedades de objetos muy distantes entre sí. La filosofía también se subdivide en ramas, y así la cantidad de ciencia aumenta.

La opulencia universal

El cierre del capítulo da sentido a todo lo anterior. La gran multiplicación de productos, consecuencia de la división del trabajo, es lo que produce, en una sociedad bien gobernada, esa opulencia universal que se extiende hasta las clases más bajas. Cada trabajador tiene una gran cantidad de su propio producto más allá de lo que necesita; como todos los demás están en la misma situación, puede cambiar mucho de lo suyo por mucho de lo ajeno, y una abundancia general se difunde por todos los rangos de la sociedad.

Para hacerlo tangible, Smith mira lo que rodea al jornalero más común de un país civilizado. Su abrigo de lana, por tosco que sea, es obra del pastor, el cardador, el tintorero, el hilandero, el tejedor y el batanero; de los transportistas que movieron los materiales; de los marineros que trajeron los tintes desde los rincones más remotos del mundo; y del minero, el carbonero y el herrero que hicieron falta solo para fabricar las tijeras con que el pastor esquila. Si se examinara igual su camisa, su cama, su carbón, su pan y su cerveza, y la ventana de vidrio que deja entrar la luz y detiene el viento, se vería que sin la cooperación de muchos miles de personas la persona más humilde de un país civilizado no podría abastecerse ni siquiera de lo que, equivocadamente, imaginamos como un modo de vida simple.

Y remata con la comparación que se volvió célebre:

Comparada con el lujo más extravagante de los grandes, su comodidad debe parecer sin duda extremadamente simple; y sin embargo, quizás sea cierto que la comodidad de un príncipe europeo no siempre supera tanto a la de un campesino laborioso y frugal como la de este supera a la de muchos reyes africanos, dueños absolutos de la vida y la libertad de diez mil salvajes desnudos.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

La idea no es que especializarse conviene. Es más fuerte que eso: la división del trabajo es la fuente de la riqueza de una nación, y funciona por tres vías concretas (destreza, tiempo, máquinas) que Smith documenta con números y con ejemplos vistos con sus propios ojos. Y su efecto no se queda en los dueños de las fábricas; en una sociedad bien gobernada, se derrama hasta el último jornalero, que vive rodeado del trabajo de miles de personas que nunca conocerá. Esa red de cooperación es el punto de partida del libro, y el capítulo siguiente explica de dónde sale.

Capítulo II: Del principio que da lugar a la división del trabajo

Si el capítulo I mostró cuánto rinde la división del trabajo, este explica de dónde sale. Y la respuesta de Smith es deliberadamente modesta: la división del trabajo no es obra de ninguna sabiduría humana que haya previsto y buscado la opulencia general que produce. Es la consecuencia necesaria, aunque muy lenta y gradual, de una propensión de la naturaleza humana que no tiene en vista ninguna utilidad tan amplia: la propensión a permutar, cambiar y negociar una cosa por otra.

Una propensión exclusivamente humana

Smith no se detiene a discutir si esa propensión es un principio original de la naturaleza humana o, como le parece más probable, una consecuencia de las facultades de razón y lenguaje. Lo que le importa es que es común a todos los hombres y no aparece en ninguna otra especie animal, que no conoce esta ni ninguna otra forma de contrato.

Dos galgos que persiguen la misma liebre parecen a veces actuar de común acuerdo, pero eso no es un contrato, sino la coincidencia accidental de sus pasiones sobre un mismo objeto. Nadie vio jamás a un perro hacer un intercambio justo y deliberado de un hueso por otro con otro perro, ni a un animal indicarle a otro "esto es mío, aquello es tuyo; te doy esto por aquello".

Cuando un animal quiere algo, no tiene más recurso que ganarse el favor de quien puede dárselo: el cachorro adula a su madre, el spaniel despliega mil gracias ante el amo que está cenando. El hombre a veces usa las mismas artes con sus semejantes, pero no tiene tiempo de hacerlo en cada ocasión. En la sociedad civilizada necesita en todo momento la cooperación de grandes multitudes, y su vida entera apenas alcanza para ganarse la amistad de unas pocas personas.

El carnicero, el cervecero y el panadero

De ahí sale el pasaje más citado de toda la obra. Casi todos los animales, una vez adultos, son enteramente independientes y no necesitan la ayuda de ninguna otra criatura. El hombre, en cambio, necesita casi constantemente la ayuda de sus semejantes, y es inútil que la espere solo de su benevolencia. Tendrá más éxito si logra interesar el amor propio de los otros a su favor, y mostrarles que les conviene hacer lo que él les pide. Eso es lo que propone cualquiera que ofrece un trato: dame lo que yo quiero y tendrás lo que vos querés.

No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que esperamos nuestra cena, sino de su consideración por su propio interés. No nos dirigimos a su humanidad sino a su amor propio, y nunca les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas.

Smith lleva el argumento hasta el extremo para mostrar que no tiene excepciones. Nadie más que un mendigo elige depender de la benevolencia de sus conciudadanos, y ni siquiera el mendigo depende de ella por completo: la caridad le provee el fondo de su subsistencia, pero con el dinero que le da uno compra comida, y la ropa vieja que le da otro la cambia por otra que le calza mejor, o por alojamiento. Sus necesidades cotidianas se satisfacen como las de todo el mundo: por trato, por trueque y por compra.

Cómo el intercambio genera la especialización

Así como por trato, trueque y compra obtenemos unos de otros la mayor parte de los servicios que necesitamos, es esa misma disposición a negociar la que da origen a la división del trabajo. Smith lo ilustra con una tribu de cazadores o pastores. Uno hace arcos y flechas con más rapidez y destreza que los demás; los cambia con frecuencia por ganado o por carne de venado, y descubre que así consigue más ganado y más venado que si fuera él mismo a cazar. Por consideración a su propio interés, hacer arcos y flechas se convierte en su ocupación principal, y se vuelve una especie de armero. Otro se destaca armando las estructuras de las chozas, sus vecinos lo recompensan del mismo modo, y termina dedicándose por entero a eso, convertido en una especie de carpintero. Un tercero se hace herrero, un cuarto curtidor de pieles.

El mecanismo es siempre el mismo: la certeza de poder cambiar todo el excedente de su propio trabajo, lo que sobra por encima de su consumo, por las partes del producto ajeno que necesite, alienta a cada hombre a dedicarse a una ocupación particular y a cultivar y perfeccionar el talento que tenga para ella. Sin un mercado donde colocar el excedente, nadie tendría motivo para especializarse.

El filósofo y el changador

La parte final del capítulo es la más provocadora, y suele quedar afuera de los resúmenes. Smith sostiene que la diferencia de talentos naturales entre los hombres es, en realidad, mucho menor de lo que creemos, y que el genio tan distinto que parece distinguir a hombres de distintas profesiones es, en muchos casos, no tanto la causa como el efecto de la división del trabajo.

La diferencia entre los caracteres más disímiles, entre un filósofo y un changador común, por ejemplo, parece surgir no tanto de la naturaleza como del hábito, la costumbre y la educación. Cuando vinieron al mundo, y durante los primeros seis u ocho años de su existencia, eran quizás muy parecidos, y ni sus padres ni sus compañeros de juego podían percibir ninguna diferencia notable.

A esa edad empiezan a ocuparse en cosas muy distintas; la diferencia de talentos se hace notar y se ensancha poco a poco, hasta que la vanidad del filósofo apenas admite algún parecido. Pero sin la disposición a permutar y cambiar, cada hombre habría tenido que procurarse por sí mismo todo lo que necesita: todos habrían tenido las mismas tareas, y no podría haber existido esa diferencia de ocupaciones que es lo único que produce grandes diferencias de talento.

Y la misma disposición que crea las diferencias es la que las vuelve útiles. Muchas razas de animales de una misma especie reciben de la naturaleza diferencias de genio mucho más marcadas que las que existen entre los hombres antes de la costumbre y la educación: un filósofo no es, por naturaleza, ni la mitad de distinto de un changador que un mastín de un galgo, o un galgo de un spaniel. Sin embargo, esas razas no se sirven en nada unas a otras. La fuerza del mastín no se apoya en la velocidad del galgo ni en la sagacidad del spaniel; por falta de la capacidad de intercambiar, sus talentos no pueden reunirse en un fondo común, y cada animal sigue obligado a mantenerse y defenderse solo. Entre los hombres, en cambio, los genios más disímiles se son útiles unos a otros: los productos de sus talentos, por la disposición general a permutar, cambiar y negociar, se reúnen en una especie de fondo común del que cada uno puede comprar lo que necesite del talento ajeno.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

Tres ideas que sostienen el resto del libro. Primero, que el orden económico no fue diseñado por nadie: nace de una inclinación humana que persigue fines chicos y produce resultados enormes. Segundo, que la cooperación entre desconocidos funciona porque apela al interés de cada uno, no a su generosidad, y eso no es cinismo sino una descripción de cómo alimentamos a millones de personas que nunca se van a conocer. Tercero, y esto es lo que más se olvida, que para Smith los hombres nacen bastante parecidos: la especialización no premia talentos preexistentes, los fabrica. El capítulo siguiente pone un límite a todo esto: el intercambio solo puede dividir el trabajo hasta donde llegue el mercado.

Capítulo III: La división del trabajo está limitada por la extensión del mercado

Este capítulo es breve y cierra el tríptico inicial. Si el intercambio es lo que da lugar a la división del trabajo, entonces la división del trabajo no puede ir más allá de donde llega la posibilidad de intercambiar; es decir, está limitada por la extensión del mercado. Cuando el mercado es muy chico, nadie tiene incentivo para dedicarse por entero a una sola ocupación, porque no puede colocar todo el excedente de su trabajo a cambio de lo que necesita del trabajo ajeno.

Del changador al herrero de las Highlands

Smith lo muestra con oficios de todo nivel. Hay trabajos, incluso de los más humildes, que solo existen en una gran ciudad: un changador no encuentra ocupación en ningún otro lado; una aldea es demasiado chica para él, y ni siquiera un pueblo de mercado le da trabajo constante. En las casas aisladas y aldeas minúsculas de las Highlands de Escocia, cada granjero tiene que ser carnicero, panadero y cervecero de su propia familia. Ahí es difícil encontrar un herrero, un carpintero o un albañil a menos de veinte millas de otro del mismo oficio, y las familias dispersas aprenden a hacer por sí mismas una cantidad de pequeños trabajos que en regiones más pobladas encargarían a un especialista.

Por la misma razón, el trabajador rural tiene que abarcar todas las ramas de un mismo material. El carpintero de campo hace todo lo que sea de madera: es carpintero, ebanista, tallador, y también fabrica ruedas, arados y carros. El herrero de campo, todo lo que sea de hierro. Y Smith remata con un cálculo simple: no puede existir siquiera el oficio de clavero en el interior de las Highlands, porque un clavero que haga mil clavos por día durante trescientos días produce trescientos mil clavos al año, y en esa región no podría vender ni mil, es decir, ni el trabajo de un solo día.

