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La Riqueza de las Naciones: resumen capítulo por capítulo de la obra de Adam Smith [Libro IV de V]

La Riqueza de las Naciones: resumen capítulo por capítulo de la obra de Adam Smith [Libro IV de V]. Explora el cuarto libro de "La Riqueza de las Naciones" de Adam Smith y descubre sus ideas sobre la mano invisible y los deberes del soberano.

La Riqueza de las Naciones: resumen capítulo por capítulo de la obra de Adam Smith [Libro IV de V]

Recently updated on septiembre 7th, 2026 at 5:00 am

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1 Libro IV
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Este es el libro que más se cita y menos se conoce, porque aquí está la «mano invisible»: una sola mención, en el capítulo II, en un pasaje sobre por qué los comerciantes prefieren invertir en su propio país. Pero el Libro IV es, sobre todo, un ataque de casi cuatrocientas páginas contra el sistema mercantil, es decir, contra la idea de que la riqueza de un país es su oro y de que hay que exportar mucho, importar poco y proteger a la industria nacional con aranceles y monopolios. Smith desarma una por una las restricciones a la importación, las primas a la exportación, los tratados de comercio y las compañías coloniales, con el capítulo sobre las colonias como pieza central, y termina con los fisiócratas y con la enunciación del «sistema de la libertad natural», que es donde por primera vez dice qué tiene que hacer el Estado.

Si llegaste directo a este libro, te conviene saber dos cosas que explico con más detalle en la introducción del Libro I: la famosa «mano invisible» aparece una sola vez en toda la obra, en el Libro IV, y la palabra «opresión» aparece cien veces. Tenerlo presente cambia bastante la lectura de lo que sigue.

«La Riqueza de las Naciones» consta de cinco libros. Los resumí capítulo por capítulo en cinco artículos independientes, y en 2026 los revisé y amplié de punta a punta, incluidos los libros IV y V completos, que son los que las ediciones en español suelen traer recortados. Puedes navegar entre ellos desde esta lista o desde los enlaces al pie de cada artículo:

Para leerla en español, la mejor edición, en mi opinión, es la de Carlos Rodríguez Braun de 1994, que contiene los libros I, II y III completos y una selección de los libros IV y V. Se puede encontrar en archive.org, la gran biblioteca de Internet, en este enlace.

La mejor versión en inglés, completa y comentada al detalle, es la de Edwin Cannan de 1904, disponible en Econlib en este enlace. El trabajo de Cannan es impecable, y es la edición que usé como base para estos resúmenes. Las ediciones en español no me terminan de convencer porque tienen una carga ideológica que matiza las palabras de Smith. Por ejemplo, mientras que en el original la palabra «opresión» aparece cien veces, en la edición de Rodríguez Braun aparece dieciséis (once «opresión», tres «oprimido» y dos «oprimidos»), en parte porque se suavizó el mensaje de Smith y en parte porque muchos de esos pasajes están en los libros IV y V, que esa edición trae resumidos.

A pesar de ser un resumen, este artículo es extenso. Si tienes una pregunta puntual, puedes usar el asistente «Preguntale a Economía.wiki», al comienzo de esta página: responde a partir de los artículos del blog y de mis dos libros, y te indica las fuentes para que puedas contrastarlas.

A continuación, el resumen capítulo por capítulo del Libro IV de la obra de Adam Smith:

Libro IV

Introducción: De los sistemas de economía política

La introducción del Libro IV es la más corta de la obra, apenas dos párrafos, pero contiene la definición de economía política que Smith va a usar de ahí en adelante y el plan de todo el libro.

Los dos objetos de la economía política

La economía política, considerada como una rama de la ciencia del estadista o del legislador, se propone dos objetos distintos. El primero es proveer un ingreso o subsistencia abundante para el pueblo, o, más propiamente, ponerlo en condiciones de proveerse ese ingreso por sí mismo. El segundo es proveer al Estado un ingreso suficiente para los servicios públicos. Se propone, en suma, enriquecer tanto al pueblo como al soberano.

Conviene detenerse en la corrección que Smith se hace a sí mismo en la primera frase: no se trata de que el legislador provea la subsistencia del pueblo, sino de que le permita proveérsela él mismo. Toda la crítica del Libro IV al intervencionismo mercantil está contenida en ese matiz.

Los dos sistemas

El progreso desigual de la opulencia en distintas épocas y naciones, que el Libro III acaba de contar, dio origen a dos sistemas distintos de economía política en cuanto al modo de enriquecer al pueblo. Uno puede llamarse el sistema del comercio, el otro el de la agricultura. Smith anuncia que va a explicar los dos tan completa y claramente como pueda, empezando por el del comercio, que es el sistema moderno y el que mejor se entiende en su propio país y en su propio tiempo.

El sistema del comercio es lo que hoy se llama mercantilismo, un nombre que Smith no usa y que en buena medida se consolidó gracias a su crítica. Ocupa los ocho primeros capítulos del Libro IV. El sistema de la agricultura, el de los fisiócratas franceses, ocupa solo el último.

Lo que hay que llevarse de esta introducción

La economía política tiene dos fines, enriquecer al pueblo y enriquecer al Estado, y el primero se cumple no dándole al pueblo su subsistencia sino dejándolo procurársela. El Libro IV es un examen de los dos sistemas que pretendieron lograr ese fin: el mercantil, que confunde la riqueza con el dinero, y el agrícola, que la reduce al producto de la tierra. Smith les dedica una proporción muy desigual porque el primero es el que gobierna realmente la política de Europa.

Capítulo I: Del principio del sistema comercial o mercantil

Este capítulo es el ataque frontal a la idea que sostiene todo el mercantilismo: que la riqueza consiste en el dinero, es decir, en el oro y la plata. Smith explica de dónde viene esa noción, cómo los comerciantes la convirtieron en política de Estado a través de la balanza comercial, por qué es falsa, y cuáles son las seis herramientas que ese sistema usa para atraer metales al país. Esas seis herramientas son el programa de los siete capítulos siguientes.

Por qué se confunde la riqueza con el dinero

Que la riqueza consiste en dinero es una noción popular que nace naturalmente de la doble función del dinero, como instrumento del comercio y como medida del valor. Como es el instrumento del comercio, cuando tenemos dinero obtenemos lo que necesitamos más fácilmente que con cualquier otra mercancía: "el gran asunto, siempre lo comprobamos, es conseguir dinero". Como es la medida del valor, estimamos el de todas las demás cosas por la cantidad de dinero por la que se cambian: decimos de un rico que vale mucho y de un pobre que vale muy poco dinero. Enriquecerse es conseguir dinero, y riqueza y dinero se consideran en el lenguaje corriente sinónimos en todo sentido.

Del mismo modo se supone que un país rico es un país que abunda en dinero, y que acumular oro y plata es el camino más corto para enriquecerlo. Durante un tiempo después del descubrimiento de América, la primera pregunta de los españoles al llegar a una costa desconocida era si había oro o plata en las cercanías, y con esa información juzgaban si el país valía la pena de ser conquistado. Un monje enviado como embajador a uno de los hijos de Gengis Kan cuenta que los tártaros le preguntaban a menudo si había muchas ovejas y bueyes en el reino de Francia; la pregunta tenía el mismo objeto, saber si el país era lo bastante rico para conquistarlo. Entre los tártaros, como entre todos los pueblos pastores que ignoran el uso del dinero, el ganado es el instrumento del comercio y la medida del valor, y la riqueza consistía por eso en ganado como para los españoles en oro y plata. "De las dos, la noción tártara era quizá la más cercana a la verdad."

Locke distinguía el dinero de los demás bienes muebles: estos son tan consumibles que la riqueza que consiste en ellos no es de fiar, mientras que el dinero es "un amigo constante" que, si se le impide salir del país, no se desperdicia ni se consume. Otros admiten que a una nación aislada del mundo no le importaría cuánto dinero circulara en ella, pero sostienen que las que deben hacer guerras y mantener flotas y ejércitos lejanos solo pueden hacerlo enviando dinero afuera, y por tanto deben acumularlo en la paz.

De la prohibición de exportar metales a la balanza comercial

En consecuencia, todas las naciones de Europa estudiaron, con poco fruto, todos los medios posibles de acumular oro y plata. España y Portugal, dueñas de las principales minas, prohibieron su exportación bajo las penas más severas, y la misma prohibición formó parte de la política antigua de casi todas las naciones europeas. Cuando esos países se volvieron comerciales, los comerciantes encontraron la prohibición muy incómoda y protestaron con dos argumentos. Primero, que exportar oro y plata para comprar bienes extranjeros puede aumentar la cantidad de metales en el reino, porque esos bienes pueden reexportarse con ganancia y traer de vuelta más tesoro del que salió; Mun lo comparaba con la siembra y la cosecha, pues quien solo mirara al labrador arrojando buen trigo a la tierra lo tomaría por un loco. Segundo, que la prohibición no podía impedir la salida de unos metales que por su poco volumen se contrabandean fácilmente, y que la única manera de evitarla era atender a lo que llamaron la balanza comercial: cuando el país exporta más valor del que importa, las naciones extranjeras le deben un saldo que se paga en oro y plata, y cuando importa más, al revés. Prohibir la exportación en ese caso solo la hace más cara, vuelve el cambio más adverso al país deudor, y un cambio adverso hace, según ellos, más adversa la balanza.

Smith juzga esos argumentos "en parte sólidos y en parte sofísticos". Sólidos en que exportar oro y plata puede ser ventajoso y en que ninguna prohibición lo impide cuando los particulares encuentran ventaja en hacerlo. Sofísticos en suponer que conservar o aumentar la cantidad de esos metales requiere más atención del gobierno que la de cualquier otra mercancía útil, que la libertad de comercio nunca deja de proveer en la cantidad adecuada; y sofísticos también, quizá, en afirmar que un cambio alto aumenta la balanza desfavorable, cuando en realidad opera como un impuesto sobre los bienes extranjeros, reduce su consumo y dispone a los comerciantes a equilibrar sus exportaciones con sus importaciones.

Pero esos argumentos convencieron a quienes iban dirigidos: los presentaron los comerciantes a los parlamentos y a los consejos de los príncipes, a nobles y caballeros rurales, "los que se suponía que entendían de comercio a los que sabían que no entendían nada del asunto". Que el comercio exterior enriquecía al país lo demostraba la experiencia; cómo lo hacía, nadie lo sabía bien. Los comerciantes sabían perfectamente cómo los enriquecía a ellos, porque era su negocio saberlo, pero saber cómo enriquecía al país no era parte de su negocio. A los jueces del asunto les pareció una explicación muy satisfactoria que el comercio exterior traía dinero al país y que las leyes le impedían traer más. La prohibición se limitó a la moneda nacional, se liberó la exportación de moneda extranjera y lingotes, y la atención del gobierno pasó de vigilar la salida de metales a vigilar la balanza comercial: "de un cuidado infructuoso se pasó a otro mucho más intrincado, mucho más embarazoso y exactamente igual de infructuoso". El título del libro de Mun, El tesoro de Inglaterra por el comercio exterior, se volvió una máxima fundamental de la economía política de todos los países comerciales, y el comercio interior, el más importante de todos, el que con igual capital da mayor ingreso y más empleo, pasó a considerarse subsidiario del exterior porque ni traía ni sacaba dinero.

El oro es una mercancía como el vino

Un país sin minas debe sacar su oro y su plata del exterior, como uno sin viñedos saca sus vinos. Pero no parece necesario que el gobierno atienda más a lo uno que a lo otro. Un país que tiene con qué comprar vino siempre conseguirá el vino que necesita, y un país que tiene con qué comprar oro y plata nunca carecerá de esos metales: se compran por cierto precio como todas las mercancías, y así como son el precio de todas ellas, todas ellas son el precio de esos metales. Confiamos con perfecta seguridad en que la libertad de comercio nos proveerá el vino, y podemos confiar igual en que nos proveerá todo el oro y la plata que podamos pagar.

Además, ninguna mercancía se regula tan fácil y exactamente según la demanda efectiva como el oro y la plata, porque ninguna se transporta más fácilmente de donde sobra a donde falta. Si en Inglaterra hubiera demanda efectiva de más oro, un paquebote podría traer de Lisboa cincuenta toneladas, acuñables en más de cinco millones de guineas; si la hubiera de grano por el mismo valor, importarlo requeriría un millón de toneladas de flete, mil barcos de mil toneladas, y la marina de Inglaterra no alcanzaría. Cuando la cantidad importada excede la demanda efectiva, ninguna vigilancia del gobierno impide su salida: todas las leyes sangrientas de España y Portugal no logran retener su oro y su plata. Y cuando falta, el gobierno no necesita tomarse ningún trabajo para importarlos, y ni siquiera podría impedirlo si quisiera, como los metales rompieron todas las barreras que las leyes de Licurgo les oponían en Esparta en cuanto los espartanos tuvieron con qué comprarlos. Por eso mismo el precio de esos metales no fluctúa continuamente como el de las demás mercancías, sino de modo lento, gradual y uniforme.

Y si a pesar de todo faltara dinero en un país que tiene con qué comprarlo, hay más expedientes para suplirlo que para casi cualquier otra mercancía: si faltan materiales, la industria se detiene; si faltan provisiones, la gente muere de hambre; si falta dinero, el trueque lo suple con bastante incomodidad, el crédito con menos, y un papel moneda bien regulado sin ninguna y a veces con ventaja. "Por todas las razones, entonces, la atención del gobierno nunca se empleó tan innecesariamente como cuando se dirigió a vigilar la conservación o el aumento de la cantidad de dinero en un país."

La queja de la escasez de dinero

Ninguna queja es sin embargo más común que la de la escasez de dinero. El dinero, como el vino, es siempre escaso para quienes no tienen ni con qué comprarlo ni crédito para pedirlo prestado. Pero la queja a veces es general en toda una ciudad comercial, y su causa común es el exceso de negocios: cuando los beneficios son mayores de lo ordinario, grandes y pequeños compran a crédito una cantidad inusual de mercancías que envían a mercados lejanos esperando que los retornos lleguen antes que el vencimiento, el vencimiento llega antes, y no hay con qué comprar dinero ni garantía para pedirlo. No es ninguna escasez de oro y plata sino la dificultad de esa gente para pedir prestado, y la de sus acreedores para cobrar, lo que produce la queja.

Por qué la nación no se arruina como el comerciante

Sería demasiado ridículo, dice Smith, ponerse a probar seriamente que la riqueza no consiste en el dinero sino en lo que el dinero compra, y que solo vale por lo que compra. El dinero es parte del capital nacional, pero ya se mostró que es una parte pequeña y siempre la menos rentable. Si al comerciante le resulta más fácil comprar bienes con dinero que dinero con bienes no es porque la riqueza consista más en el dinero, sino porque el dinero es el instrumento conocido del comercio por el que todo se da fácilmente a cambio, porque los bienes son más perecederos y porque su beneficio nace de vender más que de comprar. Un comerciante particular puede arruinarse por no vender a tiempo, pero una nación no está expuesta al mismo accidente: solo una parte muy pequeña del producto anual de su tierra y su trabajo se destina a comprar oro y plata; la mayor parte circula y se consume en el interior, y aunque no pudiera obtener esos metales, el producto anual sería el mismo, porque el mismo capital consumible seguiría manteniéndolo.

Y aunque los bienes no siempre atraen el dinero tan fácilmente como el dinero atrae los bienes, a la larga lo atraen más necesariamente que él a ellos. Los bienes pueden servir a muchos otros fines además de comprar dinero, pero el dinero no puede servir a ningún otro fin que comprar bienes. El dinero, por tanto, corre necesariamente tras los bienes, pero los bienes no siempre ni necesariamente corren tras el dinero. El que compra no siempre piensa volver a vender, sino a menudo usar o consumir; el que vende siempre piensa volver a comprar. Uno puede haber terminado todo su negocio; el otro nunca puede haber hecho más que la mitad.

Ollas y sartenes

Se dice que los bienes consumibles se destruyen pronto mientras que el oro y la plata son durables y, si no fuera por su continua exportación, podrían acumularse durante siglos para aumento increíble de la riqueza real del país. Smith responde con una comparación. No consideramos desventajoso el comercio que cambia la ferretería de Inglaterra por los vinos de Francia, y sin embargo la ferretería es muy durable y, si no fuera por su exportación continua, también podría acumularse durante siglos "para aumento increíble de las ollas y sartenes del país". Enseguida se nos ocurre que el número de esos utensilios está limitado en cada país por el uso que se les da, que sería absurdo tener más ollas de las necesarias para cocinar la comida que se consume, y que si la comida aumentara, las ollas aumentarían con ella. Debería ocurrírsenos igual de rápido que la cantidad de oro y plata está limitada por su uso, que consiste en circular mercancías como moneda y en servir de vajilla; que la cantidad de moneda la regula el valor de las mercancías que debe circular, y la de vajilla el número y la riqueza de las familias que quieren esa magnificencia; y que intentar aumentar la riqueza de un país introduciendo o reteniendo en él una cantidad innecesaria de oro y plata es tan absurdo como intentar mejorar la mesa de una familia obligándola a tener utensilios de cocina de más. Así como ese gasto reduciría las provisiones de la familia, el gasto en metales innecesarios reduce la riqueza que alimenta, viste y aloja a la gente. Aumentad el uso y aumentará la cantidad; intentad aumentar la cantidad por medios extraordinarios y disminuiréis el uso y hasta la cantidad, que nunca puede exceder lo que el uso requiere.

Las guerras se pagan con mercancías

Tampoco hace falta acumular oro y plata para hacer guerras exteriores. Las flotas y los ejércitos se mantienen con bienes consumibles, no con metales, y la nación que con el producto anual de su industria tiene con qué comprar esos bienes en países lejanos puede hacer la guerra allí. Puede pagarlos de tres maneras: enviando parte de su oro y plata acumulados, parte del producto anual de sus manufacturas, o parte de su producto bruto. El oro y la plata acumulados son tres: la moneda circulante, de la que rara vez puede sacarse mucho porque el canal de la circulación atrae la suma que lo llena y no admite más; la vajilla de las familias, un recurso todavía más insignificante, pues los franceses no ganaron con fundirla ni lo que perdieron en hechura; y el tesoro del príncipe, que en tiempos antiguos fue un recurso mayor pero que, salvo el rey de Prusia, ningún príncipe europeo acumula ya.

La prueba es la última guerra con Francia, que costó a Gran Bretaña más de noventa millones, más de dos tercios gastados en países lejanos. Los reyes no tenían tesoro, nadie oyó de vajilla fundida en cantidad, y el dinero circulante no pasaba, en el cómputo más exagerado, de treinta millones: para pagar la guerra con él habría tenido que salir entero y volver al menos dos veces en seis o siete años sin que nadie lo notara. El enorme gasto tuvo que pagarse con mercancías británicas, porque el comerciante que hace una remesa al exterior siempre trata de pagarla con mercancías, que dejan beneficio, y no con metales, que no lo dejan. Hay además en todo gran país comercial una masa de lingotes que entra y sale para el comercio exterior, la moneda de la gran república mercantil, y parte de ella se empleó seguramente en la guerra, pero tuvo que comprarse con mercancías británicas, lo que devuelve al producto anual de la tierra y el trabajo como recurso último. Solo el gasto de 1761 pasó de diecinueve millones, y todo el oro y la plata que entra por año en España y Portugal, unos seis millones, apenas habría pagado cuatro meses de guerra.

Las mercancías más aptas para eso son las manufacturas finas, que contienen gran valor en poco volumen; por eso "en medio de la guerra exterior más destructiva la mayor parte de las manufacturas pueden florecer mucho, y decaer al volver la paz". Con el producto bruto no puede hacerse ninguna guerra larga, y si los antiguos reyes de Inglaterra no podían sostenerlas, como observa Hume, no era por falta de dinero sino de manufacturas finas. Entre las naciones sin comercio el soberano acumula tesoro, como todo jefe tártaro o los reyes merovingios, porque no puede obtener ayudas extraordinarias de sus súbditos; los de los países comerciales no lo necesitan ni lo hacen, porque su gasto lo gobierna la misma vanidad que el de los demás grandes propietarios: en sus cortes, como decía Dercílidas de la de Persia, se ve "mucho esplendor pero poca fuerza, y muchos sirvientes pero pocos soldados".

Lo que el comercio exterior realmente hace

Importar oro y plata no es el principal beneficio del comercio exterior, ni mucho menos el único. Entre cualesquiera lugares que comercian, todos obtienen dos beneficios: saca el excedente de su tierra y su trabajo para el que no hay demanda interna y trae a cambio algo para lo que sí la hay, dando así valor a sus superfluidades; y al abrir un mercado más amplio permite que la división del trabajo llegue a la perfección más alta sin que la estrechez del mercado interno la limite, y alienta a mejorar las potencias productivas y a aumentar el producto anual al máximo. Traer los metales que hagan falta a los países sin minas es parte del negocio del comercio exterior, pero una parte insignificante: "un país que comerciara solo por eso apenas tendría ocasión de fletar un barco por siglo".

No fue importando oro y plata como el descubrimiento de América enriqueció a Europa. Por la abundancia de las minas americanas, esos metales se abarataron: un servicio de vajilla cuesta hoy un tercio del trigo o del trabajo que costaba en el siglo XV, y al bajar así el precio no solo los antiguos compradores compran el triple sino que el artículo llega a diez o veinte veces más compradores. Eso es una comodidad real, "aunque seguramente muy trivial", y la baratura de los metales los hace incluso menos aptos como dinero, porque hay que cargar un chelín donde antes bastaba un cuarto de penique. Lo que sí cambió esencialmente el estado de Europa fue que América abrió un mercado nuevo e inagotable a todas sus mercancías, dando lugar a nuevas divisiones del trabajo y mejoras del arte que en el estrecho círculo del comercio antiguo nunca habrían tenido lugar por falta de mercado. Un conjunto de intercambios nunca antes pensado empezó a tener lugar, y debería haber sido tan ventajoso para el nuevo continente como lo fue para el viejo:

La salvaje injusticia de los europeos convirtió un acontecimiento que debería haber sido beneficioso para todos en ruinoso y destructivo para varios de aquellos desdichados países.

El paso a las Indias Orientales por el cabo de Buena Esperanza abrió un campo aun más extenso, porque China, el Indostán y Japón eran mucho más ricos y civilizados que México o Perú, y las naciones ricas intercambian mucho más valor entre sí que con salvajes. Pero Europa sacó mucho menos provecho de ese comercio porque ninguna gran nación lo tuvo nunca libre: primero lo monopolizaron los portugueses y después cada nación lo confió a una compañía exclusiva, mientras el comercio con América es libre para todos los súbditos de cada país con sus colonias. Que a esas compañías se las acuse de exportar plata, y que respondan que traen de vuelta más de la que sacan, es la misma noción popular que el capítulo acaba de examinar, y no merece más comentario.

Los seis instrumentos del sistema mercantil

Smith reconoce que examinar tan largamente la idea de que la riqueza consiste en dinero puede parecer tedioso, pero la ambigüedad del lenguaje la vuelve tan familiar que hasta quienes están convencidos de su absurdo la dan por cierta en el curso de sus razonamientos: los mejores escritores ingleses sobre comercio empiezan observando que la riqueza consiste en tierras, casas y bienes consumibles, y en el camino las tierras y las casas se les escapan de la memoria y su argumento vuelve a suponer que toda la riqueza es oro y plata.

Establecidos los dos principios, que la riqueza consiste en oro y plata y que un país sin minas solo puede obtenerlos con una balanza comercial favorable, el gran objeto de la economía política pasó a ser reducir al mínimo la importación de bienes extranjeros para consumo interno y aumentar al máximo la exportación del producto de la industria nacional. Sus dos grandes máquinas fueron las restricciones a la importación y los estímulos a la exportación. Las restricciones son de dos clases: sobre los bienes extranjeros que pueden producirse en el país, vengan de donde vengan, y sobre casi todos los bienes de aquellos países con los que la balanza se supone desfavorable; consisten en derechos altos o en prohibiciones absolutas. Los estímulos son de cuatro clases: las devoluciones de derechos (drawbacks) sobre lo que se exporta, las primas a manufacturas nacientes o industrias que se juzgan dignas de favor, los tratados de comercio ventajosos que obtienen privilegios en algún Estado extranjero, y el establecimiento de colonias, que procura no solo privilegios sino un monopolio.

