Recently updated on septiembre 7th, 2026 at 5:00 am
Es el libro más corto y el más histórico. Smith se pregunta por qué Europa se enriqueció «al revés», con las ciudades y el comercio exterior antes que la agricultura, cuando el orden natural habría sido el contrario, y la respuesta es una historia de mil años: la caída de Roma, los señores feudales que no podían gastar su renta más que en mantener dependientes, las ciudades que compraron su libertad a los reyes, y el momento en que los grandes propietarios cambiaron el poder sobre mil hombres por «un par de hebillas de diamantes». Es la parte de la obra que más se parece a un libro de historia, y la que muestra que para Smith el mercado no cayó del cielo sino que se abrió paso entre la fuerza y la costumbre.
Si llegaste directo a este libro, te conviene saber dos cosas que explico con más detalle en la introducción del Libro I: la famosa «mano invisible» aparece una sola vez en toda la obra, en el Libro IV, y la palabra «opresión» aparece cien veces. Tenerlo presente cambia bastante la lectura de lo que sigue.
«La Riqueza de las Naciones» consta de cinco libros. Los resumí capítulo por capítulo en cinco artículos independientes, y en 2026 los revisé y amplié de punta a punta, incluidos los libros IV y V completos, que son los que las ediciones en español suelen traer recortados. Puedes navegar entre ellos desde esta lista o desde los enlaces al pie de cada artículo:
- Libro I: De lo que tiene trascendencia a todas las fuentes de riqueza
- Libro II: De la naturaleza, acumulación y empleo del capital
- Libro III: De los diferentes progresos de la riqueza de las naciones
- Libro IV: De los sistemas de economía política (incluye el pasaje de la «mano invisible»)
- Libro V: De los ingresos del soberano o del Estado
Para leerla en español, la mejor edición, en mi opinión, es la de Carlos Rodríguez Braun de 1994, que contiene los libros I, II y III completos y una selección de los libros IV y V. Se puede encontrar en archive.org, la gran biblioteca de Internet, en este enlace.
La mejor versión en inglés, completa y comentada al detalle, es la de Edwin Cannan de 1904, disponible en Econlib en este enlace. El trabajo de Cannan es impecable, y es la edición que usé como base para estos resúmenes. Las ediciones en español no me terminan de convencer porque tienen una carga ideológica que matiza las palabras de Smith. Por ejemplo, mientras que en el original la palabra «opresión» aparece cien veces, en la edición de Rodríguez Braun aparece dieciséis (once «opresión», tres «oprimido» y dos «oprimidos»), en parte porque se suavizó el mensaje de Smith y en parte porque muchos de esos pasajes están en los libros IV y V, que esa edición trae resumidos.
A pesar de ser un resumen, este artículo es extenso. Si tienes una pregunta puntual, puedes usar el asistente «Preguntale a Economía.wiki», al comienzo de esta página: responde a partir de los artículos del blog y de mis dos libros, y te indica las fuentes para que puedas contrastarlas.
A continuación, el resumen capítulo por capítulo del Libro III de la obra de Adam Smith:
Libro III
Capítulo I: Del progreso natural de la opulencia
El Libro III es el más breve de los cinco y el más histórico. Smith deja por un momento el análisis y cuenta una historia: cómo se enriquecieron las naciones de Europa y por qué lo hicieron al revés de como manda la naturaleza. Este primer capítulo fija la regla; los tres siguientes explican la excepción europea.
El comercio entre la ciudad y el campo
El gran comercio de toda sociedad civilizada es el que se hace entre los habitantes de la ciudad y los del campo: el intercambio de producto bruto por producto manufacturado, directamente o por medio del dinero. El campo provee a la ciudad de subsistencia y de materias primas; la ciudad devuelve una parte de lo que fabrica. Como en la ciudad no hay ni puede haber reproducción de sustancias, puede decirse con propiedad que obtiene toda su riqueza y su subsistencia del campo. Pero de ahí no debe imaginarse que la ganancia de la ciudad sea la pérdida del campo. Las ganancias de ambos son mutuas y recíprocas, y la división del trabajo es en este caso, como en todos, ventajosa para todas las personas empleadas en las distintas ocupaciones en que se subdivide.
Smith lo muestra con el precio del trigo. El que crece a una milla de la ciudad se vende en ella al mismo precio que el que viene de veinte millas, pero el precio de este último tiene que pagar además el transporte. Los propietarios y cultivadores de las cercanías ganan entonces, por encima del beneficio ordinario de la agricultura, todo el valor del transporte que ahorran en lo que venden, y otra vez en lo que compran. Basta comparar el cultivo de las tierras vecinas a cualquier ciudad considerable con el de las que están a cierta distancia para ver cuánto se beneficia el campo del comercio de la ciudad. Entre todas las especulaciones absurdas sobre la balanza comercial, observa Smith, nunca se pretendió que el campo pierda con la ciudad, ni la ciudad con el campo que la mantiene.
La subsistencia va antes que el lujo
Como la subsistencia es, por la naturaleza de las cosas, anterior a la comodidad y el lujo, la industria que procura la primera debe ser anterior a la que provee las segundas. El cultivo y la mejora del campo tienen que preceder al crecimiento de la ciudad. Solo el producto excedente del campo, lo que sobra después de mantener a los cultivadores, constituye la subsistencia de la ciudad, que por tanto no puede crecer más que con ese excedente. Una ciudad puede alimentarse de países muy lejanos y no solo de su territorio, y eso, sin ser una excepción a la regla, explica buena parte de las variaciones en el progreso de la opulencia de distintas épocas y naciones.
Ese orden que la necesidad impone en general lo promueven además las inclinaciones naturales del hombre. Si las instituciones humanas nunca las hubieran contrariado, las ciudades no habrían crecido en ninguna parte más allá de lo que podía sostener el cultivo de su territorio, al menos hasta que ese territorio estuviera completamente cultivado. Con beneficios iguales o casi iguales, la mayoría de los hombres prefiere emplear su capital en mejorar y cultivar la tierra antes que en las manufacturas o el comercio exterior. Quien lo emplea en la tierra lo tiene más a la vista y bajo su mando, y su fortuna está mucho menos expuesta a accidentes que la del comerciante, que debe confiarla no solo a los vientos y las olas sino a "los elementos más inciertos de la locura y la injusticia humanas", dando grandes créditos en países lejanos a hombres cuyo carácter apenas conoce. A eso se suman la belleza del campo, los placeres de la vida rural, la tranquilidad de espíritu que promete y, donde la injusticia de las leyes no la perturba, la independencia que realmente ofrece.
Y como cultivar la tierra fue el destino original del hombre, en cada etapa de su existencia parece conservar una predilección por ese empleo primitivo.
Cómo nace una ciudad
El cultivo de la tierra necesita, sin embargo, la ayuda de algunos artesanos: herreros, carpinteros, carreteros, albañiles, curtidores, zapateros, sastres. Esos artesanos se necesitan también unos a otros y, como su residencia no está atada a un lugar preciso como la del granjero, se instalan naturalmente cerca unos de otros y forman una pequeña villa. Pronto se les unen el carnicero, el cervecero y el panadero, con otros artesanos y minoristas. Los habitantes de la ciudad y los del campo son mutuamente sirvientes unos de otros: la ciudad es una feria o mercado continuo al que el campo acude a cambiar su producto bruto por producto manufacturado. Es ese comercio el que provee a la ciudad de sus materiales y su subsistencia, y la cantidad de obra terminada que vende al campo regula la cantidad de materiales y provisiones que compra. Ni su empleo ni su subsistencia pueden aumentar más que en proporción a la demanda del campo, y esa demanda solo crece con la extensión del cultivo. Si las instituciones humanas nunca hubieran perturbado el curso natural de las cosas, el crecimiento de las ciudades sería en toda sociedad una consecuencia de la mejora del territorio, y proporcional a ella.
El artesano que se vuelve plantador
La prueba está en las colonias de América del Norte, donde todavía se consigue tierra sin cultivar en condiciones fáciles. Allí ninguna ciudad estableció manufacturas para la venta a distancia. Cuando un artesano junta un poco más de capital del que necesita para atender a la comarca, no lo emplea en montar una manufactura sino en comprar y mejorar tierra sin cultivar. De artesano se vuelve plantador, y ni los altos salarios ni la subsistencia fácil que ese país ofrece a los artesanos lo sobornan para trabajar para otros antes que para sí mismo. Siente que el artesano es sirviente de sus clientes, de quienes deriva su subsistencia, mientras que el plantador que cultiva su propia tierra "es realmente un amo, e independiente de todo el mundo".