El transporte por agua multiplica el mercado

La segunda parte del capítulo explica por qué la geografía decide dónde arranca el progreso. El transporte por agua abre a cada industria un mercado mucho más amplio que el transporte por tierra, y por eso es en la costa y a orillas de los ríos navegables donde la industria empieza a subdividirse y mejorar, y a veces pasa mucho tiempo hasta que esas mejoras llegan al interior.

Los números son contundentes. Un carro con dos hombres y ocho caballos tarda unas seis semanas en llevar y traer cerca de cuatro toneladas entre Londres y Edimburgo. En el mismo tiempo, un barco con seis u ocho tripulantes lleva y trae doscientas toneladas. Seis u ocho hombres hacen por agua lo que por tierra exigiría cincuenta carros, cien hombres y cuatrocientos caballos. Si entre esas dos ciudades solo hubiera comunicación por tierra, apenas viajarían las mercancías de mucho valor en relación a su peso, y ambas se darían una parte mínima del estímulo que hoy se dan. Entre lugares distantes, directamente no habría comercio:

¿Qué mercancías podrían soportar el costo del transporte terrestre entre Londres y Calcuta? Y si hubiera alguna tan preciosa como para afrontar ese gasto, ¿con qué seguridad podría transportarse a través de los territorios de tantas naciones bárbaras?

La historia leída desde los ríos

De ahí Smith saca una lectura de la historia universal. Las primeras mejoras se hacen donde el agua abre el mundo entero como mercado, y llegan mucho más tarde al interior, que durante largo tiempo no tiene más mercado que la región que lo rodea. En las colonias de América del Norte, las plantaciones siguieron siempre la costa o los ríos navegables.

Las naciones que primero se civilizaron fueron las de la costa del Mediterráneo, un mar sin mareas, lleno de islas y costas cercanas, ideal para una navegación primitiva que, sin brújula y con barcos precarios, no se animaba a perder de vista la tierra. De todos esos países, Egipto fue el primero en desarrollar agricultura y manufacturas, y Smith lo atribuye al Nilo, que en el Bajo Egipto se abre en canales que comunicaban por agua ciudades, aldeas y hasta granjas, como hacen hoy el Rin y el Mosa en Holanda. Lo mismo vale para Bengala con el Ganges y para el este de China, con una red fluvial más extensa que ambos juntos. Y observa algo notable: ni egipcios, ni indios, ni chinos fomentaron el comercio exterior; toda su opulencia salió de la navegación interior.

El contraste son las regiones que nunca despegaron: el interior de África y el norte de Asia (Escitia, Tartaria, Siberia), en el mismo estado bárbaro en todas las épocas. Allí el mar es un océano helado, no hay grandes golfos que lleven el comercio marítimo tierra adentro, y los grandes ríos corren demasiado lejos unos de otros. Smith cierra con un punto político que sigue vigente: un río que atraviesa otro territorio antes de llegar al mar nunca sostiene mucho comercio, porque quien posee ese territorio puede obstruir la salida. El Danubio les sirve muy poco a Baviera, Austria y Hungría comparado con lo que valdría si una de ellas controlara todo su curso hasta el Mar Negro.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

La especialización no depende solo de la voluntad de especializarse: depende de cuánta gente pueda comprar lo que uno produce. Por eso el tamaño del mercado, y no el talento, explica por qué un clavero puede existir en Birmingham y no en las Highlands. Y por eso los costos de transporte deciden dónde nace el progreso: la civilización empezó en costas y ríos porque ahí el mercado era el mundo entero. Con esto Smith termina de explicar la división del trabajo y pasa, en el capítulo IV, al instrumento que la hace posible: el dinero.

Capítulo IV: Del origen y uso del dinero

Una vez establecida la división del trabajo, el producto del propio trabajo cubre una parte mínima de las necesidades de cada uno. El resto se consigue cambiando el excedente propio por el excedente ajeno. Cada hombre vive así del intercambio, se convierte en cierta medida en un comerciante, y la sociedad misma se transforma en lo que propiamente es una sociedad comercial. Este capítulo explica qué instrumento hizo falta para que eso funcionara, y termina abriendo la puerta a la teoría del valor.

El problema del trueque

Cuando la división del trabajo recién empezaba, el intercambio debía trabarse todo el tiempo. Uno tiene más de cierta mercancía de la que necesita y otro tiene menos; el primero querría vender y el segundo comprar. Pero si el segundo no tiene nada que el primero necesite, no hay trato posible. El carnicero tiene más carne de la que puede consumir, y el cervecero y el panadero querrían comprarle una parte, pero solo tienen para ofrecer cerveza y pan, y el carnicero ya está provisto de ambos. No puede ser su comerciante ni ellos sus clientes, y todos se son mutuamente menos útiles.

Para evitar esa situación, todo hombre prudente, en cualquier época posterior a la división del trabajo, debió procurar tener siempre a mano, además del producto de su propio oficio, cierta cantidad de alguna mercancía que pocos fueran a rechazar a cambio de la suya. Muchas mercancías cumplieron ese papel: el ganado en las épocas primitivas (Homero dice que la armadura de Diomedes costó nueve bueyes y la de Glauco cien), la sal en Abisinia, cierta clase de conchas en la costa de la India, el bacalao seco en Terranova, el tabaco en Virginia, el azúcar en las colonias de las Indias Occidentales, el cuero en otros países, y hasta una aldea de Escocia donde, según le contaron a Smith, los obreros llevaban clavos en vez de dinero a la panadería o a la taberna.

Por qué los metales

En todos los países, sin embargo, los hombres terminaron por preferir los metales por razones irresistibles. Se conservan con tan poca pérdida como cualquier otra mercancía, porque casi nada es menos perecedero, y además pueden dividirse en cualquier número de partes sin pérdida, ya que por fusión esas partes vuelven a unirse. Ninguna otra mercancía igual de durable tiene esa cualidad, y es la que más los vuelve aptos como instrumento de comercio. Quien quería comprar sal y solo tenía ganado para dar a cambio tenía que comprar el valor de un buey o una oveja entera, y si quería más, el doble o el triple; con metales podía ajustar la cantidad exacta a lo que necesitaba. Los espartanos usaron hierro, los romanos cobre, y todas las naciones ricas y comerciales, oro y plata.

Del lingote a la moneda

Al principio esos metales circularon en barras toscas, sin sello: Plinio cuenta que hasta Servio Tulio los romanos compraban con barras de cobre sin marcar. Pero usar el metal así tenía dos inconvenientes serios: había que pesarlo y había que ensayarlo. Pesar oro con exactitud exige balanzas muy precisas, y sería insoportable que un pobre tuviera que pesar un cuarto de penique cada vez que compra algo. Ensayar es más difícil todavía, y sin esa operación la gente quedaba expuesta a recibir, en vez de plata pura, una aleación barata con apariencia de plata.

Para prevenir esos abusos y facilitar los intercambios, todos los países que avanzaron algo encontraron necesario poner un sello público sobre ciertas cantidades de metal. Ese es el origen de la moneda acuñada y de las casas de moneda, instituciones de la misma naturaleza que los inspectores de paños: certifican públicamente la cantidad y la calidad de lo que se lleva al mercado. Los primeros sellos certificaban solo la ley del metal, y las piezas seguían recibiéndose por peso, como Abraham pesa a Efrón los cuatrocientos siclos por el campo de Macpela. La moneda propiamente dicha, con el sello cubriendo ambas caras, certifica también el peso, y por eso se recibe por cuenta, sin pesarla.

La avaricia de los príncipes

Los nombres de las monedas expresaban originalmente el peso de metal que contenían: el as romano, una libra de cobre; la libra esterlina de Eduardo I, una libra de plata; el penique, un pennyweight real, la doscientos cuarentava parte de una libra. La proporción entre libra, chelín y penique se mantuvo, pero el valor de cada uno cambió muchísimo. Y acá Smith deja de describir y acusa:

Porque en todos los países del mundo, creo, la avaricia y la injusticia de los príncipes y estados soberanos, abusando de la confianza de sus súbditos, han disminuido gradualmente la cantidad real de metal que originalmente contenían sus monedas.

El as romano terminó reducido a la vigésima cuarta parte de su valor original; la libra inglesa conservaba en tiempos de Smith cerca de un tercio; la escocesa, una treintaiseisava parte; la francesa, una sesentaiseisava. Con esas operaciones los príncipes pudieron pagar sus deudas, en apariencia, con menos plata de la que debían; en realidad, defraudaron a sus acreedores. Y como todos los demás deudores del reino recibían el mismo privilegio de pagar con moneda envilecida lo que habían tomado prestado en moneda buena, esas operaciones fueron siempre favorables al deudor y ruinosas para el acreedor, y a veces produjeron una revolución mayor en las fortunas privadas que la que habría causado una gran calamidad pública. Así fue como el dinero se convirtió en todas las naciones civilizadas en el instrumento universal del comercio.

Valor de uso y valor de cambio

El capítulo termina con un giro: Smith anuncia que va a examinar las reglas que los hombres observan naturalmente al cambiar las mercancías por dinero o entre sí, reglas que determinan lo que puede llamarse su valor relativo o de cambio. Y antes de arrancar hace una distinción que atravesó toda la historia de la economía. La palabra valor tiene dos sentidos: a veces expresa la utilidad de un objeto y a veces el poder de comprar otros bienes que da su posesión. Uno es el valor de uso; el otro, el valor de cambio.

Las cosas que tienen el mayor valor de uso tienen con frecuencia poco o ningún valor de cambio; y por el contrario, las que tienen el mayor valor de cambio tienen con frecuencia poco o ningún valor de uso. Nada es más útil que el agua, pero con ella apenas se puede comprar nada. Un diamante, en cambio, casi no tiene valor de uso, pero a cambio de él puede obtenerse con frecuencia una gran cantidad de otros bienes.

Es la famosa paradoja del agua y el diamante. Smith no la resuelve acá: la deja planteada y anuncia el plan de los tres capítulos siguientes, que van a investigar, primero, cuál es la medida real del valor de cambio, es decir, en qué consiste el precio real de las mercancías; segundo, de qué partes se compone ese precio; y tercero, qué circunstancias hacen que el precio de mercado se aparte del precio natural. Cierra pidiendo al lector paciencia y atención, porque prefiere correr el riesgo de ser tedioso antes que el de ser oscuro.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

El dinero no fue inventado por nadie: surgió porque el trueque falla apenas hay división del trabajo, y los metales ganaron por ser durables y divisibles. La moneda acuñada es una certificación pública de peso y ley, y los gobiernos abusaron de esa confianza en todos los países, transfiriendo riqueza de acreedores a deudores. Y la distinción entre valor de uso y valor de cambio, con la paradoja del agua y el diamante, es la puerta de entrada a la parte más abstracta y más influyente del Libro I.