Esos seis medios son los que el sistema comercial propone para aumentar el oro y la plata de un país volviendo la balanza a su favor. Smith anuncia que dedicará un capítulo a cada uno y que, sin ocuparse mucho de su supuesta tendencia a traer dinero, examinará sobre todo sus efectos sobre el producto anual de la industria del país, porque según aumenten o disminuyan ese producto aumentarán o disminuirán su riqueza real.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

La confusión entre riqueza y dinero nace del lenguaje y la explotaron los comerciantes, que convencieron a parlamentos y príncipes de reemplazar la prohibición de exportar metales por la vigilancia de la balanza comercial, un cuidado igual de inútil pero mucho más complicado. El oro y la plata son una mercancía como el vino o las ollas: su cantidad la regula su uso, se mueven solos de donde sobran a donde faltan, y ninguna ley puede retenerlos ni atraerlos. Las guerras se pagan con mercancías, como probó la guerra de los Siete Años, y el verdadero beneficio del comercio exterior no es traer metales sino dar salida al excedente y ampliar el mercado para que la división del trabajo avance, que es lo que América hizo por Europa y lo que las compañías exclusivas impidieron que las Indias Orientales hicieran. Con esa base, Smith fija el programa: seis instrumentos mercantiles, dos restricciones y cuatro estímulos, juzgados no por el dinero que atraen sino por lo que hacen con el producto anual del país.

Capítulo II: De las restricciones a la importación de los bienes extranjeros que pueden producirse en el país (incluye el pasaje de la «mano invisible»)

Este es el capítulo de la mano invisible, la única vez que la expresión aparece en toda la obra, y conviene saber en qué contexto la usa Smith: no como principio general de armonía social sino como parte de un argumento muy concreto contra las restricciones a la importación. El capítulo explica por qué dar a la industria nacional el monopolio del mercado interno es inútil o dañino, admite dos excepciones y dos casos de deliberación, y termina con una de las páginas más amargas del libro sobre el poder político de los fabricantes.

El monopolio del mercado interno

Al restringir la importación de bienes extranjeros que pueden producirse en el país, sea con derechos altos o con prohibiciones, se asegura más o menos a la industria nacional que los produce el monopolio del mercado interno. La prohibición de importar ganado vivo y carne salada da a los ganaderos de Gran Bretaña ese monopolio en la carne; los derechos sobre el trigo, que en tiempos de abundancia moderada equivalen a una prohibición, lo dan a los agricultores; la prohibición de los paños extranjeros, a los fabricantes de lana; la seda lo obtuvo hace poco y el lino avanza hacia él. La variedad de bienes cuya importación está prohibida excede con mucho lo que puede sospechar quien no conoce bien las leyes de aduana.

Que ese monopolio suele dar gran estímulo a la industria que lo goza, y dirigir hacia ella una parte mayor del trabajo y el capital de la sociedad de la que habría ido de otro modo, no puede dudarse. Pero que tienda a aumentar la industria general de la sociedad, o a darle la dirección más ventajosa, no es tan evidente. La industria general de una sociedad nunca puede exceder lo que su capital puede emplear. Ninguna regulación del comercio puede aumentar la cantidad de industria más allá de lo que el capital mantiene; solo puede desviar una parte hacia una dirección a la que no habría ido, y no es en absoluto seguro que esa dirección artificial sea más ventajosa que la que habría tomado por sí sola.

La mano invisible

Todo individuo se esfuerza continuamente por encontrar el empleo más ventajoso para el capital de que dispone. Tiene en vista su propia ventaja, no la de la sociedad; pero el estudio de su propia ventaja lo lleva natural, o más bien necesariamente, a preferir el empleo más ventajoso para la sociedad. Smith lo prueba en dos pasos.

Primero, todo individuo procura emplear su capital tan cerca de su casa como puede, y por tanto en apoyo de la industria nacional, siempre que obtenga con ello el beneficio ordinario o no mucho menos. Con beneficios iguales, todo comerciante mayorista prefiere el comercio interior al exterior de consumo, y este al de transporte: en el interior su capital nunca está tanto tiempo fuera de su vista, conoce mejor a las personas en que confía y las leyes a las que recurrir. El comerciante de Ámsterdam que lleva trigo de Königsberg a Lisboa y vino de Lisboa a Königsberg tiene la mitad de su capital en cada puerto y ninguna parte en Ámsterdam, y la inquietud de estar tan separado de él lo lleva a traer parte de ambas mercancías a su ciudad, aceptando la doble carga y descarga por tener algo de su capital a la vista; así es como todo país con una parte considerable del comercio de transporte se vuelve el emporio de los bienes de todos los países cuyo comercio maneja. La casa es el centro alrededor del cual circulan continuamente los capitales de un país y hacia el cual tienden siempre, aunque causas particulares puedan a veces alejarlos. Y como el capital empleado en el comercio interior pone en movimiento más industria nacional que uno igual en el exterior, y este más que uno en el de transporte, todo individuo se inclina naturalmente a emplear su capital del modo que da más apoyo a la industria de su propio país.

Segundo, todo individuo que emplea su capital en apoyo de la industria nacional procura dirigirla de modo que su producto sea del mayor valor posible, porque su beneficio es proporcional a ese valor. Y como el ingreso anual de toda sociedad es exactamente igual al valor de cambio de todo el producto anual de su industria, todo individuo trabaja necesariamente por hacer ese ingreso tan grande como puede:

Generalmente, en verdad, ni se propone promover el interés público ni sabe cuánto lo está promoviendo. Al preferir el apoyo de la industria nacional a la extranjera solo se propone su propia seguridad; y al dirigir esa industria de modo que su producto sea del mayor valor solo se propone su propia ganancia, y en este caso, como en muchos otros, es conducido por una mano invisible a promover un fin que no formaba parte de su intención. Y no siempre es peor para la sociedad que no formara parte de ella. Al perseguir su propio interés, con frecuencia promueve el de la sociedad más eficazmente que cuando realmente se propone promoverlo. Nunca he visto que hicieran mucho bien los que afectaban comerciar por el bien público. Es una afectación, en verdad, no muy común entre los comerciantes, y hacen falta muy pocas palabras para disuadirlos de ella.

Qué especie de industria puede emplear su capital y dar el producto de mayor valor, cada individuo lo juzga en su situación local mucho mejor que cualquier estadista o legislador. El estadista que intentara dirigir a los particulares en el empleo de sus capitales no solo se cargaría con una atención innecesaria sino que asumiría una autoridad que no podría confiarse con seguridad a ninguna persona ni a ningún consejo o senado, "y que en ninguna parte sería tan peligrosa como en manos de un hombre con la locura y la presunción suficientes para imaginarse apto para ejercerla".

Lo que es prudencia en una familia no puede ser locura en un reino

Dar a la industria nacional el monopolio del mercado interno en un arte o manufactura es en cierta medida dirigir a los particulares en el empleo de sus capitales, y en casi todos los casos es una regulación inútil o dañina. Si el producto nacional puede llevarse al mercado tan barato como el extranjero, es inútil; si no, es dañina. Es máxima de todo padre de familia prudente no intentar hacer en casa lo que le cuesta más hacer que comprar: el sastre no hace sus zapatos, el zapatero no hace su ropa, el granjero no hace ni lo uno ni lo otro. Todos encuentran su interés en emplear su industria entera donde tienen alguna ventaja sobre sus vecinos y comprar con parte de su producto todo lo demás. "Lo que es prudencia en la conducta de toda familia privada difícilmente puede ser locura en la de un gran reino." Si un país extranjero puede proveernos una mercancía más barata de lo que podemos hacerla, mejor comprársela con parte del producto de nuestra industria empleada donde tenemos ventaja. La industria del país, siempre proporcional a su capital, no disminuye por eso; solo queda libre para encontrar el empleo más ventajoso, y ciertamente no lo está cuando se la dirige a un objeto que puede comprar más barato de lo que puede hacer. El valor del producto anual, en lugar de aumentar según la intención del legislador, disminuye con cada regulación de esa clase.

Es cierto que con esas regulaciones una manufactura puede adquirirse antes y con el tiempo producirse tan barato como afuera. Pero de ahí no se sigue que la suma total de la industria o del ingreso de la sociedad aumente: la industria solo crece con el capital, el capital solo crece con lo que se ahorra del ingreso, y el efecto inmediato de toda regulación así es reducir el ingreso. Y aunque sin ellas la sociedad nunca adquiriera la manufactura, no sería por eso más pobre en ningún período, porque en cada uno su capital entero habría estado empleado del modo más ventajoso en ese momento.

Las ventajas naturales de un país sobre otro son a veces tan grandes que todo el mundo reconoce que es vano luchar contra ellas. Con vidrieras, invernaderos y muros calientes pueden cultivarse muy buenas uvas en Escocia y hacer muy buen vino con ellas, a unas treinta veces el costo de uno igual traído del exterior. ¿Sería razonable prohibir los vinos extranjeros solo para fomentar el clarete y el borgoña escoceses? Pero si hay un absurdo manifiesto en dirigir hacia un empleo treinta veces más capital del necesario para comprar afuera lo mismo, hay un absurdo exactamente de la misma clase, aunque menos llamativo, en dirigir una trigésima o una tricentésima parte más. Y que la ventaja sea natural o adquirida no importa: la ventaja de un artesano sobre su vecino de otro oficio es solo adquirida, y los dos encuentran más ventajoso comprarse uno a otro que hacer lo que no es de su oficio.

Quiénes se benefician del monopolio

Los comerciantes y fabricantes son quienes más ganan con el monopolio del mercado interno. Las manufacturas, sobre todo las finas, se transportan mucho más fácilmente que el trigo o el ganado; en ellas una ventaja muy pequeña permite a los extranjeros vender más barato que nuestros obreros incluso en el mercado interno, mientras que en el producto bruto haría falta una ventaja enorme. Si se permitiera la libre importación de manufacturas, varias de las nacionales sufrirían y algunas se arruinarían; la libre importación del producto de la tierra no tendría ese efecto sobre la agricultura. Smith lo muestra con los tres artículos protegidos. El ganado vivo es quizá la única mercancía cuyo transporte es más caro por mar que por tierra, porque por tierra se lleva solo al mercado y por mar hay que cargar también su comida y su agua; la libre importación del ganado irlandés solo podría traer ganado flaco, que no perjudica a las comarcas de engorde sino solo a las de cría, y el precio alto del ganado flaco, al aumentar el valor de la tierra sin cultivar, es "como una prima contra la mejora". La carne salada es voluminosa, de peor calidad y más cara que la fresca, y sirve para avituallar barcos, no para alimentar a la gente. Y el trigo es tan voluminoso que una libra a un penique es tan cara como una de carne a cuatro; la cantidad importada, aun en los años de mayor escasez, no pasa de la quinientas setenta y una ava parte del consumo anual, y es la prima a la exportación, que vacía el país en los años buenos, la que obliga a importar más en los malos.

Los caballeros rurales y los agricultores son, "para su gran honor", de todas las personas las menos sujetas al miserable espíritu de monopolio. El empresario de una gran fábrica se alarma si se instala otra a veinte millas; el que montó la manufactura de lana de Abbeville estipuló que no se estableciera ninguna a treinta leguas. Los agricultores, en cambio, no tienen secretos, gustan de comunicar a sus vecinos toda práctica nueva que les dio resultado y, dispersos por el país, no pueden combinarse como los comerciantes y fabricantes, que reunidos en las ciudades y acostumbrados al espíritu exclusivo de las corporaciones tratan de obtener contra todos sus compatriotas el mismo privilegio que tienen contra los habitantes de su ciudad. Ellos fueron los inventores de las restricciones a la importación, y fue probablemente imitándolos, para ponerse al nivel de quienes estaban dispuestos a oprimirlos, que los agricultores británicos olvidaron la generosidad natural de su condición y exigieron el privilegio exclusivo de proveer trigo y carne a sus compatriotas. Prohibir por ley perpetua la importación de trigo y ganado es en realidad decretar que la población y la industria del país nunca excederán lo que el producto de su propio suelo puede mantener.

Dos excepciones: la defensa y los impuestos internos

Hay sin embargo dos casos en que generalmente será ventajoso gravar la industria extranjera para alentar la nacional. El primero es cuando una industria es necesaria para la defensa del país. La defensa de Gran Bretaña depende de sus marineros y sus barcos, y el Acta de Navegación procura con razón darles el monopolio del comercio de su propio país: prohíbe a los barcos que no sean británicos en su propiedad y tres cuartos de su tripulación comerciar con las colonias o hacer cabotaje, obliga a que los artículos más voluminosos lleguen solo en barcos británicos o del país productor, prohíbe importar esos artículos aun en barcos británicos desde un país que no sea el productor, y grava con doble derecho el pescado que no hayan capturado barcos británicos. Todas esas disposiciones apuntaban a los holandeses, los grandes transportistas y pescadores de Europa, y aunque nacieron de la animosidad nacional en tiempos del Parlamento Largo, "son tan sabias como si las hubiera dictado la más deliberada prudencia", porque la animosidad apuntaba al mismo objeto que la prudencia habría recomendado: disminuir el poder naval de Holanda, el único que podía amenazar la seguridad de Inglaterra. El Acta no es favorable al comercio exterior ni a la opulencia que nace de él: el interés de una nación en su comercio es comprar lo más barato y vender lo más caro posible, y compra más barato cuando la libertad perfecta anima a todas las naciones a traerle bienes y vende más caro cuando sus mercados se llenan del mayor número de compradores; si se impide a los extranjeros venir a vender, no siempre pueden venir a comprar, porque perderían el flete de ida. Pero "como la defensa es mucho más importante que la opulencia, el Acta de Navegación es quizá la más sabia de todas las regulaciones comerciales de Inglaterra".

El segundo caso es cuando se impone en el país un impuesto sobre el producto de la industria nacional: parece razonable imponer uno igual sobre el producto extranjero semejante, lo que no da monopolio ni desvía capital sino que deja la competencia, después del impuesto, en el mismo pie que antes. En Gran Bretaña, sin embargo, cuando se impone un impuesto así, para acallar las quejas clamorosas de comerciantes y fabricantes se grava mucho más fuerte la importación de todos los bienes extranjeros del mismo tipo. Algunos quieren extender esa segunda limitación mucho más lejos: como los impuestos sobre las cosas necesarias encarecen la subsistencia y por tanto el trabajo y todos los productos nacionales, habría que gravar todo bien extranjero que compita con cualquier producto nacional. Smith concede que esos impuestos tienen ese efecto, pero responde dos cosas: que nunca podría saberse con exactitud cuánto encarece cada mercancía la suba general del trabajo, y por tanto tampoco proporcionar el derecho; y que esos impuestos tienen sobre la gente casi el mismo efecto que un suelo pobre y un mal clima, y así como sería absurdo dirigir a la gente en el empleo de sus capitales por la escasez natural del suelo, lo es por la escasez artificial de los impuestos. Cargarles un nuevo impuesto porque ya están sobrecargados de impuestos "es ciertamente un modo muy absurdo de compensarlos". Esos impuestos, cuando crecen hasta cierto punto, son una maldición igual a la esterilidad de la tierra y la inclemencia del cielo, y sin embargo es en los países más ricos e industriosos donde más se imponen, porque solo ellos pueden soportar semejante desorden: Holanda, donde más abundan, prospera no gracias a ellos, como se ha supuesto absurdamente, sino a pesar de ellos.

Dos casos de deliberación: la represalia y la restauración gradual

Hay otros dos casos en que la cuestión puede ser materia de deliberación. El primero es cuando una nación extranjera restringe la importación de nuestras manufacturas. La venganza dicta naturalmente la represalia, y las naciones rara vez dejan de ejercerla; Colbert, a pesar de su gran capacidad, parece haber sido engañado en esto por la sofistería de comerciantes y fabricantes "que siempre exigen un monopolio contra sus compatriotas", y su tarifa de 1667 provocó la prohibición holandesa de 1671 y en parte la guerra de 1672. Puede haber buena política en represalias así cuando es probable que consigan la derogación de los derechos que las motivan, porque recuperar un gran mercado extranjero compensa con creces la incomodidad transitoria de pagar más caro algunos bienes. Pero juzgar esa probabilidad no pertenece tanto a la ciencia del legislador, cuyas deliberaciones deben regirse por principios generales siempre iguales, como a la habilidad de "ese animal insidioso y astuto vulgarmente llamado estadista o político, cuyos consejos se dirigen por las fluctuaciones momentáneas de los asuntos". Cuando no hay probabilidad de derogación, hacernos otro daño a nosotros mismos para compensar el que nos hicieron es un mal método: cuando el vecino prohíbe una manufactura nuestra, prohibimos alguna otra de las suyas, lo que beneficia a alguna clase de obreros nuestros pero no a los que sufrieron la prohibición extranjera, y obliga a casi todas las demás clases a pagar más caro. Cada ley así impone un impuesto real a todo el país, no en favor de los perjudicados sino de alguna otra clase.

El segundo caso es cómo restaurar la libre importación después de haberla interrumpido mucho tiempo, cuando ciertas manufacturas, protegidas por derechos y prohibiciones, se extendieron hasta emplear a una multitud de obreros. La humanidad puede exigir aquí que la libertad se restaure solo por grados lentos y con mucha circunspección, porque quitar todas las barreras de golpe podría privar de golpe a miles de personas de su empleo. Pero el desorden sería mucho menor de lo que se imagina, por dos razones. Primero, las manufacturas que exportan sin prima a otros países europeos, y son las que más gente emplean, como la lana, el cuero y la ferretería, no podrían verse afectadas, porque si venden tan barato afuera como los extranjeros, venden más barato adentro; solo la seda, y menos el lino, sufrirían. Segundo, que muchos pierdan de golpe su empleo no significa que queden sin empleo ni subsistencia. Al terminar la última guerra, más de cien mil soldados y marineros, tantos como emplea la mayor de las manufacturas, quedaron de golpe sin ocupación, todos acostumbrados a las armas y muchos a la rapiña, y no hubo ninguna convulsión ni desorden sensible: fueron absorbidos por la gran masa del pueblo, los vagabundos apenas aumentaron y los salarios no bajaron en ninguna ocupación salvo la de marinero mercante. Y los hábitos de un fabricante lo descalifican mucho menos para un oficio nuevo que los de un soldado para cualquiera, porque el uno está acostumbrado a esperar su subsistencia de su trabajo y el otro de su paga. El capital que los empleaba sigue en el país para emplear a igual número de gente de otro modo. A los soldados y marineros licenciados se les permite ejercer cualquier oficio en cualquier lugar; que se restaure la misma libertad natural a todos los súbditos, derribando los privilegios exclusivos de las corporaciones, derogando el estatuto de aprendizaje y la ley de domicilio, y ni el público ni los individuos sufrirán mucho más por el licenciamiento ocasional de una clase de fabricantes que por el de soldados. "Nuestros fabricantes tienen sin duda gran mérito ante su país, pero no pueden tener más que quienes lo defienden con su sangre, ni merecen ser tratados con más delicadeza."

Un ejército permanente de monopolistas

Esperar que la libertad de comercio se restaure alguna vez por completo en Gran Bretaña es tan absurdo como esperar que se establezca en ella una Oceana o una Utopía. Se oponen no solo los prejuicios del público sino, lo que es mucho más invencible, los intereses privados de muchos individuos. Si los oficiales del ejército se opusieran a toda reducción de tropas con el mismo celo con que los fabricantes se oponen a toda ley que aumente el número de sus rivales, y animaran a sus soldados como estos inflaman a sus obreros a atacar con violencia a quien propone tal ley, reducir el ejército sería tan peligroso como se ha vuelto intentar disminuir el monopolio que los fabricantes obtuvieron contra nosotros. Ese monopolio ha aumentado tanto el número de algunas tribus de fabricantes que, "como un ejército permanente desmesurado, se han vuelto formidables para el gobierno y en muchas ocasiones intimidan a la legislatura". El parlamentario que apoya toda propuesta de fortalecer el monopolio adquiere reputación de entender de comercio y gran popularidad entre un orden de hombres importantes por su número y su riqueza; si se les opone, ni la probidad más reconocida ni el rango más alto ni los mayores servicios públicos lo protegen del abuso más infame, de los insultos personales ni a veces del peligro real "del ultraje insolente de monopolistas furiosos y decepcionados".

Smith cierra con una consideración de equidad. El empresario que por la apertura repentina del mercado tuviera que abandonar su negocio sufriría mucho, porque el capital fijo en talleres e instrumentos difícilmente se vende sin gran pérdida; el respeto a su interés exige que esos cambios nunca se introduzcan de golpe sino despacio, gradualmente y con muy largo aviso. Y por eso mismo la legislatura, si sus deliberaciones pudieran dirigirse por una visión amplia del bien general y no por "la importunidad clamorosa de los intereses parciales", debería cuidarse de no establecer nuevos monopolios ni extender los existentes: cada regulación de esa clase introduce un desorden real en la constitución del Estado que después es difícil curar sin causar otro. Los impuestos a la importación destinados a recaudar y no a impedir se tratarán al hablar de impuestos; los destinados a impedir la importación son tan destructivos de la renta de aduanas como de la libertad de comercio.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

La mano invisible aparece en Smith para decir algo preciso: que cada individuo, buscando su seguridad y su ganancia, dirige su capital hacia la industria nacional y hacia el producto de mayor valor, y así aumenta el ingreso de la sociedad sin proponérselo y mejor que si se lo propusiera; el corolario es que ningún estadista puede dirigir los capitales mejor que sus dueños, y que quien se crea apto para hacerlo es el más peligroso de todos. Las restricciones a la importación no crean industria, porque la industria está limitada por el capital; solo la desvían hacia lo que se podría comprar más barato, con la misma lógica absurda que el vino escocés de invernadero. Smith admite dos excepciones, la defensa (el Acta de Navegación, "la más sabia de las regulaciones comerciales") y la compensación de impuestos internos, y dos casos de juicio, la represalia cuando puede conseguir una derogación y la apertura gradual cuando hay muchos empleos en juego, aunque el ejemplo de los cien mil soldados licenciados muestra que el temor está exagerado. El obstáculo real no es intelectual sino político: los fabricantes, organizados como un ejército permanente, intimidan a la legislatura, mientras que los agricultores, dispersos y sin secretos, son los menos monopolistas de todos.

Capítulo III: De las restricciones extraordinarias a la importación de casi toda clase de bienes desde los países con los que se supone desfavorable la balanza

Es el capítulo más largo del Libro IV y tiene tres partes desiguales: una primera que muestra que las restricciones contra países "con balanza desfavorable" son irrazonables incluso aceptando los principios mercantilistas, una digresión técnica sobre los bancos de depósito y en particular el Banco de Ámsterdam, y una segunda parte que es la demolición completa de la doctrina de la balanza comercial. Las dos partes contienen algunas de las frases más fuertes del libro contra el nacionalismo económico.

Parte I: la irrazonabilidad de esas restricciones aun según los principios del sistema comercial

Imponer restricciones extraordinarias a casi todos los bienes de los países con los que la balanza se supone desfavorable es el segundo expediente del sistema comercial. Gran Bretaña admite las batistas de Silesia pagando ciertos derechos, pero prohíbe las de Francia salvo para reexportación; grava más los vinos de Francia que los de Portugal o de cualquier otro país; y desde el impuesto de 1692, con las cargas sucesivas, un setenta y cinco por ciento puede considerarse el derecho más bajo al que estaba sujeta la mayor parte de los productos franceses antes de la guerra, lo que para la mayoría equivale a una prohibición. Los franceses trataron los bienes británicos con igual dureza, y esas restricciones mutuas acabaron con casi todo el comercio honrado entre las dos naciones: los contrabandistas son hoy los principales importadores en ambas direcciones. Los principios del capítulo anterior nacían del interés privado y el espíritu de monopolio; estos nacen del prejuicio y la animosidad nacional, y son por eso, como cabe esperar, todavía más irrazonables. Lo son incluso según los principios del sistema comercial, por tres razones.

Primero, aunque fuera cierto que con libre comercio entre Francia e Inglaterra la balanza favorecería a Francia, de ahí no se sigue que ese comercio fuera desventajoso para Inglaterra ni que la balanza general de todo su comercio empeorara. Si los vinos de Francia son mejores y más baratos que los de Portugal, y sus lienzos que los de Alemania, a Gran Bretaña le conviene comprar ambos a Francia: las importaciones desde Francia aumentarían mucho, pero el valor de todas las importaciones disminuiría en la proporción en que los productos franceses fueran más baratos.