En los países donde ya no hay tierra sin cultivar, o no la hay en condiciones fáciles, ocurre lo contrario: el artesano que acumula más capital del que puede emplear en los encargos de la vecindad prepara trabajo para la venta a distancia. El herrero levanta alguna clase de manufactura de hierro, el tejedor alguna de lino o lana, y esas manufacturas se subdividen y refinan con el tiempo.
Agricultura, manufacturas, comercio exterior
Por la misma razón por la que la agricultura se prefiere naturalmente a las manufacturas, las manufacturas se prefieren al comercio exterior: el capital del fabricante, siempre a la vista y bajo su mando, es más seguro que el del comerciante extranjero. En toda sociedad, el excedente de producto bruto y manufacturado que no tiene demanda interna debe enviarse afuera para cambiarse por algo que sí la tenga, pero importa muy poco que el capital que lo lleva sea nacional o extranjero. Si la sociedad todavía no tiene capital suficiente para cultivar todas sus tierras y manufacturar del modo más completo todo su producto bruto, hay incluso una ventaja considerable en que ese producto lo exporte un capital extranjero, para que todo el capital propio se emplee en fines más útiles. La riqueza del antiguo Egipto, de China y del Indostán demuestra que una nación puede alcanzar un alto grado de opulencia aunque la mayor parte de su comercio de exportación lo hagan extranjeros, y el progreso de las colonias americanas habría sido mucho más lento si solo hubieran contado con su propio capital para exportar.
Según el curso natural de las cosas, entonces, la mayor parte del capital de toda sociedad en crecimiento se dirige primero a la agricultura, después a las manufacturas y por último al comercio exterior. Ese orden es tan natural que en toda sociedad con territorio se observó siempre en algún grado: hubo que cultivar algunas tierras antes de que pudieran establecerse ciudades considerables, y hubo alguna industria tosca en esas ciudades antes de que pensaran en el comercio exterior.
El orden invertido de Europa
Pero aunque ese orden natural debió darse en algún grado en toda sociedad, en todos los estados modernos de Europa fue en muchos aspectos completamente invertido. El comercio exterior de algunas ciudades introdujo todas sus manufacturas finas, las aptas para la venta a distancia, y manufacturas y comercio exterior juntos dieron origen a las principales mejoras de la agricultura. Las costumbres que introdujo la naturaleza de su gobierno original, y que permanecieron después de que ese gobierno cambió mucho, forzaron a Europa a ese orden "antinatural y retrógrado". Explicar cómo ocurrió es el asunto de los tres capítulos que siguen.
Lo que hay que llevarse de este capítulo
La ciudad y el campo no compiten: se enriquecen mutuamente, y la ciudad solo puede crecer con el excedente agrícola que la alimenta. De ahí el orden natural del capital, que la necesidad impone y la inclinación humana refuerza: primero la agricultura, después las manufacturas, por último el comercio exterior, porque cada empleo es más seguro y está más a la vista que el siguiente. Las colonias americanas, donde el artesano prefiere volverse plantador, siguen ese orden; Europa lo invirtió, y el resto del Libro III explica por qué. Conviene notar la nota de Cannan al primer párrafo: la idea de que la agricultura produce sustancias y las manufacturas solo las alteran es, según él, la raíz de buena parte del apoyo que recibió la teoría del trabajo productivo e improductivo.
Capítulo II: Del desaliento de la agricultura en el antiguo estado de Europa tras la caída del Imperio Romano
Este capítulo responde a la pregunta que dejó abierta el anterior: si la agricultura es el empleo natural y preferido del capital, ¿por qué Europa tardó siglos en cultivar bien su propio territorio? La respuesta de Smith es institucional. Una cadena de leyes y costumbres nacidas del desorden feudal (la primogenitura, los mayorazgos, la esclavitud, la aparcería, los arriendos precarios, los impuestos arbitrarios y las trabas al comercio de granos) desalentó la mejora de la tierra mucho después de que desaparecieran las circunstancias que les dieron origen.
El acaparamiento original de la tierra
Cuando las naciones germanas y escitas invadieron las provincias occidentales del Imperio Romano, la confusión duró varios siglos. La rapiña y la violencia interrumpieron el comercio entre las ciudades y el campo; las ciudades quedaron desiertas, el campo sin cultivar, y unas provincias que habían gozado de una opulencia considerable bajo Roma se hundieron en la pobreza y la barbarie. Durante esos desórdenes, los jefes de aquellas naciones adquirieron o usurparon la mayor parte de las tierras. Gran parte quedó sin cultivar, pero ninguna quedó sin propietario: todas fueron acaparadas, y la mayoría por unos pocos grandes propietarios.
Ese acaparamiento pudo haber sido un mal pasajero, porque las tierras podrían haberse dividido de nuevo por herencia o por venta. Dos instituciones lo impidieron: la ley de primogenitura evitó la división por sucesión, y los mayorazgos impidieron la división por enajenación.
Primogenitura y mayorazgos
Cuando la tierra se considera, como los bienes muebles, solo un medio de subsistencia y goce, la ley natural de sucesión la reparte entre todos los hijos, cuya subsistencia puede suponerse igualmente querida por el padre. Así fue entre los romanos, que no distinguían entre mayores y menores ni entre varones y mujeres para heredar tierras. Pero cuando la tierra pasó a ser un medio de poder y protección, pareció mejor que descendiera entera a uno solo. En aquellos tiempos desordenados, cada gran terrateniente era una especie de pequeño príncipe: sus arrendatarios eran sus súbditos, él era su juez, su legislador en la paz y su jefe en la guerra, y hacía la guerra a su discreción, a menudo contra sus vecinos y a veces contra su soberano. La seguridad de una finca dependía de su tamaño; dividirla era arruinarla y exponer cada parte a ser devorada por los vecinos. Por eso la primogenitura se impuso en la sucesión de las fincas por la misma razón por la que rige en las monarquías: para que el poder no se debilite con la división, la herencia debe pasar entera a un hijo, y la preferencia debe fijarse por una regla simple que no admita disputa. Entre hijos de una misma familia no hay diferencia indiscutible más que el sexo y la edad; de ahí la preferencia por el varón y por el mayor.
Pero las leyes suelen seguir en vigor mucho después de que desaparecen las circunstancias que las hicieron razonables. En la Europa de su tiempo, dice Smith, el propietario de un solo acre está tan seguro de su posesión como el de cien mil, y sin embargo la primogenitura sigue respetada, y como es de todas las instituciones la más apta para sostener el orgullo de las distinciones familiares, probablemente durará siglos. En todo lo demás, nada es más contrario al interés real de una familia numerosa que un derecho que, para enriquecer a uno, empobrece a todos los otros hijos.
Los mayorazgos son la consecuencia natural de la primogenitura: se introdujeron para conservar la sucesión lineal e impedir que ninguna parte de la finca original saliera de la línea prevista por donación, testamento o venta, por la locura o la desgracia de cualquiera de sus sucesivos dueños. Eran desconocidos para los romanos, por más que algunos juristas franceses hayan querido vestir la institución moderna con el ropaje de las antiguas. Cuando las grandes fincas eran principados, los mayorazgos podían no ser irrazonables, como las leyes fundamentales de algunas monarquías, que impiden que la seguridad de miles dependa del capricho de un hombre. Pero en el estado presente de Europa, cuando las fincas pequeñas y grandes derivan su seguridad de las leyes del país, nada puede ser más absurdo:
Se fundan en la más absurda de todas las suposiciones: la suposición de que las sucesivas generaciones de hombres no tienen un derecho igual a la tierra y a todo lo que posee, sino que la propiedad de la generación presente debe restringirse y regularse según la fantasía de quienes murieron quizá hace quinientos años.
Los mayorazgos siguen respetados en la mayor parte de Europa, sobre todo donde la cuna noble es requisito para los honores civiles o militares: se los cree necesarios para mantener ese privilegio exclusivo de la nobleza, y habiendo usurpado ese orden una ventaja injusta sobre sus conciudadanos, se considera razonable darle otra para que su pobreza no lo vuelva ridículo. El derecho común inglés aborrece las perpetuidades, y por eso están más restringidas allí que en cualquier otra monarquía; en Escocia, en cambio, más de un quinto, quizá más de un tercio, de todas las tierras está bajo mayorazgo estricto.