Capítulo V: Del precio real y nominal de las mercancías, o de su precio en trabajo y su precio en dinero

Este es el capítulo donde Smith formula su teoría del valor, y también uno de los más difíciles del libro. Él mismo lo advirtió al final del capítulo anterior. La segunda mitad se pierde en el estado de la moneda inglesa de su época; la primera contiene una idea que marcó toda la economía clásica: el trabajo es la medida real del valor.

El trabajo como medida real del valor

Cada hombre es rico o pobre según el grado en que puede disfrutar de las cosas necesarias, cómodas y placenteras de la vida. Pero una vez establecida la división del trabajo, su propio trabajo le provee una parte mínima de ellas; el resto lo obtiene del trabajo de otros. Es rico o pobre, entonces, según la cantidad de trabajo ajeno que puede comandar o comprar. El valor de cualquier mercancía, para quien no piensa consumirla sino cambiarla, es igual a la cantidad de trabajo que le permite comprar.

El precio real de cada cosa, lo que cada cosa cuesta realmente al hombre que quiere adquirirla, es el esfuerzo y la molestia de adquirirla. Lo que cada cosa vale realmente para quien la adquirió y quiere disponer de ella o cambiarla por otra, es el esfuerzo y la molestia que puede ahorrarse a sí mismo e imponer a otros.

Lo que se compra con dinero o con bienes se compra con trabajo, tanto como lo que conseguimos con el sudor del propio cuerpo. El trabajo fue el primer precio, la moneda original con que se pagaron todas las cosas: no fue con oro ni con plata, sino con trabajo, que se compró originalmente toda la riqueza del mundo. Smith cita a Hobbes, "la riqueza es poder", y lo precisa: quien hereda una gran fortuna no adquiere necesariamente poder político ni militar, pero sí, de manera inmediata, poder de compra, un cierto dominio sobre todo el trabajo, o todo el producto del trabajo, que está en ese momento en el mercado.

Por qué no medimos en trabajo

Aunque el trabajo sea la medida real, no es la que usamos habitualmente, y Smith explica por qué. Primero, es difícil comparar dos cantidades de trabajo: el tiempo no basta, porque hay que considerar la dureza y el ingenio. Puede haber más trabajo en una hora de tarea dura que en dos de tarea fácil, o en una hora de un oficio que llevó diez años aprender que en un mes de una ocupación cualquiera. Eso no tiene medida exacta; se ajusta por el regateo del mercado, con una igualdad aproximada que alcanza para la vida corriente. Segundo, una cantidad de trigo es un objeto palpable y una cantidad de trabajo es una noción abstracta. Y tercero, cuando aparece el dinero, cada mercancía se cambia más por dinero que por cualquier otra cosa: al carnicero le resulta natural decir que su carne vale tres o cuatro peniques la libra y no tres o cuatro libras de pan.

Precio real y precio nominal

El problema es que el oro y la plata, como cualquier otra mercancía, varían de valor según la fertilidad de las minas conocidas en cada momento. El descubrimiento de las minas de América redujo en el siglo XVI el valor del oro y la plata en Europa a cerca de un tercio de lo que era antes. Y una medida que cambia de tamaño no puede medir nada con exactitud, igual que un pie o un puñado.

El trabajo, en cambio, no cambia:

Cantidades iguales de trabajo, en todo tiempo y lugar, puede decirse que tienen igual valor para el trabajador. En su estado ordinario de salud, fuerza y ánimo, y en el grado ordinario de su habilidad y destreza, debe siempre entregar la misma porción de su descanso, su libertad y su felicidad.

El precio que paga el trabajador es siempre el mismo; lo que varía es el valor de los bienes que recibe a cambio. Es caro lo que cuesta mucho trabajo conseguir y barato lo que se consigue con poco. Por eso el trabajo, que nunca varía en su propio valor, es el único patrón último y real con el que puede estimarse y compararse el valor de todas las mercancías en todo tiempo y lugar. Es su precio real; el dinero es solo su precio nominal. Y esto vale también para el trabajo mismo: su precio real es la cantidad de bienes necesarios y cómodos que se dan por él; su precio nominal, la cantidad de dinero. El trabajador es rico o pobre según el precio real de su trabajo, no según el nominal.

Las rentas en trigo y las rentas en dinero

Smith muestra que la distinción no es pura especulación con el caso de las rentas perpetuas. Una renta fijada en dinero está expuesta a dos variaciones: la cantidad de metal de la moneda, que los príncipes casi siempre redujeron y casi nunca aumentaron, y el valor del metal mismo, que desde las minas de América venía bajando. Las rentas fijadas en trigo conservaron mucho mejor su valor. Una ley de Isabel I ordenó que un tercio de las rentas de los colegios universitarios se fijara en trigo; en tiempos de Smith, según Blackstone, ese tercio rendía cerca del doble que los otros dos tercios juntos, fijados en dinero. Como la moneda inglesa casi no había cambiado de denominación en dos siglos, esa pérdida se debía enteramente a la caída del valor de la plata.

De ahí sale una regla práctica: entre siglos, el trigo es mejor medida que la plata, porque cantidades iguales de trigo compran cantidades de trabajo más parecidas a través del tiempo; de un año a otro, la plata es mejor, porque el trigo puede duplicar su precio en una mala cosecha mientras la plata se mantiene estable por décadas. El trabajo es la única medida universal y exacta en ambas escalas, pero como sus precios históricos casi nunca se conocen y los del trigo sí, Smith anuncia que usará el trigo como aproximación en las comparaciones que vienen.

Cuándo la distinción no importa

Con la misma honestidad, Smith aclara que en la compraventa cotidiana la distinción no sirve de nada. En el mismo tiempo y lugar, el precio real y el nominal son exactamente proporcionales. Y el comerciante que lleva bienes de Cantón a Londres no necesita saber que media onza de plata compra más trabajo en Cantón que una onza en Londres; si compra por media onza y vende por una, gana el cien por ciento, y eso es exactamente lo que quiere. Como es el precio nominal el que decide toda compra y venta, no es raro que se le haya prestado mucha más atención que al real.

El estado de la moneda inglesa

La segunda mitad del capítulo es una larga discusión técnica sobre la acuñación inglesa que se puede resumir en pocas ideas. Las naciones comerciales acuñaron varios metales (oro para pagos grandes, plata para medianos, cobre para chicos), pero siempre tomaron uno como patrón, generalmente el primero que usaron: cobre en Roma, plata en la Europa moderna, donde una fortuna se expresa en libras y no en guineas. Con el tiempo las leyes fijaron la proporción entre metales, y mientras rige esa proporción es el valor del metal más precioso el que regula el de toda la moneda: doce peniques de cobre no valen siete peniques de plata como metal, pero valen un chelín porque la ley dice que se cambian por un chelín. Por eso la reforma de la moneda de oro de 1774 subió también el valor de la moneda de plata, aunque esta siguiera igual de gastada.

Smith señala que la plata estaba subvaluada en la moneda inglesa respecto de la proporción europea, y propone un pequeño señoreaje sobre la acuñación, como en Francia, para que la moneda valga algo más que el lingote y no convenga fundirla ni exportarla. Cierra fijando su convención para el resto del libro: por precio en dinero entiende siempre la cantidad de oro o plata pura por la que se vende algo, sin importar el nombre de la moneda.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

Smith distingue el precio nominal, en dinero, del precio real, en trabajo, y sostiene que solo el segundo mide de verdad la riqueza: alguien es rico según cuánto trabajo ajeno puede comandar, y un trabajador está bien o mal pago según lo que su salario compra, no según la cifra. El dinero es una vara que cambia de largo; el trabajo, no. Esta es la semilla de la teoría del valor-trabajo que después tomarán Ricardo y Marx, aunque Smith la usa sobre todo como instrumento de medición, no como explicación de los precios. En el capítulo siguiente pasa a la pregunta de qué partes componen el precio.

Capítulo VI: De las partes componentes del precio de las mercancías

Este capítulo responde la segunda pregunta que Smith dejó planteada: de qué partes se compone el precio. La respuesta es una de las construcciones más influyentes del libro: todo precio se descompone, en última instancia, en salarios, beneficios y renta, y esas tres partes son también las tres fuentes originales de todo ingreso.

El estado primitivo: todo el producto es del trabajador

Smith arranca imaginando una sociedad anterior a la acumulación de capital y a la apropiación de la tierra. Ahí la única regla para cambiar una cosa por otra es la proporción de trabajo que cuesta conseguirlas. Si entre una nación de cazadores matar un castor cuesta habitualmente el doble de trabajo que matar un ciervo, un castor debería cambiarse por dos ciervos. Es natural que lo que produce dos días de trabajo valga el doble de lo que produce uno.

Hay dos ajustes: algo se reconoce por la dureza superior de un trabajo, y algo por la destreza poco común, aunque este extra suele no ser más que una compensación razonable por el tiempo que costó adquirirla. En ese estado, todo el producto del trabajo pertenece al trabajador, y la cantidad de trabajo que cuesta producir una mercancía es lo único que regula cuánto trabajo puede comprar.

Aparece el capital: los beneficios

Apenas se acumula capital en manos de algunas personas, algunas lo emplean en poner a trabajar a gente laboriosa, proveyéndole materiales y subsistencia, para obtener un beneficio con la venta de su trabajo. El valor que los trabajadores agregan a los materiales se divide entonces en dos partes: una paga sus salarios, la otra paga los beneficios del empleador sobre todo el capital que adelantó en materiales y salarios. Nadie tendría interés en emplear trabajadores si no esperara de la venta algo más que la reposición de su capital, ni en emplear un capital grande en vez de uno chico si sus beneficios no guardaran proporción con el capital.

Acá Smith anticipa una objeción que sigue vigente: ¿no son los beneficios simplemente el salario de un trabajo particular, el de inspección y dirección? Su respuesta es que no, y lo prueba con un ejemplo. Dos fábricas con veinte obreros cada una, en un lugar donde el beneficio corriente es del diez por ciento; en una los materiales cuestan setecientas libras al año y en la otra siete mil. El dueño de la primera espera unas cien libras de beneficio y el de la segunda unas setecientas treinta, pero su trabajo de dirección es el mismo. Y en muchas empresas grandes ese trabajo se le encarga a un empleado principal, cuyo salario nunca guarda proporción con el capital que administra; mientras que el dueño, liberado de casi todo trabajo, sigue esperando que sus beneficios sean proporcionales a su capital.

En el precio de las mercancías, por lo tanto, los beneficios del capital constituyen una parte componente totalmente distinta de los salarios del trabajo, y regulada por principios muy diferentes.