Segundo, gran parte de esos productos podría reexportarse a otros países y traer de vuelta, vendida con beneficio, un retorno igual quizá al costo de todo lo importado, como se dice del comercio de las Indias Orientales. Una de las ramas más importantes del comercio holandés consiste hoy en llevar productos franceses a otros países de Europa, y parte del vino francés que se bebe en Gran Bretaña entra clandestinamente desde Holanda. Con libre comercio, Inglaterra tendría parte en un negocio que a Holanda le resulta tan ventajoso.

Tercero, no hay ningún criterio seguro para determinar de qué lado está la balanza entre dos países. Los dos que se invocan, los libros de aduana y el curso del cambio, fallan. Los libros de aduana son un criterio muy incierto por la inexactitud de las valuaciones. El curso del cambio, se dice, indica el estado de deudas y créditos entre dos plazas: si en Londres se paga una prima por una letra sobre París, es señal de que Londres debe más a París que París a Londres. Pero aunque eso fuera cierto, el estado de deudas y créditos entre dos plazas no depende solo de su comercio mutuo: si los comerciantes ingleses pagan lo que compran en Hamburgo, Danzig o Riga con letras sobre Holanda, Inglaterra puede tener que enviar dinero a Holanda todos los años aunque le exporte mucho más de lo que le importa. Y además el cambio calculado puede diferir mucho del cambio real, por tres razones: las monedas corrientes de distintos países están desgastadas o recortadas en distinta medida, y su valor depende de la plata que contienen realmente y no de la que deberían contener (antes de la reforma de Guillermo III el cambio calculado con Holanda estaba un veinticinco por ciento contra Inglaterra, pero la moneda inglesa estaba más de un veinticinco por ciento por debajo de su ley, así que el cambio real pudo favorecerla); en algunos países la acuñación es gratuita y en otros, como Francia, se cobra un ocho por ciento, que se suma al valor de la moneda como la hechura al de la vajilla; y en algunas plazas, como Ámsterdam, Hamburgo y Venecia, las letras se pagan en dinero de banco, que vale siempre más que la moneda corriente, diferencia que se llama el agio del banco. Por eso el cambio calculado estaba generalmente contra Londres con todas las plazas que pagan en dinero de banco, sin que de ahí se siga que el cambio real lo estuviera.

Digresión sobre los bancos de depósito y el Banco de Ámsterdam

Smith explica por qué existe el dinero de banco. La moneda de un gran Estado como Francia o Inglaterra consiste casi enteramente en su propia acuñación, y una reforma monetaria basta para sanearla. La de un Estado pequeño como Génova o Hamburgo se compone en gran medida de monedas de todos los Estados vecinos, y reformar la propia no reforma la circulación; si las letras de cambio se pagan en esa moneda incierta, el cambio está siempre muy en contra de ese Estado. Para remediarlo, esos Estados dispusieron que las letras extranjeras de cierto valor se pagaran no en moneda corriente sino por transferencia en los libros de un banco establecido bajo la protección del Estado y obligado a pagar siempre en buena moneda de ley. Así nacieron los bancos de Venecia, Génova, Ámsterdam, Hamburgo y Núremberg, y como su dinero era mejor que la moneda corriente, llevaba necesariamente un agio, mayor o menor según lo degradada que estuviera la circulación: el de Hamburgo ronda el catorce por ciento.

Antes de 1609, la gran cantidad de moneda extranjera recortada y desgastada que el comercio de Ámsterdam traía de toda Europa había reducido el valor de su circulación un nueve por ciento por debajo de la buena moneda, que en cuanto aparecía se fundía o se llevaba. Ese año se estableció un banco bajo la garantía de la ciudad, que recibía la moneda extranjera y la nacional desgastada a su valor intrínseco real en buena moneda de ley, descontando solo el costo de acuñación y administración, y daba por el resto un crédito en sus libros: el dinero de banco, siempre del mismo valor real e intrínsecamente superior a la moneda corriente. Se dispuso a la vez que toda letra de seiscientos florines o más girada sobre Ámsterdam se pagara en dinero de banco, lo que eliminó de golpe la incertidumbre y obligó a todo comerciante a tener cuenta en el banco. El dinero de banco tiene además otras ventajas: está a salvo del fuego y del robo, la ciudad responde por él, y se paga por simple transferencia sin contar ni transportar. Por todo eso llevó agio desde el principio, y se cree que todo el dinero depositado originalmente quedó allí, porque nadie quiere cobrar una deuda que puede vender con prima; sacado del banco, el buen dinero se confunde con la moneda corriente y pierde su superioridad.

Esos depósitos originales son hoy una parte muy pequeña del capital del banco. Para facilitar el comercio de metales, el banco da desde hace muchos años crédito sobre depósitos de oro y plata en barras, un cinco por ciento por debajo del precio de la casa de moneda, y entrega a la vez un recibo que da derecho a retirar el metal dentro de seis meses devolviendo el dinero de banco correspondiente y pagando una pequeña custodia, una especie de alquiler de almacén; vencido el plazo, el depósito pasa al banco al precio en que se recibió. Los dueños de dinero de banco y los tenedores de recibos son así dos clases distintas de acreedores, cada una necesita a la otra para retirar metal, y el precio del recibo y el del dinero de banco componen entre los dos el valor entero del metal. Nadie puede exigir nada al banco sin un recibo; en una calamidad pública, como la invasión francesa de 1672, la demanda de recibos podría dispararse, y se supone que el banco rompería entonces su regla y pagaría a los dueños de dinero de banco el valor entero. Para evitar las maniobras de los dos intereses opuestos, que antes hacían oscilar el agio entre la par y el nueve por ciento, el banco resolvió hace pocos años vender dinero de banco al cinco por ciento de agio y recomprarlo al cuatro, con lo que el agio no puede salir de esa franja.

El Banco de Ámsterdam declara no prestar nada de lo depositado, sino guardar por cada florín de crédito un florín en moneda o metal. Que lo haga con la parte por la que hay recibos en vigor no puede dudarse; que lo haga con la parte cuyos recibos vencieron hace mucho, que en tiempos ordinarios nadie puede reclamar, puede parecer más incierto. Pero en Ámsterdam ningún artículo de fe está mejor establecido, la ciudad lo garantiza, y los cuatro burgomaestres reinantes, que cambian cada año, visitan el tesoro, lo comparan con los libros, lo reciben bajo juramento y lo entregan con la misma solemnidad a sus sucesores, "y en ese país sobrio y religioso los juramentos todavía no se desprecian". En todas las revoluciones de facción que hubo en Ámsterdam, ningún partido acusó nunca a sus predecesores de infidelidad en el banco, y en 1672, con el rey de Francia en Utrecht, el banco pagó con tanta prontitud que no dejó dudas; algunas piezas sacadas entonces mostraban las marcas del incendio del ayuntamiento ocurrido poco después de la fundación. Sobre el monto del tesoro solo caben conjeturas: unas dos mil personas con cuenta, a unas mil quinientas libras cada una, darían unos tres millones de libras esterlinas, una gran suma pero muy por debajo de las ideas extravagantes que algunos se han formado. La ciudad obtiene del banco una renta considerable por custodias, aperturas de cuenta, transferencias y multas, pero el objeto original de la institución fue la utilidad pública, aliviar a los comerciantes de un cambio desfavorable, y la renta fue un accidente imprevisto. La digresión termina donde empezó: los países que pagan en dinero de banco pagan en una moneda de valor intrínseco siempre igual a la ley de su casa de moneda; los que pagan en moneda corriente, en una de valor variable y casi siempre por debajo de esa ley.

Parte II: la irrazonabilidad de esas restricciones según otros principios

Nada hay más absurdo que toda la doctrina de la balanza comercial, sobre la que se fundan no solo estas restricciones sino casi todas las demás regulaciones del comercio. Esa doctrina supone que cuando dos plazas comercian, si la balanza está equilibrada ninguna gana ni pierde, y si se inclina hacia un lado, una pierde y la otra gana en proporción. Las dos suposiciones son falsas. Un comercio forzado por primas y monopolios puede ser, y suele ser, desventajoso para el país en cuyo favor se lo establece; pero el comercio que se hace natural y regularmente entre dos plazas, sin fuerza ni coacción, es siempre ventajoso para ambas, aunque no siempre por igual. Por ventaja Smith entiende no el aumento del oro y la plata sino el del valor de cambio del producto anual de la tierra y el trabajo, es decir del ingreso anual de los habitantes.

Si la balanza está equilibrada y el comercio consiste en el intercambio de productos nativos, las dos plazas ganan por igual o casi: cada una ofrece un mercado para parte del excedente de la otra, cada una repone un capital que dio ingreso y mantenimiento a cierto número de habitantes de la otra, y el ingreso así procurado es proporcional a la extensión de sus tratos. Si una exporta solo productos nativos y la otra paga con bienes extranjeros, la balanza sigue equilibrada, ambas ganan, pero no por igual: si Inglaterra importa de Francia solo productos franceses y paga con tabaco de Virginia y bienes de las Indias, todo el capital francés se distribuye entre franceses, mientras que del capital inglés solo la parte empleada en producir los bienes ingleses con que se compró el tabaco se distribuye entre ingleses, y el resto repone capitales de Virginia, el Indostán y China. Francia haría un comercio exterior de consumo directo, Inglaterra uno indirecto. Casi ningún comercio es puro, pero el país cuyos cargamentos tienen mayor proporción de productos nativos es siempre el principal ganador.

¿Y si Inglaterra pagara no con tabaco sino con oro y plata? La balanza se consideraría entonces desequilibrada, pero el comercio daría igualmente ingreso a ambos países, y más a Francia que a Inglaterra. El capital de Inglaterra no disminuiría más por exportar oro y plata que por exportar un valor igual de cualquier otro bien; al contrario, aumentaría en la mayoría de los casos, porque solo se envía afuera aquello cuyos retornos se espera que valgan más en el país que lo exportado. Si cien mil libras de tabaco compran en Francia vino que en Inglaterra vale ciento diez mil, el intercambio aumenta el capital de Inglaterra en diez mil, y si cien mil libras de oro inglés compran el mismo vino, lo aumenta exactamente igual: el comerciante que tiene ciento diez mil libras de vino en su bodega es más rico que el que tiene cien mil de tabaco en su depósito, y también más rico que el que tiene cien mil de oro en sus cofres, porque puede poner en movimiento más industria. Sería más ventajoso comprar el vino con ferretería y paño ingleses que con tabaco de Virginia o con oro del Brasil, porque el comercio directo es siempre mejor que el indirecto; pero un comercio indirecto hecho con oro y plata no es peor que cualquier otro igual de indirecto, y un país sin minas no corre más riesgo de quedarse sin metales por exportarlos que uno sin plantaciones de quedarse sin tabaco.

El obrero y la taberna

Se dice que el comercio de un obrero con la taberna es un comercio perdedor, y que el de una nación manufacturera con un país vinícola es de la misma naturaleza. Smith responde que el comercio con la taberna no es necesariamente perdedor: es en sí tan ventajoso como cualquier otro, aunque quizá más expuesto al abuso, y el oficio del cervecero y hasta el del tabernero son divisiones del trabajo tan necesarias como cualquiera. El obrero puede comprar de más al tabernero como puede comprar de más al carnicero si es glotón o al pañero si quiere ser elegante, y sin embargo conviene al cuerpo de los obreros que todos esos oficios sean libres. Y aunque un individuo puede arruinarse por beber, no hay riesgo de que una nación lo haga: por cada uno que gasta de más en bebida hay muchos más que gastan de menos. Es más: la experiencia muestra que la baratura del vino es causa no de embriaguez sino de sobriedad. Los habitantes de los países vinícolas son en general la gente más sobria de Europa, españoles, italianos y franceses del sur, porque "rara vez se peca por exceso en lo que es el alimento diario", mientras que la embriaguez es vicio común donde el vino es caro y raro, entre las naciones del norte y las de los trópicos. Un regimiento francés que baja de las provincias del norte a las del sur se emborracha al principio con la novedad del buen vino barato y en pocos meses se vuelve tan sobrio como los vecinos; si Gran Bretaña quitara de golpe los derechos sobre el vino y los impuestos sobre la cerveza, habría quizá una embriaguez general y temporal en las clases medias e inferiores, seguida probablemente de una sobriedad permanente y casi universal, pues hoy la embriaguez no es el vicio de la gente de moda y "un caballero borracho de cerveza apenas se ha visto entre nosotros".

Las restricciones al comercio de vinos, además, no parecen calculadas para impedir que la gente vaya a la taberna sino para impedir que vaya adonde puede comprar el mejor y más barato: favorecen a Portugal y castigan a Francia porque los portugueses, se dice, son mejores clientes de nuestras manufacturas y, como nos dan su clientela, debemos darles la nuestra. "Las artes rastreras de los tenderos de baja estofa se erigen así en máximas políticas para la conducta de un gran imperio", porque solo los comerciantes más ínfimos tienen por regla comprar principalmente a sus propios clientes; un gran comerciante compra siempre donde es más barato y mejor.

El comercio como fuente de discordia

Con esas máximas se enseñó a las naciones que su interés consistía en empobrecer a todos sus vecinos y a mirar con ojo envidioso la prosperidad de todas las naciones con las que comercian, considerando su ganancia como pérdida propia.

El comercio, que naturalmente debería ser entre las naciones, como entre los individuos, un vínculo de unión y amistad, se ha convertido en la fuente más fecunda de discordia y animosidad. La ambición caprichosa de reyes y ministros no ha sido, durante este siglo y el anterior, más fatal para el reposo de Europa que la impertinente envidia de comerciantes y fabricantes. La violencia y la injusticia de los gobernantes de la humanidad es un mal antiguo para el cual, me temo, la naturaleza de los asuntos humanos apenas admite remedio. Pero la mezquina rapacidad, el espíritu monopolizador de comerciantes y fabricantes, que ni son ni deberían ser los gobernantes de la humanidad, aunque quizá no pueda corregirse, puede muy fácilmente impedirse que perturbe la tranquilidad de nadie más que la de ellos mismos.

Que fue el espíritu de monopolio el que inventó y propagó esta doctrina no puede dudarse, "y quienes primero la enseñaron no eran ni por asomo tan tontos como quienes la creyeron". En todo país es y debe ser interés del gran cuerpo del pueblo comprar lo que necesita a quien lo vende más barato, proposición tan evidente que parece ridículo probarla y que nunca habría sido cuestionada si la sofistería interesada de comerciantes y fabricantes no hubiera confundido el sentido común de la humanidad. Su interés es directamente opuesto al del pueblo: como el de los miembros de una corporación es impedir que los demás habitantes empleen a otro obrero, el de los comerciantes y fabricantes es asegurarse el monopolio del mercado interno. De ahí los derechos extraordinarios sobre lo que importan los mercaderes extranjeros, las prohibiciones sobre las manufacturas que compiten con las nuestras, y las restricciones extraordinarias contra los países con balanza supuestamente desfavorable, "es decir, contra aquellos contra quienes la animosidad nacional resulta más violentamente inflamada".

La riqueza del vecino es una ventaja

La riqueza de una nación vecina, aunque peligrosa en la guerra y la política, es ciertamente ventajosa en el comercio. En la guerra puede permitirle mantener flotas y ejércitos superiores; en la paz le permite intercambiar con nosotros a mayor valor y ofrecer un mejor mercado a nuestro producto. Como un hombre rico es mejor cliente para la gente industriosa de su vecindad que uno pobre, así lo es una nación rica. Un rico que además es fabricante es un vecino muy peligroso para los del mismo ramo, pero todo el resto de la vecindad, que es la gran mayoría, gana con el buen mercado que le ofrece su gasto, y gana incluso con que venda más barato que los obreros más pobres del mismo ramo. Quien quiere hacer fortuna no se retira a las provincias pobres y remotas sino que va a la capital o a las grandes ciudades comerciales, porque sabe que donde circula poca riqueza hay poco que ganar. Las mismas máximas que dirigen el sentido común de uno o de veinte individuos deberían regir el juicio de uno o de veinte millones, y hacer que una nación mire la riqueza de sus vecinos como una causa probable de la suya. Una gran nación rodeada de salvajes errantes y bárbaros pobres puede enriquecerse cultivando sus tierras y por su comercio interior, como el antiguo Egipto y la China moderna, pero no por el comercio exterior; y las máximas modernas, al apuntar al empobrecimiento de todos los vecinos, tienden a volver ese mismo comercio insignificante y despreciable.

Por esas máximas se ha sometido a tantas trabas el comercio entre Francia e Inglaterra, cuando si ambos países consideraran su interés real, sin envidia mercantil ni animosidad nacional, el comercio de Francia sería más ventajoso para Gran Bretaña que el de cualquier otro país, y viceversa. Francia es el vecino más cercano: entre la costa sur de Inglaterra y la norte de Francia los retornos podrían hacerse cuatro, cinco o seis veces al año, como en el comercio interior, y aun entre las partes más remotas de ambos países serían anuales, tres veces más frecuentes que en el tan celebrado comercio con las colonias de América del Norte. Francia tiene veinticuatro millones de habitantes contra los tres millones de las colonias, y es un país mucho más rico: ofrecería un mercado ocho veces más extenso y, por la frecuencia de los retornos, veinticuatro veces más ventajoso. Tal es la diferencia entre el comercio que la sabiduría de ambas naciones creyó conveniente desalentar y el que más favoreció. Pero las mismas circunstancias que harían tan ventajoso ese comercio son las que lo obstruyen: siendo vecinas, son necesariamente enemigas, y los comerciantes de ambas han anunciado, "con toda la confianza apasionada de la falsedad interesada", la ruina segura de cada una por la balanza desfavorable que resultaría de un comercio sin restricciones.

No hay país comercial de Europa cuya ruina próxima no hayan pronosticado con frecuencia los pretendidos doctores de este sistema a causa de una balanza desfavorable, y después de toda la ansiedad que provocaron no parece que ninguna nación se haya empobrecido por esa causa. Al contrario, toda ciudad y todo país, en proporción a como abrieron sus puertos a todas las naciones, en lugar de arruinarse se enriquecieron; Holanda, la que más se acerca a un puerto franco, deriva del comercio exterior no solo toda su riqueza sino gran parte de su subsistencia.

La balanza que sí importa

Hay otra balanza, muy distinta de la comercial, que según sea favorable o desfavorable produce necesariamente la prosperidad o la decadencia de toda nación: la balanza entre el producto anual y el consumo anual. Si el valor del producto excede al del consumo, el capital de la sociedad crece en proporción a ese exceso: la sociedad vive dentro de su ingreso y lo que ahorra se añade a su capital. Si el consumo excede al producto, el gasto de la sociedad invade su capital, que decae y con él el producto. Esa balanza es enteramente distinta de la comercial: puede darse en una nación sin ningún comercio exterior, aislada del mundo, y puede darse en el globo entero. Y puede estar constantemente a favor de una nación aunque la balanza comercial esté generalmente en su contra: una nación puede importar más de lo que exporta durante medio siglo, ver salir todo el oro y la plata que entran, reemplazar su moneda por papel y hasta aumentar sus deudas con las naciones con las que trata, y sin embargo aumentar su riqueza real, el valor de cambio del producto anual de su tierra y su trabajo, en proporción mucho mayor. El estado de las colonias de América del Norte y de su comercio con Gran Bretaña antes de los disturbios actuales prueba que no es una suposición imposible.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

Las restricciones contra un país determinado son peores que las generales porque nacen de la animosidad nacional y no del mero interés, y fallan incluso en sus propios términos: comprar más barato a Francia reduce el total de las importaciones, la reexportación devuelve lo pagado, y nadie puede saber realmente de qué lado está la balanza, porque ni los libros de aduana ni el curso del cambio la miden, como muestra la larga digresión sobre las monedas desgastadas, el costo de acuñación y el dinero de banco de Ámsterdam. Pero el argumento de fondo es otro: la doctrina entera de la balanza comercial es absurda, porque todo comercio libre entre dos plazas enriquece a las dos, aunque una gane más, y pagar con oro no es peor que pagar con tabaco. El comercio debería ser un vínculo de amistad entre las naciones y el espíritu de monopolio lo convirtió en la fuente más fecunda de discordia; un vecino rico es un buen cliente, no una amenaza, y Francia sería un mercado veinticuatro veces mejor que las colonias americanas si las dos naciones no se hubieran dedicado a empobrecerse mutuamente. La única balanza que decide la prosperidad de un país es la que hay entre lo que produce y lo que consume.

Capítulo IV: De las devoluciones de derechos

Es el primero de los cuatro capítulos dedicados a los estímulos a la exportación, y el más benévolo: de todas las herramientas del sistema mercantil, las devoluciones de derechos (drawbacks) son la única que Smith considera razonable, aunque se haya instituido por motivos que él juzga tontos. El capítulo es corto y en buena parte técnico, un inventario de la legislación aduanera británica; lo que importa es el criterio con que Smith la juzga.

Por qué las devoluciones son razonables

Los comerciantes y fabricantes no se contentan con el monopolio del mercado interno: quieren también la venta más extensa posible en el exterior. Pero como su país no tiene jurisdicción en las naciones extranjeras y rara vez puede procurarles un monopolio allí, deben conformarse con pedir ciertos estímulos a la exportación. De esos estímulos, las devoluciones de derechos "parecen los más razonables". Permitir al comerciante recuperar al exportar, en todo o en parte, el impuesto interno que pagó la industria nacional nunca puede provocar la exportación de una cantidad mayor de bienes de la que se habría exportado sin ningún impuesto. No desvían hacia un empleo una parte mayor del capital del país de la que iría por sí sola; solo impiden que el impuesto la ahuyente hacia otros empleos. No tienden a trastornar el equilibrio que se establece naturalmente entre las distintas ocupaciones de la sociedad, sino a impedir que el impuesto lo trastorne; no destruyen sino que conservan lo que en la mayoría de los casos conviene conservar, la división y distribución natural del trabajo.

Lo mismo vale para las devoluciones sobre la reexportación de bienes extranjeros, que en Gran Bretaña alcanzan a la mayor parte del derecho de importación. Por la segunda de las reglas anexas al "viejo subsidio", todo comerciante, inglés o extranjero, podía recuperar la mitad de ese derecho al exportar, y el plazo se extendió después a tres años. Los derechos impuestos desde entonces se devuelven en su mayor parte por entero, aunque la regla general tiene tantas excepciones que la doctrina de las devoluciones se ha vuelto mucho menos simple que en su origen.

El inventario de las excepciones

Smith repasa los casos. Sobre algunos bienes extranjeros cuya importación se esperaba que excediera con mucho el consumo interno se devuelven todos los derechos: antes de la rebelión de las colonias, Gran Bretaña tenía el monopolio del tabaco de Maryland y Virginia, importaba unas noventa y seis mil pipas y consumía unas catorce mil, y para deshacerse del resto se devolvía todo lo pagado si se exportaba en tres años. Con el azúcar de las islas de las Indias Occidentales pasa algo parecido, aunque el excedente es mucho menor.

Otros bienes, objeto particular de los celos de los fabricantes, tienen prohibida la importación para consumo interno, pero pueden importarse y almacenarse para reexportación pagando ciertos derechos, y de esos derechos no se devuelve nada: los fabricantes no quieren que se aliente ni siquiera esa importación restringida, por miedo a que parte de esos bienes "se robe del almacén" y compita con los suyos. Así entran las sedas labradas, las batistas francesas y los calicós estampados.

Con Francia la regla es todavía más dura. "No queremos ser ni siquiera los transportistas de los bienes franceses, y preferimos renunciar a una ganancia propia antes que permitir que quienes consideramos nuestros enemigos obtengan alguna ganancia por nuestro medio": sobre todos los bienes franceses se retiene no solo la mitad del viejo subsidio sino también el segundo veinticinco por ciento.

El caso del vino ocupa la parte más larga. Por la cuarta regla del viejo subsidio la devolución sobre el vino era mucho mayor que la mitad de los derechos, y la legislatura parece haber querido dar entonces un estímulo especial al comercio de transporte de vino; varios derechos posteriores también se devolvían por entero. Pero como casi todos se pagaban al contado al importar, el interés de una suma tan grande hacía irrazonable esperar un comercio de transporte rentable, y de los derechos más recientes, el de veinticinco libras por tonel sobre el vino francés y los de 1745, 1763 y 1778, no se devolvía nada. El último, el de 1780, se devuelve entero, "una indulgencia que, reteniéndose tantos derechos pesados, muy probablemente nunca podría ocasionar la exportación de un solo tonel".