El gran propietario rara vez es un gran mejorador
Grandes extensiones sin cultivar quedaron así en manos de familias particulares, con la posibilidad de dividirlas excluida para siempre. Y rara vez un gran propietario es un gran mejorador. En los tiempos desordenados que dieron origen a esas instituciones, estaba bastante ocupado defendiendo su territorio o extendiendo su jurisdicción sobre el de sus vecinos; cuando la ley y el orden le dieron tiempo libre, le faltó la inclinación y casi siempre la capacidad. Si el gasto de su casa y su persona igualaba o excedía su renta, como ocurría con frecuencia, no tenía capital que emplear. Si era ahorrativo, solía encontrar más rentable emplear sus ahorros en nuevas compras que en mejorar su finca. Mejorar la tierra con beneficio exige, como todo proyecto comercial, una atención exacta a los pequeños ahorros y las pequeñas ganancias, de la que un hombre nacido en una gran fortuna rara vez es capaz, aunque sea frugal por naturaleza. Su situación lo dispone a atender al ornamento que complace su fantasía antes que al beneficio que tan poco necesita: embellece quizá cuatrocientos o quinientos acres alrededor de su casa, a diez veces lo que la tierra vale después de todas sus mejoras, y descubre que si mejorara toda su finca del mismo modo estaría en bancarrota antes de terminar la décima parte. Todavía quedan en Gran Bretaña fincas que siguen sin interrupción en la misma familia desde la anarquía feudal; compararlas con las posesiones de los pequeños propietarios vecinos basta para convencerse de cuán desfavorable es a la mejora una propiedad tan extensa.
Los esclavos de la gleba
Si poco podía esperarse de los grandes propietarios, menos aún de quienes ocupaban la tierra bajo ellos. En el antiguo estado de Europa los ocupantes eran todos, o casi todos, esclavos, aunque de una clase más suave que la de griegos y romanos o la de las colonias de las Indias Occidentales: pertenecían más a la tierra que a su amo, podían venderse con ella pero no por separado, podían casarse con consentimiento del amo, que no podía después disolver el matrimonio vendiendo al hombre y a la mujer a personas distintas, y si los mutilaba o mataba estaba sujeto a alguna pena, aunque generalmente pequeña. Pero no podían adquirir propiedad: lo que adquirían era del amo, que podía quitárselo a voluntad. Todo cultivo hecho por esos esclavos era, en rigor, del propietario, a su costa y para su beneficio; la semilla, el ganado y los instrumentos eran suyos. Esa especie de esclavitud subsistía todavía en Rusia, Polonia, Hungría, Bohemia, Moravia y otras partes de Alemania; solo en las provincias occidentales y sudoccidentales de Europa se había abolido del todo.
Y si pocas mejoras pueden esperarse de los grandes propietarios, ninguna cuando emplean esclavos. La experiencia de todos los tiempos y naciones demuestra, cree Smith, que el trabajo de los esclavos, aunque parece costar solo su mantenimiento, es al final el más caro de todos. Quien no puede adquirir propiedad no tiene otro interés que comer lo más posible y trabajar lo menos posible; todo lo que haga más allá de lo que paga su mantenimiento solo puede arrancársele por la violencia. Plinio y Columela señalan cuánto degeneró el cultivo del trigo en la antigua Italia cuando cayó bajo el manejo de esclavos, y Aristóteles observa que mantener a los cinco mil guerreros ociosos de la república ideal de Platón exigiría un territorio de fertilidad ilimitada como las llanuras de Babilonia.
Entonces, ¿por qué se insiste en la esclavitud? Por el orgullo. "El orgullo del hombre lo hace amar el dominio, y nada lo mortifica tanto como verse obligado a condescender a persuadir a sus inferiores." Donde la ley lo permite y la naturaleza del trabajo puede costearlo, preferirá el servicio de esclavos al de hombres libres. El azúcar y el tabaco pueden costear el cultivo con esclavos; el trigo, al parecer, no. En las colonias inglesas de trigo la mayor parte del trabajo lo hacen hombres libres, y la reciente resolución de los cuáqueros de Pensilvania de liberar a todos sus esclavos negros muestra que no podían ser muchos, porque si hubieran sido una parte considerable de su propiedad nunca la habrían aprobado. En las colonias azucareras todo el trabajo es de esclavos, y en las de tabaco gran parte, porque los beneficios del azúcar son los mayores que se conocen en Europa o América y los del tabaco, aunque inferiores, superan a los del trigo.
Los aparceros
A los esclavos les sucedió una especie de agricultores conocidos en Francia como métayers y en latín como coloni partiarii, tan en desuso en Inglaterra que Smith no les conoce nombre inglés. El propietario les daba la semilla, el ganado y los instrumentos, todo el capital, y el producto se dividía por mitades, apartado lo necesario para mantener el capital, que volvía al propietario cuando el aparcero dejaba la finca. La tierra se cultivaba a costa del propietario igual que con esclavos, pero con una diferencia esencial: siendo hombres libres, los aparceros podían adquirir propiedad, y teniendo una proporción del producto tenían un interés claro en que el producto entero fuera lo mayor posible. Fue en parte por esa ventaja, y en parte por las intrusiones que el soberano, siempre celoso de los grandes señores, alentó a sus siervos a hacer contra la autoridad de estos, que la servidumbre fue desapareciendo en la mayor parte de Europa. Cuándo y cómo ocurrió una revolución tan importante es uno de los puntos más oscuros de la historia moderna. La Iglesia de Roma reclama gran mérito, y es cierto que Alejandro III publicó en el siglo XII una bula por la emancipación general de los esclavos, pero parece haber sido más una exhortación piadosa que una ley de obediencia exigida: la esclavitud siguió casi universal durante siglos, hasta ser abolida por la acción conjunta del interés del propietario y el del soberano. Un siervo emancipado que seguía en posesión de la tierra, sin capital propio, solo podía cultivarla con lo que le adelantaba el señor, y era por tanto un aparcero.
Pero tampoco el aparcero tenía interés en invertir en la mejora de la tierra nada del poco capital que ahorraba, porque el señor, que no ponía nada, se llevaba la mitad de lo que produjera. El diezmo, que es solo una décima parte, es un gran estorbo para la mejora; un impuesto de la mitad tenía que ser una barrera absoluta. En Francia, donde se dice que cinco sextos del reino siguen ocupados por esa clase de cultivadores, los propietarios se quejan de que los aparceros aprovechan toda ocasión para emplear el ganado del amo en transporte antes que en cultivo, porque en el primer caso se quedan con toda la ganancia y en el segundo la comparten. Esa clase de arrendatarios subsiste en partes de Escocia con el nombre de steel-bow tenants.
Los arrendatarios y la seguridad del arriendo
A la aparcería sucedieron, muy lentamente, los agricultores propiamente dichos, que cultivan con su propio capital y pagan al propietario una renta fija. Cuando tienen un arriendo por años pueden encontrar conveniente invertir parte de su capital en mejorar la finca, porque esperan recuperarlo con beneficio antes del vencimiento. Pero su posesión fue durante mucho tiempo extremadamente precaria, y lo sigue siendo en muchas partes de Europa: podían ser desalojados legalmente antes del término por un nuevo comprador, y si eran expulsados ilegalmente por la violencia del amo, la acción para obtener reparación era muy imperfecta y no siempre les devolvía la tierra. Incluso en Inglaterra, el país de Europa donde más se respetó siempre a los pequeños agricultores, no fue hasta Enrique VII que se inventó la acción de ejectment, por la cual el arrendatario recupera no solo daños sino la posesión. Ese remedio resultó tan eficaz que hoy el propio señor, cuando quiere reclamar la posesión, demanda en nombre de su arrendatario. En Inglaterra la seguridad del arrendatario es igual a la del propietario; además, un arriendo vitalicio de cuarenta chelines anuales es un freehold que da derecho a votar por un miembro del Parlamento, y como gran parte de los pequeños agricultores tienen arriendos así, todo el orden se vuelve respetable ante sus señores por la consideración política que eso les da. En ninguna parte de Europa, salvo en Inglaterra, hay ejemplos de un arrendatario que construya sobre tierra de la que no tiene arriendo, confiando en que el honor de su señor no se aprovechará de mejora tan importante.
Esas leyes y costumbres tan favorables a los pequeños agricultores han contribuido quizá más a la grandeza presente de Inglaterra que todas sus tan celebradas regulaciones del comercio juntas.
