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¿Qué es el fascismo? El fascismo es la supeditación del individuo al Estado. El fascismo es una ideología política y cultural fundamentada en un proyecto de unidad monolítica denominado corporativismo, y por ello exalta la idea de nación frente a la de individuo. Su base discursiva era abiertamente antiliberal y anticapitalista: repetidamente se hablaba de un capitalismo que ya se encontraba agotado por ser un modelo de explotación, y se criticaba abiertamente a los pensadores liberales. El espíritu de la Revolución Fascista es íntimamente anti-individualista, ya que busca suprimir al individuo en pos de un discurso nacionalista. Apela a frases que incluyen a «todos», «nación», «Patria unida», y «pensar en el conjunto».

El fascismo también se enfrentó al socialismo y al comunismo de forma despiadada. Estas acciones muchas veces son tomadas por los referentes de izquierda de la actualidad para mostrar la distancia entre el fascismo y sus ideas. Pero es muy importante comprender el contexto en el que se desarrollaba este enfrentamiento. Tras la Revolución Rusa de 1917, se extendieron por toda Europa cientos de células comunistas que intentaban desestabilizar los gobiernos y difundir sus ideas. Todas estas agrupaciones, a lo largo de todo el continente, respondían a las órdenes de Moscú. Las naciones europeas eran muy recientes, y por lo tanto frágiles. Si había una nación donde esto era especialmente cierto, esa era Italia. La unidad italiana fue una construcción lenta y llena de obstáculos que aún no era completamente aprobada por toda la sociedad. En este contexto, los intentos de desestabilización de Moscú fueron violentamente reprimidos, ya que el fascismo era ante todo una ideología nacionalista que sobresaltaba la unidad nacional por sobre cualquier otro valor.

El resultado de lo anterior es que el fascismo es frecuentemente asociado con la violencia del Estado, lo cual es correcto, pero es una violencia para imponer la supeditación del individuo al Estado. Es una violencia para defender la unidad nacional frente a las amenazas externas. Es la misma violencia que había sacudido a la Rusia revolucionaria décadas antes, como consecuencia de un «enfrentamiento de dictaduras», un enfrentamiento entre ideologías que buscan imponer su razón sin reparos. El fascismo era violencia contra los líderes comunistas, sí, pero porque los antecedentes de su enemigo eran igualmente descarnados.

Los discursos de Mussolini

Nadie puede definir mejor qué es el fascismo que las mismas personas que lo crearon y lo administraron durante décadas. A continuación, vamos a repasar algunas citas textuales de Benito Mussolini:

 

Sobre el nacionalismo:

«El Fascismo debe desear que dentro de sus fronteras no existan más venecianos, toscanos, sicilianos y sardos: sino italianos, solo italianos» (1921).

Sobre Rusia:

«Se podían elegir dos métodos: el ruso o el latino. La Revolución de Moscú, una vez sustituidas las personas por medio de la muerte física, se lanzó sobre la máquina y la destrozó en mil pedazos. El péndulo saltó de un extremo al otro. Error. Ahora vuelve hacia atrás. La Revolución fascista no destruye por completo y de una vez esa máquina delicada y compleja, que es la administración de un gran Estado: procede por grados, por partes. Así ocurre que Moscú vuelve al punto de partida, mientras Roma se aleja con regularidad inexorable. La Revolución fascista puede hacer suya la frase: nulla dies sine linea (NdeR: ningún día sin avanzar una línea, ningún día sin avanzar un poco más). Este proceso lógico y seguro desanima más que ningún otro a los adversarios de la Revolución fascista. Les falta la posibilidad de especular sobre las exageraciones del nuevo régimen. Moscú, da la sensación de un terrible salto en el que se rompe el crisma. Roma da la idea de una marcha de encuadradas legiones. Moscú se envuelve; Roma se desenvuelve». (1923).

«Nosotros afirmamos, basándonos en recientes e irrecusables socialistas, que precisamente ahora comienza la verdadera historia del capitalismo, pues éste no es tan sólo un sistema de opresión, sino también una selección de valores, una coordenación de jerarquías y un sentido más amplio de la responsabilidad personal. Hasta tal punto es esto cierto que Lenin, después de haber instituido los Consejos de fábricas, los abolió y ha colocado en ellas dictadores; después de haber nacionalizado el comercio, lo hizo volver al régimen de libertad, y —vosotros que habéis estado en Rusia lo sabéis— después de haber suprimido, incluso físicamente a los burgueses, hoy los llama de todas partes, porque sin el capitalismo, sin sus sistemas técnicos de producción, Rusia no se levantaría jamás». (1921)

Sobre el liberalismo:

«Hacen falta todavía muchos esfuerzos, mucho tiempo y muchos sacrificios para cambiar totalmente —desde el punto de vista físico y moral— el rostro de la Patria. Todas nuestras fuerzas deben perfeccionarse. Después de haber cambiado las leyes es preciso cambiar las costumbres. Los sedimentos de la vieja y menguada Italia demoliberal [sic], deben ser despiadadamente arrancados de las llamas y destruidos para siempre. Estos afloran bajo la especie de personalismos, codicias egoístas, charlatanería insulsa. Y a menudo en la calumnia vil. Por el contrario, las cualidades y virtudes inmutables del verdadero fascista deben ser franqueza, lealtad, desinterés, probidad, coraje, tenacidad. Todos aquellos que en mayor o menor medida estén infectados del viejo mal deben salir de nuestras filas. Constituyen la carga retardataria de nuestra marcha; son la cizaña que ha de separarse del grano para que florezca y madure la nueva aristocracia a la que esperan las supremas misiones del mañana». (1926).