Desde ese momento, el producto del trabajo ya no pertenece entero al trabajador: en la mayoría de los casos lo comparte con el dueño del capital que lo emplea.

Aparece la propiedad de la tierra: la renta

El tercer componente llega con la apropiación de la tierra. Smith lo describe con una frase que no oculta el juicio:

En cuanto toda la tierra de un país se ha convertido en propiedad privada, los terratenientes, como todos los demás hombres, aman cosechar donde nunca sembraron, y exigen una renta incluso por su producto natural.

La madera del bosque, la hierba del campo y todos los frutos naturales de la tierra, que cuando la tierra era común solo costaban el trabajo de recogerlos, pasan a tener un precio adicional: hay que pagar por la licencia de recogerlos y entregar al terrateniente una porción de lo que el trabajo recolecta o produce. Esa porción es la renta de la tierra, tercera parte componente del precio de la mayoría de las mercancías.

Todo precio se resuelve en las tres partes

Smith aclara que el valor real de cada una de las tres partes se mide por la cantidad de trabajo que puede comprar; el trabajo mide no solo la parte del precio que va a salarios sino también la que va a renta y la que va a beneficio. Y en toda sociedad, el precio de toda mercancía se resuelve finalmente en una, dos o las tres partes.

Lo muestra con el trigo: una parte paga la renta del terrateniente, otra los salarios de los trabajadores y el mantenimiento del ganado de labor, y la tercera el beneficio del granjero. Podría pensarse que hace falta una cuarta parte para reponer el desgaste de caballos y herramientas; pero el precio de un caballo de labor se compone a su vez de las mismas tres partes. En el precio de la harina se suman los beneficios del molinero y los salarios de sus empleados; en el del pan, los del panadero. Cuanto más elaborada es una mercancía, mayor es la parte del precio que va a salarios y beneficios en proporción a la que va a renta.

Hay excepciones: el pescado de mar suele pagar solo salarios y beneficios, sin renta, y en algunas costas de Escocia unos pocos pobres viven de juntar guijarros de colores que venden al tallador, precio que es enteramente salario. Pero la regla se mantiene, porque lo que queda de un precio después de pagar la renta y todo el trabajo tiene que ser necesariamente beneficio de alguien.

Las tres fuentes de todo ingreso

El paso siguiente es de lo micro a lo macro. Si el precio de cada mercancía se resuelve en esas tres partes, el precio de todo el producto anual del trabajo de un país también, y se reparte entre sus habitantes como salarios de su trabajo, beneficios de su capital o renta de su tierra. Salarios, beneficio y renta son las tres fuentes originales de todo ingreso y de todo valor de cambio. Cualquier otro ingreso deriva de alguna de ellas. El interés del dinero es siempre un ingreso derivado: es la compensación que el prestatario paga al prestamista por el beneficio que puede hacer con ese dinero, y si no se paga del beneficio tiene que salir de otra fuente, salvo que el deudor sea un manirroto que toma una segunda deuda para pagar el interés de la primera. Todos los impuestos, salarios públicos, pensiones y anualidades salen, directa o indirectamente, de las tres fuentes.

Cuando las tres pertenecen a personas distintas se distinguen fácilmente; cuando coinciden en una misma persona, el lenguaje común las confunde. El caballero que cultiva su propia finca llama beneficio a lo que en parte es renta; el granjero que trabaja con sus manos llama beneficio a lo que en parte es salario; y el jardinero que cultiva su propia huerta reúne en su persona al terrateniente, al granjero y al trabajador, pero considera todo como ganancia de su trabajo.

El cierre: los industriosos y los ociosos

Smith termina con una idea que abre el tema del Libro II. Como en un país civilizado hay pocas mercancías cuyo valor provenga solo del trabajo, el producto anual de una sociedad siempre alcanza para comprar mucho más trabajo del que se empleó en producirlo. Si la sociedad empleara cada año todo el trabajo que puede comprar, el producto de cada año valdría muchísimo más que el del anterior. Pero en ningún país el producto entero se destina a mantener a los industriosos: los ociosos consumen en todas partes una gran parte, y según la proporción en que el producto se reparte entre esos dos órdenes de personas, su valor aumenta, disminuye o se mantiene de un año a otro.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

En el estado primitivo todo el producto es del trabajador y el trabajo explica todo el precio; con la acumulación de capital y la propiedad de la tierra aparecen dos participantes que reclaman su parte. Los beneficios no son el salario del empresario sino un ingreso proporcional al capital, y la renta es el precio de una licencia para usar lo que la naturaleza da. De ahí sale la primera teoría de la distribución de la economía moderna: salarios, beneficios y renta como las tres clases de ingreso, y por extensión las tres clases sociales que ocupan el resto del Libro I. El capítulo VII pregunta cómo se forman los precios en la práctica.

Capítulo VII: Del precio natural y del precio de mercado de las mercancías

Este capítulo responde la tercera pregunta del plan de Smith: por qué el precio al que efectivamente se vende una mercancía a veces se aparta del que debería tener. Es, en buena medida, la primera formulación clara de cómo la oferta y la demanda ajustan los precios, y contiene la imagen del precio natural como centro de gravedad hacia el que tienden todos los precios.

Precio natural

En toda sociedad hay una tasa ordinaria o media de salarios y beneficios para cada empleo del trabajo y del capital, regulada en parte por las circunstancias generales de la sociedad (su riqueza o pobreza, su condición progresiva, estacionaria o decadente) y en parte por la naturaleza de cada empleo. Hay también una tasa media de renta. Esas tasas ordinarias pueden llamarse las tasas naturales de salarios, beneficios y renta en el tiempo y lugar en que prevalecen.

Cuando el precio de una mercancía es exactamente el que alcanza para pagar la renta de la tierra, los salarios del trabajo y los beneficios del capital empleados en producirla y llevarla al mercado, según sus tasas naturales, la mercancía se vende por su precio natural. Se vende, entonces, precisamente por lo que vale, o por lo que realmente le cuesta a quien la lleva al mercado. Smith aclara que el beneficio forma parte de ese costo: si el vendedor no obtiene la tasa ordinaria de beneficio de su zona, pierde con el negocio, porque empleando su capital de otra forma la habría obtenido. Ese precio no es siempre el más bajo al que alguien puede vender alguna vez, pero es el más bajo al que va a vender durante un tiempo considerable, al menos donde hay libertad para cambiar de oficio.

Precio de mercado y demanda efectiva

El precio al que una mercancía se vende de hecho es su precio de mercado, que puede estar por encima, por debajo o coincidir con el natural. Lo regula la proporción entre la cantidad que efectivamente llega al mercado y la demanda de quienes están dispuestos a pagar el precio natural. Smith los llama demandantes efectivos, y a su demanda, demanda efectiva, porque es suficiente para hacer efectivo que la mercancía llegue al mercado. Es distinta de la demanda absoluta: un hombre muy pobre puede decirse que "demanda" un carruaje con seis caballos, en el sentido de que le gustaría tenerlo, pero esa demanda no es efectiva, porque la mercancía nunca va a llevarse al mercado para satisfacerla.

Cuando la cantidad que llega al mercado es menor que la demanda efectiva, no todos los que están dispuestos a pagar el precio natural pueden conseguir lo que quieren. Antes que quedarse sin nada, algunos ofrecen más; empieza una competencia entre ellos y el precio de mercado sube por encima del natural, más o menos según la magnitud de la escasez y la riqueza y el capricho de los competidores. De ahí el precio exorbitante de los alimentos durante el sitio de una ciudad o una hambruna. Cuando la cantidad excede la demanda efectiva, parte tiene que venderse a quienes pagan menos, y ese precio bajo arrastra al conjunto; el precio de mercado cae por debajo del natural, más o menos según cuán urgente sea para los vendedores desprenderse de la mercancía. El mismo exceso genera mucha más competencia entre vendedores de naranjas que entre vendedores de hierro viejo. Y cuando la cantidad es exactamente la que cubre la demanda efectiva, el precio de mercado coincide con el natural: la competencia de los vendedores los obliga a aceptar ese precio, pero no a aceptar menos.

El centro de gravedad

La cantidad de cada mercancía que llega al mercado se ajusta naturalmente a la demanda efectiva, y Smith describe el mecanismo por el lado de los ingresos. Si en algún momento la cantidad excede la demanda, alguna de las partes del precio se paga por debajo de su tasa natural; los terratenientes retiran tierra, los trabajadores retiran trabajo o los capitalistas retiran capital de ese empleo, y la cantidad pronto vuelve a ajustarse. Si la cantidad es menor que la demanda, alguna parte del precio sube por encima de su tasa natural, y el interés de todos los demás terratenientes, trabajadores y comerciantes los lleva a volcar más tierra, trabajo y capital a esa producción.

El precio natural, por lo tanto, es, por así decirlo, el precio central hacia el que gravitan continuamente los precios de todas las mercancías. Distintos accidentes pueden a veces mantenerlos suspendidos bastante por encima de él, y a veces forzarlos incluso algo por debajo. Pero cualesquiera sean los obstáculos que les impiden asentarse en ese centro de reposo y permanencia, tienden constantemente hacia él.

Smith agrega dos matices. Primero, el mismo número de labradores cosecha cantidades muy distintas de trigo según el año, mientras que el mismo número de tejedores produce siempre casi la misma tela; por eso el precio del trigo fluctúa mucho más que el del lino, porque varía no solo con la demanda sino con la cantidad producida. Segundo, esas fluctuaciones recaen sobre todo en salarios y beneficios, y mucho menos en la renta, que los contratos fijan según el precio medio. Un duelo público sube el precio del paño negro y el beneficio de quien lo tiene en stock, sin tocar los salarios de los tejedores, porque escasea la mercancía y no el trabajo; sube en cambio los salarios de los sastres, porque ahí lo que falta es trabajo; y hunde a la vez el precio de las sedas de colores y los salarios de quienes las fabrican.

Por qué el precio puede quedar arriba por mucho tiempo

Aunque el precio de mercado gravita hacia el natural, hay accidentes, causas naturales y regulaciones que pueden mantenerlo muy por encima durante mucho tiempo. Cuando la demanda crece y el precio sube, quienes proveen se cuidan de ocultarlo, porque su alto beneficio atraería rivales; los secretos de fabricación duran más que los comerciales, y un tintorero que descubrió cómo producir un color a mitad de costo puede gozar de esa ventaja toda su vida. Hay además producciones que exigen un suelo tan singular que toda la tierra apta de un país no alcanza para cubrir la demanda, como ciertos viñedos de Francia; esas mercancías pueden venderse caras durante siglos, y lo que sube por encima de su tasa natural es la renta.