La ley que asegura los arriendos largos contra sucesores de toda clase es, hasta donde Smith sabe, peculiar de Gran Bretaña: se introdujo en Escocia en 1449, aunque los mayorazgos obstruyeron mucho su influencia, porque los herederos de mayorazgo suelen tener prohibido arrendar por más de un año. En otras partes de Europa, incluso después de asegurar a los arrendatarios contra herederos y compradores, el plazo siguió siendo muy corto: en Francia, nueve años, extendidos hace poco a veintisiete, todavía insuficiente para alentar las mejoras más importantes. Los propietarios eran antiguamente los legisladores de toda Europa, y las leyes sobre la tierra se calcularon para lo que suponían su interés: que ningún arriendo concedido por un predecesor les impidiera gozar del valor pleno de su tierra. "La avaricia y la injusticia son siempre cortas de vista", y no previeron cuánto obstruiría eso la mejora y cuánto dañaría a la larga el interés real del señor.
Servicios, requisas e impuestos
Los agricultores estaban además obligados a un gran número de servicios al señor, rara vez especificados en el arriendo y regulados solo por el uso del señorío, y por tanto casi enteramente arbitrarios. En Escocia, la abolición de todo servicio no estipulado con precisión mejoró mucho en pocos años la condición de los pequeños agricultores. Los servicios públicos no eran menos arbitrarios: hacer y mantener los caminos, y proveer caballos, carros y provisiones a las tropas, la casa y los oficiales del rey cuando pasaban, a un precio fijado por el proveedor real. Gran Bretaña es, cree Smith, la única monarquía de Europa donde esa opresión, la purveyance, fue abolida por completo; subsiste en Francia y Alemania.
Los impuestos eran tan irregulares y opresivos como los servicios. Los antiguos señores, muy reacios a concederse ayudas pecuniarias a su soberano, le permitían fácilmente tallar a sus arrendatarios, sin conocimiento para prever cuánto afectaría eso al final su propia renta. La taille francesa es un impuesto sobre los beneficios supuestos del agricultor, estimados por el capital que tiene en la finca: su interés es entonces aparentar tener lo menos posible, emplear lo menos posible en el cultivo y nada en la mejora. Si algún capital se acumula en manos de un agricultor francés, la taille equivale casi a una prohibición de emplearlo en la tierra. Además, ese impuesto deshonra a quien lo paga, lo degrada por debajo no solo del rango de gentilhombre sino del de burgués, y como todo el que arrienda tierra ajena queda sujeto a él, ningún gentilhombre ni burgués con capital acepta esa degradación: la taille no solo impide que el capital acumulado en la tierra se emplee en mejorarla, sino que aleja de ella todo otro capital.
El agricultor frente al propietario
Bajo todos esos desalientos, poca mejora podía esperarse de los ocupantes de la tierra. Y aun con toda la libertad y seguridad que la ley puede dar, ese orden de gente mejora siempre en gran desventaja. El agricultor, comparado con el propietario, es como un comerciante que trabaja con dinero prestado frente a uno que trabaja con el propio: los dos pueden prosperar, pero el primero más despacio, por la gran parte del beneficio que consume el interés del préstamo; del mismo modo, la tierra cultivada por el agricultor mejora más despacio que la cultivada por el propietario, por la gran parte del producto que consume la renta. La condición del agricultor es además inferior: en la mayor parte de Europa los pequeños agricultores se consideran un rango inferior incluso a los mejores comerciantes y artesanos, y rara vez un hombre con capital considerable deja una posición superior por una inferior. Por eso poco capital pasa de otras profesiones a la mejora de la tierra por vía del arriendo, aunque más en Gran Bretaña que en cualquier otro país. Después de los pequeños propietarios, sin embargo, los agricultores ricos son en todos los países los principales mejoradores, y hay más en Inglaterra que en cualquier otra monarquía europea; en las repúblicas de Holanda y de Berna se dice que no son inferiores.
Por encima de todo esto, la antigua política de Europa fue desfavorable al cultivo de la tierra, lo hiciera el propietario o el agricultor, por dos vías más: la prohibición general de exportar trigo sin licencia especial, que parece haber sido casi universal, y las restricciones al comercio interior no solo del trigo sino de casi todo el producto de la granja, por las leyes absurdas contra acaparadores, revendedores y regatones y por los privilegios de ferias y mercados. Ya se vio cómo la prohibición de exportar trigo, junto con el estímulo a la importación, obstruyó el cultivo de la antigua Italia, el país naturalmente más fértil de Europa. Cuánto desalentaron esas trabas el cultivo de países menos fértiles y menos favorecidos no es fácil de imaginar.
Lo que hay que llevarse de este capítulo
Europa no cultivó mal su tierra por falta de capital ni de inclinación, sino por instituciones nacidas de la anarquía feudal que sobrevivieron siglos a su razón de ser. La primogenitura y los mayorazgos concentraron la tierra en grandes propietarios que rara vez son mejoradores; la esclavitud dio a quienes la trabajaban el interés opuesto a hacerla rendir, y Smith deja una de sus frases más citadas, que el trabajo esclavo es al final el más caro y que se lo prefiere por orgullo y no por cálculo; la aparcería y los arriendos cortos y precarios castigaron toda inversión del cultivador; los servicios, las requisas y la taille remataron el desaliento. En el fondo del capítulo hay una regla que atraviesa todo el libro: la gente mejora la tierra cuando tiene seguridad de quedarse con el fruto de la mejora, y la excepción inglesa, con sus arriendos protegidos y sus pequeños agricultores con voto, es la prueba de que las leyes de la tierra pesaron más en la grandeza de Inglaterra que todas sus regulaciones del comercio.
Capítulo III: Del nacimiento y progreso de las ciudades tras la caída del Imperio Romano
Si el capítulo anterior explicó por qué el campo europeo quedó estancado, este explica por qué las ciudades, partiendo de una condición tan servil como la del campo, llegaron mucho antes a la libertad y la riqueza. Es un capítulo de historia política antes que económica: la alianza entre el rey y los burgueses contra los señores, y las dos maneras en que nacieron las manufacturas para la venta a distancia.
De siervos a comerciantes libres
Tras la caída del Imperio Romano, los habitantes de las ciudades no fueron más favorecidos que los del campo. Eran un orden de gente muy distinto del de las antiguas repúblicas de Grecia e Italia, formadas sobre todo por propietarios de tierras que construían sus casas cerca unas de otras y las rodeaban de una muralla para la defensa común. En la Europa medieval, en cambio, los propietarios vivían en castillos fortificados en sus propias fincas, entre sus arrendatarios y dependientes, y las ciudades estaban habitadas por comerciantes y artesanos de condición servil o casi servil. Los privilegios que las antiguas cartas conceden a los habitantes de las principales ciudades muestran bien lo que eran antes: gente a la que se le concede como privilegio casar a sus propias hijas sin consentimiento del señor, que sus hijos y no el señor hereden sus bienes, y disponer de sus efectos por testamento, tenía que estar antes en un estado de servidumbre igual o casi igual al de los ocupantes de la tierra.
Parecen haber sido gente muy pobre que viajaba con sus mercancías de lugar en lugar y de feria en feria, como los buhoneros de hoy. Se les cobraban impuestos al pasar por ciertos señoríos, al cruzar puentes, al transportar mercancías en una feria y al levantar un puesto para venderlas. A veces el rey, a veces un gran señor, concedía a ciertos comerciantes, sobre todo a los de sus propios dominios, una exención general de esos impuestos; esos comerciantes, aunque por lo demás de condición servil, se llamaron por eso "comerciantes libres", y pagaban a cambio a su protector una especie de capitación anual. Al principio, tanto el impuesto como la exención eran personales.
La ciudad que arrienda su propia renta
Pero por servil que fuera su condición original, es evidente que los habitantes de las ciudades llegaron a la libertad y la independencia mucho antes que los del campo. La parte de la renta del rey que salía de esas capitaciones solía arrendarse por años a cambio de una renta fija, y con frecuencia los propios burgueses obtuvieron crédito suficiente para arrendar las rentas de su ciudad, haciéndose responsables solidariamente del total. A cambio podían cobrarlas a su manera y pagarlas al tesoro por manos de su propio alguacil, "liberados enteramente de la insolencia de los oficiales del rey", cosa que en aquellos días se consideraba de la mayor importancia.