«Nuestra batalla fue dirigida sobre todo contra una mentalidad de renuncias, contra un espíritu siempre más dispuesto a huir que a aceptar las responsabilidades; fue dirigida contra los malos hábitos de la política parlamentaria, contra el libertinaje que profanaba el sagrado nombre de la libertad». (1923)

«El Fascismo quiere el Estado. No cree en la posibilidad de una convivencia social que no esté encuadrada en el Estado. Sólo los anarquistas —más optimistas aún que Juan Jacobo Rousseau— piensan que la sociedad humana tan torva, tan opaca, tan egoísta, pueda vivir en estado de absoluta libertad. El advenimiento de una era en la cual sin normas y sin límites, los hombres se asocien libremente en una comunidad libre, según la fórmula anarquista, debe ser relegado al limbo de las utopías más futuristas». (1922)

Sobre la libertad:

«Si hay quien cree que para ser un perfecto liberal hay que dar libertad a unos centenares de inconscientes, de fanáticos, de canallas, la libertad de arruinar a 40 millones de italianos, yo me niego enérgicamente a dar esa libertad». (1922)

«La libertad no es un fin: es un medio. Y como medio debe ser controlado y dominado.

…La verdad, manifiesta ya a los ojos de quien no los tenga vendados por el dogmatismo, es que tal vez estén los hombres hartos de libertad. Han hecho de ella una orgía. La libertad no es ya hoy la virgen casta y severa por la cual combatieron y murieron las generaciones de la primera mitad del siglo pasado. Para la juventud intrépida, inquieta y áspera, que se encara con el amanecer de la nueva historia, hay otras palabras que ejercen una fascinación mucho mayor, y son: orden, jerarquía, disciplina». (1923)

«¿Pero qué es esta libertad? ¿Existe la libertad? En el fondo se trata de un categoría filosófico-moral. Existen libertades, ¡pero la libertad no ha existido nunca! …La libertad, señores, no debe convertirse en libertinaje. Lo que se pide es el libertinaje, pero éste no lo concederé jamás». (1923)

«Libertad sin orden y disciplina equivale a disolución y catástrofe». (1923)

«Si por libertad se entiende suspender cada día el ritmo tranquilo, ordenado, del trabajo de la Nación, si por libertad se entiende el derecho a escupir sobre los símbolos de la Religión, de la Patria y del Estado, yo, jefe del Gobierno y Duce del Fascismo, declaro que esa libertad no se concederá jamás». (1923)

«Vengo, señores, a pinchar, con mi lógica despiadada, la pompa más hinchada de todas las oposiciones: la libertad. El concepto de libertad no es absoluto, porque en la vida no hay nada absoluto. La libertad no es un derecho: es un deber. No es una concesión: es una conquista; no es una igualdad: es un privilegio. El concepto de libertad muda al correr del tiempo… Hay una libertad en tiempo de paz que no es la libertad de los tiempos de guerra. Hay una libertad en épocas de riqueza que no puede ser concedida en tiempo de miseria. Existe la lucha, la gran lucha entre el Estado y el individuo, entre el Estado que centraliza y el individuo que tiende a evadirse, porque el individuo abandonado a sí mismo, es el individuo que, a menos que no sea un santo o un héroe, se niega a pagar los impuestos, se niega a obedecer las leyes, o a ir a la guerra. Cuando la Nación, como ayer y como hoy, está empañada de vida o muerte ¿persistiréis todavía en vuestras ruinosas quimeras? Yo digo: no.

¿De qué libertad se habla? Cuando en un país se permite hacer una campaña por la libertad, esta es la mejor prueba de que la libertad existe. En los países verdaderamente tiránicos que nosotros conocemos, no está permitido, ni siquiera en los libros, invocar la libertad». (1924)

«Cuando leo que hay quien reclama la libertad absoluta, me pregunto si será cierto que vivimos en un mundo de gente razonable. Si hay un dato histórico es que toda la historia de la civilización, desde el hombre de las cavernas hasta este que llamamos civilizado de nuestros días, no es más que una limitación constante y progresiva de la libertad. Los hombres de hoy, amontonados en la ciudad y en las naciones, deben limitar continuamente sus libertades, incluso la de movimiento. El concepto absoluto de libertad es arbitrario. En la realidad no existe». (1924)

«No falta en nuestro Estado, la libertad del individuo: antes bien, la posee en mayor grado que el hombre aislado; porque el Estado le protege, y es una porción del mismo Estado, mientras el hombre aislado queda, en cambio, sin defensa» (La doctrina del fascismo).