Las colonias y el vino de Madeira

Esas reglas rigen para todos los destinos legales salvo las colonias británicas de América. La ley de 1663 había dado a Gran Bretaña el monopolio de proveer a las colonias de todas las mercancías europeas, y por tanto de vinos. Pero en países de costa tan extensa, donde la autoridad británica fue siempre tan débil y donde los colonos podían llevar en sus propios barcos sus mercancías no enumeradas primero a toda Europa y después a toda Europa al sur del cabo Finisterre, no es probable que ese monopolio se respetara mucho. Los colonos parecen haber tenido dificultades para importar vinos europeos de su lugar de origen, y no podían importarlos de Gran Bretaña, donde cargaban con muchos derechos que no se devolvían. El vino de Madeira, al no ser una mercancía europea, podía importarse directamente, y esas circunstancias introdujeron probablemente el gusto general por el Madeira que los oficiales británicos encontraron en todas las colonias al comienzo de la guerra de 1755 y trajeron de vuelta a la metrópoli, donde ese vino no había estado de moda. Al terminar la guerra, en 1763, se permitió devolver casi todos los derechos sobre los vinos exportados a las colonias, salvo los franceses, "a cuyo comercio y consumo el prejuicio nacional no permitía ninguna clase de estímulo". La misma ley, que favorecía tanto a las colonias en el vino, las favorecía mucho menos en casi todo lo demás: sobre la mayor parte de las mercancías exportadas a las colonias no se devolvía ninguna parte del viejo subsidio.

El juicio de Smith

Las devoluciones se concedieron probablemente para alentar el comercio de transporte, que, como los extranjeros suelen pagar el flete en dinero, se suponía especialmente apto para traer oro y plata al país. Pero aunque el comercio de transporte no merece ningún estímulo especial, y aunque el motivo de la institución fue "quizá abundantemente tonto", la institución misma parece bastante razonable: esas devoluciones no pueden forzar hacia ese comercio más capital del que habría ido por sí solo sin derechos de importación; solo impiden que esos derechos lo excluyan del todo. El comercio de transporte, aunque no merece preferencia, no debe ser impedido sino dejado libre como todos los demás, porque es "un recurso necesario para los capitales que no encuentran empleo en la agricultura ni en las manufacturas del país, ni en su comercio interior ni en su comercio exterior de consumo".

La renta de aduanas, además, en lugar de sufrir, gana con esas devoluciones por la parte del derecho que se retiene: si se hubiera retenido todo, los bienes extranjeros rara vez se habrían exportado, ni por tanto importado, por falta de mercado, y el derecho nunca se habría cobrado. Esas razones justificarían las devoluciones incluso si se devolviera siempre la totalidad de los derechos, tanto sobre la industria nacional como sobre los bienes extranjeros: la renta sufriría algo, pero el equilibrio natural de la industria, "siempre más o menos perturbado por esos derechos", quedaría más cerca de restablecerse.

Smith añade dos límites. Primero, esas razones justifican las devoluciones solo sobre las exportaciones a países enteramente extranjeros e independientes, no a aquellos donde nuestros comerciantes gozan de un monopolio: una devolución sobre lo que se exporta a las colonias americanas no siempre produce una exportación mayor, porque gracias al monopolio la misma cantidad se enviaría igual aunque se retuvieran todos los derechos, y la devolución puede ser entonces "pura pérdida para la renta" sin ampliar el comercio en nada. Hasta qué punto puede justificarse como estímulo a las colonias, o hasta qué punto conviene a la metrópoli que estén exentas de impuestos que pagan todos los demás súbditos, se verá al tratar de las colonias. Segundo, las devoluciones solo son útiles cuando los bienes se exportan realmente a algún país extranjero y no se reimportan clandestinamente; que algunas, en particular las del tabaco, se han abusado así con frecuencia y dado ocasión a muchos fraudes, igualmente dañinos para la renta y para el comerciante honrado, es bien sabido.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

De los cuatro estímulos a la exportación, las devoluciones de derechos son el único que Smith aprueba, y la razón es el mismo criterio que rige todo el Libro IV: una medida es buena si deja al capital ir adonde iría por sí solo, y mala si lo desvía. La devolución no crea comercio artificial, solo evita que un impuesto destruya el que existiría sin él, y por eso no perturba sino que restablece la distribución natural del trabajo; hasta la aduana gana con ella, porque cobra una parte de un derecho que de otro modo nunca se pagaría. El inventario de excepciones muestra, de paso, cómo el sistema mercantil corrompe hasta sus instrumentos más sensatos: los fabricantes impiden devolver derechos sobre lo que compite con ellos, el prejuicio nacional niega toda devolución a lo francés, y el monopolio colonial convierte la devolución en un regalo inútil. Y queda anotada una regla que reaparecerá: un estímulo solo se justifica hacia países independientes, nunca hacia un mercado que ya es cautivo.

Capítulo V: De las primas

Las primas a la exportación son el segundo estímulo del sistema mercantil y el que más detesta Smith: si la devolución de derechos solo repone lo que el impuesto quitó, la prima paga a un comercio que pierde plata para que siga perdiéndola. El capítulo examina la prima a la exportación de trigo, la más importante de Gran Bretaña, después la de la pesca del arenque, y termina con la larga "Digresión sobre el comercio de granos y las leyes de granos", una de las piezas más célebres del libro, donde Smith defiende al comerciante de granos contra el odio popular y sostiene que las hambrunas las causan los gobiernos y no los acaparadores.

Qué es una prima y por qué solo puede ser un comercio perdedor

Las primas a la exportación se piden con frecuencia en Gran Bretaña y a veces se conceden a ciertas ramas de la industria nacional, para que los comerciantes puedan vender en el mercado extranjero tan barato o más que sus rivales. Como no podemos dar a nuestros obreros un monopolio en el mercado exterior ni forzar a los extranjeros a comprar, "el mejor expediente siguiente, se ha pensado, es pagarles por comprar".

Se admite que las primas deberían darse solo a los comercios que no pueden sostenerse sin ellas. Pero todo comercio en que el comerciante vende a un precio que repone su capital con el beneficio ordinario puede sostenerse sin prima, y está al nivel de todos los demás. Solo necesitan prima los comercios en que el comerciante debe vender por menos de lo que le cuesta llevar los bienes al mercado: la prima compensa esa pérdida y lo anima a continuar "un comercio cuyo gasto se supone mayor que sus retornos, cada una de cuyas operaciones se come parte del capital empleado, y de tal naturaleza que, si todos los demás comercios se le parecieran, pronto no quedaría capital en el país". Los comercios con prima son los únicos que pueden sostenerse entre dos naciones durante mucho tiempo de modo que una pierda siempre y regularmente; sin la prima, el interés del comerciante lo obligaría enseguida a emplear su capital de otro modo. El efecto de las primas, como el de todos los expedientes del sistema mercantil, "solo puede ser forzar el comercio de un país hacia un canal mucho menos ventajoso que aquel por el que correría naturalmente".

La prima al trigo: dos impuestos sobre el pueblo

El autor de los tratados sobre el comercio de granos mostró que, desde que se estableció la prima al trigo, el valor del trigo exportado excedió al del importado por mucho más que todas las primas pagadas, y cree que eso prueba, según los principios mercantiles, que el comercio forzado beneficia a la nación. No considera que la prima es la parte más pequeña de lo que esa exportación cuesta a la sociedad: hay que contar también el capital que el agricultor empleó en producir el trigo, y si el precio en el exterior no repone la prima y ese capital con su beneficio, la sociedad pierde la diferencia. Y la razón misma por la que se creyó necesaria la prima es la supuesta insuficiencia del precio para hacerlo.

Se dice también que el precio medio del trigo bajó desde la prima. Smith ya mostró que bajó, pero eso ocurrió a pesar de la prima y no por ella: bajó igual en Francia, donde no solo no había prima sino que la exportación estuvo prohibida hasta 1764, y la causa es la suba gradual del valor real de la plata en el mercado de Europa. En los años de abundancia la prima, al provocar una exportación extraordinaria, mantiene el precio interno por encima de lo que caería, y ese fue su propósito declarado; en los de escasez, la gran exportación de los años buenos impide que la abundancia de un año alivie la escasez de otro. En ambos, la prima tiende a subir el precio del trigo en el mercado interno.

Se responde que eso alienta el cultivo, por abrir un mercado exterior y por asegurar un mejor precio. Smith contesta que toda extensión del mercado exterior es en cada año a costa del interno, porque cada fanega exportada gracias a la prima habría quedado en el país aumentando el consumo y bajando el precio. Y que la prima al trigo, como toda prima, impone dos impuestos distintos sobre el pueblo: el que paga la prima y el que resulta del precio más alto en el mercado interno, que en el trigo, como todo el pueblo lo compra, lo paga todo el pueblo, y es con mucho el más pesado de los dos. Suponiendo que la prima de cinco chelines por cuarto suba el precio interno solo cuatro chelines, y como se exporta apenas una parte de cada treinta y una que se consumen, por cada cinco chelines del primer impuesto el pueblo paga seis libras y cuatro chelines del segundo. Un impuesto tan pesado sobre la primera necesidad de la vida o reduce la subsistencia de los pobres trabajadores, y con ella su capacidad de criar hijos y la población del país, o sube sus salarios en dinero y reduce la capacidad de sus empleadores para emplearlos. La tendencia final de la prima es atrofiar el mercado interno y, a la larga, "más bien disminuir que aumentar el mercado y el consumo enteros de trigo".

El trigo regula todos los precios

Se dirá que el precio más alto hace el trigo más rentable y alienta su producción. Lo haría si la prima subiera el precio real del trigo, es decir la cantidad de trabajo que una cantidad de trigo puede mantener. Pero ni la prima ni ninguna otra institución humana pueden tener ese efecto: la prima afecta el precio nominal del trigo, no el real. Su efecto verdadero no es tanto subir el valor real del trigo como degradar el valor real de la plata, hacer que una cantidad igual se cambie por menos trigo y por menos de todas las demás mercancías nacionales, porque el precio en dinero del trigo regula el de todas ellas. Regula el precio del trabajo, que debe permitir al obrero comprar el trigo que mantiene a su familia; regula el de todo el producto bruto de la tierra, del heno, la carne, los caballos y por tanto del transporte terrestre; y regulando los materiales y el trabajo, regula el de la manufactura completa. Aunque el agricultor venda a cuatro chelines en lugar de tres y medio, si cuatro chelines no compran más bienes nacionales que antes tres y medio, ni él ni el terrateniente mejoran: el agricultor no cultiva mejor ni el terrateniente vive mejor, porque casi todo su gasto es en bienes nacionales.

Una degradación de la plata que resulte de la fertilidad de las minas, y que opere por igual en todo el mundo comercial, importa poco. Pero la que resulta de las instituciones de un país particular, y ocurre solo en él, es de gran consecuencia y "tiende a hacer a todos realmente más pobres": encarece en dinero todo lo que produce ese país, desalienta toda su industria y permite a los extranjeros vender más barato que sus obreros incluso en el mercado interno.

El dique de España y Portugal

Smith lo ilustra con el caso más extremo. España y Portugal, dueñas de las minas, distribuyen el oro y la plata al resto de Europa, y esos metales deberían ser en ellas apenas más baratos que en otras partes, por el costo del flete y el seguro. Pero España gravando y Portugal prohibiendo la exportación de metales agravan su situación con sus instituciones. "Cuando se represa una corriente de agua, en cuanto el dique se llena tiene que pasar por encima tanta agua como si no hubiera dique." La prohibición no puede retener más oro y plata que lo que el producto anual del país permite emplear en moneda, vajilla y dorados; llegada esa cantidad, el dique está lleno y todo lo que sigue entrando se derrama, y la exportación anual de metales de España y Portugal es, a pesar de las trabas, casi igual a la importación. Pero como el agua es siempre más profunda detrás del dique que delante, la cantidad de metales retenida en esos países, en proporción a su producto anual, es mayor que en cualquier otro, y cuanto más alto el dique, más grande la diferencia: por eso se encuentra allí una profusión de vajilla en casas donde no hay nada más que corresponda a esa magnificencia. La baratura de los metales, es decir la carestía de todo lo demás, desalienta la agricultura y las manufacturas de ambos países y permite a los extranjeros abastecerlos de casi todo por menos plata de lo que les cuesta producirlo. Abrir las compuertas nivelaría el agua: la pérdida de metales sería "enteramente nominal e imaginaria", el valor real de lo que quedara subiría, y lo que saliera traería a cambio bienes que en gran parte serían materiales, herramientas y provisiones para gente industriosa. Una parte del capital muerto de la sociedad se convertiría en capital activo, y su industria quedaría aliviada "de una de las cargas más opresivas que hoy soporta".

La prima al trigo opera exactamente como esa política absurda: encarece el trigo en el mercado interno y lo abarata en el exterior, baja el valor de la plata en Gran Bretaña y lo sube un poco afuera, permite a los holandeses comer trigo británico a veces más barato que los propios británicos, y da a la industria holandesa "una doble ventaja sobre la nuestra". Pone algo más de dinero en los bolsillos de agricultores y terratenientes, y será difícil convencerlos de que eso no es un gran servicio; pero si ese dinero pierde en valor lo que gana en cantidad, el servicio es nominal e imaginario. El único grupo al que la prima sirvió realmente fueron los comerciantes de granos, que exportan más en los años buenos e importan más y venden más caro en los malos, y en ellos observó Smith el mayor celo por renovarla.

Los caballeros rurales, al imponer derechos prohibitivos al trigo extranjero y establecer la prima, imitaron a los fabricantes, pero no advirtieron "la grande y esencial diferencia que la naturaleza estableció entre el trigo y casi toda otra clase de bienes". Cuando el monopolio o la prima permiten al fabricante de paños vender más caro, suben el precio real de sus bienes, aumentan su riqueza real y le permiten emplear más trabajo: lo alientan de verdad. Cuando suben el precio en dinero del trigo, no suben su valor real ni permiten mantener más trabajadores para cultivarlo:

La naturaleza de las cosas ha estampado sobre el trigo un valor real que no puede alterarse alterando meramente su precio en dinero. Ninguna prima a la exportación, ningún monopolio del mercado interno puede subir ese valor. La competencia más libre no puede bajarlo. En el mundo en general ese valor es igual a la cantidad de trabajo que puede mantener, y en cada lugar particular es igual a la cantidad de trabajo que puede mantener del modo, liberal, moderado o escaso, en que el trabajo se mantiene comúnmente en ese lugar. El paño de lana o de lino no son las mercancías reguladoras por las que debe medirse finalmente el valor real de todas las demás; el trigo lo es.

Las primas a la exportación están sujetas a la objeción general contra todo el sistema mercantil, forzar la industria hacia un canal menos ventajoso, y a la particular de forzarla hacia uno realmente desventajoso, porque el comercio que solo existe por la prima es necesariamente perdedor. La del trigo tiene además esta otra: no puede promover en nada la producción de lo que quería alentar. Los caballeros rurales cargaron la renta pública con un gasto considerable e impusieron un impuesto muy pesado al pueblo sin aumentar el valor real de su mercancía, y al bajar el valor de la plata retrasaron la mejora de sus propias tierras, que depende de la industria general del país.

Primas a la producción y la pesca del arenque

Para alentar la producción de algo, una prima a la producción tendría una operación más directa que una a la exportación, impondría un solo impuesto y tendería a bajar el precio interno en lugar de subirlo. Pero rara vez se concedieron, porque los prejuicios del sistema comercial enseñaron a creer que la riqueza nace más de exportar que de producir, y porque a los comerciantes y fabricantes, inventores de todos estos expedientes, no les conviene que el mercado interno se llene de sus bienes: la prima a la exportación, que saca el excedente y mantiene alto el precio de lo que queda, es de todos los expedientes "el que más quieren". Smith conoció empresarios que acordaron en privado pagar de su bolsillo una prima a la exportación de parte de sus bienes, y el precio interno más que se duplicó.

Algo parecido a una prima a la producción son las primas por tonelaje a la pesca del arenque y de la ballena, que podrían defenderse como contribución a la defensa por aumentar marineros y barcos. Pero en la del arenque Smith cree que la legislatura "ha sido muy groseramente engañada". La prima es demasiado grande: cada barril exportado le costó al gobierno más de lo que vale en el mercado. Se paga por el tonelaje del barco y no por su diligencia, y "ha sido demasiado común que se equiparan barcos con el único propósito de pescar no el pescado sino la prima": en 1759 toda la flota escocesa trajo cuatro barriles, a ciento trece libras cada uno solo en primas. El método de barcos de cubierta, copiado de Holanda, no se adapta a Escocia, donde el arenque entra en los brazos de mar y la pesca en botes era la mejor, y la prima arruinó esa pesca. Y el arenque, que es comida del pueblo escocés, no bajó de precio, porque la prima a la exportación se lleva más de dos tercios del producto. Tampoco enriqueció a los pescadores: el efecto usual de esas primas es "alentar a emprendedores temerarios a aventurarse en un negocio que no entienden", y la gran compañía de quinientas mil libras creada en 1750 con todas esas ventajas perdió casi todo su capital.

Smith cierra la parte con tres matices. Si una manufactura es necesaria para la defensa y no puede sostenerse sola, como la lona para velas o la pólvora, puede no ser irrazonable gravar a las demás para sostenerla. En la abundancia, dar primas a industrias favoritas puede ser tan natural como cualquier otro gasto ocioso, y "la gran riqueza puede admitirse a menudo como excusa de la gran locura", pero continuar esa profusión en tiempos de dificultad general es más que ordinaria absurdidad. Y lo que se llama prima es a veces solo una devolución de derechos, como la del azúcar refinado o la pólvora, y los premios a los artesanos que sobresalen no merecen las mismas objeciones, porque estimulan la emulación sin desviar capital y cuestan poco, mientras que la prima al trigo costó al público en un solo año más de trescientas mil libras.

Digresión sobre el comercio de granos y las leyes de granos

Smith no puede concluir sin observar que los elogios a la ley de la prima al trigo y a las regulaciones conectadas con ella son inmerecidos, y la importancia del asunto justifica la longitud de la digresión. El comercio de granos tiene cuatro ramas: el comerciante interior, el importador para consumo interno, el exportador del producto nacional y el transportista que importa para reexportar.

El interés del comerciante interior y el del gran cuerpo del pueblo, por opuestos que parezcan, son exactamente el mismo, incluso en los años de mayor escasez. Su interés es subir el precio tanto como la escasez real de la estación exige, y nunca más. Al subirlo, desalienta el consumo y pone a todos, sobre todo a las clases inferiores, en ahorro y buen manejo; si lo sube demasiado, el suministro sobra y tiene que vender el resto mucho más barato; si no lo sube lo suficiente, el consumo agota el suministro antes de la cosecha siguiente y expone al pueblo "no a las penurias de una carestía sino a los horrores espantosos de una hambruna". Sin proponerse el interés del pueblo, lo trata como el capitán prudente trata a su tripulación cuando prevé que las provisiones van a faltar: la pone a media ración. Y aunque por avaricia suba a veces el precio más de lo necesario, las incomodidades que eso causa son insignificantes comparadas con lo que sufriría el pueblo si se lo tratara con más liberalidad al comienzo de la estación; el que más sufre por esa avaricia es el comerciante mismo, por la indignación que provoca y por el trigo que le queda sin vender.

Una gran compañía que poseyera toda la cosecha de un país extenso quizá tendría interés en destruir parte, como se dice que hacen los holandeses con las especias de las Molucas. Pero es casi imposible, aun con la violencia de la ley, establecer un monopolio así sobre el trigo, que de todas las mercancías es la menos expuesta a ser acaparada: su valor excede con mucho lo que unos pocos capitales pueden comprar, es la mercancía que más industria emplea y, recién salida de la tierra, está dividida entre más dueños que ninguna otra, dispersos por todo el país y sin posibilidad de combinarse. Quien examine la historia de las carestías y hambrunas de Europa en los últimos tres siglos encontrará, cree Smith, que ninguna carestía nació nunca de una combinación de comerciantes sino de una escasez real, casi siempre por las estaciones, "y que una hambruna nunca nació de otra causa que la violencia del gobierno intentando remediar con medios impropios las incomodidades de una carestía". En un país extenso con libre comercio interior, la peor estación no puede producir hambruna, porque la sequía que daña una parte favorece a otra; hasta en los países de arroz la sequía rara vez es tan universal como para causar hambruna si el gobierno permite el comercio libre, y la de Bengala hace pocos años probablemente pasó de carestía a hambruna por las restricciones de los servidores de la Compañía de las Indias Orientales sobre el comercio de arroz. Cuando el gobierno ordena vender a un precio "razonable", o impide que el trigo llegue al mercado o hace que se consuma tan rápido que la hambruna llega antes del fin de la estación. La libertad ilimitada del comercio de granos es el único preventivo eficaz de las hambrunas y el mejor paliativo de las carestías, porque una escasez real no puede remediarse, solo paliarse. Ningún comercio merece más la protección de la ley, y ninguno la necesita tanto, "porque ninguno está tan expuesto al odio popular".

En los años de escasez el pueblo imputa su miseria a la avaricia del comerciante de granos, que corre peligro de ver saqueados sus almacenes. Sus beneficios extraordinarios de esos años solo compensan las muchas pérdidas de los otros, como prueba que en ese comercio se hacen tan pocas grandes fortunas como en cualquiera; pero el odio popular aleja de él a la gente de carácter y fortuna, y queda abandonado a molineros, panaderos y "un número de miserables buhoneros". La antigua política de Europa, en lugar de desalentar ese odio, lo autorizó. Un estatuto de Eduardo VI castigaba a quien comprara trigo para revenderlo con prisión, confiscación y picota; nuestros antepasados imaginaron que el pueblo compraría más barato al agricultor que al comerciante, y trataron de aniquilar el comercio intermedio. Así regularon la agricultura con máximas opuestas a las de las manufacturas: obligaron al agricultor a ser también comerciante de granos mientras prohibían al fabricante ser tendero. Ninguna de las dos leyes tenía sentido. El fabricante con tienda no habría vendido más barato que el tendero, porque necesita el beneficio de dos capitales distintos; el agricultor obligado a vender al menudeo no podía vender más barato que un comerciante, y además tenía que dividir su capital entre el granero y el cultivo. Ambas leyes fueron "violaciones evidentes de la libertad natural, y por tanto injustas", y tan impolíticas como injustas; la ley debe siempre confiar a la gente el cuidado de su propio interés. Pero la del agricultor fue con mucho la más perniciosa, porque obstruyó la mejora de la tierra: si el agricultor pudiera vender toda su cosecha al comerciante en cuanto la trilla, todo su capital volvería a la tierra. Después del agricultor, el comerciante de granos es el oficio que más contribuiría a producir trigo, como el mayorista sostiene al fabricante tomándole su obra en cuanto la hace; un intercambio así entre agricultores y comerciantes ricos permitiría a los primeros tener todo su capital en el cultivo y encontrar en su cliente habitual, y no en la tolerancia del terrateniente o la clemencia de su administrador, quien los sostenga en los accidentes a que ningún oficio está más expuesto.

El rigor del estatuto se suavizó después, y por la ley de Carlos II de 1663 se permitió comprar trigo para revenderlo mientras no pasara de cuarenta y ocho chelines el cuarto, a quienes no fueran forestallers, los que revenden en el mismo mercado dentro de tres meses. Esa ley autoriza dos prejuicios absurdos: que a cierto precio el trigo puede acapararse en daño del pueblo, cuando ningún precio lo permite; y que revender en el mismo mercado daña, cuando el comerciante que lo hace apuesta a que el precio subirá, se arruina si se equivoca y, si acierta, hace al pueblo el servicio más importante, hacerle sentir antes las incomodidades de la carestía para que no las sienta después con severidad. Cuando la escasez es real, lo mejor que puede hacerse por el pueblo es repartir sus incomodidades lo más parejamente posible entre todos los meses, semanas y días del año, y nadie tiene el interés, el conocimiento ni la capacidad de hacerlo como el comerciante de granos.

El temor popular al acaparamiento y la reventa puede compararse con los terrores y sospechas populares de la brujería. Los desdichados acusados de este último crimen no eran más inocentes de las desgracias que se les imputaban que quienes fueron acusados del primero. La ley que puso fin a todos los procesos por brujería, que quitó a cualquiera el poder de satisfacer su malicia acusando a su vecino de ese crimen imaginario, parece haber puesto fin eficazmente a esos temores y sospechas al quitarles la gran causa que los alentaba. La ley que devolviera entera libertad al comercio interior de granos probablemente resultaría igual de eficaz para poner fin a los temores populares al acaparamiento y la reventa.

