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Septiembre, 2018

 

Eufemismos climatológicos aparte, estamos ante una crisis económica. En los medios predomina la tendencia a criticar el gasto público de las más diversas formas ya que, como mencionó el presidente, «no podemos gastar más de lo que recaudamos». Pero dentro del presupuesto 2018, el 76% del total estaba destinado a los servicios sociales (pago de jubilaciones, pensiones, asignaciones familiares, AUH, educación y cultura, salud y asistencia social)1. Estamos de acuerdo que es necesario detectar aquellas áreas del presupuesto donde se puede obtener un ahorro, pero también es necesario observar que la enorme mayoría de los rubros son delicados, y que tocarlos afectaría negativamente la situación social. Argentina no se encuentra administrando la abundancia, sino sobreviviendo en la escasez.

 

Pero entonces, si el gasto público es tan delicado y no se puede bajar significativamente, ¿Cuál es la alternativa? Recaudar más. Es por eso que las últimas medidas económicas anunciadas tras la corrida bancaria que llevó nuestra moneda por encima de los 40$/USD fueron en esta dirección, aumentando las retenciones a las exportaciones. ¿Pero cuanta carga tributaria adicional se puede exigir al sector privado, sobrecargado de impuestos? No mucho más, ya que esta política reduce la competitividad internacional y transforma proyectos económicos en inviables. ¿Cuál es la alternativa? Favorecer la inversión externa en el país para que crezca el número de empresas que tributan, aumente la cantidad de personas empleadas que contribuyan a la seguridad social (el mayor ingreso del Estado para afrontar su presupuesto, con un peso total del 37% de los ingresos) y aumente en consecuencia la recaudación, acompañando la suba en el nivel de empleo y la reactivación en el consumo (el IVA es el 2do mayor ingreso del presupuesto, aportando aproximadamente el 20% de los recursos nacionales)1

https://economia.wiki/economia/como-resolver-la-crisis-economica-argentina/

El gobierno apostó en sus inicios a atraer inversiones extranjeras a través de la confianza, pero jamás logró hacerlo. ¿Por qué? Parecería por entonces que los tibios intentos de desarrollo productivo se enfocaban en el agro y en fomentar la industria local. Pero este fomento de la industria local nunca funciona en Argentina. La razón es que la mano de obra local es cara en relación a los sueldos (de miseria) de la región2. Y por el elevado precio que significa, no ofrece ventajas tecnológicas competitivas, ni mano de obra calificada (esto se puede ver reflejado en el Censo 2010, donde el 61% de los adultos mayores a 20 años contestaron que no habían terminado la escuela secundaria), ni valor agregado diferencial. El mayor pecado del argentino es creer que «exportar» es una propiedad pura y exclusivamente de la industria.

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Tanto Argentina como Paraguay registran una alta incidencia de trabajo no registrado

Es por eso que el gobierno, al enfrentarse a las continuas devaluaciones que abordaremos en un momento, no muestra ningún interés por recomponer los salarios de la población al mismo ritmo3. En su afán de crear una política exportadora, cree que bajar los costos de producción para competir con los demás salarios (de miseria) de la región y propiciar la flexibilización laboral atraerá inversiones. Pero mi pronóstico es que solo traerá malestar social y pobreza.

 

Volviendo a la cuestión de las devaluaciones, el diagnóstico para mí es claro: tenemos una crisis de divisas. Como hemos visto, no ingresan divisas al país que compren pesos argentinos y se dediquen a desarrollar una actividad económica productiva. La única alternativa ofrecida por este gobierno es prometer altas tasas de interés, con la esperanza de que las inversiones financieras provean en el corto plazo de los dólares necesarios4. Pero si no ingresan inversiones productivas, en cuanto los capitales especulativos desarman sus posiciones financieras5, el único destino de Argentina es desaparecer en un torbellino cual Macondo, en una espiral devaluatoria e hiperinflacionaria sin fin. Vale la pena observar que los únicos momentos en los cuales Argentina no tuvo crisis fueron aquellos en los que ingresaron divisas, a saber: a) en los años 90 cuando se privatizaron todas las empresas del estado, la estabilidad duró hasta que se agotaron los recursos y b) con el kirchnerismo cuando el agro generaba ingresos extraordinarios y había disponibilidad de divisas, la estabilidad duró también hasta que se agotaron los recursos. Entendemos como agotamiento de los recursos a la incapacidad de una economía de generar una cuenta corriente equilibrada. En ambos casos, el superávit que se extendió por 3 años se agotó y no pudieron seguir financiando el déficit primario.