Con el tiempo se hizo práctica general concederles ese arriendo en feudo, es decir para siempre, reservando una renta fija que nunca se aumentaría. Convertido en perpetuo el pago, se volvieron perpetuas las exenciones, que dejaron de ser personales para pertenecer a los burgueses de un burgo determinado, llamado por eso burgo libre. Junto con esa concesión solían otorgarse los privilegios ya mencionados sobre el matrimonio, la herencia y el testamento, con lo que, quitados los atributos principales de la servidumbre, los burgueses se volvieron realmente libres en el sentido actual de la palabra. Y no fue todo: se los erigió generalmente en comunidad o corporación, con magistrados y consejo propios, el privilegio de dictar ordenanzas, de levantar murallas y de someter a sus habitantes a una especie de disciplina militar obligándolos a vigilar y defender esas murallas de día y de noche. En Inglaterra quedaron exentos de los tribunales del condado, y en otros países recibieron jurisdicciones mucho más amplias.
Por qué los reyes crearon repúblicas dentro de sus reinos
Puede parecer extraordinario que los soberanos de toda Europa cambiaran por una renta fija, que nunca aumentaría, precisamente la rama de ingresos que más probablemente crecería por el curso natural de las cosas sin gasto ni atención de su parte, y que además erigieran voluntariamente "una especie de repúblicas independientes en el corazón de sus propios dominios". Para entenderlo hay que recordar que en aquellos días ningún soberano de Europa podía proteger en toda la extensión de sus dominios a la parte más débil de sus súbditos contra la opresión de los grandes señores. Quien no podía ser protegido por la ley ni defenderse solo tenía dos caminos: acogerse a la protección de algún gran señor y hacerse su esclavo o vasallo, o entrar en una liga de defensa mutua. Los habitantes de las ciudades, tomados uno a uno, no podían defenderse, pero ligados con sus vecinos eran capaces de una resistencia nada despreciable.
Los señores despreciaban a los burgueses, a los que consideraban no solo un orden distinto sino un montón de esclavos emancipados, casi de otra especie; su riqueza provocaba su envidia e indignación, y los saqueaban en toda ocasión sin piedad ni remordimiento. Los burgueses odiaban y temían a los señores. El rey también los odiaba y temía, y aunque quizá despreciara a los burgueses, no tenía razón para odiarlos ni temerlos. El interés mutuo dispuso a los burgueses a apoyar al rey y al rey a apoyar a los burgueses contra los señores: eran los enemigos de sus enemigos. Al darles magistrados propios, ordenanzas, murallas y disciplina militar, les dio todos los medios de seguridad e independencia respecto de los barones que estaba en su poder conceder; sin un gobierno regular de esa clase, ninguna liga voluntaria les habría dado seguridad permanente ni les habría permitido dar al rey un apoyo considerable. Y al concederles el arriendo de su ciudad en feudo, quitó a quienes quería por amigos y aliados todo motivo de recelo de que fuera a oprimirlos después subiendo la renta o arrendándola a otro.
Los príncipes que peor se llevaban con sus barones fueron, en consecuencia, los más liberales en concesiones de este tipo. Juan de Inglaterra fue un benefactor munífico de sus ciudades. Luis el Gordo, en Francia, consultó a los obispos de los dominios reales sobre cómo contener la violencia de los grandes señores, y el consejo fue doble: establecer magistrados y consejos en toda ciudad considerable, y formar una nueva milicia con los habitantes de esas ciudades, que marcharían bajo sus magistrados en auxilio del rey. De ahí datan, según los anticuarios franceses, los magistrados y consejos de las ciudades de Francia. Fue durante los reinados poco prósperos de la casa de Suabia cuando la mayor parte de las ciudades libres de Alemania recibieron sus primeros privilegios y la Liga Hanseática se volvió temible.
Repúblicas independientes y burgos representados
La milicia de las ciudades no parece haber sido inferior a la del campo, y como podía reunirse más rápido ante cualquier emergencia, solía llevar ventaja en sus disputas con los señores vecinos. En países como Italia y Suiza, donde por la distancia del gobierno, por la fortaleza natural del terreno o por otra razón el soberano llegó a perder toda su autoridad, las ciudades se convirtieron en repúblicas independientes y conquistaron a toda la nobleza de sus alrededores, obligándola a derribar sus castillos y a vivir en la ciudad como habitantes pacíficos. Esa es la breve historia de Berna y de varias ciudades suizas y, salvo Venecia, la de todas las repúblicas italianas considerables que nacieron y perecieron entre fines del siglo XII y comienzos del XVI.
En países como Francia o Inglaterra, donde la autoridad del soberano, aunque a menudo muy baja, nunca fue destruida del todo, las ciudades no pudieron independizarse por completo. Pero se volvieron tan considerables que el soberano no podía imponerles ningún impuesto, fuera de la renta fija del arriendo, sin su consentimiento. Fueron llamadas entonces a enviar diputados a la asamblea general de los estados del reino, donde se unían al clero y a los barones para conceder ayudas extraordinarias al rey en ocasiones urgentes, y como solían ser más favorables a su poder, el rey usaba a veces a sus diputados como contrapeso de los grandes señores. Ese es el origen de la representación de los burgos en los estados generales de todas las grandes monarquías de Europa.
La ciudad como santuario del capital
El orden y el buen gobierno, y con ellos la libertad y la seguridad de los individuos, quedaron así establecidos en las ciudades en una época en que los ocupantes de la tierra estaban expuestos a toda clase de violencia. Y esa diferencia decide todo lo demás:
Los hombres en ese estado indefenso se contentan naturalmente con su subsistencia necesaria, porque adquirir más solo serviría para tentar la injusticia de sus opresores. Por el contrario, cuando están seguros de gozar de los frutos de su industria, la ejercen naturalmente para mejorar su condición y para adquirir no solo lo necesario sino las comodidades y elegancias de la vida.
La industria que apunta a algo más que la subsistencia se estableció por eso en las ciudades mucho antes que en el campo. Si en manos de un pobre cultivador oprimido por la servidumbre se acumulaba algún pequeño capital, lo escondía con cuidado de su amo, a quien de otro modo habría pertenecido, y aprovechaba la primera ocasión para escapar a una ciudad; la ley era entonces tan indulgente con los habitantes de las ciudades, y tan deseosa de disminuir la autoridad de los señores, que si lograba ocultarse allí de su señor durante un año quedaba libre para siempre. Todo capital que se acumulaba en manos de la parte industriosa del campo se refugiaba así en las ciudades, "los únicos santuarios en los que podía estar seguro para la persona que lo había adquirido".
Es cierto que la ciudad deriva siempre en última instancia su subsistencia y sus materiales del campo. Pero una ciudad situada cerca de la costa o de un río navegable no está limitada al campo de su vecindad: puede sacarlos de los rincones más remotos del mundo, a cambio de sus manufacturas o haciendo de transportista entre países lejanos. Así una ciudad podía crecer hasta una gran riqueza y esplendor mientras no solo su campo vecino sino todos los países con los que comerciaba estaban en la miseria. Y dentro del estrecho círculo del comercio de aquel tiempo había algunos países opulentos e industriosos: el Imperio griego mientras subsistió, el de los sarracenos bajo los abasíes, Egipto hasta su conquista por los turcos, parte de la costa de Berbería y las provincias de España bajo los moros.
Italia y las Cruzadas
Las ciudades de Italia parecen haber sido las primeras de Europa elevadas por el comercio a una opulencia considerable, porque Italia estaba en el centro de la parte entonces civilizada del mundo. Las Cruzadas, que por el enorme desperdicio de capital y la destrucción de habitantes que ocasionaron debieron retrasar el progreso de la mayor parte de Europa, fueron extremadamente favorables a algunas ciudades italianas: los grandes ejércitos que marchaban a conquistar Tierra Santa dieron un estímulo extraordinario a la marina de Venecia, Génova y Pisa, que a veces los transportaban y siempre los abastecían. Fueron los proveedores de esos ejércitos, y "el frenesí más destructivo que jamás cayó sobre las naciones europeas" fue una fuente de opulencia para esas repúblicas.
Al importar las manufacturas finas y los lujos caros de países más ricos, las ciudades comerciales dieron algún alimento a la vanidad de los grandes propietarios, que los compraban ávidamente con grandes cantidades del producto bruto de sus tierras. El comercio de gran parte de Europa consistió entonces en cambiar producto bruto propio por manufacturas de naciones más civilizadas: la lana de Inglaterra por los vinos de Francia y los paños finos de Flandes, como hoy el trigo de Polonia se cambia por los vinos y aguardientes de Francia y las sedas y terciopelos de Francia e Italia.