Y está el monopolio, otorgado a un individuo o a una compañía, que tiene el mismo efecto que un secreto: manteniendo el mercado constantemente desabastecido, los monopolistas venden muy por encima del precio natural.

El precio de monopolio es en toda ocasión el más alto que puede obtenerse. El precio natural, o precio de libre competencia, es por el contrario el más bajo que puede aceptarse, no en toda ocasión, pero sí durante un tiempo considerable. El uno es en cada ocasión el más alto que puede exprimirse a los compradores; el otro es el más bajo que los vendedores pueden comúnmente permitirse aceptar y a la vez continuar su negocio.

Los privilegios exclusivos de las corporaciones, las leyes de aprendizaje y todas las normas que restringen la competencia en un empleo a menos personas de las que entrarían en él son, dice Smith, una especie de monopolios ampliados, y pueden mantener durante siglos el precio de mercado de ciertas mercancías por encima del natural. Esas elevaciones duran tanto como las regulaciones que las producen.

Por qué casi nunca queda abajo

En cambio, el precio de mercado rara vez se mantiene mucho tiempo por debajo del natural, porque quien cobra menos de su tasa natural siente la pérdida de inmediato y retira su tierra, su trabajo o su capital. Las leyes gremiales pueden mantener los salarios por debajo en un oficio en decadencia, porque excluyen al obrero de otros empleos, pero ese efecto dura solo lo que viven los obreros formados en los buenos tiempos. Hace falta un régimen tan violento como el del Indostán o el antiguo Egipto, donde cada hombre estaba obligado por religión a seguir el oficio de su padre, para hundir durante generaciones los salarios o los beneficios de un empleo por debajo de su tasa natural.

Smith cierra anunciando los cuatro capítulos siguientes: salarios, beneficios, la proporción entre ambos en distintos empleos, y la renta de la tierra.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

El precio natural es el costo completo de producir algo, incluido el beneficio normal del capital; el precio de mercado oscila alrededor de él según la cantidad que llega y la demanda efectiva, la de quienes pueden pagarlo. La corrección viene por el lado de los ingresos, porque cada factor se mueve hacia donde le pagan su tasa natural. La asimetría es la clave política del capítulo: los precios pueden quedar arriba por siglos si hay secretos, tierras únicas, monopolios o leyes que restringen la competencia, pero casi nunca abajo. El precio de libre competencia es el más bajo que puede sostenerse; el de monopolio, el más alto que puede exprimirse.

Capítulo VIII: De los salarios del trabajo

Es el primero de los cuatro capítulos sobre la distribución, y uno de los que más sorprende a quien llega a Smith esperando al apologista del patrón. Acá el autor toma partido con claridad: los salarios altos son el síntoma y la causa de la prosperidad, y ninguna sociedad puede ser feliz si la mayoría de sus miembros es pobre.

Dos deducciones sobre el producto del trabajo

El producto del trabajo es su recompensa natural. En el estado original, todo el producto pertenece al trabajador, que no tiene ni terrateniente ni patrón con quien compartirlo; si ese estado hubiera durado, los salarios habrían crecido con todas las mejoras de la división del trabajo. Pero apenas la tierra se vuelve propiedad privada, el terrateniente exige una parte de casi todo lo que se produce en ella: la renta es la primera deducción. Y como rara vez quien labra la tierra puede mantenerse hasta la cosecha, un patrón le adelanta la subsistencia y exige un beneficio: segunda deducción. Lo mismo pasa en todos los oficios, donde en toda Europa hay veinte obreros bajo un patrón por cada uno independiente.

La disputa entre patrones y obreros

Los salarios dependen del contrato entre dos partes cuyos intereses no son los mismos: los obreros quieren obtener lo más posible y los patrones dar lo menos posible. No es difícil prever quién lleva ventaja. Los patrones, siendo menos, se combinan con más facilidad, y la ley no prohíbe sus combinaciones mientras prohíbe las de los obreros: no hay leyes contra unirse para bajar el precio del trabajo, y hay muchas contra unirse para subirlo. Además, los patrones aguantan mucho más: un terrateniente o un fabricante pueden vivir un año o dos de lo que ya tienen; muchos obreros no subsistirían una semana sin empleo.

Rara vez oímos hablar, se dice, de las combinaciones de los patrones, aunque sí con frecuencia de las de los obreros. Pero quien imagine por eso que los patrones rara vez se combinan, ignora tanto el mundo como el asunto. Los patrones están siempre y en todas partes en una especie de combinación tácita, pero constante y uniforme, para no elevar los salarios por encima de su tasa actual.

No se oye hablar de esa combinación porque es el estado natural de las cosas. Las de los obreros, en cambio, se oyen siempre: recurren al clamor y a veces a la violencia, porque son desesperados que deben morir de hambre o asustar al patrón, y terminan casi siempre en nada, salvo el castigo o la ruina de los cabecillas.

El piso: la subsistencia

Aun así, hay una tasa por debajo de la cual no pueden reducirse por mucho tiempo ni los salarios del trabajo más bajo. Un hombre tiene que vivir de su trabajo, y su salario tiene que alcanzar para mantenerlo y algo más, para criar una familia; de lo contrario la raza de esos obreros no pasaría de la primera generación. Smith cita el cálculo de Cantillon (el doble de la propia manutención, porque hay que criar cuatro hijos para que sobrevivan dos) sin comprometerse con la cifra. Ese es el nivel más bajo compatible con la humanidad común.

Lo que sube los salarios: el crecimiento, no la riqueza

Cuando la demanda de quienes viven de salarios crece año tras año, los obreros no necesitan combinarse: la escasez de brazos genera competencia entre patrones, que pujan unos contra otros y rompen voluntariamente su combinación natural. Esa demanda solo puede crecer con los fondos destinados a pagar salarios, que son el ingreso y el capital de un país; es decir, con el aumento de la riqueza nacional. Y acá Smith establece la distinción central del capítulo:

No es la magnitud actual de la riqueza nacional, sino su aumento continuo, lo que ocasiona una elevación de los salarios del trabajo. No es en los países más ricos, sino en los más prósperos, en los que se enriquecen más rápido, donde los salarios son más altos.

Lo prueba con tres casos. Inglaterra es mucho más rica que Norteamérica, pero los salarios son mucho más altos en Norteamérica, donde la población se duplica cada veinte o veinticinco años contra quinientos en Europa, una familia numerosa es fuente de riqueza y no una carga, y una viuda joven con cuatro o cinco hijos es cortejada como una fortuna. China es uno de los países más ricos del mundo, pero estacionario desde hace siglos: Marco Polo lo describe casi igual que los viajeros contemporáneos. Como los fondos para pagar salarios no crecen, los brazos sobran y los salarios caen al mínimo: el obrero se contenta con un poco de arroz al final del día, los artesanos recorren las calles mendigando trabajo y familias enteras viven en botes rescatando la basura de los barcos europeos. Y Bengala, bajo la Compañía de las Indias, es el país en decadencia, donde en una tierra fértil mueren de hambre trescientas o cuatrocientas mil personas en un año. La recompensa liberal del trabajo es el síntoma de la riqueza creciente; la manutención escasa, de que las cosas están detenidas; el hambre, de que van para atrás.

Gran Bretaña: los salarios están por encima del mínimo

Smith ofrece cuatro síntomas de que en Gran Bretaña los salarios están por encima del mínimo de subsistencia. Los de verano son más altos que los de invierno, cuando mantener una familia cuesta más; se fijan por el trabajo, no por la necesidad. No fluctúan con el precio de los alimentos, sino que se mantienen iguales a veces por medio siglo. Varían más de un lugar a otro que los precios, un veinte o veinticinco por ciento más en Londres que a pocas millas, porque "de todo tipo de equipaje, el hombre es el más difícil de transportar". Y a veces van en sentido contrario a los precios: el grano es más caro en Escocia, pero el trabajo es más caro en Inglaterra. Que los escoceses coman avena no es la causa sino el efecto de sus salarios más bajos: no es porque uno tiene carruaje y el otro camina que uno es rico y el otro pobre, sino al revés. A lo largo del siglo, además, el trabajo se encareció mientras el grano, las papas y las verduras se abarataron, y la queja de que "el lujo llega hasta las clases más bajas" prueba que la recompensa real del trabajo aumentó.

¿Es bueno que los pobres vivan mejor?

Smith se hace la pregunta y la responde sin rodeos:

Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable. Es de simple equidad, además, que quienes alimentan, visten y alojan a todo el cuerpo del pueblo tengan una parte tal del producto de su propio trabajo que estén ellos mismos tolerablemente bien alimentados, vestidos y alojados.

Sigue un análisis demográfico. La pobreza no impide la generación, pero es desfavorable a la crianza: en las Highlands una madre puede parir veinte hijos y no tener dos vivos, y en muchos lugares la mitad de los niños muere antes de los siete años, casi siempre entre los pobres. Toda especie se multiplica en proporción a sus medios de subsistencia, y en la sociedad civilizada la escasez limita la población de una sola manera, destruyendo a los hijos de los pobres. Los salarios altos ensanchan ese límite en la proporción que la demanda de trabajo requiere: la demanda de hombres, como la de cualquier otra mercancía, regula la producción de hombres. De paso, Smith sostiene que el trabajo libre resulta más barato que el esclavo, incluso en Boston o Filadelfia, porque el fondo que repone el desgaste del esclavo lo administra un patrón negligente y el del hombre libre lo administra él mismo con la frugalidad del pobre.

Es en el estado progresivo, y no cuando la sociedad alcanzó ya toda su riqueza, que la condición del pueblo trabajador es más feliz. "El estado progresivo es en realidad el estado alegre y vigoroso de todos los órdenes de la sociedad. El estacionario es apagado; el decadente, melancólico."

Salarios altos y laboriosidad

Contra la opinión corriente de que los pobres trabajan más cuando pasan necesidad, Smith sostiene que los salarios altos aumentan la laboriosidad: la esperanza de mejorar su condición anima al obrero, y donde los salarios son altos los obreros son más activos. El problema real es el contrario: los obreros pagados a destajo tienden a trabajar de más y arruinar su salud; un carpintero de Londres no dura en pleno vigor más de ocho años. Si los patrones escucharan a la razón y la humanidad, tendrían que moderar más a menudo que estimular a sus obreros, porque el que trabaja con moderación suficiente para trabajar constantemente hace más en el año.