Con todas sus imperfecciones, esa ley de Carlos II contribuyó quizá más al abastecimiento del mercado interno y al aumento del cultivo que cualquier otra del código, porque el comercio interior importa mucho más que el exterior: lo importado no pasa de una parte en quinientas setenta del consumo, y lo exportado de una en treinta y una. Smith aclara que no tiene gran fe en la aritmética política y cita esos cómputos solo para mostrar cuán poco pesa el comercio exterior de granos frente al interior.

Sobre las otras tres ramas basta poco. El importador contribuye directamente al abastecimiento interno: baja el precio en dinero del trigo pero no su valor real, y al subir el valor de la plata abarata toda la industria del país y agranda el mercado interno del trigo, que es el mayor y más importante. Los derechos de importación, prohibitivos hasta precios que no se dieron en un siglo, se suspendían en las escaseces por leyes temporales "cuya necesidad demuestra suficientemente la impropiedad de la ley general". El exportador contribuye indirectamente, porque sin poder exportar el excedente los agricultores nunca producen más que lo justo y el mercado interno queda casi siempre desabastecido; pero fue hecho mucho más libre que el comerciante interior, y su interés sí puede oponerse al del pueblo cuando un país vecino sufre hambruna. El objeto real de esas leyes no fue abastecer el mercado interno sino, "bajo el pretexto de alentar la agricultura, subir el precio en dinero del trigo tanto como fuera posible y ocasionar así una carestía constante". Si todas las naciones siguieran el sistema liberal de libre exportación e importación, los Estados de un continente se parecerían a las provincias de un imperio y la escasez de uno se aliviaría con la abundancia de otro; un cantón suizo puede tener que restringir la exportación alguna vez, Francia o Inglaterra casi nunca. "Las leyes sobre el trigo pueden compararse en todas partes con las leyes sobre la religión": el pueblo se siente tan interesado en su subsistencia en esta vida como en su felicidad en la otra que el gobierno debe ceder a sus prejuicios, y por eso tan rara vez hay un sistema razonable sobre ninguno de los dos. El transportista, por último, abastece al mercado interno porque prefiere vender en el país y ahorrarse flete y seguro, pero en Gran Bretaña estaba de hecho prohibido.

Por qué prosperó Gran Bretaña a pesar de sus leyes

El sistema de leyes conectado con la prima no merece, entonces, ninguno de los elogios que recibió. La mejora y prosperidad de Gran Bretaña, tan a menudo atribuidas a esas leyes, se explican por otra causa: la seguridad que sus leyes dan a cada hombre de que gozará de los frutos de su propio trabajo, que basta por sí sola para hacer florecer a cualquier país "a pesar de estas y otras veinte regulaciones absurdas del comercio", y que se perfeccionó con la Revolución casi al mismo tiempo que se estableció la prima.

El esfuerzo natural de cada individuo por mejorar su propia condición, cuando se le permite ejercerse con libertad y seguridad, es un principio tan poderoso que por sí solo, y sin ninguna ayuda, no solo es capaz de llevar a la sociedad a la riqueza y la prosperidad, sino de superar cien obstrucciones impertinentes con que la locura de las leyes humanas estorba tan a menudo sus operaciones.

Que la mayor prosperidad de Gran Bretaña haya sido posterior a esas leyes no permite atribuírsela, como tampoco a la deuda nacional, que también fue anterior. Y aunque el sistema de la prima tiende a lo mismo que la política de España y Portugal, Gran Bretaña es de los países más ricos de Europa y ellos de los más miserables, por dos razones: allí la prohibición de exportar metales opera mucho más fuerte que las leyes de granos aquí, y esa mala política no está compensada, como en Gran Bretaña, por la libertad y seguridad general del pueblo, porque "la industria no es allí ni libre ni segura" y sus gobiernos civiles y eclesiásticos bastarían por sí solos para perpetuar su pobreza.

La ley de 1773 estableció un sistema nuevo, en muchos aspectos mejor: abre el mercado interno a la importación a precios bastante más bajos, retira la prima a precios más bajos ("si las primas son tan impropias como he intentado probar, cuanto antes cesen y más bajas sean, tanto mejor") y permite almacenar trigo importado para reexportarlo. Pero da por primera vez una prima a la avena y prohíbe la exportación de trigo justo al precio en que retira la prima, cuando la prima debería retirarse mucho más abajo o la exportación permitirse mucho más arriba. Con todas sus imperfecciones, puede decirse de ella lo que se dijo de las leyes de Solón: que aunque no es la mejor en sí misma, es la mejor que los intereses, prejuicios y temperamento de la época admitían, y quizá prepare el camino para una mejor.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

Una prima a la exportación es peor que una restricción a la importación: no solo desvía el capital sino que lo mantiene en un comercio que pierde por definición, y le cobra al pueblo dos veces, el impuesto que la paga y el precio más alto que provoca. En el trigo el daño es especial, porque el trigo no es una mercancía como las demás sino la que regula el precio de todas: subir su precio en dinero no sube su valor real, solo degrada la plata del país y encarece toda su industria frente a la extranjera, exactamente como el dique con que España y Portugal retienen sus metales. La digresión sobre el comercio de granos es la defensa más famosa del intermediario en toda la literatura económica: el comerciante de granos, sin proponérselo, raciona la escasez como un capitán prudente, no puede acaparar una mercancía tan dispersa, y el odio que se le tiene es de la misma naturaleza que el miedo a las brujas; las hambrunas no las causan los acaparadores sino los gobiernos que fijan precios. Y queda la conclusión que explica el título de la obra: Gran Bretaña no prosperó por sus leyes comerciales sino a pesar de ellas, porque el esfuerzo de cada individuo por mejorar su condición, con libertad y seguridad, supera cien obstrucciones de la locura legislativa.

Capítulo VI: De los tratados de comercio

Tercer estímulo a la exportación. El capítulo tiene dos mitades muy distintas: una breve sobre los tratados de comercio, con el famoso Tratado de Methuen entre Inglaterra y Portugal como ejemplo, y una larga y técnica sobre el señoreaje, el derecho por acuñar moneda, que Smith reconoce que habría encajado mejor en el Libro I y que coloca aquí porque la acuñación gratuita es, a su juicio, otro prejuicio del sistema mercantil: una prima a la producción de dinero.

A quién favorece un tratado de comercio

Cuando una nación se obliga por tratado a admitir ciertos bienes de un país que prohíbe a todos los demás, o a eximirlos de derechos que cobra a todos los otros, los comerciantes y fabricantes del país favorecido obtienen una gran ventaja: gozan de una especie de monopolio en el país que les es tan indulgente, que se vuelve para ellos un mercado más extenso, porque los bienes de otras naciones quedan excluidos, y más ventajoso, porque sin la competencia de todas las demás venden a mejor precio.

Pero esos tratados son necesariamente desventajosos para el país que favorece. Se concede contra él un monopolio a una nación extranjera, y sus habitantes compran más caro los bienes que necesitan; la parte de su producto con que los paga tiene que venderse más barata, porque cuando dos cosas se cambian, la baratura de una es la misma cosa que la carestía de la otra. El valor de cambio de su producto anual se reduce con cada tratado así, aunque no llega a ser una pérdida positiva sino una disminución de la ganancia: a diferencia de las primas, el país no vende por debajo del costo, y puede seguir ganando con el comercio, aunque menos que con libre competencia.

El Tratado de Methuen

Algunos tratados se han creído ventajosos por un principio muy distinto: un país comercial concedió a veces un monopolio contra sí mismo a ciertos bienes de una nación extranjera porque esperaba vender a esa nación más de lo que le compraría, y recibir el saldo en oro y plata. Sobre ese principio se elogió tanto el tratado entre Inglaterra y Portugal concluido por Methuen en 1703, que consta de tres artículos: Portugal se compromete a admitir para siempre los paños de lana británicos como antes de prohibirlos; Gran Bretaña se compromete a admitir para siempre los vinos de Portugal cobrándoles un tercio menos que a los de Francia; y ambas partes se obligan a ratificar. Portugal solo se obliga a no subir los derechos que pagaban los paños ingleses, y no a tratarlos mejor que a los de Francia u Holanda; Gran Bretaña se obliga a cobrar a los vinos portugueses dos tercios de lo que cobra a los franceses, que son los que más compiten con ellos. "Hasta aquí este tratado es evidentemente ventajoso para Portugal y desventajoso para Gran Bretaña."

Y sin embargo se celebró como una obra maestra de la política comercial inglesa, porque Portugal recibe cada año del Brasil más oro del que puede emplear, y el excedente viene en gran parte a Inglaterra a cambio de bienes ingleses. Se decía que el paquebote semanal de Lisboa traía más de cincuenta mil libras en oro, cifra que Smith juzga exagerada. Los propios comerciantes, cuando estuvieron de malas con la corona portuguesa, sostuvieron que casi todo ese oro era por cuenta de otras naciones europeas y no de Gran Bretaña. Pero supongamos que fuera todo por cuenta británica y aun más de lo que se dice: ese comercio no sería más ventajoso que cualquier otro en que, por el mismo valor enviado, recibimos un valor igual de bienes consumibles. Solo una parte muy pequeña del oro importado se añade a la vajilla o la moneda del reino; el resto se reexporta a cambio de bienes consumibles, y si esos bienes se compraran directamente con el producto de la industria inglesa sería mejor para Inglaterra que comprar primero el oro de Portugal y después, con ese oro, los bienes: un comercio directo de consumo es siempre más ventajoso que uno indirecto y requiere mucho menos capital, y el capital que sobrara podría excitar más industria. Aunque Gran Bretaña quedara enteramente excluida del comercio con Portugal, conseguiría sin dificultad todo el oro que necesita, porque el oro, como cualquier mercancía, "siempre puede obtenerse en alguna parte por su valor por quienes tienen ese valor para darlo"; el excedente portugués saldría igual, llevado por otra nación. Y cuanto más oro se importa de un país, menos hace falta importar de todos los demás: "cuanto más ese objeto tan insignificante de la política moderna, la balanza comercial, parece estar a nuestro favor con algunos países particulares, más debe parecer estar en contra nuestra con muchos otros".

Fue sobre "esa tonta noción" de que Inglaterra no podía subsistir sin el comercio de Portugal que Francia y España, hacia el final de la última guerra, exigieron al rey de Portugal excluir a los barcos británicos de sus puertos y recibir guarniciones francesas o españolas. Si Portugal hubiera cedido, Gran Bretaña se habría librado de un inconveniente mucho mayor que perder ese comercio: la carga de sostener a un aliado tan débil que todo el poder de Inglaterra apenas habría podido defenderlo otra campaña. Toda la incomodidad habría sido la de los comerciantes que por uno o dos años no habrían encontrado un empleo igual de ventajoso para sus capitales.

La gran importación anual de oro y plata no es para vajilla ni para moneda sino para el comercio exterior: como son los instrumentos universales del comercio, se reciben a cambio de todo más fácilmente que cualquier otro bien, y por su poco volumen y gran valor cuestan menos de transportar y pierden menos al hacerlo. Facilitar los distintos comercios indirectos de consumo que se hacen desde Gran Bretaña es la principal ventaja del comercio de Portugal, "y aunque no es una ventaja capital, es sin duda considerable".

El señoreaje y la tela de Penélope

Lo que se añade cada año a la vajilla y a la moneda del reino es muy poco, porque la mayor parte de la vajilla nueva se hace fundiendo vajilla vieja, y nadie imagina que la acuñación anual, que en los diez años anteriores a la reforma del oro pasó de ochocientas mil libras al año, fuera una adición al dinero en circulación. Smith explica por qué. Donde el gobierno paga la acuñación, la moneda nunca vale mucho más que el metal que contiene, porque basta llevarlo a la casa de moneda y esperar unas semanas para obtener la misma cantidad acuñada. Pero la moneda corriente está casi siempre desgastada por debajo de su ley; en Gran Bretaña, antes de la reforma, el oro estaba más de un dos por ciento por debajo y la plata más de un ocho. Cuarenta y cuatro guineas y media recién acuñadas no compraban en el mercado más que otras tantas guineas gastadas, porque una vez en los cofres del comerciante se confundían con las demás; pero fundidas daban una libra de oro de ley que se vendía más caro que su valor en moneda. Había un beneficio evidente en fundir la moneda nueva, y se hacía tan instantáneamente que ninguna precaución del gobierno podía impedirlo.

Las operaciones de la casa de moneda eran, por esa razón, algo así como la tela de Penélope: la obra hecha durante el día se deshacía durante la noche. La casa de moneda estaba empleada no tanto en hacer adiciones diarias a la moneda como en reponer la mejor parte de ella, que diariamente se fundía.

Si los particulares que llevan su metal a acuñar pagaran ellos mismos la acuñación, eso añadiría valor a la moneda como la hechura lo añade a la vajilla, y la moneda valdría más que el metal sin acuñar. Un señoreaje moderado añadiría al metal todo el valor del derecho, porque el gobierno tiene en todas partes el privilegio exclusivo de acuñar y ninguna moneda puede llegar al mercado más barata de lo que él quiera. Solo si fuera exorbitante alentaría a los falsificadores; en Francia, con un ocho por ciento, no se observa ningún inconveniente, porque los peligros del falsificador son demasiado grandes para un beneficio de seis o siete por ciento. El señoreaje reduce siempre, y a menudo elimina, el beneficio de fundir la moneda nueva, que nace de la diferencia entre el metal que la moneda corriente debería contener y el que contiene: si esa diferencia es menor que el señoreaje hay pérdida en lugar de beneficio. Donde el dinero se recibe por cuenta y no por peso, "un señoreaje es el preventivo más eficaz contra la fundición de la moneda, y por la misma razón contra su exportación", porque son las piezas mejores y más pesadas las que se funden o exportan.

La ley que hizo gratuita la acuñación se dictó bajo Carlos II por tiempo limitado y se hizo perpetua en 1769, probablemente por complacencia hacia el Banco de Inglaterra, que lleva casi todo el metal a acuñar y creyó que le convenía que pagara el gobierno. Smith muestra con una serie de casos que el Banco se equivocó: con un señoreaje del dos, del cinco o del uno por ciento, y la moneda un dos por ciento por debajo de su peso, la pérdida del Banco en la operación entera sería en todos los casos exactamente el dos por ciento, la misma que sin señoreaje; y con la moneda a su peso justo no perdería ni ganaría. La razón es que el dinero es una mercancía respecto de la cual todo hombre es comerciante: nadie lo compra sino para volver a venderlo, no hay un último consumidor, y por eso un impuesto moderado sobre la acuñación todos lo adelantan y nadie lo paga finalmente, porque todos lo recuperan en el mayor valor de la moneda. El gobierno, al pagar la acuñación, incurre en un pequeño gasto y pierde una pequeña renta, "y ni el Banco ni ningún particular se benefician en lo más mínimo de esa inútil generosidad pública". Más aún: si el oro volviera a degradarse como antes de la reforma, un señoreaje del cuatro o cinco por ciento habría detenido la fundición y la exportación, y el Banco, que perdía unas veintiún mil libras al año en el metal que acuñaba, no habría perdido ni la décima parte. El ahorro es pequeño para el gobierno, pero bien merece la atención seria de una compañía tan grande como el Banco de Inglaterra.

Smith admite que estos razonamientos habrían cabido mejor en los capítulos del Libro I sobre el dinero, pero como la ley de acuñación gratuita nace de los prejuicios vulgares del sistema mercantil, los reservó para este capítulo: "nada podría ser más conforme al espíritu de ese sistema que una especie de prima a la producción de dinero, la cosa misma que, según supone, constituye la riqueza de toda nación".

Lo que hay que llevarse de este capítulo

Un tratado de comercio que concede a un país un trato preferente es un monopolio contra el país que lo concede, y el Tratado de Methuen, celebrado como obra maestra, es un mal negocio para Inglaterra que solo parece bueno si se cree que la riqueza consiste en el oro que Portugal manda de vuelta. Ese oro no es más que una mercancía que sirve para comprar otras, y comprarlas directamente con el producto propio siempre sería mejor; cuanto más oro llega de un país, menos hace falta de los demás, con lo que la balanza favorable con Portugal es necesariamente desfavorable con el resto. La segunda mitad aplica la misma idea al dinero mismo: acuñar gratis es una prima a la producción de la mercancía que el mercantilismo confunde con la riqueza, y su único efecto es alimentar la tela de Penélope de la casa de moneda, que acuña de día lo que los fundidores deshacen de noche. Un señoreaje moderado no le costaría nada a nadie, porque en el dinero todos son comerciantes y nadie es consumidor final, y le ahorraría al Banco de Inglaterra mucho más de lo que este creyó ganar con la gratuidad.

Capítulo VII: De las colonias

Es el capítulo más largo de toda la obra, casi un libro dentro del libro, y Smith lo escribió mientras las colonias norteamericanas se levantaban en armas: la primera edición salió en marzo de 1776, cuatro meses antes de la Declaración de Independencia. Tiene tres partes. La primera cuenta por qué se fundaron las colonias, y concluye que fue por locura e injusticia. La segunda explica por qué prosperan, y por qué las inglesas prosperaron más que todas. La tercera, la más larga y la más polémica, sostiene que el monopolio del comercio colonial no enriquece a la metrópoli sino que la empobrece, propone o bien soltar a las colonias o bien darles representación en el Parlamento, y termina con la condena de las compañías privilegiadas de las Indias Orientales. Muchas de las ideas del contrapunto entre Smith y el imperio están acá.

Parte I: de los motivos para establecer nuevas colonias

El interés que llevó a fundar las colonias europeas en América no fue tan claro como el que guio a las de Grecia y Roma. Las ciudades griegas tenían territorios muy pequeños, y cuando su gente se multiplicaba enviaban una parte a buscar nueva morada en tierras lejanas; la ciudad madre trataba a la colonia como a un hijo emancipado, al que debía favor y del que esperaba gratitud, pero sobre el que no pretendía ninguna autoridad. La colonia se daba su gobierno, sus leyes y sus magistrados, y hacía la paz y la guerra como un Estado independiente. Roma, en cambio, fundó sus colonias para dar tierras a los ciudadanos pobres que la reclamaban, en provincias conquistadas de Italia, donde nunca podían formar un Estado independiente y quedaban sujetas a la jurisdicción de la ciudad madre, sirviendo además de guarnición. Las palabras mismas lo dicen: colonia en latín significa simplemente plantación; el término griego significa una separación de morada, una salida de la casa. Pero en ambos casos el interés fue claro: necesidad irresistible o utilidad evidente.

Las colonias europeas de América no nacieron de ninguna necesidad, y aunque su utilidad ha sido muy grande, no fue entendida al fundarlas ni fue su motivo. El motivo fue otro. Los venecianos monopolizaban el comercio de especias de Oriente a través de Egipto; los portugueses, tentados por esas ganancias, buscaron durante un siglo un camino por mar hasta que Vasco da Gama llegó al Indostán en 1497. Algunos años antes, un piloto genovés concibió el proyecto más audaz de llegar a las Indias por el oeste: cuanto más largo fuera el camino por el este, concluyó Colón con razón, más corto sería por el oeste. Pero lo que encontró no se parecía en nada a lo que buscaba: en lugar de la riqueza y la población de China y el Indostán, un país cubierto de bosque, sin cultivar, habitado por tribus de salvajes desnudos y miserables. No quiso creer que no fueran los países de Marco Polo, llamó Indias a lo que había descubierto, y por ese error el nombre les quedó para siempre.

Le importaba, sin embargo, presentar a la corte de España sus descubrimientos como de gran consecuencia, y en lo que constituye la riqueza real de un país, las producciones animales y vegetales del suelo, no había nada que lo justificara: el mayor cuadrúpedo de Santo Domingo era el corí, algo entre una rata y un conejo, y las plantas, maíz, ñame, papa, banana, eran desconocidas en Europa. Colón volvió entonces la vista a los minerales, y con los pedacitos de oro con que los habitantes adornaban su ropa se convenció de que las montañas abundaban en las minas más ricas. Cuando fue recibido con honores de triunfo por los reyes de Castilla y Aragón, las producciones de los países descubiertos desfilaron ante él: unas cintas y brazaletes de oro, unos fardos de algodón, cañas de tamaño extraordinario, pájaros de bello plumaje, pieles rellenas de caimán y manatí, "todo precedido por seis o siete de los desdichados nativos, cuyo color y apariencia singulares añadían mucho a la novedad del espectáculo".

En consecuencia de las representaciones de Colón, el consejo de Castilla decidió tomar posesión de países cuyos habitantes eran claramente incapaces de defenderse. El piadoso propósito de convertirlos al cristianismo santificó la injusticia del proyecto. Pero la esperanza de encontrar allí tesoros de oro fue el único motivo que lo impulsó a emprenderlo.

Colón propuso que la mitad de todo el oro y la plata fuera para la corona. Mientras el oro se obtenía saqueando a los nativos indefensos, cosa que en Santo Domingo se completó en seis u ocho años, no fue difícil pagar ese impuesto; cuando hubo que cavar minas, fue imposible, y bajó a un tercio, a un quinto, a un décimo y por fin a un vigésimo. La misma "sagrada sed de oro" llevó a Ojeda, Nicuesa y Balboa al Darién, a Cortés a México y a Almagro y Pizarro a Chile y Perú. Y sin embargo, de todos los proyectos costosos e inciertos que llevan a la bancarrota a quienes los emprenden, ninguno es más ruinoso que la búsqueda de minas de oro y plata: "es quizá la lotería más desventajosa del mundo", la que menos proporción guarda entre lo que ganan los que sacan premio y lo que pierden los que sacan blanco, porque el precio común del billete es la fortuna entera de un hombre muy rico. Es el proyecto al que un legislador prudente menos querría dar estímulo, y al que la confianza absurda de casi todos los hombres en su propia buena fortuna dirige de por sí una parte excesiva del capital. La misma pasión que sugirió a tantos la idea de la piedra filosofal sugirió a otros la de minas inmensas; el sueño de Raleigh sobre El Dorado muestra que ni los sabios están libres de esas ilusiones, y más de un siglo después el jesuita Gumilla seguía convencido de la realidad de aquel país maravilloso. En los países que descubrieron primero los españoles no se conoce hoy ninguna mina que valga la pena, y la fortuna hizo lo que rara vez hace: realizó en parte las esperanzas extravagantes de sus devotos con la conquista de México y Perú. Un proyecto de comercio con las Indias Orientales dio ocasión al descubrimiento de las Occidentales; un proyecto de conquista, a todos los establecimientos españoles; un proyecto de minas, a la conquista. Las demás naciones fueron animadas por las mismas quimeras, sin igual éxito: en las colonias inglesas, francesas, holandesas y danesas nunca se encontró una mina, aunque los primeros colonos ingleses ofrecieron al rey un quinto de todo el oro que hallaran, y esperaban además encontrar el paso del noroeste; en ambas cosas siguen decepcionados.

Parte II: causas de la prosperidad de las nuevas colonias

La colonia de una nación civilizada que toma posesión de un país despoblado, o tan poco poblado que los nativos ceden fácilmente el lugar, avanza hacia la riqueza y la grandeza más rápido que cualquier otra sociedad humana. Los colonos llevan consigo un conocimiento de la agricultura y las artes superior al que puede crecer solo en muchos siglos entre naciones bárbaras, y llevan también el hábito de la subordinación, alguna noción del gobierno regular y de la justicia de su país. Cada colono tiene más tierra de la que puede cultivar, no paga renta y casi no paga impuestos, y tiene todo motivo para hacer lo más grande posible un producto que es casi enteramente suyo; pero su tierra es tan extensa que ni con toda su industria produce la décima parte de lo que podría, y busca trabajadores por todas partes pagándoles los salarios más liberales. Esos salarios, unidos a la abundancia y baratura de la tierra, hacen que los trabajadores lo dejen pronto para volverse ellos mismos propietarios y pagar con igual liberalidad a otros, que los dejan por la misma razón. La recompensa liberal del trabajo alienta el matrimonio, los hijos se crían bien y al crecer se establecen como sus padres. En otros países la renta y el beneficio se comen los salarios y los dos órdenes superiores oprimen al inferior; en las colonias nuevas el interés de los dos superiores los obliga a tratar al inferior con más generosidad y humanidad, "al menos donde ese orden inferior no está en estado de esclavitud". En los salarios consiste casi todo el precio de la tierra, y aunque altos como salarios, son bajos como precio de algo tan valioso.