«Ayer le he dicho al honorable Rossini que era necesario defender el trabajo; ciertamente. Pero no es verdad que yo sea escéptico sobre el sindicalismo. Quería ver claro en las cifras, pero yo soy un viejo sindicalista. Creo que el fascismo debe desplegar una gran parte de su energía en la organización, en la disciplina de las masas trabajadoras, aunque sólo sea porque alguien debe enterrar el liberalismo. ¡El sindicalismo sepultero del liberalismo! El sindicalismo cuando reúne las masas, las encuadra, las selecciona, las purifica y las eleva, es la creación netamente opuesta a la concepción atomística y molecular del liberalismo clásico». (1925)

«Cuando el Fascismo se apoderó del valle del Po y anuló todas las organizaciones anti- fascistas, esto es, todas las organizaciones antirrevolucionarias (y la contrarrevolución antifascista va de la anarquía al liberalismo), nos encontramos con el problema sindical en las manos. Millares de campesinos, millares de braceros, vinieron a engrosar nuestras filas. Nuestros adversarios, nuestros enemigos, pensaban que estos hombres eran prisioneros. Somos tan francos en nuestras cosas, tan claros en el reconocimiento de la realidad, que podemos incluso conceder que una parte alícuota de aquellos hombres no comprendiese bien adónde iban. Pero hoy todo ha pasado, todo es lejano hasta en la memoria; hoy las masas rurales del campo italiano son firmemente devotas del Régimen fascista, de la causa de la Revolución». (1928)

«Hoy nosotros enterramos al liberalismo económico, pues la corporación es en la Economía lo que el Gran Consejo y la Milicia son en la política. El corporativismo supera al socialismo y supera al liberalismo, creando una nueva síntesis». (1933)

«El liberalismo, que no es sino un aspecto más vasto de la doctrina librecambista, el liberalismo recibe un golpe mortal. De hecho, la Nación que primero ha elevado barreras casi insuperables, fue Norteamérica. Hoy la misma Inglaterra, de unos años acá, ha renegado de todo lo que parecía tradicional en su vida política, económica y moral, entregándose a un proteccionismo cada vez más fuerte».

 «Si quien dice liberalismo dice individuo, quien dice fascismo dice Estado. Pero el Estado fascista es el único; es una creación original. No es reaccionario, sino revolucionario, en cuanto anticipa la solución de determinados problemas universales, que en otros países se plantean de un modo irresoluble en la lucha de partidos, en la preponderancia del parlamentarismo, en la irresponsabilidad de las asambleas, en el campo económico de las funciones sindicales cada vez más numerosas y potentes, ya sea en el sector obrero o en el industrial, de sus conflictos y de sus acuerdos. Y es revolucionario sobre todo, el Fascismo en el exigir la necesidad moral de orden y disciplina, y la obediencia a los dictados morales de la Patria. El Fascismo quiere que el Estado sea fuerte, orgánico, y al mismo tiempo apoyado en una amplia base popular. El Estado fascista ha reivindicado también para sí el campo de la economía, y al través de las instituciones corporativas, sociales y educativas que ha creado, el sentido del Estado llega hasta las ramificaciones extremas, y en el Estado circulan, encuadradas en sus respectivas organizaciones, todas las fuerzas políticas, económicas y espirituales de la Nación. Un Estado que se apoya sobre millones de individuos que lo reconocen, lo sienten y están dispuestos a servirlo, no es el Estado tiránico del señor medieval». (La doctrina del fascismo)

«Hoy podemos afirmar, que el modo de producción capitalista está superado, y con él, asimismo, la teoría del liberalismo económico que lo ha ilustrado y ensalzado». (1933)

«…Desde 1929 hasta hoy, la evolución económica política universal ha reforzado estas posiciones doctrinales. Quien se agiganta es el Estado. Quien puede resolver las dramáticas contradicciones del capitalismo es el Estado. Eso que se llama crisis, no se puede resolver si no es por el Estado, y dentro del Estado. ¿Dónde está la sombra de Jules Simon, que en el amanecer del liberalismo proclamaba que “el Estado debe trabajar para hacerse inútil y preparar su dimisión”? ¿Dónde la sombra de Mac Cullock, que en la segunda mitad del siglo pasado afirmaba que el Estado debe abstenerse de gobernar demasiado? ¿Qué diría ahora ante las continuas, solicitadas e inevitables intervenciones del Estado en las mudanzas económicas el inglés Bentham, según el cual la industria debía pedirle al Estado solamente que la dejase en paz, o el alemán Humboldt, para quien el Estado ocioso era el mejor?». (La doctrina del fascismo).

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