Sobre si los obreros rinden más en años caros o baratos, Smith desarma el argumento de los patrones: es absurdo imaginar que los hombres trabajen menos para sí que para otros. Los patrones prefieren los años caros porque encuentran a sus sirvientes más humildes y dependientes, y los terratenientes porque sus rentas dependen del precio de los alimentos. En el cierre admite que el aumento de los salarios encarece muchas mercancías, pero la misma causa que los sube, el aumento del capital, eleva la productividad: muchas mercancías terminan produciéndose con tanto menos trabajo que el aumento de su precio queda más que compensado.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

Los salarios se fijan en una negociación desigual, donde los patrones tienen la ley y el tiempo de su lado y mantienen una combinación tácita permanente. Pero por encima del piso de subsistencia, lo que decide los salarios es el crecimiento, no la riqueza acumulada: los países que se enriquecen pagan bien, los estancados pagan lo mínimo y los que decaen matan de hambre. Y Smith defiende sin ambigüedad los salarios altos, por equidad y porque hacen a los obreros más productivos, más sanos y capaces de criar hijos.

Capítulo IX: De los beneficios del capital

Este capítulo es el espejo del anterior. Las mismas causas que suben y bajan los salarios, el estado creciente o decreciente de la riqueza de la sociedad, mueven también los beneficios, pero en sentido contrario. Y termina con una de las observaciones más mordaces del libro sobre los comerciantes que se quejan de los salarios altos y callan sobre sus propias ganancias.

El capital que sube los salarios baja los beneficios

El aumento de capital que eleva los salarios tiende a bajar los beneficios. Cuando los capitales de muchos comerciantes ricos se vuelcan al mismo negocio, su competencia mutua baja el beneficio, y cuando el capital crece en todos los negocios de una sociedad, la misma competencia produce el mismo efecto en todos.

Smith admite que el beneficio medio es casi imposible de medir. Fluctúa tanto que quien lleva un negocio no siempre puede decir cuál es su beneficio anual medio: depende de cada variación de precio, de la suerte de sus rivales y sus clientes, y de mil accidentes que sufren las mercancías por mar, por tierra o en el depósito; varía de año en año, de día en día y casi de hora en hora. Pero hay un indicador indirecto, el interés del dinero:

Puede establecerse como máxima que donde puede ganarse mucho con el uso del dinero, comúnmente se dará mucho por su uso; y que donde puede ganarse poco con él, comúnmente se dará menos.

El recorrido del interés en Inglaterra cuenta la historia: diez por ciento como máximo legal con Enrique VIII, ocho con Jacobo I, seis después de la Restauración, cinco con la reina Ana, y antes de la última guerra el gobierno tomaba prestado al tres. Esas leyes siguieron a la tasa de mercado, no la precedieron; la prohibición total del interés bajo Eduardo VI, como todas las de su tipo, no produjo efecto y probablemente empeoró la usura. En ese mismo período la riqueza del país avanzó cada vez más rápido, los salarios subieron y los beneficios bajaron.

Ciudades y aldeas, Escocia, Francia, Holanda

La misma relación inversa se ve en el espacio. En una gran ciudad los negocios exigen más capital y hay más competidores ricos, así que el beneficio es menor que en una aldea, mientras que los salarios son mayores, porque los que tienen grandes capitales no encuentran los obreros que necesitan y pujan entre sí. En el campo remoto suele faltar capital para emplear a toda la gente, que compite por el empleo: bajan los salarios y suben los beneficios.

En Escocia el interés y el beneficio son algo más altos que en Inglaterra y los salarios más bajos; el país es más pobre y avanza más despacio. En Francia, a pesar de las manipulaciones del interés legal, la tasa de mercado y los beneficios son más altos que en Inglaterra y los salarios más bajos; la diferencia en el vestido y el semblante de la gente común al cruzar de Escocia a Inglaterra es notable, y todavía mayor al volver de Francia. Holanda es el caso opuesto: el gobierno toma prestado al dos por ciento, los salarios son más altos y los holandeses comercian con los beneficios más bajos de Europa. Algunos dicen que su comercio decae, y Smith contesta que la caída del beneficio es el efecto natural de la prosperidad: cuando el beneficio baja, los comerciantes suelen quejarse de que el comercio decae.

Las colonias nuevas: la excepción

Las colonias de América son el único caso en que salarios altos y beneficios altos van juntos. Una colonia nueva tiene más tierra que capital para cultivarla y más capital que gente para emplearlo; el capital se aplica solo a la tierra más fértil y mejor situada, comprada a menudo por debajo del valor de su producto natural, y rinde un beneficio enorme que permite al colono buscar más brazos de los que puede encontrar. A medida que las mejores tierras se ocupan, el beneficio baja, pero los salarios no bajan con él: la demanda de trabajo crece con el capital, cualquiera sea su beneficio, y un gran capital con beneficios pequeños crece más rápido que un capital chico con beneficios grandes. El dinero hace dinero, dice el proverbio; la dificultad es conseguir el primer poco. La adquisición de nuevos territorios o ramas de comercio también puede subir los beneficios en un país que avanza, porque el capital se retira de los oficios viejos y la competencia en ellos baja; así explica Smith que después de la última guerra el interés en Londres subiera de cuatro a cinco por ciento.

El país en ruina y el país saturado

La reducción del capital de una sociedad, en cambio, baja los salarios y sube los beneficios y el interés. Los dueños del capital que queda producen más barato, porque el trabajo cuesta menos, y venden más caro, porque hay menos capital abasteciendo el mercado; sus beneficios crecen por ambos lados. Las fortunas súbitas de Bengala prueban que en esos países arruinados los salarios son bajísimos y los beneficios altísimos: allí se presta a los agricultores al cuarenta, cincuenta y sesenta por ciento con la cosecha siguiente hipotecada. Beneficios así devoran casi toda la renta del terrateniente, y una usura así devora a su vez casi todo el beneficio. Lo mismo pasaba en las provincias romanas bajo los procónsules: el virtuoso Bruto prestaba en Chipre al cuarenta y ocho por ciento.

En un país que hubiera alcanzado todo el complemento de riqueza que su suelo, su clima y su situación le permiten, y que no pudiera avanzar más, tanto los salarios como los beneficios serían muy bajos: la competencia por el empleo reduciría los salarios a la subsistencia y la competencia entre capitales reduciría el beneficio al mínimo. Quizás ningún país llegó nunca a ese punto. China parece estacionaria desde hace mucho, pero su complemento de riqueza es el que permiten sus leyes e instituciones, muy inferior al que permitirían su suelo y su clima: desprecia el comercio exterior, y mientras los ricos gozan de seguridad, los dueños de capitales chicos pueden ser saqueados en cualquier momento por los mandarines inferiores bajo pretexto de justicia. La opresión de los pobres establece el monopolio de los ricos, y por eso el interés corriente en China es del doce por ciento. Un defecto en la ley, como no hacer cumplir los contratos, o la prohibición del interés, que no lo impide sino que lo encarece, también elevan la tasa por encima de lo que la riqueza del país justificaría.

Límites y proporciones

La tasa más baja de beneficio tiene que ser algo más que lo necesario para compensar las pérdidas ocasionales de todo empleo de capital; solo ese excedente es beneficio neto, y el interés es proporcional a él. En un país saturado de capital, el interés sería tan bajo que casi todos tendrían que ser hombres de negocios; Holanda se acerca a ese estado, donde no serlo es tan ridículo como no vestirse. La tasa más alta es la que se come toda la renta de la tierra y deja al trabajo solo la subsistencia, como quizás ocurre en Bengala. En Gran Bretaña el doble del interés se considera un beneficio "bueno, moderado, razonable", lo que no quiere decir más que un beneficio común.

Los beneficios altos encarecen más que los salarios altos

El cierre del capítulo es un argumento que los patrones de todas las épocas prefieren no oír. En los países que avanzan rápido, el beneficio bajo compensa el salario alto y les permite vender tan barato como sus vecinos menos prósperos. Y en realidad los beneficios altos encarecen el trabajo mucho más que los salarios altos. Si en la manufactura de lino los salarios de todos los obreros subieran dos peniques por día, el precio de la pieza subiría solo en tantos dos peniques como jornadas se emplearon: en proporción aritmética. Pero si los beneficios de todos los empleadores subieran cinco por ciento, cada uno lo cobraría sobre todo lo que adelantó, incluido el precio ya encarecido de la etapa anterior: en proporción geométrica.

Al elevar el precio de las mercancías, el aumento de los salarios opera como el interés simple en la acumulación de una deuda. El aumento del beneficio opera como el interés compuesto. Nuestros comerciantes y fabricantes se quejan mucho de los malos efectos de los salarios altos, que elevan el precio y reducen la venta de sus mercancías. No dicen nada de los malos efectos de los beneficios altos. Callan sobre los efectos perniciosos de sus propias ganancias. Se quejan solo de las de los demás.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

Beneficios y salarios se mueven en sentido inverso a medida que un país acumula capital: la competencia entre capitales baja el beneficio y la competencia por brazos sube el salario. Un beneficio bajo es síntoma de prosperidad, no de decadencia, aunque los comerciantes digan lo contrario; un beneficio alto con salarios de hambre, como en Bengala, es síntoma de ruina. El interés es el termómetro del beneficio y se explica por la riqueza del país y por la calidad de sus leyes. Y cuando se trata de encarecer las mercancías, el beneficio pesa más que el salario, porque se acumula en cada etapa como el interés compuesto.

Capítulo X: De los salarios y beneficios en los distintos empleos del trabajo y del capital

Es el capítulo más largo hasta acá y en realidad son dos. La primera parte explica por qué, en un mercado libre, algunos oficios pagan más que otros sin que eso sea una desigualdad real. La segunda explica cómo las leyes de Europa (gremios, aprendizaje, becas, leyes de pobres) crean desigualdades que sí lo son. El principio de partida es uno solo: en una misma zona, el conjunto de ventajas y desventajas de los distintos empleos debe ser igual o tender continuamente a la igualdad, porque si un empleo fuera claramente mejor que los demás, tanta gente entraría en él que sus ventajas volverían al nivel común. Eso, al menos, donde hubiera libertad perfecta para elegir y cambiar de ocupación.

Parte I: las cinco circunstancias

Los salarios en dinero son muy distintos entre oficios, pero esa diferencia compensa, real o imaginariamente, otras cosas. Smith identifica cinco.

Primera: lo agradable o desagradable del empleo. El sastre gana menos que el tejedor porque su trabajo es más fácil; el tejedor menos que el herrero porque el suyo es más limpio; el herrero, aunque es artesano, gana menos en doce horas que el minero de carbón, que es solo un peón, en ocho, porque el minero trabaja bajo tierra, a oscuras y con peligro. El honor es gran parte de la recompensa de las profesiones honorables, que en dinero están mal pagas; la deshonra tiene el efecto contrario: el carnicero tiene un oficio brutal pero más rentable que la mayoría, y el verdugo, el más detestable de todos, es el mejor pago en proporción al trabajo. La caza y la pesca, que fueron los oficios principales del estado primitivo, se volvieron los pasatiempos del estado avanzado, y por eso todos los que viven de ellas son muy pobres: el gusto natural hace que las siga más gente de la que puede vivir de ellas.