 

¿Cuál es el milagro económico que podría salvar a la Argentina? Atraer inversiones extranjeras. ¿Qué puede ofrecer el país en el corto plazo a la cadena de valor global? ¿Qué actividades pueden mantener un alto poder adquisitivo para los argentinos? El saber popular suele criticar la falta de ingenieros. En su lugar, sostiene que sobran profesionales en otras ramas. Sobran graduados en las distintas ramas de las ciencias económicas. Sobran abogados. Sobran estudiantes de recursos humanos. Sobran diseñadores. Sobra gente que hable idiomas extranjeros. ¿Sobran? Los centros de servicios financieros se transformaron en una actividad económica que prolifera alrededor del mundo6. Los asesores legales ahora se expanden, desarrollando sus actividades en latitudes varias para asesorar a nivel regional. Los servicios de recursos humanos ahora se pueden exportar, ya que se pueden centralizar todos los servicios del continente en una sola ciudad, favoreciendo la eficiencia de las multinacionales. El diseño, en casi todas sus formas, es una fantástica herramienta de creación de valor agregado que se puede exportar a todo el mundo. La economía del conocimiento se está desarrollando a lo largo y ancho del globo terráqueo, y es una oportunidad única para la República Argentina7. Las distancias y las fronteras desaparecen, lo cual es una oportunidad única ante nuestra desventaja geográfica. La fortaleza argentina ante este nuevo escenario es la sólida oferta universitaria local. La oferta de profesionales en el mercado laboral es amplia, y actualmente encontramos una mayor población de graduados en estas carreras que trabajos disponibles.

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No faltan ingenieros. Lo que faltan son políticas públicas enfocadas en desarrollar la economía del conocimiento, con un amplio potencial de inserción en la cadena de valor agregado global. ¿Qué puede hacer el actual gobierno para evitar una crisis económica que parece inevitable? La propuesta abierta desde este espacio es la de ofrecer un beneficio impositivo -al estilo Irlanda, que utilizó esta misma estrategia con contundente éxito- del 12,5% de tasa impositiva a la renta para favorecer la instalación de inversiones productivas en el país. Idealmente se pueden articular beneficios adicionales, por ejemplo, a todas las inversiones que se instalen en un radio de tres kilómetros de cualquier universidad, para fomentar que la mano de obra calificada tenga mayores posibilidades de trabajar, y favorecer la sinergia entre los profesionales del país y las inversiones extranjeras. ¿Pero es adecuada la estrategia de favorecer impositivamente a las empresas? , porque de acuerdo al detalle del Presupuesto Nacional analizado inicialmente, se recaudan más fondos aumentando el nivel de actividad y el nivel de empleo, que aumentando la carga impositiva que recae en las empresas existentes, que de otro modo van a preferir ingresar en la bicicleta financiera antes que invertir en producción.

 

La ventaja de favorecer la economía del conocimiento es la capacidad del sector de generar inversiones en el corto plazo, dado que las empresas pueden ver su demanda de profesionales satisfecha en el corto plazo, los cuales tienen la capacidad de aportar un alto valor agregado a la cadena de valor global, asegurando así un plan de inversión a largo plazo que garantiza su estadía en el país.

 

¿Y la industria? ¿Este tipo de políticas puede perjudicarla? No, en absoluto. Mi posición personal es que la industria nunca va a ser el motor inmediato de la economía del país, porque además de requerir plazos mayores para concretar su instalación y puesta en funcionamiento, es un rubro que a nivel global tiende, o bien a diferenciarse a través de la contratación de mano de obra poco calificada y de bajo costo (como es el caso de numerosos países a lo largo de Latinoamérica), o bien se diferencia por el alto valor agregado que le imprime la población calificada de un país en áreas técnicas (Alemania). Resulta complicado, entonces, que la industria funcione como un motor de la recuperación en el corto plazo. Lo que si puede ocurrir, es que si el país se convierte en una economía atractiva para la inversión extranjera y la exportación de servicios, la industria va a acompañar el desarrollo. El mayor nivel de actividad y de consumo interno sí puede funcionar como motor para potenciar a un sector que puede favorecerse enormemente con la mejora del mercado interno. Atraer inversiones que ocupen mano de obra calificada tiene un efecto multiplicador en la economía por la mayor predisposición al consumo de los profesionales que obtienen un buen empleo, y generan un circulo virtuoso para el desarrollo definitivo de un país.

 

Un capítulo aparte merece la discusión sobre cuál debe ser el destino de los nuevos fondos disponibles, pero es una discusión que no va a existir si nunca se da el primer paso hacia el crecimiento económico. Para una propuesta sobre las diferentes alternativas posibles, invito al lector a descubrir distintas experiencias de modelos exitosos en el siguiente libro.

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