Las dos maneras en que nacen las manufacturas
Ese gusto por las manufacturas más finas, introducido por el comercio exterior en países donde no se fabricaban, generó con el tiempo una demanda considerable, y los comerciantes, para ahorrar el costo del transporte, trataron de establecer manufacturas semejantes en su propio país. Ese es el origen de las primeras manufacturas para la venta a distancia de la Europa occidental posterior a Roma. Smith aclara que ningún país grande subsistió nunca sin alguna clase de manufacturas: cuando se dice que un país no las tiene, se habla de las finas o de las aptas para la venta a distancia, porque en todo país grande la ropa y los muebles de la mayor parte de la gente son producto de su propia industria, y eso es incluso más cierto en los países pobres que en los ricos, donde hasta la ropa de la gente más baja contiene una proporción mucho mayor de productos extranjeros.
Las manufacturas aptas para la venta a distancia se introdujeron de dos maneras. A veces, por la operación "violenta", si puede decirse así, del capital de comerciantes y empresarios particulares que las establecieron imitando alguna manufactura extranjera. Son hijas del comercio exterior: las sedas, terciopelos y brocados de Lucca en el siglo XIII, desterrados por la tiranía de Castruccio Castracani, uno de los héroes de Maquiavelo, cuando en 1310 novecientas familias fueron expulsadas y treinta y una se retiraron a Venecia y ofrecieron introducir allí la manufactura de la seda; los paños finos de Flandes, introducidos en Inglaterra a comienzos del reinado de Isabel; y las sedas de Lyon y de Spitalfields. Esas manufacturas suelen trabajar con materiales extranjeros, como imitaciones que son de manufacturas extranjeras: Venecia traía la seda de Sicilia y el Levante, Flandes trabajaba lana española e inglesa, más de la mitad de la seda de Lyon sigue siendo extranjera y ninguna parte de la de Spitalfields será jamás inglesa. Su sede, decidida por el interés o el capricho de unos pocos individuos, puede estar en un puerto o en una ciudad del interior.
Otras veces las manufacturas para la venta a distancia crecen naturalmente, como por sí solas, por el refinamiento gradual de las manufacturas domésticas y toscas que existen siempre incluso en los países más pobres. Son hijas de la agricultura, trabajan con los materiales que produce el país y suelen surgir en regiones interiores, fértiles y a una distancia considerable de la costa o de todo transporte fluvial. Un país así produce un gran excedente de provisiones que, por el costo del transporte terrestre, es difícil enviar afuera. La abundancia abarata las provisiones y atrae a muchos obreros, que descubren que allí su industria les procura más de lo necesario y lo cómodo que en otras partes; trabajan los materiales que la tierra produce y cambian su obra terminada por más materiales y provisiones. Dan así un valor nuevo al excedente de producto bruto ahorrándole el transporte, y proveen a los cultivadores algo útil o agradable en condiciones más fáciles; los cultivadores obtienen mejor precio por su excedente y compran más barato lo que necesitan, y quedan alentados y habilitados para aumentar ese excedente mejorando la tierra. Así como la fertilidad de la tierra dio origen a la manufactura, el progreso de la manufactura reacciona sobre la tierra y aumenta todavía más su fertilidad.
Esas manufacturas abastecen primero a la vecindad y después, a medida que su obra se refina, a mercados más lejanos, porque aunque ni el producto bruto ni la manufactura tosca soportan un transporte terrestre considerable, la manufactura refinada lo soporta fácilmente: en un volumen pequeño contiene el precio de una gran cantidad de producto bruto. Una pieza de paño fino que pesa ochenta libras contiene el precio no solo de ochenta libras de lana sino a veces de varios miles de libras de trigo, el mantenimiento de los distintos obreros y de sus empleadores. El trigo, que difícilmente podía exportarse en su propia forma, queda así virtualmente exportado en la forma de la manufactura completa. Así crecieron, naturalmente y como por sí solas, las manufacturas de Leeds, Halifax, Sheffield, Birmingham y Wolverhampton. En la historia moderna de Europa, su extensión ha sido generalmente posterior a la de las hijas del comercio exterior: Inglaterra fue célebre por sus paños de lana española más de un siglo antes de que ninguna de esas ciudades produjera algo apto para la venta al exterior. Y esas últimas solo pudieron crecer como consecuencia de la mejora de la agricultura, que es el último y mayor efecto del comercio exterior y de las manufacturas que este introdujo, tema del capítulo siguiente.
Lo que hay que llevarse de este capítulo
Las ciudades medievales nacieron tan serviles como el campo, pero llegaron antes a la libertad porque el rey las necesitaba: los burgueses eran los enemigos de sus enemigos, los señores, y a cambio de su apoyo recibieron el arriendo perpetuo de sus rentas, magistrados propios, murallas y milicia. Donde el soberano se hundió del todo, como en Italia y Suiza, se volvieron repúblicas; donde sobrevivió, como en Francia e Inglaterra, ganaron representación en los estados generales. De esa seguridad temprana viene todo lo demás, y es la tesis central del capítulo: la gente solo trabaja para algo más que subsistir cuando está segura de quedarse con el fruto, y por eso el capital del campo huía a las ciudades como a un santuario. Con ese capital, las ciudades primero comerciaron con países más ricos y después imitaron sus manufacturas; la otra clase de manufacturas, la que nace del excedente agrícola de una región interior fértil, vino después y es la que Smith prefiere, porque devuelve a la tierra lo que la tierra le dio.
Capítulo IV: Cómo el comercio de las ciudades contribuyó a la mejora del campo
Es el capítulo más célebre del Libro III y uno de los más recordados de toda la obra: la explicación de cómo el comercio y las manufacturas disolvieron, sin que nadie lo buscara, el poder de los señores feudales. Smith cierra con él la historia que abrió en el capítulo I y muestra el precio que pagó Europa por haber seguido el orden invertido.
Tres maneras de mejorar el campo
El crecimiento y la riqueza de las ciudades comerciales y manufactureras contribuyeron a la mejora del campo de tres maneras. Primero, ofreciendo un mercado grande y a mano para el producto bruto del campo, lo que alentó su cultivo; ese beneficio se extendió a todos los países con los que comerciaban, pero el propio, por la cercanía y el menor costo de transporte, fue el más favorecido. Segundo, la riqueza adquirida en las ciudades se empleó con frecuencia en comprar tierras en venta, muchas sin cultivar. Los comerciantes ambicionan volverse caballeros rurales, y cuando lo consiguen son los mejores mejoradores de todos. El comerciante está acostumbrado a emplear su dinero en proyectos rentables, el caballero rural a emplearlo en gasto; uno ve su dinero irse y volver con beneficio, el otro, cuando lo suelta, rara vez espera verlo de nuevo. Por eso el comerciante es un emprendedor audaz y el caballero rural uno tímido: el primero no teme invertir de golpe un gran capital en mejorar su tierra cuando espera aumentar su valor en proporción al gasto; el segundo, si tiene capital, rara vez lo arriesga, y si mejora algo es con lo que ahorra de su renta anual. Los hábitos de orden, economía y atención que forma el comercio lo hacen además mucho más apto para ejecutar con éxito cualquier proyecto de mejora.
Tercero y último, el comercio y las manufacturas introdujeron gradualmente el orden y el buen gobierno, y con ellos la libertad y la seguridad de los individuos, entre los habitantes del campo, que antes vivían en un estado casi continuo de guerra con sus vecinos y de dependencia servil de sus superiores. Este, aunque es el efecto menos observado, es con mucho el más importante de todos, y Hume es el único escritor que, hasta donde Smith sabe, lo había notado.