Segunda: la facilidad o el costo de aprenderlo. Un hombre educado con mucho trabajo y tiempo para un oficio que exige destreza extraordinaria puede compararse con una máquina cara: su trabajo debe reponerle, por encima del salario común, todo el gasto de su educación con al menos el beneficio ordinario de un capital equivalente, y en un tiempo razonable, dada la duración incierta de la vida. Sobre ese principio se funda la diferencia entre el trabajo calificado y el común, y por eso pintores, escultores, abogados y médicos ganan mucho más.

Tercera: la constancia o inconstancia del empleo. El albañil no puede trabajar con helada ni con lluvia, y depende de encargos ocasionales; lo que gana mientras trabaja tiene que mantenerlo mientras no trabaja y compensarle "esos momentos de ansiedad y desaliento" que provoca una situación tan precaria. Por eso gana entre la mitad más y el doble que un peón, aunque su oficio sea de los más fáciles de aprender. Cuando la inconstancia se combina con la dureza y la suciedad, puede elevar el salario del trabajo más común por encima del artesano más hábil: los descargadores de carbón de Londres llegaban a ganar cuatro o cinco veces el salario común, y si eso fuera más de lo que compensa las desventajas del oficio, la competencia lo reduciría enseguida.

Cuarta: la confianza que hay que depositar en quien lo ejerce. Los orfebres ganan más que artesanos de igual o mayor ingenio por los materiales preciosos que se les confían. Al médico le confiamos la salud, al abogado la fortuna y a veces la vida y la reputación; esa confianza no puede depositarse en gente de condición muy baja, y su recompensa debe darles el rango social que exige.

Quinta: la probabilidad de éxito. Poné a tu hijo de aprendiz con un zapatero y casi seguro aprende a hacer zapatos; mandalo a estudiar leyes y hay veinte contra uno de que nunca llegue a vivir de eso. En una lotería justa, los que sacan premio deberían ganar todo lo que pierden los que sacan blanco, así que el abogado que empieza a ganar algo cerca de los cuarenta años debería cobrar por su educación y por la de los veinte que fracasaron. Nunca lo hace: la lotería del derecho está lejos de ser justa, y las profesiones liberales están, en dinero, mal pagas. Si igual atraen a los espíritus más generosos es por el deseo de reputación y por la confianza presuntuosa que cada hombre tiene en su propia suerte, un mal antiguo que Smith considera todavía más universal que la vanidad sobre las propias capacidades.

La probabilidad de ganancia es sobrevalorada por todos los hombres en mayor o menor medida, y la probabilidad de pérdida es subvalorada por la mayoría, y casi ningún hombre en tolerable salud y ánimo la valora más de lo que vale.

Lo prueban el éxito universal de las loterías ("no hay proposición más cierta en matemáticas que cuanto más billetes compres, más probable es que pierdas") y el beneficio moderado de los aseguradores, cuya prima nadie quiere pagar aunque sea barata: noventa y nueve casas de cada cien no están aseguradas contra incendio. Esa presunción es más activa a la edad en que los jóvenes eligen profesión, y explica que se enrolen como soldados por menos paga que un peón, con "esperanzas románticas" que son todo el precio de su sangre.

Dos observaciones cierran la parte. Primero, de las cinco circunstancias solo dos afectan al beneficio del capital, lo desagradable y el riesgo, y por eso los beneficios de distintos negocios están mucho más nivelados que los salarios; las diferencias aparentes suelen ser salarios disfrazados de beneficio, como el "beneficio del mil por ciento" del boticario, que no es más que el salario razonable de su habilidad y su responsabilidad cargado sobre el precio de las drogas. Segundo, la igualdad solo se da si los empleos son conocidos y establecidos, si están en su estado natural y si son la ocupación principal de quien los ejerce: las medias de las Shetland se tejen por casi nada porque las hacen sirvientes en su tiempo libre.

Parte II: las desigualdades que crea la política de Europa

Europa no deja las cosas en libertad, y provoca desigualdades mucho más importantes de tres maneras.

Restringiendo la competencia en algunos empleos. El instrumento son los privilegios exclusivos de las corporaciones, que limitan el oficio a quienes hicieron el aprendizaje en la ciudad bajo un maestro autorizado, restringen el número de aprendices por maestro y fijan años de aprendizaje, siete en la mayor parte de Europa, plazo que las universidades copiaron para el grado de maestro. El Estatuto de Aprendizaje de Isabel I lo convirtió en ley general, con interpretaciones absurdas: un carrocero no puede fabricar sus propias ruedas, porque el oficio de ruedero existía antes del estatuto, pero un ruedero sí puede fabricar carrozas, porque el de carrocero no. Contra todo eso Smith escribe uno de los pasajes más citados del libro:

La propiedad que cada hombre tiene sobre su propio trabajo, así como es el fundamento original de toda otra propiedad, es la más sagrada e inviolable. El patrimonio del pobre está en la fuerza y la destreza de sus manos, e impedirle emplear esa fuerza y esa destreza del modo que juzgue conveniente, sin perjuicio de su vecino, es una violación manifiesta de esa propiedad sacratísima.

Los aprendizajes largos no garantizan buen trabajo, porque el trabajo malo es fruto del fraude y no de la incapacidad; no forman a la laboriosidad, porque el aprendiz que no cobra nada durante años se vuelve holgazán; eran desconocidos entre los antiguos; y son innecesarios, porque hasta la relojería puede explicarse en unas semanas y la destreza se adquiere con la práctica. Las corporaciones existen para impedir la baja de precios que traería la competencia. Cada gremio consentía que los demás restringieran su oficio con tal de restringir el propio, y el que pagaba era el campo, que compra caro lo que la ciudad fabrica y vende barato lo que la ciudad consume; por eso hay cien fortunas hechas en el comercio por cada una hecha en la agricultura. Y Smith defiende al labrador contra el prejuicio: el agricultor, "generalmente considerado el modelo de la estupidez y la ignorancia", trabaja con instrumentos y materiales cuyo temple cambia cada día, y su entendimiento es muy superior al del artesano que repite una o dos operaciones simples de la mañana a la noche.

La gente del mismo oficio rara vez se reúne, ni siquiera para divertirse, sin que la conversación termine en una conspiración contra el público o en algún arreglo para subir los precios.

La ley no puede impedir esas reuniones, pero no debería facilitarlas con registros públicos, ni hacerlas necesarias con cajas comunes, ni mucho menos dar a la mayoría de una corporación poder para obligar a todos. La disciplina real sobre un obrero no es la de su gremio sino la de sus clientes, el miedo a perderlos, y por eso en las ciudades incorporadas el trabajo decente hay que buscarlo en los suburbios, donde los obreros no tienen privilegio y dependen de su reputación.

Aumentando la competencia en otros. Becas, pensiones y fundaciones piadosas educan para ciertas profesiones a mucha más gente de la que podría pagarse la educación, y "la competencia de los pobres se lleva la recompensa de los ricos". Un cura rural gana cuarenta libras al año, lo mismo que un zapatero de Londres; la ley intentó muchas veces subir el salario de los curas y bajar el de los obreros, y fracasó en ambas. Lo mismo pasó con los hombres de letras, educados para la Iglesia y luego apartados de ella, cuyo número reduce su recompensa a algo mísero, mientras que en Atenas, sin caridades de ese tipo, Isócrates cobraba diez minas por alumno y Gorgias pudo regalar a Delfos su estatua en oro macizo. Smith concluye que esta desigualdad es más ventajosa que dañina para el público, porque abarata la educación.

Obstruyendo la circulación del trabajo. El Estatuto de Aprendizaje impide pasar de un oficio a otro aunque las operaciones sean casi iguales, como tejer lino y tejer seda, y condena a los obreros de una manufactura en decadencia a caer sobre la parroquia. Pero el obstáculo peculiar de Inglaterra son las leyes de pobres, "quizás el mayor desorden de toda la policía de Inglaterra". Desde Isabel I cada parroquia debe mantener a sus pobres, y desde Carlos II cualquier recién llegado puede ser expulsado por dos jueces de paz a la parroquia de su último asentamiento legal. Las vías para ganar un nuevo asentamiento se fueron cerrando una tras otra, y el sistema de certificados que debía restaurar la circulación terminó en lo contrario: toda parroquia los exige y casi ninguna los concede. El resultado son diferencias de salario inexplicables entre lugares vecinos, porque a un pobre le cuesta más cruzar el límite artificial de una parroquia que un brazo de mar o una cadena de montañas.

Expulsar a un hombre que no cometió ninguna falta de la parroquia donde elige residir es una violación evidente de la libertad y la justicia naturales. El pueblo de Inglaterra, sin embargo, tan celoso de su libertad, pero como el de la mayoría de los países sin entender nunca bien en qué consiste, ha soportado esta opresión durante más de un siglo sin remedio.

Smith cierra con las leyes que fijan salarios, ya en desuso salvo casos particulares, con una regla que resume su posición sobre la legislación laboral: cuando el legislador regula las diferencias entre patrones y obreros, sus consejeros son siempre los patrones; por eso, cuando la regulación favorece a los obreros es siempre justa, y cuando favorece a los patrones no siempre lo es. Una ley que obliga a pagar en dinero y no en mercadería es justa; la que fija un tope al salario de los sastres de Londres impone por ley lo que los patrones intentan por combinación, y si la ley fuera imparcial los trataría como trata a los obreros que se combinan.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

Las diferencias de salario entre oficios no son arbitrarias: compensan lo desagradable, el costo de aprender, la inconstancia, la confianza y el riesgo de fracaso, y por eso en un mercado libre el conjunto de ventajas tiende a igualarse. Lo que sí es arbitrario son las desigualdades que fabrican las leyes: gremios que restringen la entrada, caridades que inundan una profesión, y leyes de asentamiento que atan al pobre a su parroquia. Smith no las critica en nombre de la eficiencia sino de un derecho: la propiedad de cada hombre sobre su propio trabajo, la más sagrada de todas.

Capítulo XI: De la renta de la tierra

Es el capítulo más largo del libro, casi un tercio del Libro I, y buena parte de él es una digresión de un centenar de páginas sobre el valor de la plata a lo largo de cuatro siglos, con tablas de precios del trigo desde 1202. Este resumen se concentra en la teoría de la renta, trata la digresión en un solo bloque y se detiene en la conclusión, donde Smith saca la consecuencia política de todo el Libro I: cuál de las tres clases de la sociedad tiene intereses coincidentes con el interés general, y cuál no.