Así prosperaron las colonias griegas, que en uno o dos siglos igualaron y superaron a sus metrópolis: Siracusa, Agrigento, Tarento, Éfeso, Mileto; las escuelas de Tales y Pitágoras se fundaron no en Grecia sino en una colonia asiática y otra italiana. Tenían tierra buena en abundancia y, siendo independientes, libertad para manejar sus asuntos. Las romanas, en provincias conquistadas ya pobladas, con poca tierra y sin independencia, progresaron mucho más despacio. Las colonias europeas de América se parecen a las griegas en la abundancia de tierra y a las romanas en la dependencia, pero la distancia alivió esa dependencia: su conducta fue muchas veces pasada por alto porque en Europa no se conocía o no se entendía, y hasta el gobierno violento y arbitrario de España tuvo que retirar o suavizar órdenes por miedo a una insurrección general.

Smith repasa las distintas naciones. Las colonias españolas, que dieron renta a la corona desde el primer día, atrajeron mucha atención de la metrópoli y las demás fueron descuidadas, y "las primeras quizá no prosperaron mejor por esa atención, ni las otras peor por ese descuido"; aun así Lima, Quito y México superan en población a Boston, Nueva York y Filadelfia, y a pesar de "la cruel destrucción de los nativos que siguió a la conquista" México y Perú son probablemente más populosos hoy que nunca. Brasil creció en el descuido de Portugal hasta ser la colonia con más gente de origen europeo de toda América. En las colonias holandesas, danesas y francesas el obstáculo fue casi siempre el mismo, el gobierno de una compañía exclusiva, "quizá el peor de todos los gobiernos para cualquier país", pero la abundancia y baratura de la tierra son causas tan poderosas de prosperidad "que el peor gobierno apenas es capaz de detener del todo su eficacia": Curazao y San Eustaquio prosperaron como puertos francos, Canadá se aceleró cuando se disolvió su compañía, y Santo Domingo, fundada por piratas, se volvió la colonia azucarera más importante de las Indias Occidentales.

Pero ninguna colonia progresó tan rápido como las inglesas de América del Norte, y la explicación es institucional. "Abundancia de buena tierra y libertad para manejar sus propios asuntos a su manera parecen ser las dos grandes causas de la prosperidad de todas las colonias nuevas." En tierra, las inglesas son inferiores a las españolas y portuguesas; en instituciones, superiores a todas, por cuatro razones. Primera, el acaparamiento de tierra sin cultivar está más restringido: la ley obliga a cultivar en cierto plazo una parte de la concesión bajo pena de perderla. Segunda, en Pensilvania no hay primogenitura y la tierra se divide entre todos los hijos; en Nueva Inglaterra el mayor lleva solo doble parte; y en todas la tenencia libre facilita la venta, mientras que en las colonias españolas y portuguesas rige el mayorazgo, que vuelve las grandes fincas inalienables. Tercera, los impuestos son moderados: los colonos nunca contribuyeron a la defensa de la metrópoli, que los defiende a su costa, y el gasto de sus gobiernos civiles no pasaba, antes de los disturbios, de sesenta y cinco mil libras al año para todas las provincias, "un ejemplo memorable de a qué pequeño costo tres millones de personas pueden no solo gobernarse, sino gobernarse bien"; no hay diezmos, el clero es poco numeroso y las ceremonias son frugales, mientras que en las colonias de España, Portugal y Francia la recepción de un virrey cuesta sumas enormes, el diezmo se cobra con el máximo rigor, y una raza numerosa de frailes mendicantes es "un impuesto gravísimo sobre la gente pobre". Cuarta, la venta del excedente es más libre. Toda nación monopolizó el comercio de sus colonias, pero de maneras muy distintas: Holanda, Dinamarca y por momentos Francia y Portugal lo entregaron a una compañía exclusiva, "de todos los expedientes para atrofiar el crecimiento natural de una colonia, sin duda el más eficaz"; España lo confinó a un solo puerto y a flotas en temporada, con lo que los comerciantes actuaban como una compañía y una libra de hierro se vendía en Quito a cuatro chelines y medio; Inglaterra lo dejó libre a todos sus súbditos desde todos sus puertos, y la competencia impidió beneficios exorbitantes.

Smith explica después el sistema de mercancías "enumeradas", que solo pueden venderse a Gran Bretaña, y no enumeradas, que pueden exportarse a cualquier parte en barcos británicos; entre las no enumeradas están las más importantes, granos, madera, provisiones, pescado, azúcar y ron, y ese mercado amplio alentó el cultivo, el desmonte y la pesca. Pero la liberalidad inglesa se limitó al producto bruto: las manufacturas más refinadas los comerciantes y fabricantes británicos se las reservaron. Los derechos sobre el azúcar refinado equivalen a prohibir refinarlo en las colonias; se prohíben los hornos de acero y las laminadoras; se prohíbe transportar sombreros y tejidos de lana de una provincia a otra, incluso por tierra a caballo. "Prohibir a un gran pueblo hacer todo lo que pueda con cada parte de su propio producto, o emplear su capital y su industria del modo que juzgue más ventajoso, es una violación manifiesta de los derechos más sagrados de la humanidad." Esas prohibiciones no han sido hasta ahora muy dañinas, porque la tierra es tan barata y el trabajo tan caro que a las colonias les conviene importar esas manufacturas; en su estado actual son solo "impertinentes insignias de esclavitud", impuestas sin razón por los celos infundados de los comerciantes de la metrópoli, pero en un estado más avanzado serían realmente opresivas e insoportables.

Fuera del comercio exterior, la libertad de los colonos ingleses para manejar sus asuntos es completa, igual a la de sus conciudadanos en Inglaterra y asegurada del mismo modo, por una asamblea de representantes que reclama el derecho exclusivo de imponer impuestos y que domina al poder ejecutivo. No hay nobleza hereditaria; hay más igualdad que en la metrópoli, "sus costumbres son más republicanas y sus gobiernos también". Los gobiernos absolutos de España, Portugal y Francia rigen en cambio sus colonias, y los poderes discrecionales que delegan se ejercen a esa distancia con más que ordinaria violencia; el gobierno de las colonias inglesas es quizá el único que, desde que el mundo existe, pudo dar seguridad perfecta a los habitantes de provincias tan lejanas. Smith añade una observación incómoda: las colonias azucareras francesas prosperaron tanto como las inglesas porque los franceses manejan mejor a sus esclavos, y eso ocurre porque bajo un gobierno arbitrario el magistrado puede entrometerse en la propiedad del amo para proteger al esclavo, mientras que en una colonia libre, donde el amo es miembro de la asamblea, no se atreve. "Que la condición de un esclavo es mejor bajo un gobierno arbitrario que bajo uno libre lo apoya, creo, la historia de todas las épocas y naciones": en Roma, el primer magistrado que protegió a un esclavo fue un emperador.

La conclusión de la parte es lapidaria. La política de Europa tiene muy poco de qué jactarse en la fundación y en el gobierno de las colonias de América. "La locura y la injusticia parecen haber sido los principios que presidieron el primer proyecto de establecerlas: la locura de buscar minas de oro y plata, y la injusticia de codiciar la posesión de un país cuyos inofensivos nativos, lejos de haber dañado nunca a los pueblos de Europa, habían recibido a los primeros aventureros con toda muestra de bondad y hospitalidad." Los puritanos ingleses, perseguidos en casa, huyeron a América y fundaron Nueva Inglaterra; los católicos, tratados con mayor injusticia, Maryland; los cuáqueros, Pensilvania; los judíos portugueses, despojados por la Inquisición y desterrados a Brasil, enseñaron el cultivo de la caña a los delincuentes deportados que poblaban esa colonia. "No fue la sabiduría y la política, sino el desorden y la injusticia de los gobiernos europeos lo que pobló y cultivó América." La conquista de México no fue proyecto del consejo de España sino de un gobernador de Cuba, y la hizo un aventurero contra la voluntad de ese gobernador. Cuando las colonias se volvieron considerables, las primeras regulaciones de la metrópoli buscaron siempre asegurarse el monopolio de su comercio y agrandar su propio mercado a costa del de ellas; la mejor de todas esas políticas, la inglesa, es solo algo menos iliberal y opresiva que las demás. ¿En qué contribuyó entonces la política de Europa? En una cosa sola, y mucho: crió y formó a los hombres capaces de tales acciones, y no hay otra parte del mundo cuya política sea capaz de formarlos. Las colonias deben a Europa la educación y las grandes miras de sus fundadores, y en cuanto a su gobierno interno, casi nada más.

Parte III: de las ventajas que Europa obtuvo del descubrimiento de América y del paso a las Indias Orientales

Las ventajas se dividen en las generales, que Europa entera obtuvo, y las particulares de cada país colonizador. Las generales son el aumento de sus goces, por las mercancías que América le provee, y el aumento de su industria, no solo en los países que comercian con América sino en todos, incluso en Hungría y Polonia, que quizá nunca le enviaron nada: el azúcar, el chocolate y el tabaco son nuevos equivalentes que crean un mercado nuevo para su excedente. El comercio exclusivo de las metrópolis reduce esos goces y esa industria en todas partes y sobre todo en las colonias, y hay una diferencia muy grande entre ser excluido de un mercado cuando todos los demás están abiertos y ser confinado a un mercado cuando todos los demás están cerrados.

Las ventajas particulares son las que todo imperio saca de sus provincias, fuerza militar y renta, y las peculiares que se suponen a colonias tan peculiares. Las colonias europeas nunca dieron fuerza militar, y su defensa fue más bien una causa de debilidad para las metrópolis; solo las de España y Portugal dieron alguna renta, y las inglesas costaron siempre más de lo que pagaron. Toda la ventaja se reduce entonces al comercio exclusivo. Smith lo examina con el tabaco: gracias al monopolio, el de Maryland y Virginia llega más barato a Inglaterra que a Francia, y eso da a la industria inglesa una ventaja sobre la francesa. Pero es una ventaja relativa, no absoluta: consiste en deprimir a los demás y no en elevar a Inglaterra por encima de lo que llegaría con libre comercio. Con libre comercio el tabaco se habría producido tanto más que sería hoy más barato para todos, incluida Inglaterra, que habría ganado en absoluto y perdido en relativo. Y para obtener esa ventaja relativa, "para ejecutar el proyecto envidioso y maligno de excluir tanto como fuera posible a las otras naciones", Inglaterra no solo sacrificó parte de la ventaja absoluta sino que se sometió a una desventaja absoluta y relativa en casi todas las demás ramas del comercio.

El mecanismo es el corazón del capítulo. Cuando el Acta de Navegación expulsó los capitales extranjeros del comercio colonial, el capital inglés que antes hacía una parte tuvo que hacerlo todo, y como no alcanzaba, vendió muy caro y compró muy barato: el beneficio en ese comercio subió muy por encima del ordinario y atrajo capital de todas las demás ramas, subiendo el beneficio en todas hasta un nuevo nivel más alto. Ese doble efecto continuó desde entonces. Primero, el monopolio arrastró continuamente capital de los demás comercios: como el comercio colonial creció más rápido que el capital británico, Gran Bretaña no pudo sostenerlo sin retirar capital del comercio con Europa y el Mediterráneo, y sus manufacturas se acomodaron al mercado lejano donde tiene el monopolio en lugar del cercano donde tiene competidores; las causas de decadencia de las otras ramas que Decker y otros buscaron en los impuestos o los salarios están todas en el crecimiento desmesurado del comercio colonial. Inglaterra ya era una gran potencia comercial y naval antes del Acta, cuando Jamaica era un desierto insalubre y Nueva York estaba en manos holandesas; el monopolio no añadió comercio sino que cambió su dirección. Segundo, el monopolio mantuvo la tasa de beneficio británica más alta de lo que habría sido, y todo lo que sube la tasa de beneficio somete al país a una desventaja absoluta, porque vende más caro y compra más caro en todo comercio donde no tiene monopolio, y relativa, porque deja a los demás países más arriba o menos abajo. "Nuestros comerciantes se quejan con frecuencia de los altos salarios del trabajo británico como causa de que sus manufacturas se vendan más caras en los mercados extranjeros, pero callan sobre los altos beneficios del capital. Se quejan de la ganancia extravagante de otros, pero no dicen nada de la suya."

Se dirá que el comercio colonial es el más ventajoso de todos. Smith responde con la regla del Libro II: el empleo más ventajoso de un capital es el que mantiene más trabajo productivo en el país, y eso depende de la frecuencia de los retornos. El monopolio forzó capital británico de un comercio con países vecinos, cuyos retornos son anuales, a uno con países lejanos, cuyos retornos, por la distancia y porque las colonias están siempre endeudadas con sus corresponsales, tardan tres, cuatro o cinco años, con lo que mil libras mantienen en Gran Bretaña la industria que mantendrían doscientas; y en muchos casos lo forzó de un comercio directo a uno indirecto, porque de las noventa y seis mil pipas de tabaco que entran, ochenta y dos mil deben reexportarse a Francia, Holanda y el Báltico, y hasta a un mero comercio de transporte, porque parte del lienzo alemán comprado con ese tabaco vuelve a las colonias. Sin el monopolio, Gran Bretaña habría hecho muchos pequeños comercios directos en lugar de uno grande indirecto, con un tercio o un cuarto del capital, y el capital sobrante habría mejorado sus tierras, aumentado sus manufacturas y bajado sus beneficios.

Más grave aún: al forzar hacia el comercio colonial una proporción tan grande del capital, el monopolio rompió el equilibrio natural entre las ramas de la industria británica y volvió todo el sistema menos seguro. Gran Bretaña se parece a "uno de esos cuerpos enfermizos en que algunas partes vitales están desmesuradamente crecidas", expuestos a desórdenes peligrosos; una pequeña obstrucción en ese gran vaso sanguíneo, hinchado artificialmente más allá de sus dimensiones naturales, puede traer los desórdenes más peligrosos a todo el cuerpo político. Por eso la expectativa de una ruptura con las colonias aterró a los británicos más de lo que nunca los aterró una armada española o una invasión francesa, y por eso fue popular la derogación de la ley del timbre: la mayoría de los comerciantes creía prever el fin de su comercio, y los fabricantes la ruina de su negocio. La única salida es una relajación moderada y gradual de las leyes que dan a Gran Bretaña el comercio exclusivo, hasta dejarlo en gran medida libre, que la obligue a retirar parte de su capital de ese empleo desmesurado y restaure a todas las ramas "esa proporción natural, saludable y adecuada que solo la libertad perfecta establece y solo la libertad perfecta puede conservar"; abrirlo de golpe causaría una pérdida permanente a muchos. "Tales son los efectos desgraciados de todas las regulaciones del sistema mercantil: no solo introducen desórdenes peligrosos en el cuerpo político, sino desórdenes que a menudo es difícil remediar sin causar por un tiempo desórdenes todavía mayores." Cinco acontecimientos imprevistos, entre ellos la demanda de la flota española, la paz entre Rusia y Turquía y la partición de Polonia, impidieron que Gran Bretaña sintiera como se esperaba la exclusión del comercio con las doce provincias asociadas de América, vigente desde diciembre de 1774.

Hay que distinguir con cuidado entre los efectos del comercio colonial y los del monopolio de ese comercio: los primeros son siempre y necesariamente beneficiosos, los segundos siempre y necesariamente dañinos, y los primeros son tan grandes que el comercio, monopolio y todo, sigue siendo muy ventajoso, aunque mucho menos de lo que sería. En su estado natural y libre, el comercio colonial abre un mercado grande aunque lejano para el excedente de la industria británica sin quitar nada a los mercados cercanos; el monopolio, al subir la tasa de beneficio, saca producto del mercado viejo y capital del empleo viejo. "Si el comercio colonial es ventajoso para Gran Bretaña, no es por medio del monopolio sino a pesar del monopolio." El ejemplo contrario es España y Portugal, que eran países manufactureros antes de tener colonias y dejaron de serlo después de tener las más ricas del mundo, porque allí los malos efectos del monopolio, agravados por otras causas, sobre todo "esa administración irregular y parcial de la justicia que a menudo protege al deudor rico y poderoso contra su acreedor agraviado", casi anularon los buenos efectos del comercio; en Inglaterra los buenos efectos vencieron a los malos gracias a la libertad general de comercio, a la libertad de transportar bienes por todo el país sin dar cuenta a ninguna oficina pública y, "por encima de todo, a esa administración igual e imparcial de la justicia que hace respetables los derechos del más humilde súbdito británico ante el más grande".

El monopolio, entonces, como todos los expedientes "mezquinos y malignos" del sistema mercantil, deprime la industria de los demás países y sobre todo la de las colonias, sin aumentar en nada, sino disminuyendo, la del país en cuyo favor se establece. Reduce los salarios, porque el capital mantiene menos trabajo; reduce la renta de la tierra, porque el alto beneficio mercantil desalienta la mejora y sube el interés, lo que baja el precio de la tierra; y reduce hasta la suma de los beneficios, porque un beneficio pequeño sobre un gran capital rinde más que uno grande sobre un capital pequeño. "Para promover el pequeño interés de un pequeño orden de hombres en un país, daña el interés de todos los demás órdenes de ese país y de todos los hombres de todos los demás países." Y tiene un efecto quizá más fatal que todos los otros juntos: la alta tasa de beneficio destruye la parsimonia natural del comerciante. Cuando los beneficios son altos, esa sobria virtud parece superflua y el lujo caro más acorde con su situación; y como los dueños de los grandes capitales mercantiles son los conductores de toda la industria de una nación, su ejemplo pesa más que el de ningún otro orden. ¿Han aumentado los beneficios exorbitantes de los comerciantes de Cádiz y Lisboa el capital de España y Portugal? Tal ha sido el tono del gasto en esas dos ciudades que esos beneficios apenas alcanzaron para conservar los capitales sobre los que se hicieron. Compárense las costumbres mercantiles de Cádiz y Lisboa con las de Ámsterdam; los comerciantes de Londres no son todavía tan magníficos señores como los de Cádiz, pero tampoco tan atentos y parsimoniosos burgueses como los de Ámsterdam. "Lo que fácil viene, fácil se va, dice el proverbio."

Una nación de tenderos

Sigue el pasaje más célebre del capítulo:

Fundar un gran imperio con el único propósito de criar un pueblo de clientes puede parecer a primera vista un proyecto apto solo para una nación de tenderos. Es, sin embargo, un proyecto enteramente inadecuado para una nación de tenderos, pero extremadamente adecuado para una nación cuyo gobierno está influido por tenderos.

Decidle a un tendero: compradme una buena finca y compraré siempre mi ropa en vuestra tienda aunque la pague más cara, y no lo encontraréis muy dispuesto; pero si otro os comprara la finca, el tendero quedaría muy agradecido a vuestro benefactor si os obligara a comprar toda vuestra ropa en su tienda. Inglaterra compró para algunos de sus súbditos, incómodos en casa, una gran finca en un país lejano, por poco más que el costo de las expediciones que tomaron una posesión ficticia del país; y cuando los cultivadores, con buena tierra y libertad de vender donde quisieran, se volvieron en treinta o cuarenta años un pueblo numeroso y próspero, los tenderos de Inglaterra, sin pretender haber pagado nada, pidieron al Parlamento que se los confinara a su tienda para comprar y para vender, salvo las partes del producto que no les convenía comprar, que podían venderse "cuanto más lejos mejor", al sur del cabo Finisterre. Una cláusula del Acta de Navegación convirtió en ley "esta propuesta verdaderamente de tenderos".

El mantenimiento de ese monopolio ha sido el principal, o más bien el único fin del dominio que Gran Bretaña asume sobre sus colonias; es "la principal insignia de su dependencia y el único fruto que hasta ahora se ha cosechado de ella". Todo lo gastado en ese dominio se gastó para sostener el monopolio: veinte regimientos, la artillería, una flota considerable para vigilar la costa contra los contrabandistas, y sobre todo el costo entero de la última guerra, que fue por completo "una querella colonial" y costó más de noventa millones, más buena parte de la guerra con España de 1739. Todo ese gasto es en realidad una prima para sostener un monopolio cuyo único efecto fue subir el beneficio mercantil y desviar capital a un comercio de retornos lentos. Bajo el sistema actual, "Gran Bretaña no obtiene sino pérdida del dominio que asume sobre sus colonias".

Soltarlas o unirlas

Proponer que Gran Bretaña renuncie voluntariamente a toda autoridad sobre sus colonias y las deje elegir sus magistrados, dictar sus leyes y hacer la paz y la guerra sería proponer una medida que ninguna nación del mundo adoptó ni adoptará nunca: tales sacrificios, aunque a menudo convengan al interés, mortifican siempre el orgullo de una nación y, lo que quizá importa más, son contrarios al interés privado de su parte gobernante, que perdería muchos puestos de confianza y beneficio. Pero si se adoptara, Gran Bretaña se libraría del gasto entero de la paz colonial y podría concertar un tratado de comercio que le asegurara un comercio libre, más ventajoso para el cuerpo del pueblo aunque menos para los comerciantes que el monopolio; y "separándose como buenos amigos", el afecto natural de las colonias a la madre patria, que las disensiones recientes casi extinguieron, reviviría pronto, y en lugar de súbditos turbulentos y facciosos serían "nuestros aliados más fieles, afectuosos y generosos", como las colonias griegas con sus metrópolis.

La otra salida es que las colonias paguen. Para que una provincia sea ventajosa a su imperio debe dar una renta que cubra su propia paz y contribuya al gobierno general, y las colonias británicas no lo hacen; el monopolio, lejos de compensar, reduce la capacidad de pagar impuestos del cuerpo del pueblo británico. Que las asambleas coloniales, lejos del ojo del soberano, numerosas, dispersas y de constituciones diversas, puedan ser manejadas para votar lo que el imperio necesita no es probable, y tampoco son jueces adecuados de lo que la defensa del imperio exige, como "la vestry de una parroquia" no puede juzgar los asuntos del reino. Se propuso gravarlas por requisición, fijando el Parlamento la suma y recaudándola cada asamblea a su modo, como el rey de Francia con las provincias que conservan estados propios, y no hay probabilidad de que la requisición fuera irrazonable: Guernsey y Jersey, sin medio de resistir al Parlamento, pagan menos impuestos que cualquier parte de Gran Bretaña. Pero las asambleas encontrarían pretextos para evadirla, ningún prestamista adelantaría dinero sobre un fondo que dependiera del buen humor de asambleas lejanas, y toda la carga seguiría cayendo sobre Gran Bretaña, "quizá el único Estado desde que el mundo existe que al extender su imperio solo aumentó su gasto sin aumentar una sola vez sus recursos".

Y si el Parlamento lograra el derecho de gravar a las colonias sin consentimiento de sus asambleas, la importancia de esas asambleas terminaría, y con ella la de todos los hombres principales de la América británica. Los hombres desean participar en los asuntos públicos sobre todo por la importancia que eso les da, y en el poder de la aristocracia natural de cada país para conservar su importancia descansa la estabilidad de todo gobierno libre. Los dirigentes de América sienten que si sus asambleas, a las que gustan de llamar parlamentos, se degradaran a humildes ministros del Parlamento británico, la mayor parte de su importancia acabaría, y "como otros hombres ambiciosos y de espíritu elevado, han preferido desenvainar la espada en defensa de su propia importancia". Smith propone entonces lo que Roma hizo en la guerra social con sus aliados: admitir a cada colonia que se desprenda de la confederación general un número de representantes en el Parlamento proporcional a su contribución, con las mismas cargas y la misma libertad de comercio que los súbditos de casa. Se ofrecería así a los dirigentes de cada colonia "un objeto de ambición nuevo y más deslumbrante": en lugar de disputar los pequeños premios "de la miserable rifa de la facción colonial", podrían aspirar a los grandes premios de la lotería de la política británica. Sin eso no es probable que se sometan nunca voluntariamente, "y debemos considerar que la sangre que habrá que derramar para forzarlos es, hasta la última gota, sangre de quienes son o de quienes queremos que sean nuestros conciudadanos". Son muy débiles quienes se ilusionan con conquistarlas por la fuerza sola: quienes hoy gobiernan las resoluciones de lo que llaman su Congreso Continental sienten una importancia que apenas sienten los mayores súbditos de Europa; "de tenderos, comerciantes y abogados se han vuelto estadistas y legisladores, y están ocupados en concebir una nueva forma de gobierno para un imperio extenso que, se ilusionan, llegará a ser, y que en verdad parece muy probable que llegue a ser, uno de los más grandes y formidables que jamás hubo en el mundo". Como la ciudad de París defendió la Liga contra el mejor de los reyes franceses, las colonias se defenderán contra la mejor de las madres patrias, salvo que se las induzca a una unión.