La hospitalidad rústica y el poder de los barones
En un país sin comercio exterior ni manufacturas finas, un gran propietario no tiene por qué cambiar la mayor parte del producto de sus tierras que sobra después de mantener a los cultivadores, y lo consume entero en hospitalidad rústica en su casa. Si ese excedente alcanza para mantener a cien o a mil hombres, no puede usarlo de otro modo que manteniendo a cien o a mil hombres. Vive por eso rodeado de una multitud de servidores y dependientes que, sin nada que dar a cambio de su mantenimiento, alimentados enteramente por su generosidad, deben obedecerle por la misma razón por la que los soldados obedecen al príncipe que les paga. Antes de la extensión del comercio, la hospitalidad de los grandes excedía todo lo que hoy podemos imaginar: Westminster Hall era el comedor de Guillermo el Rojo, y quizá no resultaba demasiado grande para su compañía; se consideraba una magnificencia de Thomas Becket que cubriera el suelo de su sala con heno o juncos limpios para que los caballeros que no conseguían asiento no arruinaran sus ropas al sentarse a comer en el piso; del gran conde de Warwick se dice que agasajaba cada día en sus distintos señoríos a treinta mil personas, y aunque el número esté exagerado, tuvo que ser muy grande para admitir semejante exageración. Una hospitalidad casi igual se practicaba hasta hace pocos años en las Highlands de Escocia, y el doctor Pococke cuenta haber visto a un jefe árabe cenar en la calle de una ciudad e invitar a todos los que pasaban, incluso a los mendigos, a sentarse y compartir su banquete.
Los ocupantes de la tierra eran tan dependientes del gran propietario como sus servidores: incluso los que no eran siervos eran arrendatarios a voluntad, que pagaban una renta en nada equivalente a lo que la tierra les daba, una corona, una oveja o un cordero por tierras que mantenían a una familia. Así como el propietario alimentaba a sus servidores en su casa, alimentaba a sus arrendatarios en las de ellos, y la subsistencia de unos y otros duraba cuanto durara su buena voluntad.
Sobre esa autoridad se fundó el poder de los antiguos barones. Se convirtieron necesariamente en jueces en la paz y jefes en la guerra de todos los que vivían en sus fincas, porque cada uno podía volver toda la fuerza de sus habitantes contra la injusticia de cualquiera de ellos, y nadie más tenía autoridad suficiente para hacerlo, el rey menos que nadie. En aquellos tiempos el rey era poco más que el mayor propietario de sus dominios, al que los otros grandes propietarios rendían ciertos respetos para la defensa común. Hacer cobrar una pequeña deuda dentro de las tierras de un gran propietario, donde todos los habitantes estaban armados y acostumbrados a apoyarse unos a otros, le habría costado al rey casi el mismo esfuerzo que sofocar una guerra civil; tuvo entonces que abandonar la administración de justicia en la mayor parte del país a quienes podían ejercerla, y por la misma razón dejar el mando de la milicia a quienes la milicia obedecía.
Un poder anterior al derecho feudal
Es un error imaginar que esas jurisdicciones territoriales nacieron del derecho feudal. No solo las jurisdicciones civiles y criminales más altas, sino el poder de levantar tropas, acuñar moneda y dictar ordenanzas para su propia gente eran derechos que los grandes propietarios poseían alodialmente, por propiedad plena, varios siglos antes de que el nombre del derecho feudal se conociera en Europa. La autoridad de los señores sajones en Inglaterra fue tan grande antes de la conquista como la de los normandos después, y que los grandes señores de Francia tuvieron las jurisdicciones más extensas mucho antes de que el derecho feudal llegara a ese país es un hecho que no admite duda. Esa autoridad brotaba del estado de la propiedad y las costumbres recién descrito, y no hace falta remontarse a la antigüedad para probar que tales causas producen siempre tales efectos: hace menos de treinta años, Cameron de Lochiel, un caballero de Lochaber, sin ningún título legal, sin ser señor de regalía ni siquiera juez de paz, ejercía la más alta jurisdicción criminal sobre su propia gente, se dice que con gran equidad aunque sin ninguna formalidad, y ese caballero, cuya renta nunca pasó de quinientas libras al año, llevó en 1745 a ochocientos de los suyos a la rebelión.
La introducción del derecho feudal, lejos de extender esa autoridad, puede verse como un intento de moderarla. Estableció una subordinación regular, con una larga cadena de servicios y deberes, desde el rey hasta el propietario más pequeño; durante la minoría del propietario, la renta y el manejo de sus tierras pasaban a su superior inmediato, y las de todos los grandes propietarios al rey, que como tutor tenía derecho a disponer de su matrimonio. Pero aunque tendía a fortalecer al rey y debilitar a los grandes propietarios, no podía hacerlo lo bastante para establecer el orden en el campo, porque no alteraba el estado de la propiedad y las costumbres de donde nacían los desórdenes. El gobierno siguió siendo "demasiado débil en la cabeza y demasiado fuerte en los miembros inferiores", y la fuerza excesiva de los miembros era la causa de la debilidad de la cabeza. Los grandes señores siguieron haciéndose la guerra unos a otros, y con frecuencia al rey, y el campo abierto siguió siendo escenario de violencia, rapiña y desorden.
Las hebillas de diamante
Lo que toda la violencia de las instituciones feudales nunca pudo lograr, lo consiguió gradualmente la operación silenciosa e insensible del comercio exterior y las manufacturas. Estos proveyeron a los grandes propietarios de algo por lo cual cambiar todo el excedente de sus tierras y que podían consumir ellos mismos sin compartirlo con arrendatarios ni servidores. "Todo para nosotros y nada para los demás parece haber sido, en todas las épocas del mundo, la vil máxima de los amos de la humanidad." En cuanto encontraron un método para consumir ellos solos el valor entero de sus rentas, no tuvieron ninguna disposición a compartirlas con nadie.
Por un par de hebillas de diamante, quizá, o por algo igual de frívolo e inútil, cambiaron el mantenimiento, o lo que es lo mismo, el precio del mantenimiento de mil hombres durante un año, y con él todo el peso y la autoridad que ese mantenimiento podía darles. Las hebillas, sin embargo, iban a ser enteramente suyas, y ninguna otra criatura humana tendría parte en ellas; mientras que en el método más antiguo de gasto debían compartir con al menos mil personas. Para los jueces que iban a decidir la preferencia esa diferencia fue perfectamente decisiva; y así, por la gratificación de la más pueril, la más mezquina y la más sórdida de todas las vanidades, fueron trocando gradualmente todo su poder y autoridad.
En un país sin comercio exterior, un hombre con diez mil libras al año no puede emplear su renta de otro modo que manteniendo quizá a mil familias, todas necesariamente a sus órdenes. En la Europa de hoy, un hombre con diez mil al año puede gastar toda su renta, y generalmente lo hace, sin mantener directamente a veinte personas ni mandar a más de diez lacayos que no vale la pena mandar. Indirectamente mantiene quizá a tantas o más personas que antes, porque aunque la cantidad de productos preciosos por los que cambia su renta sea pequeña, el número de obreros empleados en reunirlos y prepararlos es muy grande, y su alto precio se compone de los salarios de ese trabajo y los beneficios de sus empleadores. Pero contribuye solo con una proporción muy pequeña al mantenimiento de cada uno, a muy pocos una décima parte, a muchos ni una centésima, a algunos ni una milésima o diezmilésima, y por eso todos son más o menos independientes de él, porque todos pueden mantenerse sin él. Cada comerciante o artesano deriva su subsistencia no de un cliente sino de cien o mil, y aunque en alguna medida obligado a todos, no depende absolutamente de ninguno.
Cómo nacieron los arriendos largos
Al aumentar así gradualmente el gasto personal de los grandes propietarios, el número de sus servidores tuvo que disminuir hasta que fueron despedidos del todo. La misma causa los llevó a despedir a la parte innecesaria de sus arrendatarios: las granjas se agrandaron y los ocupantes de la tierra, pese a las quejas por la despoblación, quedaron reducidos al número necesario para cultivarla. Quitando las bocas innecesarias y exigiendo al agricultor el valor entero de la granja, el propietario obtuvo un excedente mayor, que los comerciantes y fabricantes pronto le enseñaron a gastar en su propia persona. Y como quería subir sus rentas por encima de lo que sus tierras podían dar en su estado actual, sus arrendatarios solo podían aceptarlo con una condición: que se les asegurara la posesión por un plazo de años suficiente para recuperar con beneficio lo que invirtieran en mejorar la tierra. "La costosa vanidad del señor lo hizo aceptar esa condición, y ese es el origen de los arriendos largos." Un arrendatario que paga el valor pleno de la tierra ya no depende del todo del señor, porque las ventajas que se dan uno a otro son mutuas e iguales; con un arriendo largo es enteramente independiente, y el señor no puede esperar de él el menor servicio fuera de lo estipulado o de lo que impone la ley.