La renta es un precio de monopolio

La renta, considerada como el precio que se paga por el uso de la tierra, es naturalmente la más alta que el arrendatario puede pagar. Al fijar el arriendo, el terrateniente procura no dejarle más que lo suficiente para reponer su capital con el beneficio ordinario de la zona; todo lo que sobra se lo reserva como renta. No es un interés por las mejoras, porque se exige también por tierra sin mejorar y por cosas que ninguna industria humana puede mejorar: las algas de las rocas que cubre la marea o la pesca frente a las Shetland. La renta, por lo tanto, es un precio de monopolio: no guarda proporción con lo que el terrateniente gastó ni con lo que podría aceptar, sino con lo que el granjero puede dar.

De ahí una distinción que organiza todo el capítulo. Los salarios y beneficios altos o bajos son la causa de que el precio sea alto o bajo; la renta alta o baja es el efecto. Una mercancía llega al mercado si su precio cubre salarios y beneficios; solo si sobra algo por encima de eso hay renta. Por eso hay productos de la tierra que siempre dan renta, otros que a veces sí y a veces no, y una tercera cuestión, cómo varía la relación entre ambos con el progreso. Esas son las tres partes del capítulo.

Parte I: lo que siempre da renta

Los alimentos siempre dan renta, porque los hombres, como todos los animales, se multiplican en proporción a sus medios de subsistencia, así que la comida siempre tiene demanda, y la tierra en casi cualquier situación produce más comida que la necesaria para mantener el trabajo que la lleva al mercado. Hasta los páramos de Noruega y Escocia dan algún pasto y alguna renta. La renta varía con la fertilidad y con la situación: la tierra cerca de una ciudad rinde más que otra igual de fértil pero lejana, porque el transporte come parte del excedente. Los buenos caminos, canales y ríos navegables son por eso "la mayor de todas las mejoras": acercan el campo remoto a la ciudad y rompen el monopolio del campo vecino, que cuando protestó contra los caminos de peaje vio subir sus rentas de todos modos.

El trigo regula la renta de casi toda otra tierra cultivada. En los comienzos rudos de la agricultura hay más carne que pan y el pan es lo caro; Smith cita a Ulloa, para quien en Buenos Aires un buey elegido de un rebaño de trescientos costaba cuatro reales, poco más que el trabajo de atraparlo. Cuando el cultivo se extiende, la relación se invierte: la carne pasa a costar más que el pan, porque hay que dedicar tierra cultivada a criar ganado y esa tierra debe pagar la renta que daría en trigo. En las Highlands, hace un siglo, la carne era tan barata como el pan de avena; la unión con Inglaterra abrió el mercado y triplicó su precio, y con él las rentas. Huertas, lúpulo y frutales dan más renta, pero solo lo suficiente para compensar el gasto de prepararlos. La excepción son los productos que exigen un suelo tan singular que la tierra apta no cubre la demanda, como los viñedos de calidad de Francia o el azúcar de las Antillas, donde el plantador espera que el ron y la melaza paguen todo el cultivo y el azúcar sea beneficio limpio, "como si un granjero esperara pagar el cultivo con la paja y que el grano fuera todo ganancia". Y si el alimento básico de un pueblo diera más comida por acre que el trigo, como el arroz o la papa, la renta sería mucho mayor: un acre de papas produce tres veces el alimento sólido de uno de trigo, y Smith observa que los changadores de Londres, "los hombres más fuertes y las mujeres más bellas de los dominios británicos", vienen del pueblo bajo de Irlanda, alimentado con esa raíz.

Parte II: lo que a veces da renta y a veces no

Después de la comida, las dos grandes necesidades son el vestido y la vivienda. En su estado primitivo la tierra puede vestir y alojar a mucha más gente de la que puede alimentar, así que esos materiales sobran y no valen nada: las pieles entre los cazadores de Norteamérica antes de los europeos, la lana inglesa que solo tuvo valor cuando Flandes la compró, los árboles que en Norteamérica el terrateniente agradecería que alguien se llevara. Solo cuando el país se puebla, o cuando un vecino más rico los demanda, empiezan a dar renta. Los países son populosos no en proporción a la gente que pueden vestir y alojar sino a la que pueden alimentar. Y de eso sale uno de los pasajes más citados del capítulo:

El deseo de alimento está limitado en todo hombre por la estrecha capacidad del estómago humano; pero el deseo de las comodidades y ornamentos del edificio, el vestido, el carruaje y el mobiliario parece no tener límite ni frontera cierta.

El rico no come más que su vecino pobre, pero su palacio y su guardarropa no tienen medida. Quien dispone de más comida de la que puede consumir cambia el excedente por esas gratificaciones, y los pobres, para obtener comida, compiten en satisfacer los caprichos de los ricos. La abundancia de alimento es entonces la fuente original de la renta y también de la demanda de todo lo demás, incluidos los metales y las piedras preciosas.

Las minas ilustran la parte "a veces no". Una mina de carbón da renta según su fertilidad y su situación; muchas en Escocia solo puede trabajarlas el propietario, porque nadie puede pagar renta por ellas. Los metales, en cambio, se transportan a todo el mundo y la mina más fértil del planeta regula el precio de todas: el descubrimiento del Perú hizo abandonar las minas de plata de Europa. Por eso la renta es una parte pequeña del precio de los metales, y menor aún en los preciosos, cuyo valor viene de su utilidad, su belleza y sobre todo su escasez: "el principal goce de las riquezas consiste en el alarde de las riquezas". Las minas más abundantes de oro y plata añadirían poco a la riqueza del mundo, porque un producto cuyo valor deriva de su escasez se degrada con su abundancia. Con la tierra pasa lo contrario: la tierra estéril vale más, no menos, cerca de la fértil, porque la población que esta mantiene le da mercado. Los habitantes de Cuba llevaban pepitas de oro en el pelo y las regalaban al primero que las pedía; lo que no podían imaginar era un país con tal excedente de comida que diera por esas chucherías lo que mantiene a una familia durante años.

Parte III y la digresión sobre la plata

Con el progreso, la demanda de todo lo que no es comida crece con la abundancia de comida, así que esos productos deberían encarecerse respecto del trigo; y así ocurre, salvo cuando un accidente aumenta la oferta más que la demanda. El accidente fue América. Smith distingue tres períodos: de 1350 a 1570 la plata subió respecto del trigo, por el crecimiento de Europa y el agotamiento de las minas viejas; de 1570 a 1640 cayó a un tercio, por las minas de Potosí, "el único hecho sobre el que nunca hubo disputa"; y desde 1640 se estabilizó y probablemente subió un poco, porque el mercado de la plata se extendió a Europa, a América misma y sobre todo a las Indias Orientales, adonde los barcos europeos la llevan porque allí compra más trabajo, más comida y más oro. La cosecha teórica de la digresión es doble. Primero, contra la opinión corriente, la cantidad de plata que crece con la riqueza de un país no baja su valor, porque los ricos pagan más por ella, no menos; solo la baja el descubrimiento de minas. Segundo, el precio bajo del trigo en la antigüedad no prueba pobreza ni barbarie sino minas estériles, mientras que el precio bajo del ganado y la caza respecto del trigo sí prueba que la mayor parte de la tierra estaba sin cultivar. Smith clasifica el producto bruto en tres clases según lo que la industria humana puede multiplicarlo: nada (aves raras, caza), en proporción a la demanda (ganado, aves de corral, leche, cuyo precio sube hasta que conviene cultivar tierra para alimentarlos y ahí se detiene), o de modo limitado e incierto (lana, cueros, pescado, metales). Y muestra que el precio real de las manufacturas cae con el progreso: un reloj que a mediados del siglo anterior costaba veinte libras se consigue por veinte chelines. La idea que atraviesa toda la digresión es que se descubran o no minas más ricas "es de muy poca importancia para la riqueza real del mundo", porque cambia solo el valor nominal del producto anual, no la cantidad de trabajo que puede comprar; Polonia, España y Portugal, los tres países más pobres de Europa, incluyen a los dos que poseen las minas.

Conclusión: los tres órdenes de la sociedad

Todo progreso en las circunstancias de la sociedad tiende a elevar la renta real de la tierra: la extensión del cultivo la eleva directamente; la suba del precio real del ganado y demás productos brutos, también; y todo lo que abarata las manufacturas la eleva indirectamente, porque el terrateniente cambia su excedente por ellas. Lo contrario la reduce.

El producto anual de todo país se divide en renta, salarios y beneficios, y sostiene a tres órdenes: los que viven de la renta, los que viven de salarios y los que viven del beneficio. "Estos son los tres grandes órdenes originales y constituyentes de toda sociedad civilizada." El interés del primero está estricta e inseparablemente ligado al interés general, porque su renta sube con la prosperidad; pero como es el único orden cuyo ingreso no le cuesta ni trabajo ni cuidado, la indolencia lo vuelve a menudo ignorante e incapaz de prever las consecuencias de cualquier regulación pública. El interés del segundo también coincide con el de la sociedad: ningún orden gana tanto con su progreso ni sufre tan cruelmente con su decadencia; pero el trabajador no tiene tiempo ni educación para comprenderlo, y en las deliberaciones públicas su voz se oye poco y se atiende menos, salvo cuando sus patrones azuzan su clamor para fines propios.

El tercer orden es distinto. La tasa de beneficio no sube con la prosperidad ni baja con la decadencia, sino al revés: es baja en los países ricos, alta en los pobres y altísima en los que van más rápido a la ruina. Comerciantes y fabricantes suelen ser más agudos que los caballeros rurales, pero su agudeza está aplicada a su propio negocio; "su superioridad sobre el caballero rural no está tanto en su conocimiento del interés público como en que conocen mejor su propio interés que él el suyo". Ampliar el mercado y estrechar la competencia es siempre su interés; lo primero puede coincidir con el público, lo segundo va siempre en contra. Y con eso Smith cierra el Libro I:

La propuesta de cualquier nueva ley o regulación de comercio que venga de este orden debe escucharse siempre con gran precaución, y no debe adoptarse nunca sin haber sido examinada larga y cuidadosamente, no solo con la más escrupulosa, sino con la más desconfiada atención. Viene de un orden de hombres cuyo interés nunca es exactamente el mismo que el del público, que tienen generalmente interés en engañar e incluso oprimir al público, y que en consecuencia, en muchas ocasiones, lo han engañado y oprimido.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

La renta no es el pago por un servicio sino el excedente que queda cuando el precio supera salarios y beneficios: efecto del precio, no causa, y por eso un precio de monopolio. La comida siempre lo produce, porque el estómago es limitado y la población crece hasta llenarlo; todo lo demás solo cuando la abundancia de comida genera demanda para ello. La plata, y el dinero en general, es una superfluidad cuya cantidad no hace más rico a nadie. Y el progreso favorece a terratenientes y trabajadores, pero no a quienes viven del beneficio, cuya tasa cae con la prosperidad: por eso Smith, el supuesto defensor de los comerciantes, termina el Libro I pidiendo que se desconfíe de ellos.

SEGUÍ PENSANDO

Una idea se entiende mejor cuando se conecta con otras.

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