La objeción clásica no vale: la admisión de los italianos a la ciudadanía romana arruinó la república porque la representación era desconocida y una chusma podía irrumpir en las asambleas, pero si América enviara cincuenta o sesenta representantes al Parlamento, el portero de los Comunes no tendría dificultad en distinguir quién es miembro y quién no. La constitución británica no se dañaría con la unión; al contrario, "quedaría completada por ella, y parece imperfecta sin ella", porque la asamblea que decide sobre todo el imperio debería tener representantes de todas sus partes. Las dificultades principales no están en la naturaleza de las cosas sino en los prejuicios de ambos lados del Atlántico. Y Smith cierra con una previsión: tal ha sido el progreso de América en riqueza y población que en poco más de un siglo su producto fiscal podría exceder al británico, y "la sede del imperio se trasladaría entonces naturalmente a la parte del imperio que más contribuyera a la defensa y el sostén del conjunto".

Los dos mayores acontecimientos de la historia

El descubrimiento de América, y el de un paso a las Indias Orientales por el cabo de Buena Esperanza, son los dos acontecimientos más grandes e importantes registrados en la historia de la humanidad. Sus consecuencias ya han sido muy grandes; pero en el breve período de dos o tres siglos transcurrido desde que se hicieron esos descubrimientos es imposible que se haya visto toda la extensión de sus consecuencias. Qué beneficios o qué desgracias resultarán en adelante para la humanidad de esos grandes acontecimientos, ninguna sabiduría humana puede preverlo.

Al unir las partes más distantes del mundo y permitirles aliviar sus necesidades y alentar su industria unas a otras, su tendencia general parece beneficiosa. Pero para los nativos de las dos Indias, todos los beneficios comerciales "se han hundido y perdido en las espantosas desgracias que ocasionaron". Esas desgracias nacieron del accidente y no de la naturaleza de los hechos: en el momento de los descubrimientos la superioridad de fuerza de los europeos era tan grande que pudieron cometer con impunidad toda clase de injusticia en aquellos países remotos. En adelante quizá los nativos se fortalezcan o los europeos se debiliten, y los habitantes de todas las partes del mundo lleguen a esa igualdad de valor y fuerza que, inspirando temor mutuo, es lo único que puede intimidar la injusticia de las naciones independientes hasta cierto respeto por los derechos de las demás; y nada parece más apto para establecer esa igualdad que la comunicación de conocimientos y mejoras que un comercio extenso de todos los países con todos lleva necesariamente consigo.

Mientras tanto, uno de los efectos principales de esos descubrimientos fue elevar el sistema mercantil a un esplendor que nunca habría alcanzado: las ciudades comerciales de Europa se volvieron las manufactureras de los cultivadores de América y las transportistas de Asia, África y América. Los países que poseen colonias gozan de todo el brillo de ese comercio, pero otros disfrutan a menudo de mayor parte de su beneficio real: el lienzo que consumen las colonias de España y Portugal, más de tres millones al año, lo proveen casi enteramente Francia, Flandes, Holanda y Alemania, y solo los beneficios se gastan en Cádiz y Lisboa. Las regulaciones exclusivas dañan más a menudo a quien las establece que a quien excluyen: el comerciante de Hamburgo obligado a pasar por Londres recupera su capital mucho más rápido que si comerciara directamente con América, y su capital mantiene más industria alemana que la que podría en el comercio del que se lo excluye; el de Londres, atraído al comercio colonial, gana más pero sirve menos a su país. Después de todos los intentos injustos de cada nación por acaparar las ventajas del comercio de sus colonias, "ninguna logró acaparar otra cosa que el gasto de sostener en paz y defender en guerra la autoridad opresiva que asume sobre ellas".

Smith aprovecha para exponer de nuevo la ley general: el capital de cada país corteja por sí solo el empleo cercano y de retornos frecuentes y rehúye el lejano y lento, y si en algún empleo lejano el beneficio sube de más, eso prueba que le falta capital y el interés privado lleva a corregirlo. "Sin ninguna intervención de la ley, los intereses y pasiones privados de los hombres los llevan naturalmente a dividir y distribuir el capital de toda sociedad entre todos los empleos que en ella se ejercen tan cerca como es posible de la proporción más conforme al interés de la sociedad entera." El monopolio es el motor de todo el sistema mercantil, pero en América es un monopolio contra las otras naciones y en las Indias Orientales, donde casi toda nación entregó el comercio a una compañía exclusiva, "un monopolio establecido contra la nación misma que lo erige", cuya absurdidad es mucho más manifiesta. Que un país no pueda comerciar con las Indias sin compañía exclusiva no prueba que deba crearse una, sino que ese país no está maduro para ese comercio; que las compañías no son necesarias lo prueban los portugueses, que lo hicieron más de un siglo sin ninguna.

Las compañías de las Indias Orientales

Los europeos no fundaron en África ni en las Indias Orientales colonias tan numerosas como en América, porque aquellos pueblos, pastores y no cazadores, eran mucho más numerosos y menos indefensos que "los miserables e impotentes americanos", y porque el genio de las compañías exclusivas es desfavorable al crecimiento de colonias nuevas. Solo el Cabo de Buena Esperanza y Batavia, por su situación de posadas a mitad de camino, superaron todos los obstáculos. Pero en la manera en que las compañías inglesa y holandesa gobiernan a sus nuevos súbditos, el genio natural de una compañía exclusiva se mostró con toda claridad. Los holandeses queman en las islas de las especias todo lo que una estación fértil produce por encima de lo que esperan vender en Europa con beneficio suficiente, pagan primas por arrancar los brotes de clavo y nuez moscada en las islas donde no tienen asentamientos, y redujeron la población de varias Molucas a la necesaria para abastecer sus guarniciones. La compañía inglesa no tuvo tiempo de establecer en Bengala un sistema tan perfectamente destructivo, pero su plan tiene la misma tendencia: el jefe de una factoría ordena a un campesino arar un campo de amapolas para sembrar arroz cuando tiene opio en existencia, y arar uno de arroz para plantar amapolas cuando prevé beneficio en el opio. Nada es más contrario al interés real de esas compañías consideradas como soberanas: la renta de un soberano se saca de la del pueblo, y a un soberano cuya renta nace de la tierra le conviene la libertad de comercio más perfecta para aumentar el producto y su parte. Pero "una compañía de comerciantes es, al parecer, incapaz de considerarse soberana incluso después de haberse vuelto tal": sigue considerando el comercio su negocio principal y, "por una extraña absurdidad", el carácter de soberano como un apéndice del de comerciante. Como soberanos, su interés es exactamente el del país que gobiernan; como comerciantes, es directamente opuesto.

Y si la dirección en Europa es incurablemente defectuosa, la administración en la India lo es más. Es un consejo de comerciantes, profesión respetable pero que en ningún país lleva consigo la autoridad que impone obediencia sin fuerza, de modo que su gobierno es necesariamente militar y despótico. Todos sus miembros comercian por cuenta propia, y es vano prohibírselo: "nada puede ser más completamente tonto que esperar que los empleados de una gran casa de comercio a diez mil millas de distancia renuncien de golpe, por una simple orden de sus amos, a hacer negocios por su cuenta"; la prohibición solo sirve para que los superiores opriman a los inferiores caídos en desgracia. Los servidores establecen el monopolio de su comercio privado, que abarca todas las ramas del comercio interior y exterior del país, y si se les prohíbe hacerlo abiertamente lo hacen en secreto, pervirtiendo la administración de justicia para arruinar a quien compita con ellos, con lo que degradan el cultivo del país entero y reducen su población. Los amos en Europa, cuyo interés real coincide con el del país, oprimen por ignorancia y mezquindad de prejuicio mercantil; los servidores, cuyo interés no coincide, no dejarían de oprimir ni con la información más perfecta. "Es un gobierno muy singular aquel en que cada miembro de la administración desea salir del país, y por tanto terminar con el gobierno, tan pronto como puede, y a cuyo interés, al día siguiente de haberse ido con toda su fortuna, le es perfectamente indiferente que el país entero sea tragado por un terremoto." Smith aclara que no censura el carácter de los servidores sino el sistema, y que quienes más claman contra ellos no habrían actuado mejor; los consejos de Madrás y Calcuta mostraron en la guerra y la negociación una resolución digna del senado romano. Pero la conclusión es tajante: tales compañías exclusivas son "perjuicios en todo sentido, siempre más o menos inconvenientes para los países en que se establecen, y destructivas para los que tienen la desgracia de caer bajo su gobierno".

Lo que hay que llevarse de este capítulo

América se fundó por locura e injusticia, la locura de buscar minas y la injusticia de codiciar la tierra de gente que había recibido a los europeos con hospitalidad, y prosperó por dos causas que no tienen nada que ver con la política de las metrópolis: tierra buena y abundante, y libertad para manejar sus propios asuntos; las colonias inglesas prosperaron más que todas porque tuvieron más de lo segundo. El monopolio del comercio colonial es la pieza central del sistema mercantil y Smith lo desarma con el argumento que recorre todo el libro: no crea comercio sino que desvía capital hacia un empleo lejano y de retornos lentos, sube la tasa de beneficio en todo el país y lo vuelve menos competitivo en todo lo demás, rompe el equilibrio de la industria como un vaso sanguíneo hinchado y hasta corrompe la frugalidad de los comerciantes. Si el comercio colonial beneficia a Gran Bretaña es a pesar del monopolio y no gracias a él, y el imperio entero, con sus regimientos, su flota y sus guerras, es una prima pagada para sostener el negocio de una nación de tenderos. De ahí las dos propuestas que ningún gobierno adoptaría: soltar a las colonias como buenos amigos, o unirlas al Parlamento con representación proporcional a lo que paguen, hasta que la sede del imperio cruce el Atlántico. Y la lección final, que Smith extiende a las Indias Orientales: los descubrimientos de América y del cabo fueron los dos mayores acontecimientos de la historia, su beneficio para los nativos se perdió en la injusticia que permitió la superioridad europea, y una compañía de comerciantes convertida en soberana es el peor gobierno posible, porque su interés como comerciante es exactamente opuesto a su interés como soberano.

Capítulo VIII: Conclusión del sistema mercantil

Este capítulo no estaba en las dos primeras ediciones: Smith lo añadió en 1784, después de que lo nombraran comisionado de aduanas en Escocia, y se nota. Es un inventario de las leyes británicas que estimulan la importación de materias primas y prohíben o gravan la exportación de materias primas, herramientas y hasta artesanos, contado por alguien que ahora tenía los libros de tarifas sobre el escritorio. Pero termina con las dos frases que resumen todo el Libro IV: que el consumo es el único fin de la producción, y que el sistema mercantil fue diseñado por los productores, y entre ellos por los comerciantes y fabricantes, sus principales arquitectos.

El plan invertido: importar materias primas, no exportarlas

Aunque estimular la exportación y desalentar la importación son las dos grandes máquinas del sistema mercantil, con ciertas mercancías sigue el plan opuesto: desalienta la exportación y alienta la importación. El fin declarado es el mismo, una balanza favorable. Desalienta la exportación de las materias primas y los instrumentos de trabajo para dar ventaja a los obreros propios y permitirles vender más barato que los extranjeros en todos los mercados; alienta la importación de materias primas para que los propios puedan trabajarlas más barato y evitar una importación mayor de manufacturas. La importación de instrumentos de trabajo, en cambio, no se alienta nunca, porque cuando las manufacturas alcanzan cierta grandeza, fabricar herramientas es a su vez el objeto de manufacturas importantes; así se prohibió importar cardas para lana desde Eduardo IV.

La importación de lana, algodón, lino sin preparar, tinturas, cueros de Irlanda y las colonias, pieles de foca y hierro colonial está exenta de todo derecho. Esas exenciones las arrancó a la legislatura el interés privado de los fabricantes, como casi todas las regulaciones comerciales, pero "son perfectamente justas y razonables", y si pudieran extenderse a todas las materias primas el público ganaría. El problema es que la avidez de los grandes fabricantes las extendió más allá de lo que puede considerarse materia prima. Smith lo muestra con el hilo de lino: primero se redujo el derecho sobre el hilo extranjero a un penique por libra, y después se eliminó por la misma ley que dio una prima a la exportación del lienzo británico. Pero preparar el hilo emplea más de cuatro quintos de todo el trabajo necesario para hacer lienzo, hacen falta tres o cuatro hilanderas para mantener ocupado a un tejedor, y las hilanderas "son gente pobre, mujeres comúnmente dispersas por todo el país, sin apoyo ni protección". Los grandes fabricantes no ganan vendiendo el trabajo de ellas sino el de los tejedores; su interés es vender el producto terminado lo más caro posible y comprar la materia lo más barato posible. Con primas a la exportación de su lienzo, derechos altos sobre el lienzo extranjero y prohibición del francés, venden caro; alentando la importación de hilo extranjero para hacerlo competir con el nacional, compran barato el trabajo de las pobres hilanderas. Y están tan atentos a mantener bajos los salarios de sus tejedores como las ganancias de las hilanderas:

Es la industria que se ejerce en beneficio de los ricos y poderosos la que principalmente alienta nuestro sistema mercantil. La que se ejerce en beneficio de los pobres y los indigentes es con demasiada frecuencia descuidada u oprimida.

Las primas a la importación de materias primas se limitaron casi por entero a las que venían de las colonias americanas: pertrechos navales, añil, cáñamo y lino, madera, seda cruda, duelas de barril, y por último cáñamo de Irlanda, concedida esta última cuando las legislaturas británica e irlandesa "no estaban de mucho mejor humor una con otra" que antes la británica y la americana. Las mismas mercancías pagaban derechos considerables si venían de cualquier otro país, porque el interés de las colonias se consideraba idéntico al de la metrópoli: su riqueza era nuestra riqueza, todo el dinero que se les enviaba volvía por la balanza comercial, y nunca podíamos empobrecernos un céntimo por lo que gastáramos en ellas. "No es necesario, me parece, decir nada más para exponer la locura de un sistema que la experiencia fatal ha expuesto ya suficientemente." Si las colonias hubieran sido realmente parte de Gran Bretaña, esas primas habrían sido primas a la producción, sujetas a sus objeciones pero a ninguna otra.

Leyes escritas con sangre

La exportación de materias primas se desalienta a veces con prohibiciones absolutas y a veces con derechos altos. Los fabricantes de lana fueron los más exitosos de todos en persuadir a la legislatura de que la prosperidad de la nación dependía de su negocio: obtuvieron un monopolio contra los consumidores, prohibiendo importar paños extranjeros, y otro contra los criadores de ovejas, prohibiendo exportar ovejas vivas y lana. Se quejan con razón de la severidad de las leyes de rentas, que castigan con penas pesadas acciones que antes se consideraban inocentes; pero las más crueles de esas leyes "son suaves y benignas en comparación con algunas de las que el clamor de nuestros comerciantes y fabricantes arrancó a la legislatura para sostener sus propios monopolios absurdos y opresivos. Como las leyes de Dracón, puede decirse que estas leyes están todas escritas con sangre".

Por una ley de Isabel, quien exportara ovejas, corderos o carneros perdía todos sus bienes para siempre, sufría un año de prisión y después le cortaban la mano izquierda en un pueblo de mercado en día de mercado, para clavarla allí; a la segunda ofensa era reo de muerte. Por una ley de Carlos II, exportar lana era felonía. "Por el honor de la humanidad nacional, es de esperar que ninguno de esos estatutos se haya ejecutado nunca", pero el primero nunca fue derogado expresamente, y el segundo lo fue por una ley que dice, con toda franqueza, que por la severidad de la pena no se procesaba a nadie. Las penas que quedan siguen siendo bastante severas: además de perder la lana, el exportador paga tres chelines por libra, cuatro o cinco veces su valor; queda incapacitado para cobrar cualquier deuda que le deban, "sea su fortuna la que sea, la ley quiere arruinarlo por completo", aunque como la moral del pueblo no está tan corrompida como la de los autores de la ley, Smith no supo de nadie que se aprovechara de esa cláusula; si no paga en tres meses, es deportado siete años, y si vuelve antes, reo de felonía. El dueño del barco pierde el barco; el capitán y los marineros, sus bienes y tres meses de cárcel.

Para impedir la exportación, todo el comercio interior de lana se cargó de restricciones. No puede empaquetarse sino en fardos de cuero o tela con la palabra "lana" o "hilo" en letras de tres pulgadas; no puede transportarse a menos de cinco millas de la costa sino entre la salida y la puesta del sol; el distrito costero por el que sale paga veinte libras o el triple del valor, cobrados a dos vecinos cualquiera como en los casos de robo. En Kent y Sussex es peor: todo dueño de lana a diez millas del mar debe declarar por escrito, tres días después del esquileo, cuántos vellones tiene y dónde los guarda, avisar antes de moverlos a quién los vendió y adónde van, y nadie a quince millas del mar puede comprar lana sin dar fianza al rey de que no la revenderá a nadie en esa franja. Hasta el cabotaje exige registrar cada fardo antes de acercarlo a cinco millas del puerto.

Para justificar semejantes regulaciones, los fabricantes afirmaron con confianza que la lana inglesa era de calidad peculiar, superior a la de cualquier país, que sin mezclarla no podía hacerse ninguna manufactura tolerable, que el paño fino no podía hacerse sin ella, y que Inglaterra, si impedía totalmente su exportación, podría monopolizar el comercio de lana del mundo y vender al precio que quisiera. Esa doctrina, "como la mayoría de las doctrinas afirmadas con confianza por un número considerable de personas", fue y sigue siendo creída implícitamente por un número mucho mayor. Es, sin embargo, tan perfectamente falso que la lana inglesa sea necesaria para el paño fino que es enteramente inapta para él: el paño fino se hace todo de lana española, y la inglesa ni siquiera puede mezclarse sin estropear la tela.

El efecto de esas regulaciones fue deprimir el precio de la lana inglesa muy por debajo del que tenía en tiempos de Eduardo III; el de la escocesa cayó a la mitad con la Unión, y la mejor lana inglesa se vende en Inglaterra por menos de lo que vale en Ámsterdam una de calidad muy inferior. Deprimir el precio por debajo de su precio natural fue el propósito declarado, y no hay duda de que lo consiguieron. Smith cree, sin embargo, que la cantidad producida no se afectó mucho, porque el criador de ovejas no espera su beneficio del vellón sino de la carne, y lo que no paga la lana lo paga la carne: la carne de cordero se encarece, y eso afecta a los consumidores más que a los criadores. La calidad probablemente sufrió más, aunque como la bondad del vellón depende de la salud del animal, la misma atención que mejora la carne mejora en parte la lana, y la lana inglesa mejoró en este siglo a pesar del precio. Pero nada de eso justifica la prohibición. Dañar en cualquier grado el interés de un orden de ciudadanos sin otro propósito que promover el de otro "es evidentemente contrario a esa justicia e igualdad de trato que el soberano debe a todos los distintos órdenes de sus súbditos", y la prohibición daña a los criadores solo para favorecer a los fabricantes. Lo que sí se justificaría es un impuesto considerable a la exportación de lana, de cinco o diez chelines por tonelada: daría una renta al soberano, dañaría menos a los criadores, dejaría a los fabricantes una ventaja suficiente sobre los extranjeros, que además pagan flete y seguro, y "apenas es posible concebir un impuesto que produzca una renta considerable al soberano causando tan poca incomodidad a nadie". Porque la prohibición, con todas sus penas, no impide la exportación: la lana se exporta en grandes cantidades, y la diferencia de precio entre el mercado interno y el externo es una tentación al contrabando que todo el rigor de la ley no puede vencer; esa exportación ilegal no beneficia a nadie más que al contrabandista.

Cada oficio quiere el monopolio del siguiente

El inventario sigue. La tierra de batán, necesaria para limpiar los paños, tiene las mismas penas que la lana, y hasta la arcilla para pipas de tabaco, porque se le parece. Los cueros curtidos no pueden exportarse sino en forma de botas y zapatos, con lo que la ley dio un monopolio a zapateros contra curtidores y ganaderos; los curtidores consiguieron después eximirse pagando un pequeño impuesto, y los ganaderos, "separados unos de otros y dispersos por todos los rincones del país", que no pueden combinarse ni para imponer monopolios ni para librarse de ellos, siguen sujetos al viejo. Hasta los cuernos del ganado tienen prohibida la exportación, "y los dos insignificantes oficios del cornero y el fabricante de peines gozan en esto de un monopolio contra los ganaderos". Mientras quede algo por hacer a una mercancía para dejarla lista para el consumo, nuestros fabricantes creen que ellos deben hacerlo: el hilo de lana tiene las penas de la lana, los paños blancos pagan derecho de exportación en favor de los tintoreros, las cajas de relojes tienen prohibida la salida porque los relojeros no quieren que los extranjeros les encarezcan esa mano de obra. Los metales sin manufacturar siguen prohibidos; el carbón, materia prima e instrumento a la vez, paga a la exportación más de lo que vale en la boca de la mina. Y los tintoreros, que consiguieron importar sus drogas libres de derechos, hicieron gravar su reexportación, "ingenio mercantil" que se frustró a sí mismo porque enseñó a los importadores a no traer más de lo justo y dejó el mercado interno peor abastecido; lo mismo ocurrió con la goma de Senegal, cuyo derecho de reexportación de treinta chelines provocó tanto contrabando que hubo que bajarlo a cinco.

La exportación de los instrumentos de trabajo propiamente dichos se impide con prohibiciones absolutas: los telares para medias, con multa de cuarenta libras, y todo utensilio de las manufacturas de algodón, lino, lana y seda, con doscientas libras al exportador y doscientas al capitán del barco. Y cuando se imponen penas tan pesadas a la exportación de los instrumentos muertos del trabajo, no cabía esperar que se dejara libre "al instrumento vivo, el artesano". Quien convenza a un artesano de ir a ejercer o enseñar su oficio al extranjero paga quinientas libras y un año de cárcel por la primera ofensa y mil libras y dos años por la segunda; el artesano sospechoso puede ser obligado a dar fianza de no salir del reino y encarcelado hasta que la dé; y el que ya está afuera, si no vuelve dentro de los seis meses de ser intimado por un cónsul, queda incapacitado para heredar, pierde todas sus tierras y bienes, es declarado extranjero en todo sentido y puesto fuera de la protección del rey. "Es innecesario, imagino, observar cuán contrarias son tales regulaciones a la tan celebrada libertad del súbdito, de la que afectamos ser tan celosos, pero que en este caso se sacrifica tan claramente a los fútiles intereses de nuestros comerciantes y fabricantes." El motivo laudable de todas estas regulaciones es extender nuestras manufacturas no por su propia mejora sino deprimiendo las de todos los vecinos y acabando con "la molesta competencia de rivales tan odiosos y desagradables". Los maestros fabricantes creen razonable tener el monopolio del ingenio de todos sus compatriotas: limitan los aprendices y exigen aprendizajes largos para que el conocimiento de cada oficio quede en el menor número posible, y no quieren que ninguno de esos pocos vaya a instruir a extranjeros.

El consumo es el único fin de la producción

Smith cierra el sistema mercantil con la máxima que lo juzga entero:

El consumo es el único fin y propósito de toda producción, y el interés del productor debe atenderse solo en la medida en que sea necesario para promover el del consumidor. La máxima es tan perfectamente evidente por sí misma que sería absurdo intentar probarla. Pero en el sistema mercantil el interés del consumidor se sacrifica casi constantemente al del productor, y parece considerar la producción, y no el consumo, como el fin y objeto último de toda industria y comercio.