Vueltos independientes los arrendatarios y despedidos los servidores, los grandes propietarios ya no pudieron interrumpir la ejecución regular de la justicia ni perturbar la paz del país. Habiendo vendido su primogenitura, no como Esaú por un plato de lentejas en tiempo de hambre, sino en la abundancia, por baratijas y chucherías más propias para juguetes de niños que para ocupaciones serias de hombres, se volvieron tan insignificantes como cualquier burgués o comerciante de una ciudad, y se estableció en el campo, como en la ciudad, un gobierno regular que nadie tenía poder para perturbar.
Smith añade una observación al margen: las familias muy antiguas, que conservan una finca considerable de padres a hijos por muchas generaciones, son muy raras en los países comerciales y muy comunes en los que tienen poco comercio, como Gales o las Highlands, o entre los árabes y los tártaros, cuyas historias están llenas de genealogías. Donde un rico solo puede gastar su renta manteniendo gente, no suele arruinarse, porque su benevolencia rara vez es tan violenta como para mantener a más de los que puede; donde puede gastarla en su propia persona, con frecuencia su gasto no tiene límites porque no los tiene su vanidad. En los países comerciales, por eso, las riquezas rara vez permanecen mucho tiempo en la misma familia, a pesar de las regulaciones más violentas para impedir su disipación.
Una revolución que nadie buscó
Una revolución de la mayor importancia para la felicidad pública fue llevada a cabo de este modo por dos órdenes distintos de personas que no tenían la menor intención de servir al público. Satisfacer la vanidad más pueril fue el único motivo de los grandes propietarios. Los comerciantes y artesanos, mucho menos ridículos, actuaron solo por su propio interés, siguiendo su principio de buhoneros de ganar un penique donde hubiera un penique que ganar. Ninguno de los dos tuvo conocimiento ni previsión de la gran revolución que la locura de unos y la industria de otros iban produciendo gradualmente.
Así es como en la mayor parte de Europa el comercio y las manufacturas de las ciudades, en lugar de ser el efecto, fueron la causa y la ocasión de la mejora y el cultivo del campo.
El precio del orden invertido
Pero ese orden, contrario al curso natural de las cosas, es necesariamente lento e incierto. Basta comparar el lento progreso de los países europeos cuya riqueza depende del comercio y las manufacturas con los rápidos avances de las colonias de América del Norte, cuya riqueza se funda enteramente en la agricultura: en la mayor parte de Europa se supone que la población no se duplica en menos de quinientos años; en varias de esas colonias se duplica en veinte o veinticinco. En Europa la primogenitura y las perpetuidades impiden la división de las grandes fincas y con ello la multiplicación de los pequeños propietarios, y el pequeño propietario, que conoce cada rincón de su pequeño territorio y lo mira con el afecto que la propiedad, sobre todo la pequeña, inspira naturalmente, es de todos los mejoradores "el más industrioso, el más inteligente y el más exitoso". Esas mismas regulaciones sacan tanta tierra del mercado que siempre hay más capitales para comprar que tierra para vender, y la que se vende se vende a precio de monopolio: la renta nunca paga el interés del precio de compra, y además carga con reparaciones y gastos que el interés del dinero no tiene. Comprar tierra es en toda Europa el empleo menos rentable de un capital pequeño. Un joven que en lugar de dedicarse al comercio o a una profesión empleara dos o tres mil libras en comprar y cultivar un pequeño terreno podría vivir muy feliz e independiente, pero tendría que despedirse para siempre de toda esperanza de gran fortuna o gran distinción. En América del Norte, en cambio, cincuenta o sesenta libras suelen bastar para empezar una plantación, y la compra y mejora de tierra sin cultivar es el empleo más rentable del capital más pequeño y del más grande, y el camino más directo a toda la fortuna y la distinción que pueden obtenerse en ese país. Si en Europa las fincas se dividieran por igual entre todos los hijos, llegaría al mercado tanta tierra que ya no se vendería a precio de monopolio y un capital pequeño podría emplearse en comprarla tan rentablemente como en cualquier otra cosa.
Smith repasa después los grandes países. Inglaterra, por su suelo, su costa y sus ríos navegables, está tan bien dotada como cualquiera para el comercio y las manufacturas, y desde el reinado de Isabel su legislatura fue más favorable a esa industria que ninguna otra, Holanda incluida. El cultivo del campo avanzó también, pero siguió despacio y a distancia: gran parte del país sigue sin cultivar y el resto muy por debajo de lo que podría. La ley inglesa favorece además directamente a la agricultura, con la prima a la exportación de trigo y las trabas a la importación de trigo y ganado, que dan a los cultivadores un monopolio sobre el pan y la carne; esos estímulos, aunque en el fondo ilusorios como Smith promete mostrar más adelante, prueban al menos la buena intención de la legislatura. Pero lo que importa mucho más es que los pequeños agricultores ingleses son tan seguros e independientes como la ley puede hacerlos. Y aun así, ese es el estado de su cultivo después de más de doscientos años, "un período tan largo como suele durar el curso de la prosperidad humana". Francia comerció casi un siglo antes que Inglaterra pero cultiva peor, porque su ley nunca dio el mismo estímulo a la agricultura; España y Portugal tienen un gran comercio, sobre todo colonial, que nunca les trajo manufacturas y dejó la mayor parte de ambos países sin cultivar; Italia es el único gran país que parece haber sido cultivado en todas sus partes por medio del comercio, aunque Smith sospecha que ni en tiempos de Guicciardini estaba mejor cultivada que la Inglaterra de su tiempo.
El capital que se queda y el que se va
El capítulo termina con una advertencia. El capital que un país adquiere por el comercio y las manufacturas es una posesión muy precaria e incierta hasta que una parte se asegura y realiza en el cultivo y la mejora de sus tierras. Un comerciante, se ha dicho con razón, no es necesariamente ciudadano de ningún país en particular: le es en gran medida indiferente desde dónde hace su comercio, y "un disgusto muy leve" lo hará trasladar su capital, y con él toda la industria que sostiene, de un país a otro. Ninguna parte de ese capital pertenece a un país hasta que se ha extendido, por así decirlo, sobre la faz de ese país, en edificios o en mejoras duraderas de la tierra. De la gran riqueza de las ciudades hanseáticas no queda vestigio fuera de las oscuras historias de los siglos XIII y XIV, y hasta se ignora dónde estaban algunas. En cambio, aunque las desgracias de Italia a fines del siglo XV redujeron mucho el comercio de Lombardía y Toscana, esas regiones siguen entre las más pobladas y mejor cultivadas de Europa; y aunque las guerras civiles de Flandes y el gobierno español que las siguió ahuyentaron el gran comercio de Amberes, Gante y Brujas, Flandes sigue siendo una de las provincias más ricas y pobladas de Europa. Las revoluciones ordinarias de la guerra y el gobierno secan fácilmente las fuentes de la riqueza que nace solo del comercio; la que nace de las mejoras más sólidas de la agricultura es mucho más durable, y solo pueden destruirla convulsiones como las depredaciones de naciones bárbaras continuadas durante uno o dos siglos, como las que ocurrieron antes y después de la caída del Imperio Romano.
Lo que hay que llevarse de este capítulo
El comercio mejoró el campo de tres maneras, y la más importante es la menos visible: trajo el orden y la libertad al campo al darles a los señores algo en qué gastar su excedente sin compartirlo. Mientras el excedente solo servía para alimentar hombres, cada señor mantenía un ejército de dependientes y era juez y jefe de guerra en su territorio, y ni el rey ni el derecho feudal podían contenerlo. Cuando pudo cambiar el mantenimiento de mil hombres por un par de hebillas de diamante, lo hizo, despidió a sus servidores, concedió arriendos largos para cobrar más renta, y con eso vendió su poder por baratijas. El resultado es la idea más smithiana del libro: una revolución de la mayor importancia para la felicidad pública producida por dos órdenes que no la buscaban, la vanidad pueril de los señores y el interés de buhonero de los comerciantes. Pero ese camino, contrario al orden natural, fue lento: Europa duplica su población en quinientos años, las colonias americanas en veinticinco, porque la primogenitura y los mayorazgos mantienen la tierra cara y fuera del mercado. Y la riqueza puramente comercial es volátil, como muestran las ciudades hanseáticas, mientras la que se fija en la tierra, como en Lombardía y Flandes, sobrevive a guerras y gobiernos.
![La Riqueza de las Naciones: resumen capítulo por capítulo de la obra de Adam Smith [Libro III de V]](/_astro/adam-smith-la-riqueza-de-las-naciones-libro-iii.DTyMcp2j_ZIph6e.webp)