En las restricciones a la importación el consumidor paga el sobreprecio del monopolio en beneficio del productor. En las primas paga dos veces, el impuesto que las financia y el precio más alto que provocan. Por el famoso tratado con Portugal se le impide comprar en un país vecino un vino que nuestro clima no produce y se lo obliga a comprarlo en uno lejano, aunque se reconoce que es peor, para que el productor coloque allí sus mercancías en mejores condiciones. Pero en el sistema de leyes de las colonias el interés del consumidor se sacrificó al del productor "con una profusión más extravagante que en todas nuestras demás regulaciones comerciales":

Se ha fundado un gran imperio con el único propósito de criar una nación de clientes obligados a comprar en las tiendas de nuestros distintos productores todos los bienes con que estos pudieran abastecerlos. Por ese pequeño aumento de precio que este monopolio podía procurar a nuestros productores, los consumidores nacionales han cargado con todo el gasto de mantener y defender ese imperio. Para ese propósito, y solo para ese propósito, en las dos últimas guerras se gastaron más de doscientos millones y se contrajo una nueva deuda de más de ciento setenta millones, por encima de todo lo gastado con el mismo fin en guerras anteriores. El interés de esa deuda solo es no solo mayor que todo el beneficio extraordinario que pudo jamás pretenderse que dio el monopolio del comercio colonial, sino mayor que el valor entero de ese comercio, o que el valor entero de los bienes que en promedio se exportaron anualmente a las colonias.

Y la última frase del sistema mercantil nombra a sus autores. "No puede ser muy difícil determinar quiénes han sido los artífices de todo este sistema mercantil: no los consumidores, podemos creer, cuyo interés ha sido enteramente descuidado, sino los productores, cuyo interés ha sido tan cuidadosamente atendido; y entre esta última clase, nuestros comerciantes y fabricantes han sido con mucho los principales arquitectos." En las regulaciones de este capítulo, el interés de los fabricantes fue atendido con especial cuidado, y a él se sacrificó no tanto el de los consumidores como el de otros productores: los criadores, los ganaderos, las hilanderas, los artesanos.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

El sistema mercantil no es una teoría equivocada sobre la balanza comercial; es el resultado de que un orden de hombres, los comerciantes y fabricantes, escribiera las leyes, y este capítulo lo prueba con el código en la mano. Cuando conviene exportar prohíben importar; cuando conviene importar barato la materia prima, la liberan de derechos; cuando otro productor podría venderla más cara afuera, le prohíben exportarla con penas que Smith compara con las leyes de Dracón, escritas con sangre, hasta declarar extranjero al artesano que se lleva su oficio. Las víctimas son siempre los que no pueden combinarse: los criadores dispersos, las hilanderas pobres, los consumidores todos. Contra eso Smith levanta dos principios que valen más que todo el inventario: que dañar a un orden de ciudadanos para favorecer a otro viola la justicia y la igualdad de trato que el soberano debe a todos, y que el consumo es el único fin de la producción, máxima tan evidente que sería absurdo probarla y que el sistema mercantil invierte por completo. Con eso queda cerrado el juicio al mercantilismo; falta un capítulo para el sistema rival, el de los fisiócratas, que Smith trata con mucha más simpatía.

Capítulo IX: De los sistemas agrícolas, o de los sistemas de economía política que presentan el producto de la tierra como la única o la principal fuente de la riqueza de todo país (incluye los deberes del soberano)

Es el último capítulo del Libro IV y el más amable: Smith examina el sistema de los fisiócratas franceses, sus amigos de París, con quienes coincide en casi todo salvo en la idea que les da nombre, que solo la agricultura es productiva. Después de refutar esa idea, repasa las políticas de China, Egipto, la India y las repúblicas antiguas, que favorecieron la agricultura sobre las manufacturas, y cierra el libro con el pasaje más citado después de la mano invisible: el "sistema obvio y simple de la libertad natural" y las tres únicas obligaciones que le quedan al soberano.

De Colbert a Quesnay: la vara doblada

El sistema que presenta el producto de la tierra como la única fuente de la riqueza no fue adoptado nunca por ninguna nación; existe solo "en las especulaciones de unos pocos hombres de gran saber e ingenio en Francia", y no valdría la pena examinar largamente los errores de un sistema que nunca hizo ni probablemente hará daño en ninguna parte del mundo. Pero Smith quiere explicar sus grandes líneas, y empieza por su origen. Colbert, el famoso ministro de Luis XIV, era un hombre de probidad, gran industria y conocimiento del detalle, "apto en todo sentido para introducir método y buen orden en la recaudación y el gasto de la renta pública", y por desgracia abrazó todos los prejuicios del sistema mercantil, "un sistema de restricción y regulación que difícilmente podía no agradar a un laborioso y metódico hombre de negocios". Intentó regular la industria y el comercio de un gran país como los departamentos de una oficina pública, y en lugar de dejar a cada hombre perseguir su interés a su modo "según el plan liberal de igualdad, libertad y justicia", dio privilegios extraordinarios a ciertas ramas y restricciones extraordinarias a otras. No solo favoreció la industria de las ciudades sobre la del campo sino que, para sostener aquella, deprimió esta: prohibió exportar trigo para abaratar las provisiones a los habitantes de las ciudades, y con las trabas al transporte entre provincias y los impuestos arbitrarios y degradantes sobre los cultivadores mantuvo la agricultura de Francia muy por debajo de lo que un suelo tan fértil y un clima tan feliz permitían.

"Si la vara está muy doblada hacia un lado, dice el proverbio, para enderezarla hay que doblarla otro tanto hacia el otro." Los filósofos franceses parecen haber adoptado esa máxima: como en el plan de Colbert la industria de las ciudades estaba sobrevalorada respecto de la del campo, en su sistema está igualmente subvalorada.

Las tres clases y el producto neto

Los fisiócratas dividen a la gente en tres clases. La de los propietarios de la tierra; la de los cultivadores, agricultores y peones, "a los que honran con la apelación peculiar de clase productiva"; y la de artesanos, fabricantes y comerciantes, "a los que intentan degradar con la apelación humillante de clase estéril o improductiva". Los propietarios contribuyen con los gastos de mejora de la tierra, edificios, drenajes, cercados, que permiten a los cultivadores sacar con el mismo capital más producto y pagar más renta; esa renta aumentada es el interés de ese capital, y esos gastos, llamados dépenses foncières, deben ser sagrados para la Iglesia y para el rey, sin diezmo ni impuesto, hasta que se hayan repagado, porque gravarlos desalienta la mejora y con ella el crecimiento futuro de diezmos e impuestos. Los cultivadores contribuyen con los gastos originales (instrumentos, ganado, semilla, mantenimiento del primer año) y los anuales (semilla, desgaste, mantenimiento de peones y ganado), dos capitales que deben serles repuestos con beneficio ordinario; la parte del producto necesaria para eso "debe considerarse un fondo sagrado para el cultivo, que si el terrateniente viola reduce necesariamente el producto de su propia tierra", y la renta que le corresponde propiamente es solo el producto neto que queda después de pagar por completo todos esos gastos. Porque el trabajo de los cultivadores rinde ese producto neto, se los llama productivos y a sus gastos, gastos productivos.

Todas las demás clases se presentan como enteramente estériles. El trabajo de artesanos y fabricantes, se dice, solo repone el capital que los emplea con su beneficio ordinario: los materiales, herramientas y salarios que el empleador adelanta, y el mantenimiento que el empleador se adelanta a sí mismo. El beneficio del capital manufacturero no es, como la renta de la tierra, un producto neto que queda después de repagar todo el gasto: el capital del agricultor rinde un beneficio y además una renta a otra persona, el del fabricante solo un beneficio. El gasto en emplear artesanos "no hace más que continuar, por así decirlo, la existencia de su propio valor, y no produce ningún valor nuevo". El capital mercantil es igualmente estéril. El encajero que en dos años de trabajo eleva un penique de lino a treinta libras parece multiplicar su valor siete mil doscientas veces, pero las treinta libras solo repagan la subsistencia que se adelantó durante esos dos años, y en ningún momento añade nada al valor total del producto bruto anual: "la extrema pobreza de la mayor parte de las personas empleadas en esa manufactura costosa aunque frívola puede convencernos de que el precio de su trabajo no excede en los casos ordinarios el valor de su subsistencia". Los artesanos, fabricantes y comerciantes solo pueden aumentar la riqueza de la sociedad por parsimonia, o como dice el sistema, por privación; los agricultores pueden gozar por entero de su subsistencia y aumentarla igual. Por eso naciones como Francia o Inglaterra, de propietarios y cultivadores, "pueden enriquecerse por la industria y el goce", y naciones como Holanda y Hamburgo, de comerciantes y artesanos, "solo pueden enriquecerse por la parsimonia y la privación", y de ahí el carácter de unas y otras: liberalidad, franqueza y buena compañía en las primeras; estrechez, mezquindad y disposición egoísta en las segundas.

La clase improductiva se mantiene a costa de las otras dos, que le proveen los materiales y el fondo de subsistencia y pagan al final todos sus salarios y beneficios; son propiamente sirvientes de propietarios y cultivadores, "sirvientes que trabajan afuera como los criados trabajan adentro". Pero esa clase es no solo útil sino muy útil a las otras dos: gracias a ella los propietarios y cultivadores obtienen manufacturas y bienes extranjeros con mucho menos trabajo propio, y quedan libres de cuidados que los distraerían del cultivo; "el arado va con frecuencia más fácil y mejor gracias al trabajo del hombre cuyo oficio está más lejos del arado". Nunca es interés de propietarios y cultivadores restringir la industria de comerciantes y artesanos, porque cuanto mayor su libertad, mayor la competencia y más baratas las manufacturas; ni es interés de la clase improductiva oprimir a las otras dos, porque el excedente de la tierra es lo que la mantiene. "El establecimiento de la justicia perfecta, la libertad perfecta y la igualdad perfecta es el secreto muy simple que asegura del modo más eficaz el más alto grado de prosperidad a las tres clases."

De ahí sigue la parte del sistema que Smith llama "liberal y generosa". Las naciones agrícolas no deben desalentar con derechos altos el comercio de los Estados mercantiles como Holanda, que llenan el vacío de comerciantes y artesanos que ellas deberían tener en casa: esos derechos solo abaratan el excedente de su propia tierra. La libertad de comercio más perfecta es, al contrario, el modo más eficaz de subir el valor de ese excedente y, con el tiempo, de criar artesanos, fabricantes y comerciantes propios: el aumento continuo del excedente crea un capital mayor del que puede emplearse en la tierra, ese capital sobrante se vuelve a las manufacturas, que teniendo en casa los materiales y la subsistencia pueden pronto vender tan barato como las de los Estados mercantiles y después más barato, hasta desplazarlas primero del mercado interno y después de los extranjeros; y el capital que sobre después irá al comercio exterior con la misma ventaja. "El método más ventajoso por el cual una nación agrícola puede criar artesanos, fabricantes y comerciantes propios es conceder la libertad de comercio más perfecta a los artesanos, fabricantes y comerciantes de todas las demás naciones." Oprimir el comercio extranjero, en cambio, abarata el excedente de la tierra y sube el beneficio mercantil respecto del agrícola, con lo que desalienta la agricultura por dos vías y cría manufacturas "prematuramente, antes de estar perfectamente madura para ellas".

Quesnay y el cuerpo político

Cómo se distribuye el producto entre las tres clases lo representó Quesnay, "el muy ingenioso y profundo autor de este sistema", en unas fórmulas aritméticas, la primera de las cuales, la Tabla Económica, muestra la distribución en un estado de libertad perfecta, y las siguientes la decadencia gradual que según el sistema resulta de cada violación de esa distribución natural. Smith le responde con una comparación médica. Algunos médicos especulativos imaginaron que la salud solo podía conservarse con un régimen preciso de dieta y ejercicio cuya menor violación causaba una enfermedad proporcional; la experiencia muestra que el cuerpo conserva la salud bajo una gran variedad de regímenes, incluso algunos que se creen muy poco sanos, porque contiene "algún principio desconocido de conservación" capaz de corregir los malos efectos de un régimen defectuoso. Quesnay, que era médico y muy especulativo, parece haber pensado lo mismo del cuerpo político: que solo prospera bajo el régimen exacto de la libertad y la justicia perfectas.

No parece haber considerado que, en el cuerpo político, el esfuerzo natural que cada hombre hace continuamente por mejorar su propia condición es un principio de conservación capaz de prevenir y corregir, en muchos aspectos, los malos efectos de una economía política en algún grado parcial y opresiva. Esa economía política, aunque sin duda retarda más o menos, no siempre es capaz de detener del todo el progreso natural de una nación hacia la riqueza y la prosperidad, y mucho menos de hacerla retroceder. Si una nación no pudiera prosperar sin gozar de la libertad perfecta y la justicia perfecta, no habría en el mundo una nación que hubiera prosperado jamás. En el cuerpo político, sin embargo, la sabiduría de la naturaleza ha provisto afortunadamente con amplitud el remedio de muchos de los malos efectos de la locura y la injusticia del hombre, del mismo modo que lo hizo en el cuerpo natural con los de su pereza y su intemperancia.

El error capital: la clase estéril

El error capital del sistema está en presentar a artesanos, fabricantes y comerciantes como enteramente estériles, y Smith lo refuta en cinco observaciones. Primero, esa clase reproduce cada año el valor de su consumo y continúa la existencia del capital que la emplea, y solo por eso ya es impropio llamarla estéril: "no llamaríamos estéril o improductivo a un matrimonio que produjera solo un hijo y una hija, para reemplazar al padre y a la madre"; que un matrimonio con tres hijos sea más productivo que uno con dos no hace estéril al segundo. Segundo, es impropio equipararlos a los criados: el trabajo de los criados perece en el instante de hacerse y no se fija en ninguna mercancía vendible, mientras que el de artesanos y comerciantes sí, y por eso en el Libro II Smith los contó entre los trabajadores productivos. Tercero, aunque su consumo fuera igual a su producción, su trabajo añade al ingreso real: un artesano que en seis meses hace diez libras de obra consumiendo diez libras de trigo produjo un valor capaz de comprar otro ingreso semestral igual, y si ese trigo lo hubiera consumido un soldado o un criado, el producto existente al fin de los seis meses sería diez libras menor. Los fisiócratas probablemente querían decir que el ingreso de esa clase es igual a lo que produce, pero si lo hubieran dicho con exactitud el lector habría advertido que lo que esa clase ahorre de su ingreso aumenta la riqueza; para armar algo parecido a un argumento tuvieron que expresarse como lo hicieron, "y ese argumento resulta muy poco concluyente". Cuarto, los agricultores tampoco pueden aumentar el producto anual sin parsimonia: el producto solo crece por mejora de las potencias productivas del trabajo, y el trabajo de artesanos y fabricantes, más subdivisible, admite esas mejoras en grado mucho más alto, o por aumento del capital, que es exactamente igual al ahorro, y si comerciantes y fabricantes son más ahorrativos, como el sistema supone, tanto más aumentan el ingreso. Quinto, aun midiendo el ingreso solo en subsistencia, un país comercial y manufacturero siempre tendrá más que uno sin comercio, porque con una pequeña cantidad de manufacturas compra una gran cantidad de producto bruto de otros países, como Holanda, que saca su ganado de Holstein y su trigo de casi toda Europa; el uno exporta lo que alimenta a muy pocos e importa la subsistencia de muchos, el otro al revés.

Y sin embargo, con todas sus imperfecciones, este sistema "es quizá la aproximación más cercana a la verdad que se haya publicado hasta ahora sobre economía política". Aunque su noción del trabajo productivo es demasiado estrecha, al presentar la riqueza de las naciones como consistente no en las riquezas inconsumibles del dinero sino en los bienes consumibles que el trabajo reproduce cada año, y la libertad perfecta como el único medio eficaz de hacer esa reproducción la mayor posible, "su doctrina parece en todo sentido tan justa como generosa y liberal". Sus seguidores son numerosos, y como a los hombres les gustan las paradojas y parecer que entienden lo que supera a la gente común, la paradoja de las manufacturas improductivas les ganó admiradores. Forman una secta considerable en la república francesa de las letras, los Economistas, y sus obras sirvieron a su país: por sus representaciones se extendió de nueve a veintisiete años el plazo de los arriendos y se liberó el comercio de granos entre provincias y su exportación. Todos siguen implícitamente a Quesnay, hombre "de la mayor modestia y simplicidad", con una admiración no inferior a la de los antiguos filósofos por los fundadores de sus escuelas: el marqués de Mirabeau escribió que desde que el mundo existe hubo tres grandes inventos que dieron estabilidad a las sociedades, la escritura, la moneda y la Tabla Económica, "el gran descubrimiento de nuestra época, del que nuestra posteridad cosechará el beneficio".

China, Egipto, la India y las repúblicas antiguas

Si la economía política de la Europa moderna favoreció las ciudades sobre el campo, otras naciones siguieron el plan contrario. La política de China favorece la agricultura sobre todos los demás empleos: la condición del peón es allí tan superior a la del artesano como en Europa la del artesano a la del peón, la gran ambición de todo hombre es un pedacito de tierra, y los chinos tienen poco respeto por el comercio exterior, "¡vuestro miserable comercio!" decían los mandarines de Pekín al enviado ruso, admitiendo barcos extranjeros solo en uno o dos puertos. Pero el mercado interno de China, por la extensión del imperio, la multitud de habitantes, la variedad de climas y la comunicación por agua, es quizá no muy inferior al de todos los países de Europa juntos, y basta por sí solo para sostener grandes manufacturas y subdivisiones del trabajo. Un comercio exterior más extenso, sobre todo en barcos chinos, no podría dejar de aumentar sus manufacturas, porque con una navegación más extensa los chinos aprenderían a usar y construir las máquinas y las mejoras de todo el mundo; con su plan actual tienen poca oportunidad de aprender más que del ejemplo de los japoneses.

La política del antiguo Egipto y la del gobierno gentú del Indostán también favorecieron la agricultura. En ambos el pueblo estaba dividido en castas confinadas de padre a hijo a un empleo, con los sacerdotes primero, los soldados después y los agricultores por encima de comerciantes y fabricantes; ambos gobiernos construyeron obras famosas para distribuir las aguas del Nilo y del Ganges, y ambos países, aunque sujetos a carestías, exportaban grandes cantidades de grano. Pero los egipcios tenían una aversión supersticiosa al mar y la religión gentú, al prohibir encender fuego sobre el agua, prohíbe de hecho los viajes largos, de modo que ambos dependieron de la navegación ajena, lo que confinó su mercado y desalentó más a las manufacturas que al producto bruto: un zapatero hace trescientos pares al año y su familia gasta seis, y necesita la clientela de cincuenta familias, mientras que un agricultor necesita apenas la de una, dos o cuatro, por lo que "la agricultura puede sostenerse bajo el desaliento de un mercado confinado mucho mejor que las manufacturas". El Indostán, por su extensión, sostuvo grandes manufacturas y Bengala exportó siempre más manufacturas que arroz; Egipto, nunca tan grande como Inglaterra, fue siempre el granero. Los soberanos de los tres países sacaron toda su renta de un impuesto sobre la tierra, un quinto del producto, y por eso fueron tan atentos a la agricultura, de cuya prosperidad dependía la suya.

Las repúblicas de Grecia y Roma honraron la agricultura, pero más desalentando las manufacturas que alentándola: en varias ciudades griegas el comercio exterior estaba prohibido y los oficios se consideraban dañinos para la fuerza y agilidad del cuerpo y aptos solo para esclavos, y en Roma y Atenas todos los oficios los ejercían los esclavos de los ricos, contra cuya riqueza y protección un pobre libre no podía competir. "Los esclavos, sin embargo, son muy rara vez inventivos, y todas las mejoras más importantes, sea en maquinaria o en la disposición y distribución del trabajo, han sido descubrimientos de hombres libres": el esclavo que propusiera una mejora sería tomado por perezoso y castigado. Por eso las minas de Hungría, trabajadas por hombres libres con mucha maquinaria, siempre rindieron más que las turcas vecinas, trabajadas por esclavos cuyos brazos son las únicas máquinas que los turcos pensaron en emplear, y por eso las manufacturas finas de la Antigüedad eran carísimas: la seda valía su peso en oro, los paños teñidos que cita Plinio costaban hasta treinta y tres libras la libra, y los cojines de mesa sumas que pasan toda credibilidad. Que el vestido de la gente de moda variara menos que hoy no prueba, como creía Arbuthnot, que fuera más barato: cuando el gasto de un vestido es muy grande la variedad es pequeña, y cuando las mejoras del arte lo abaratan, los ricos, no pudiendo distinguirse por el costo de un vestido, lo hacen por la multitud y variedad de sus vestidos.

Smith cierra el repaso con el argumento que da vuelta a los sistemas agrícolas. El comercio más importante de toda nación es el que se hace entre la ciudad y el campo, y consiste en cambiar producto bruto por manufacturas: cuanto más caras las manufacturas, más barato el producto bruto. Todo lo que encarece las manufacturas abarata el producto de la tierra y desalienta la agricultura, y todo lo que reduce el número de artesanos reduce el mercado interno, el más importante de todos para el producto de la tierra. Los sistemas que, prefiriendo la agricultura, restringen las manufacturas y el comercio exterior para promoverla actúan contra el fin mismo que se proponen, y desalientan indirectamente la especie de industria que quieren promover. En eso son quizá más inconsistentes que el sistema mercantil, que al menos alienta realmente la industria que favorece, aunque desviando capital de una más ventajosa a una menos ventajosa. Todo sistema que intente, con estímulos extraordinarios, atraer hacia una especie de industria más capital del que iría naturalmente, o con restricciones extraordinarias sacarle capital, "es en realidad subversivo del gran propósito que pretende promover: retarda en lugar de acelerar el progreso de la sociedad hacia la riqueza y la grandeza real".

El sistema de la libertad natural

Suprimidos así por completo todos los sistemas de preferencia o de restricción, el sistema obvio y simple de la libertad natural se establece por sí solo. Todo hombre, mientras no viole las leyes de la justicia, queda perfectamente libre para perseguir su propio interés a su manera, y para poner tanto su industria como su capital en competencia con los de cualquier otro hombre u orden de hombres. El soberano queda completamente liberado de un deber en cuyo intento de cumplimiento debe estar siempre expuesto a innumerables engaños, y para cuyo cumplimiento adecuado ninguna sabiduría o conocimiento humano podría jamás ser suficiente: el deber de supervisar la industria de los particulares y de dirigirla hacia los empleos más convenientes al interés de la sociedad.

Según el sistema de la libertad natural, el soberano tiene solo tres deberes que atender, "tres deberes de gran importancia, en verdad, pero simples e inteligibles para el entendimiento común". Primero, proteger a la sociedad de la violencia y la invasión de otras sociedades independientes. Segundo, proteger, en cuanto sea posible, a cada miembro de la sociedad de la injusticia o la opresión de cualquier otro miembro, es decir, establecer una administración exacta de la justicia. Tercero, erigir y mantener ciertas obras públicas y ciertas instituciones públicas que nunca puede ser interés de ningún individuo o pequeño número de individuos erigir y mantener, porque el beneficio nunca repagaría el gasto a un individuo, aunque a menudo lo repague con creces a una gran sociedad. Cumplir esos deberes supone un gasto, y el gasto una renta, y por eso el Libro V, dice Smith al despedirse, explicará cuáles son los gastos necesarios del soberano y quién debe pagarlos, cómo puede hacerse contribuir a la sociedad para cubrirlos, y por qué casi todos los gobiernos modernos hipotecaron parte de esa renta contrayendo deudas, y con qué efectos.

Lo que hay que llevarse de este capítulo

Los fisiócratas son para Smith los adversarios respetables: se equivocan en llamar estéril a la industria, y él lo prueba con el matrimonio de dos hijos, el artesano frente al criado y el zapatero de trescientos pares, pero aciertan en lo esencial, que la riqueza es lo que se consume y no el dinero, y que la libertad es el único modo de hacerla crecer. Lo que les reprocha de fondo es más interesante que la refutación: Quesnay, médico, creyó que el cuerpo político solo prospera bajo el régimen exacto de la libertad perfecta, y Smith responde que si eso fuera cierto ninguna nación habría prosperado jamás, porque el esfuerzo de cada hombre por mejorar su condición corrige buena parte de la locura y la injusticia de los gobiernos. China, Egipto y la India muestran que favorecer la agricultura contra las manufacturas termina dañando a la agricultura, porque encarecer las manufacturas es abaratar el trigo. Y con eso queda demostrado el teorema del Libro IV: todo sistema de preferencia o restricción retarda lo que quiere acelerar, y suprimidos todos queda el sistema de la libertad natural, en el que el soberano se libra del deber imposible de dirigir la industria de los particulares y conserva tres: la defensa, la justicia y las obras e instituciones públicas que a nadie le conviene hacer solo. El Libro V es la cuenta de cuánto cuestan esas tres cosas y quién las paga.

SEGUÍ PENSANDO

Una idea se entiende mejor cuando se conecta con otras.

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